Dad, are you in the Mafia?

Imagen: yesmovies.com

Por Adriana Marcelo Costa (Tomado de Cachivache Media)

Un oasis de horror

en medio de un desierto de aburrimiento

Baudelaire

I. Mama always said you´d be The Chosen One

Hace 4 años murió James Gandolfini. Hace 13 mataron en pantalla a Adriana (La Cerva). Hace 18 salió el primer capítulo de The Sopranos. Hace 10 terminó la serie. Entonces la TV cambió para siempre.

La primera vez que vi The Sopranos quedé fascinada; recuerdo pasarme días enteros absorbida por el marasmo que es Tony y su familia (la de sangre y la otra): me ponía de muy mal carácter, agresiva, siempre tenía hambre, en cada capítulo me asombraba con la estatura de Tony Soprano (James Gandolfini); vi las seis temporadas con una risa socarrona que escondía, lo sé ahora, algo terrible: lo que esconden las carcajadas agónicas, las burlas de uno mismo, la certeza de la nada moderna.

Lo primero que me atrajo de la serie fue el parecido que yo, lectora obsesiva y maniaca, encontraba entre Tony Soprano e Ignatius Reilly. Acababa de leer por segunda vez La conjura de los necios y seguía hipnotizada. Alguien llevó The Sopranos mi entonces grupo de amigos, y apareció otro gordo grotesco, incomprendido, con traumas con la madre y por la madre, con problemas con la autoridad.

Ese fue el inicio; fue suficiente para que empezara la adoración por esta serie que en aquel momento veía como rara, diferente. De nuevo mi yo lector, obsesionado con la literatura norteamericana, no podía parar de ver capítulo tras capítulo sin que me parecía escrita por Raymond Carver o J.D. Salinger. Los días pasaban y seguía en el cuarto, delante de una laptop increíblemente pesada y difícil de acomodar, posponiendo las tareas de latín, las entregas de trabajos, los análisis de textos. Nada era tan importante cómo terminar The Sopranos; nada era tan serio como los ataques de ansiedad de Tony; nada me fue tan triste como la muerte de aquella Adriana.

Re-visitar la serie ha sido incluso mejor; son más abundantes los referentes literarios (sí, es una serie muy literaria) y más las veces que he dicho “You live, you learn”; he sido testigo de cómo este personaje ha marcado un camino y ha servido de modelo para otros “negativos magnéticos”. Ha pasado el tiempo, y aunque aún sigo diciendo como él “Fuck it, I don´t know what I mean”, algo he aprendido.

Este no es un texto meramente informativo, justo o políticamente correcto. Cómo puede serlo si elijo como Dios a un misógino, racista y violento mafioso de New Jersey. Este texto será una alabanza, un canto, un homenaje, a Tony.

Hay varias preguntas que me hago todo el tiempo. ¿Cómo es posible que un tipo grande y gordo, grosero, abusivo y violento, sociópata, deprimido clínicamente, prepotente y egocéntrico sea bien visto, genere simpatía, y en mi caso, hasta se convierta en consejero? Tengo una hipótesis: Tony, si bien representa todo lo negativo que ha creado la modernidad, también nos representa a nosotros. Es un reflejo agigantado de lo que somos: seres egoístas, engendros creados por una sociedad que ha destruido los buenos valores,[1] resultado de un algo que no entendemos pero que nos gobierna, de una nada que nos condiciona y nos tortura.

The Sopranos construye un altar de dioses reales, de personajes reales, imperfectos en extremo; no hay buenos o malos sino circunstancias y seres atrapados por estas. Y esa es quizás la tesis principal de la serie: la sociedad actual es el verdadero villano, el ente a quien debemos odiar; es ella la que nos pone en situaciones de las que no hay escapatoria; Tony no es un victimario, no importa a cuanta gente ponga a dormir con los peces, es una víctima de su madre, de su medio, de su familia.

Dice Cioran en Breviario de podredumbre –que bien podría ser el título de un capítulo en la serie — “tiene ‘razón’, lo rechaza todo y todo lo rechaza. Ha comprendido lo que no se debe comprender para vivir”. A medida que asistimos a las sesiones de Tony con la psiquiatra, y lo vemos a él personaje, uno empieza a dudar si David Chase leyó a Cioran y a partir de su descripción de “el hombre moderno” creó a Tony Soprano. Más allá de la coincidencia, sobran las pruebas de que este hombre moderno derrotado una y otra vez por su creadora, por su madre, por su Dios, lleva por nombre Tony Soprano.

