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Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Por Carlos Ávila Villamar (Tomado de Cachivache Media)

La flor y el barco de papel presuponen la existencia de flores y barcos verdaderos, entes primarios sin los cuales resultan inconcebibles. Nadie se esfuerza en representar una cosa que no conoce. Si se acepta esta hipótesis, ¿dónde quedan los aviones de papel? ¿Desde cuándo se fabrican? ¿Acaso debieron esperar la invención de los aviones de madera o metal, trabajosa y relativamente reciente? En cuanto me hice la pregunta, quise que sí, que solo mediante la reproducción de una máquina enorme y compleja se hubiera llegado a los dobleces simples y mágicos, que se hacen en menos de un minuto. Mis esperanzas, sin embargo, fueron frustradas por una investigación rápida. Esas figuritas, con otros nombres, ya se fabricaban siglos atrás, aunque en Occidente prácticamente no se conocieran.

Mi error estuvo en aceptar, sin cuestionamientos, que a semejanza de lo que sucede con la flor y el barco, el avión de papel era tan antiguo como la propia expresión avión de papel, que implica un precedente. Un error, como otros tantos, sugerido por el lenguaje. Siempre me ha interesado diseccionar las equivocaciones de este tipo: no solo para huir de ellas y evitar esos razonamientos absurdos, que en su superficie se ven muy lógicos y por eso son peligrosos, sino porque me interesa la naturaleza del pensamiento en sí. Supongo que de vez en cuando se podrían escribir imaginaciones semejantes. Que no importe tanto su veracidad como su nivel de verosimilitud, y estudiar sus divergencias. La pregunta es a veces más importante que la respuesta. Por ejemplo, una que leí no recuerdo dónde: ¿cuántas plumas harán falta para aplastar a un hombre adulto?

 

El avión, por cierto, es uno de los pocos inventos humanos recientes cuyo nombre no constituye una fea composición, dígase automóvil o teléfono. La palabra avión sale del francés, y tiene una raíz latina que en nuestro idioma devendría en gaviota. Un origen bastante elegante, que huye de la imitación absurda que hacen los nombres de los inventos a los nombres científicos, puestos a animales y plantas a partir de Linneo. La humanidad, después de cierto punto, se hizo demasiado consciente de sí misma e intentó organizarlo todo, incluido el lenguaje. No dejar nada al azar, aunque tarde o temprano la comodidad convirtiera al teléfono móvil en un simple móvil.


Lichtenberg dice que ojalá la vida de una persona fuera como un reloj de arena, que se pudiera voltear y empezar al revés. Después de ser anciano ser adulto, y después niño. La frase me interesa por el uso que le da al reloj de arena. Es interesante cómo nuestro pensamiento avanza por metáforas y analogías con lo ya conocido. A veces, saber el simple funcionamiento de un objeto condiciona qué vamos a pensar. La boca diminuta por la que fluye pacientemente la arena, o la fuerza de gravedad, que puede trabajar para un lado o para el otro, según dispongamos nosotros, constituyen motivos de un asombro estético que muy pronto sobrepasan la utilidad inmediata del objeto, y se convierten en modos o herramientas de entender la realidad.

Pienso en una serie de palabras que, si sobreviven, solo es gracias a la fertilidad estética de los objetos a los que se refieren. Hubo una época en la que no existían teléfonos móviles o computadoras, artefactos universales, y por tanto diversos objetos debían ser fabricados para diversas funciones específicas, digamos el catalejo, el giroscopio, el ábaco, la brújula, la lupa… Con el paso del tiempo los objetos desaparecieron, pero quedó la impresión que cada uno de ellos producía. Pequeños e individuales asombros estéticos, vueltos después lugares comunes.


Tal vez un día palabras como escritorio o panel se sigan usando dentro del mundo informático, aunque hayan desaparecido sus referentes reales.


Estaba leyendo los comentarios de J.M. Coetzee sobre las crónicas de viaje que dieron a conocer al mundo la existencia de los hotentotes, una tribu descrita como la más bárbara y perezosa jamás vista en África. Hombres que no hacían mucho más que dormir en el fango como cerdos, y usar sus propios excrementos como productos de perfumería. Estas engañosas descripciones, que dejan muy atrás a las crónicas de América, debieron inspirar a los yahoos de Jonathan Swift, reutilizados luego por Jorge Luis Borges en uno de sus relatos más atípicos. La cuestión es que, en el afán de encontrar información fidedigna sobre los hotentotes, me topo con el hecho de que ya no se les llama hotentotes. Se les dice khoikhoi, su nombre africano.

