La rueda inexistente: dos modelos de fin del mundo

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Por Ronald Castro Noda (Tomado de Cachivache Media)

Un final es un comienzo periódico; todas las cosas que han sido están en la disposición de suceder nuevamente. El final es por lo tanto una realización más de nuestra conciencia, adherida a una serie de memorias que pueden ir desde el horror total hasta lo que podemos reconocer como placentero. El fin causa angustia o dicha según las impresiones previas, pero al igual que cuando una rama es quebrantada, en el crujido, siempre queda una expectativa que nunca se cumple; llegar al final es un proceso incompleto y eso es precisamente lo que nos hace inconformes. Las cosas no sucederán –no sucedieron– nunca como las imaginamos; el cambio, la retroalimentación del flujo del tiempo parecen virtualmente imposibles: lo que es, ha sido, y la realidad se halla aquí y ahora, razones por las cuales juzgamos el fin de cualquier cosa con una susceptibilidad contraria a nuestros juicios naturales.

Ahora bien, si podemos imaginar el tiempo como algo infinito (no digo que lo sea, sino que es lo que más conviene a nuestra visión del mundo) este debería su existencia a eventos puntuales que deben ser percibidos por uno o más observadores de forma organizada, y por tanto sería imprescindible una concatenación temporal en la que cada eslabón puede oficiar tanto de evento inicial, final o intermedio; de ahí que el hombre (única entidad objetiva que conocemos que se subordina conscientemente a la existencia del tiempo) es capaz de elegir sus puntos y conformar su propia cronología. Nuestro tiempo es nuestro tiempo: la estructura circular de la frase la pervierte, pero detrás de ella se halla un sentido extraño y verdadero. Los eventos referidos no forman parte de nuestra experiencia y sin embargo tenemos plena confianza en la mayoría de los libros de historia; la conformación del mundo en el tiempo es, paradójicamente, algo individual que se halla fuera del individuo.

El universo puede existir desde y para siempre, pero el hombre, que tiende a extrapolar su propia situación al resto de las cosas, crea puntos de inflexión y es así como surge el mito primigenio, aparejado al fin de los tiempos, pues de uno siempre puede deducirse el otro. Los habitantes actuales del planeta tienden a dividir, a alargar más el tiempo, a crear mitos desfigurados como prehistoria, periodo micénico o Renacimiento; estos solo son consecuencias de un pasado turbulento que esperaba en la mañana, el diluvio, y al anochecer, ríos de fuego. El fin del mundo fue, para muchas civilizaciones en el pasado, el eje central de un conjunto de historias que dieron algo de valor a las efímeras vidas de los hombres; hoy es parte de un acto premeditado de ventas y miedo que acaba degradándolo hasta lo caricaturesco. De todos los modos que fue concebido el fin del mundo, solo dos poseen actualidad y renombre, dos ideas que expresan más de lo que parecen.

Tenemos una civilización homogénea, a pesar del énfasis que se hace en lo de “cultura occidental”; la base de esta última ha sido una religión oriental que absorbió el orden y marcialidad romanos aunados al conocimiento y estética griegos. Del oriente nos llega por tanto la tradición apocalíptica y lo que entraña esta, a mi entender, destrucción del mundo sin un cambio en esencia. El fin que propone el cristianismo nos presenta cielo y tierra nuevos, un mundo diferente, pero las leyes intrínsecas por las que se mueve este parecen ser las mismas: Dios es inmutable, el hombre sigue teniendo la misma jerarquía y es lógico suponer que la acechanza que se ha cernido sobre él en el pasado, no culminará.

A este tipo de fin de los tiempos, podemos oponer otro, estrictamente occidental, en el que no hay mutabilidad de mundo sino de esencia. el Racknarock de los germanos. La tradición de estos pueblos propone una caída de los dioses y una renovación del mundo sin que haya pérdida de las condiciones naturales. De este modo, el cambio es imperceptible en el mundo físico y la humanidad no lo nota. Tras la muerte de los dioses, el día y la noche continúan en su devenir, la primavera sucede al invierno y las aves siguen las mismas rutas migratorias. Los dos modelos de fin del mundo conviven tanto en la imaginación como en las actitudes cotidianas; sin embargo el segundo se ha impuesto de manera inconsciente. En el siglo V de nuestra era se dieron una serie de hechos que variaron el mundo; el resultado fue catastrófico: el Racknarock no conllevó el final de los mitos, ni de la Tierra, propició la degradación de un determinada civilización. En el siglo XX contemplamos los mismos hechos, todo siguió igual y sin embargo algo cambió, nuestro mundo actual se sustenta en este cambio.

Si bien podemos decir que la humanidad vivió un periodo apocalíptico durante aproximadamente 1400 años, las variaciones que se producen en política, ciencia o arte, aunque importantes e imprescindibles para nuestro presente, no rompen con la estructura general de la concepción del mundo. El paso a una era sustentada en la física y no en la metafísica, la idea de nación y no de un imperio que agrupara a la cristiandad, entre otras ideas, no provocan cambios en los comportamientos del aldeano o del comerciante, aún encerrados tanto en sus temores como en sus expectativas. Este periodo, podríamos decir, garantiza su propia continuidad y ante desastres como la peste u otro evento catastrófico hay una reubicación de los puntos temporales que probablemente hayamos heredado en nuestras clasificaciones.

La conciencia colectiva de los primeros años del siglo XX, heredera de tradiciones democráticas que también se insertan dentro de lo que hemos llamado variación apocalíptica, da paso a otra nueva idea, una democracia más radical que presenta un futuro glorioso y a la vez desata una tormenta incontenible. En el nuevo Racknarock, el arte desecha las características humanas, la política sustituye a la religión, la racionalidad parece imponerse a la tradición; es posible una catástrofe similar a la caída del Imperio en occidente y sin embargo el desarrollo ulterior se mostrará totalmente distinto. Algunos ejemplos pueden ser el cambio que ha sufrido la música desde su antigua perspectiva sacra a una más popular, y luego a su etapa industrial (la aparición del disco de vinilo, del casete…), otro tanto ha sucedido con la literatura y el cine, aunque este es un medio surgido del propio fin de los tiempos.

El hecho es que el fin de los tiempos que se perfila en este siglo, a diferencia del anterior, queda incompleto y repetido en un ciclo interminable, un rueda que no cesa, imperceptible y a la que solo los hombres podemos apelar, una rueda inexistente que día a día señala que este tiempo se ha cumplido y pronto ha de comenzar otro. Todo progreso ha de anunciar un fin continuo. Al día de hoy, el fenómeno es indetenible y nuestra civilización parece hallarse quieta, mientras que en veinte años observamos más cambios de esencia que todos los ocurridos en el siglo anterior. Para bien o para mal este hecho ha llegado para quedarse.

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