Otra pregunta recurrente: ¿De qué va la serie? ¿Es otra historia de mafiosos? No, no es esta otra historia de gánsteres, ni de violencia gratuita; no queda de nuevo el sujeto ítalo-americano reducido al estereotipo, al guiñapo que suponen los moldes usados y vueltos a usar en Hollywood. Según Dominic Chianese (Uncle Junior) en una entrevista concedida a Rolling Stone, la serie “es un show familiar: trata sobre una madre, un hijo, un tío, una esposa con hijos, y sus correspondientes ramificaciones; y también sobre el trabajo de un tipo, que es un buscavidas. No tiene nada que ver con gánsteres, trata sobre la sociedad”. Concuerdo, el tema de esta serie es la hipocresía de la vida moderna y la violencia social. Para versar sobre ello durante seis temporadas surge Tony Soprano, aquel enorme Dios (o antidios más bien), creador y ser creado precisamente por la contemporaneidad.

Cierto, es un mafioso de New Jersey, es italiano, está rodeado de otros mafiosos italianos, habla de todo el tiempo de Vito Corleone. Sí, sí y sí; pero Tony muele a golpes al muñeco hecho de trozos que es ese horrible y reductor estereotipo, le persigue con su auto, y le pasa una y otra vez por encima hasta dejarlo inerte. Tony es mucho más que el mafioso con una gran familia que hace barbacoas en su patio, es un sujeto real, uno periférico, apartado, estigmatizado, humillado, es una víctima. No es solamente el tipo con poder, el matador de enemigos, el usurero hijo de puta que lleva a sus deudores al suicidio, no es el grandote capo que le regala a su hija el carro del hijo de un amigo de la infancia. Tony es más que eso; es el hijo abusado de Olivia, es el sobrino no querido de Uncle Jun, es el padre humillado de Meadow, es el paciente de la doctora Melfi. Es un tipo que, como nosotros, intenta vencer el horror del tedio cotidiano, toma Prozac para combatir la depresión, asiste martes tras martes a la consulta con su psiquiatra para intentar descubrir qué hay detrás de sus ataques de pánico. Es, como dice Chianese, un tipo normal, ordinario, con un trabajo que quizás no lo sea tanto.

Como tipo de personaje es un pionero que abrió la puerta a los Don Draper, Walter White, Nucky Thompson y Richie Finistra. Personajes en teoría negativos, pero que emboban, encantan, atrapan al espectador. ¿Cómo es posible que mientras vemos House of Cards, capítulo tras capítulo, deseamos que Francis Underwood se salga con la suya, saque un as debajo de la manga, gane las últimas elecciones y elimine al rival de turno? ¿Qué dice de nosotros que un personaje tan misógino y egoísta como Don Draper nos provoque tamaña fascinación? ¿Cómo ponernos del lado de Nucky Thompson, Walter White y Tony Soprano? Sencillamente porque nos vemos en esos personajes, en los hijos, en los hermanos que son; ellos, al reflejar el absurdo cotidiano, nos reflejan a nosotros. Sin embargo, cuando intentan rebelarse contra ese destino que les ha sido impuesto, nos inspiran a intentarlo también; si antes nos veíamos en ellos, ahora, en los momentos de desafío, queremos vernos reflejados también. Su antiheroicidad (pues casi siempre son personajes cometiendo “malas” acciones, infringiendo la ley, muchas veces por motivos bastante egoístas, y nada altruistas) nos parece heroica, nos inspira.

Tony Soprano es un sujeto agobiado por su cotidianidad (ya decía que nada ordinaria, sobre todo si la comparamos con la vida de un Gregorio Samsa, o con la nuestra), atormentado por las responsabilidades familiares, por el deber ser que tiene que cumplir, deber ser que ha heredado y sobre el que no parece tener ni voz ni voto. Es un ser inconforme, atormentado por una madre que lo humilla y que intenta matarlo en más de una ocasión;[2] Tony Soprano, como él mismo dice, es un hombre que lo tiene todo, el mundo a sus pies, sin embargo no sabe ser feliz, representa la figura del payaso triste –él mismo emplea esta imagen en terapia–, y aunque todo el mundo lo asocia con el poder y el éxito, es un ser incompleto. Tony, como buen antihéroe, como buen signo-símbolo de la modernidad, es también una suerte de iceberg; lo que muestra es la versión más fácil, lo que ve el mundo que lo rodea es la imagen de gánster exitoso y temerario, pero esconde, reprime lo terrible, lo que lleva al naufragio, lo que conduce invariablemente a la muerte.