Hablo por teléfono con Ronald Castro, un amigo de la universidad, y saco el tema de los khoikhoi. Comento que me parece curioso que se prefiera el nombre africano al que le pusieron los europeos, sobre todo porque existe la posibilidad de que el nombre khoikhoi viniera de otra tribu, que fuera igualmente impuesto. No debieron ser comunes las tribus cuyos nombres se los dieron ellas mismas, porque para empezar una tribu no tiene necesidad de utilizar un nombre para sí misma, sino para los otros, para distinguir a los extraños. Ronald me propone que tal vez se llamaran a sí mismos hombres, que tal vez ese fuera el significado de khoikhoi. Asiento, pero creo más acertado que se llamaran a sí mismos nosotros, porque los de las otras tribus también eran hombres. Analizamos finalmente que el hecho de que hablaran o no el mismo idioma podía ser definitorio, en cuanto al modo de llamar a las otras tribus.

Resulta que después de todo Ronald tenía razón. Khoikhoi era el nombre que usaban para llamarse a sí mismos, y significaba algo así como hombres verdaderos. Para ser más exactos, significaba hombres hombres, o gente gente (el término hombre, al menos como lo manejamos nosotros, no existía en su lenguaje). Es curioso que, tal como sucede hoy día, duplicar una palabra fuera una forma de indicar autenticidad. Sobre todo es curioso si pensamos que los khoikhoi, según se ha demostrado, poseen rasgos genéticos que los ubican junto a los seres humanos ancestrales. Es algo que no se dice mucho. Supongo que porque las personas están más interesadas en otras peculiaridades de los khoikhoi, como los inusuales labios vaginales que cautivaron a los europeos durante tanto tiempo, y tal vez también porque el dato puede llevar a pensar, equivocadamente, que los khoikhoi son mentalmente menos desarrollados que nosotros.


Estaba leyendo el artículo en el que Hugo Hiriart dice que en el fondo, el papalote imita a la luna y no al pájaro. Busca el equilibrio y la observación, en vez del vuelo. Y pensé que el asunto más misterioso del papalote podría ser su éxito en nuestros días, porque salvo para experimentos meteorológicos, constituye un invento relativamente inservible, más bien una curiosidad, hermana de las cámaras oscuras.

No es difícil entender el origen de la felicidad que nos proporciona la mayoría de los objetos y cosas. Los más exquisitos manjares que pueden salir de la cocina siguen siendo un aprovechamiento de los gustos del hombre de las cavernas, que aprendió a disfrutar de ciertos alimentos crujientes, que aprendió a buscar con afán el sabor dulce, carbohidratos que garantizarían su subsistencia en condiciones inhóspitas. Los deportes, hoy seguidos por millones de personas, sustituyen la emoción de la caza, quizás también (me asusta pensarlo) la emoción de la guerra.

Pero el vendedor de papalotes no comercia con la felicidad del cortejo, estilizada en la mayoría de los bailes en pareja (desde el tango hasta la salsa), ni con la felicidad de la supervivencia, que permite la proliferación de parques de diversiones. Busquemos entre los juegos de los niños. Hay juguetes meramente figurativos, dígase un lobo o un carro, instrumentos para historias mayores. Hay juguetes, bien lo supo analizar Roland Barthes, que adaptan el mundo de los adultos, como los de construcción o los de medicina. Y hay juguetes, como el yoyo o la muñeca parlante, que se basan en un asombro. Creo que la felicidad del papalote, un papel que se sostiene en el aire, es una felicidad basada en el asombro.

Creo además que el vendedor de papalotes comercia un tipo de asombro muy específico, de carácter sobrenatural, el asombro de lo que llamo el objeto-gólem. Como los péndulos de los relojes viejos, corbatas laboriosas, que se les impulsa una vez y siguen por días, o como las cabezas de uno esos amables perros de cerámica, que con apenas un toque mágico se siguen moviendo, en aparente perpetuidad. De una manera tan sencilla, nosotros hemos empezado un ciclo que va seguir incluso cuando hayamos dado la espalda.

Muchos juguetes se basan en el asombro ante el movimiento inculcado por el hombre. Los siempre puntuales trenes en miniatura, los trompos que dan vueltas sobre una punta de hierro, la delicada bailarina de cuerda, tienen en común esa ilusión de vida propia e inculcada. El papalote se basa en un asombro todavía más grande: desafía la gravedad que nosotros no podemos desafiar.

El papalote es bien distinto del trompo, el más ordinario de todos los objetos-gólem, que cae mareado tras un par de vueltas y no vuelve a recuperarse sin nuestra intervención. Una vez que animamos bien al papalote no hay marcha atrás, desatamos a un demonio. No estamos seguros si lo dominamos, o si él, desde su altura azulosa y temible, nos domina a nosotros. Su encanto secreto es, para aquel que lo sostiene, la sensación de haber hecho una criatura del polvo y de ahora arrullarla y encausarla con movimientos de la mano. Un hilo de nylon es todo lo que impide que escape o que se rompa. Sentir el peligro y la libertad de la vida en nuestro pulso. Los muchachos fugados de las escuelas ya entienden lo sagrado de ese poder.

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