Tony es un personaje que siempre está rodeado de gente: Carmela y sus hijos, su tío, su hermana Janice, sus soldados… sin embargo, la conciencia de sí mismo y de su existencia lo hacen sentirse solo; no confía en nadie, porque no confía en sí mismo. “Con todo respeto, tú no tienes idea de lo que significa ser el número 1, todo lo que haces es visto con lupa, y afecta a todos, y al final, estás solo”, dice, en el último capítulo de la quinta temporada.

II. Antonio, I’m your soldier

«Yo me torné inmaduro, difícil, cuestionable /

yo conservé el error y la posibilidad de lo imperfecto»

La orquesta de Tony Soprano, los apóstoles del Dios Tony, los soldados del Emperador Antonio… ¿Cómo nombrar a ese grupo heterogéneo, degenerado y divertidísimo? Lo único que se me ocurre es Batallón de Antihéroes. Ellos son los renegados sociales, los que no quisiéramos ver nunca, no saber que existen en nuestras sociedades; son los vecinos que pretendemos que no tenemos: maleducados, violentos, drogadictos, asesinos, viejos enfermos, asesinos de viejas, golpeadores de mujeres… Pero como sucede con todo en la serie, los guionistas logran que estos tipos nos encanten; pasan los capítulos y no nos molesta que tengan todo el tiempo una chiquilla que puede ser su hija semidesnuda en las rodillas mientras hablan de negocios, ni que sean unos misóginos sin remedio. Ahora que empezaba a sentirme bien feminista, nada de esto me molesta. Ellos me encantan, lo reconozco. Y me encantan entre otras cosas porque completan a Tony, lo hacen el personaje antihéroico que es, son ellos los que sacan de su boca frases como “You don´t have to love me, but you will respect me!”.

Tony no estaría completo sin los muchachos, como les dice en más de una ocasión. Alrededor de su banda se muestra el Tony Boss, el Big Boss Tony, el tipo de poder. En una ocasión le dice a la doctora que con ellos se siente cómodo, no tiene que aparentar (estaba comparando a su grupo con los amigos del doctor Cusamano). Pero nada más alejado de la realidad. Es alrededor de ellos que más sufre Tony, porque es ahí donde está obligado a cumplir con un rol, con EL rol que le ha sido impuesto: el del líder, el del jefe, el tipo duro que no duda. Nada de enamoramientos, ni terapia, nada de depresiones ni dudas… no hay espacio en el ejército Soprano para esto. Los tres más importantes, su tridente de Tritón de New Jersey, lo forman Christopher, Paulie y Silvio.

Christopher Moltasanti (Michael Imperioli): gánster yonqui con ansias de poder y deseos de convertirse en escritor. Joven sobrino del patriarca de la familia que lucha con la “angustia de las influencias”, y que en más de una ocasión ve como solución la muerte de su sucesor (poética y real en muchas ocasiones). Esa angustia es su piedra de Sísifo; Christopher tiene que vivir, como en realidad viven todos los del clan Soprano, a la sombra del Padre, del Dios, del Precursor, de Tony.

Christopher mata sin dudar, sin pestañar, es parte de su “encanto”, no tiene culpas (¿no tiene culpas?). En los capítulos que pasa un tiempo en terapia, tras ser herido de bala, Christopher entra en una especie de ensoñación[3] y teme por su destino, teme convertirse en Tony o Paulie, sabe que irá al infierno porque se sabe culpable (según él, el infierno de los italianos es un Pub Irlandés un día de San Patricio). El sobrino de Tony, su heredero… el futuro director y escritor de películas, el estudiante de un curso de actuación para guionistas, el novio de Adriana. El asesino de Adriana. Imperioli es un actor monstruo, te hace olvidar que estás viendo ficción, deja de ser Michael y se convierte por seis temporadas en el temperamental y artístico Christopher, y creo que la cúspide tanto del personaje como del actor fue en el capítulo 12 de la quinta temporada, Aparcamiento prolongado. Tony lo quiere, pero como sabe y puede querer Tony, mal. Abusa de él, como él fue abusado antes; confía en él, pero solo hasta lo que se permite confiar en alguien que no sea él mismo.

Paulie y Silvio: Este dúo funciona en las primeras temporadas como suerte de dupla cómica, la dinámica de ambos es de las más raras y simpáticas de la serie. Capitanes de Tony, hombres de confianza, junto con Pussy Bonpensiero, funcionan como una especie de Mosqueteros subidos de peso, adictos a las putas, asiduos del Bada Bing!; unos muy malhablados y violentos Mosqueteros, con Tony Soprano como su D’Artagnan.

A Paulie Gualtieri le da vida Tony Sirico, que estuvo vinculado a la mafia en la vida real, (deliciosas similitudes del azar). Aceptó formar parte de la serie siempre que su personaje no fuera una rata (como le dicen a los informantes del FBI). Paulie es uno de mis personajes preferidos. Disfruto tanto con ese ítalo-americano soltero empedernido, malhablado, supersticioso, agresivo, que habla con un acento raro y se peina de un modo bien peculiar. Paulie tiene poca paciencia, y explota siempre que tiene un chance. Esa es su marca como personaje.

Hay tres escenas con Paulie que como espectadora disfruté mucho. La primera es cuando están buscando a algún personaje –no recuerdo a quién ni para qué; nada bueno seguramente– y tienen que ir a un establecimiento gastronómico, en el que hay muchos tipos de café. Ahí empieza a disertar sobre las cosas sencillas de la vida, y de cómo habían convertido la herencia italiana en algo abominable. “¿Qué pasó con el expresso?”, se pregunta mientras toma en su mano una cafetera italiana que tenían en exhibición. Ver esta escena, ahora que vuelvo la serie, me provoca una gracia enorme, porque no puedo evitar imaginarme a Paulie en un Starbucks, y alguien delante de él pidiendo un nuevo café arcoíris o como se llame. Estoy segura que Paulie saldría de la cola, cogería una de las sillas de IKEA y la rompería en la cabeza del pobre cliente que acaba de comprar aquel engendro (mientras veo eso en mi cabeza suena un tema de Slipknot, quizás People=Shit).

Otra escena formidable es la de Paulie y Christopher en el bosque persiguiendo a un mafioso ruso, a quien intentan matar. Se pierden, y pasan la noche con hambre y frío, comienzan a delirar y la escena es simplemente surreal, poética: aquellos dos matones, puestos en una situación tan vulnerable, mientras intentaban matar a otro mafioso.

La última escena tiene que ver con el intercambio de Paulie con las viejas amigas de su madre, cuando le hace la visita al hogar de ancianos: Paulie, obsesionado con su madre (que en realidad es la tía), hace todo por ella, o casi todo, como sacarla a comer junto con sus amigas del home en el que está internada. Las otras dos señoras abusan de la cariñosa madre del mafioso, y este no lo resiste, y con la falta de tacto que lo caracteriza, las pone en su lugar y, al final de la cena, les revisa las bolsas a las señoras, bolsas en las que habían echado lo que sobró de la comida. Saca dos panes y con su acento y sus manías, con sus patillas, su pelo levantado y sus canas peinadas en forma de alitas de semidiós, le dice: What are you doing? This is ma´s bread!!! Paga su parte de la cuenta y deja a las viejas con la boca abierta y aterrorizadas. Claro, una de las señoras no sabía en ese momento que no sería su peor encuentro con Paulie, que lo más terrible estaba aun por venir, cuando este entrara a su casa, le robara el dinero para recuperar el favor de Tony y la matara. No señora, pague la cuenta que esto no fue nada.

Silvio Dante, el tercer miembro del tridente, es interpretado por Little Steven Van Zandt, guitarrista de la E Street Band de Springsteen, y al igual que casi todo el elenco de la serie, amateur en esto de la actuación. Sin embargo, no lo parece, y se me antoja pensarme una lista por la que Silvio es, junto a Paulie, de mis preferidos:

a) las caras que pone ante diferentes circunstancias;

b) la consistencia de su actuación;

c) las manías que mantiene a lo largo de las seis temporadas, y que son tan raras como encantadoras;

d) su acento;

e) las referencias a El Padrino;

f) el peinado y la ropa que usa;

g) es el segundo de Tony, y cuando este cae en coma[4] se convierte momentáneamente en el jefe;

h) cuando sucede lo enunciado en el inciso g, es también ingresado por un ataque de asma;

i) es el dueño del Bada Bing!

Más allá de mis preferencias personales, los soldados de la familia son excelentes personajes, creados con una coherencia impresionante, interpretados con una maestría merecedora de premios. Ellos también han hecho que The Sopranos rompa con el estigma de la televisión vista como un género menor. Ellos construyeron un género nuevo y mejor.

III. You live, you learn

The Sopranos abrió un camino, cambió la ruta que llevaba la pequeña pantalla y se convirtió en el centro del canon. Sin ella no hubieran existido Mad Men (de los mismos creadores y guionistas), The Wire, The Leftovers, Boardwalk Empire, The Handmaid´s Tale, House of Cards, y tantas otras.

La serie se suma a la larga tradición de obras que giran alrededor de la representación de la desdicha humana. Aquí, además del mundo criminal de New Jersey, se nos presenta una visión terriblemente sombría de algo que llamamos condición humana. No obstante, The Sopranos no es un tratado sociológico y Tony no es un símbolo que se preste a discursos edificantes o didácticos moralizantes. Los creadores de la serie no nos proponen, por suerte, solución alguna para el horror cotidiano salvo, quizás, quedar prendados de la serie.

The Sopranos es la piedra angular de una gran catedral televisiva que encierra el horror de la existencia. Al centro de esta se alza el altar, y en él se rinde tributo a los antihéroes. Como señor supremo de ese linaje se yergue la figura monumental de Tony Soprano, quien, fumándose un tabaco y asistido por Christopher, Silvio y Paulie, muele a golpes a los estereotipos, y crea la génesis de la buena televisión. Hay que regresar a él de vez en cuando, le quedan muchas cosas por enseñarnos. Después de todo, él sí fue “the chosen one”.

NOTAS

[1] El tema de la pérdida de los valores en la sociedad contemporáneo, moderna, postmoderna o cualquier denominación ridícula que le queramos dar, es un tema harto recurrente en la serie. Aparece en boca del sacerdote Intintola y la doctora Melfi, de Tío Jun y la madre de Tony, de Paulie, Christopher, Silvio, Pussy –todos miembros de la Familia Soprano– y el propio Tony. Las comparaciones con un pasado supuestamente mejor, más justo, más honorable es una línea temática importante. Lo diferente en este caso, es que casi siempre que aparece, funciona no como oda al pasado, sino como crítica del presente, de un presente olvidadizo y superficial, de un presente superfluo. Y en este sentido uno de los pasajes más ilustrativos, y en cierta medida profético es la escena de la primera consulta de Tony con su psiquiatra, la doctora Melfi, ese momento en el que se queja del concepto de la terapia y del sentimentalismo ridículo que promueve la Televisión con programas en los que la gente aparece hablando y lloriqueando sobre sus problemas. Me pregunto qué pensaría Tony si viera un capítulo Keeping Up with the Kardashians, probablemente orquestaría algo contra aquel clan, de Familia a Familia.

[2]El personaje de la madre es bien interesante, y tiene dos lecturas importantes, por una parte no sería descabellado pensar en la madre como símbolo de esa modernidad que ahoga a Tony, que ahoga al sujeto contemporáneo (o moderno). La madre entendida no como un espacio seguro, como el vientre que resguarda; sino como la portadora de la vagina dentada, la sofocadora, el motivo real de la miseria. Otro elemento además de esta interesante, y no tan novedosa, subversión de un paradigma, es que en la primera temporada al menos, el verdadero antagonista de Tony no es el FBI u otro capo que pida su cabeza, ni siquiera Uncle Jun, es su madre, la que con gran inteligencia mueve los hilos para hacer de la vida de Tony un verdadero infierno, y finalmente, incluso para acabar con el infierno y, con su vida. La madre será la primera, pero luego están Janice, la hermana, la doctora Melfi, Carmela, incluso su hija; y es que, a pesar de ser una serie macho, donde los grandes protagonistas son hombres, los personajes femeninos no son simples apoyaturas de estos personajes, son ellas las que condicionan la acción en la serie.

[3] El elemento de lo onírico es una marca estilística muy fuerte dentro del modo de contar en The Sopranos, y sirve, sobre todo, para reflejar los estados de ánimos reales de las personas. Es la manera en la que sabemos bien qué sienten, no pueden mentir en los sueños. Además, es una interesante manera de contar que rompe también con todos los moldes y modas de las “típicas series de gánsteres”. Es increíble cómo después de ver todas las escenas de los sueños de Tony, de Christopher y tantos otros personajes, cuando vi a Don Draper y sus pesadillas fue como… pfffff ya lo vi en The Sopranos; o cuando Francis Underwood pasa días (y capítulos) agonizando, también por una herida de bala, y entra en esta suerte de mundo paralelo irreal y pesadillezco, es como: mmmmm ¿qué ya no he visto antes?

[4] Los primeros capítulos de la primera parte de la sexta temporada tienen dos niveles, el nivel real en el que aparece la familia Soprano (la cívica y la de negocios) cuidando a Tony en el hospital. Y el nivel onírico en el que Tony se encuentra en una ciudad extraña, en una situación extraña, donde lo mismo se cruza con Tony B, su primo muerto, que con unos monjes budistas que lo golpean. En el primer nivel vemos las tensiones entre los herederos de Tony y sus luchas de poder. Cuánto le debe Francis Underwood y sus días en terapia a los días en coma de Tony…

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