Vasili Grossman o la libertad de la novela

El escritor soviético Vasili Grossman en Schwerin, Alemania, en 1945. Foto: Study Center Vasily Grossman.

Por: Heriberto Machado Galiana (Tomado de Cachivache Media)

Transcurre el año 1942. Mijaíl Sídorovich Mostovskói, un bolchevique de la vieja hornada, se encuentra detenido en un campo de concentración alemán. El mayor Liss, al frente del campo, comprende que este no es un reo común. El trato no es diferente, Mostovskói sufre las mismas vejaciones e inclemencias que el resto de los prisioneros; solo la cercanía del mayor hace desigual el encierro del comunista. Liss sabe que puede aprender mucho del anciano, el cual entiende la estratagema y por ello recurre al silencio cada vez que es interpelado. Una noche despiertan al viejo soviet y lo trasladan hasta la oficina del joven nazi. Este insiste en hacer hablar al anciano, por ello perora constantemente para ver si lo hace salir de su mutismo. “Liss comenzó a hablar deprisa, animadamente, como si ya hubiera charlado antes con Mostovskói y ahora se alegrara de tener la oportunidad de concluir la conversación interrumpida.” El viejo continúa impasible, pero las palabras del alemán le hacen mella, por algunos instantes hasta le resultan dolorosas, opresivas:

— Cuando nos miramos el uno al otro — le dice Liss — , no sólo vemos un rostro que odiamos, contemplamos un espejo. Ésa es la tragedia de nuestra época. ¿Acaso no se reconocen a ustedes mismos, su voluntad, en nosotros? ¿Acaso para ustedes el mundo no es su voluntad? ¿Hay algo que pueda hacerles titubear o detenerse?

Liss aproximó su rostro al de Mostovskói:

— ¿Me comprende? No domino el ruso a la perfección, pero deseo tanto que me comprenda… Ustedes creen que nos odian, pero es sólo una apariencia: se odian a ustedes mismos en nosotros. Terrible, ¿no es cierto? ¿Me comprende [1]

Mostovskói sabía que era fácil refutar las palabras del alemán. Sin embargo, la franqueza que respiraba en sus palabras le hería el corazón. Todo su pensamiento temblaba. La duda horadaba su ser. Y lo peor era que él reconocía que esa incertidumbre no brotaba de aquel monólogo al que se hallaba sometido, sino de su propia alma.

Para Liss el nacionalsocialismo no era más que una versión mejorada del estalinismo. “Nosotros somos sus enemigos mortales, sí. Pero nuestra victoria será su victoria. ¿Lo comprende? Si ustedes ganan, nosotros moriremos y viviremos en vuestra victoria.”

Cuando el viejo bolchevique regresa a su celda, ya no es la misma persona.


El pasaje antes narrado pertenece a la novela Vida y destino, que el escritor y periodista soviético Vasili Grossman terminó de escribir en 1960, un año antes de que la misma fuera confiscada por el régimen soviético. La leyenda dice que dos copias se salvaron de puro milagro. Una de ellas, a través de Semión Lipkin — amigo de Grossman — y de una pequeña red de disidentes soviéticos, pudo llegar a Suiza, donde se publicó en 1980, convirtiéndose en un hito mundial, en una de las epopeyas épicas más grande que se hayan escrito en el siglo XX. El centro de la trama son los miembros de la familia Sháposhnikov, dispersos desde Alemania hasta Siberia. Mientras que la raíz del tema es la insaciable lucha — a veces inadvertida — entre el bien y el mal, la enorme dicotomía que redunda en cada gesto humano, la fuerza motriz de la verdad.


Vasili Grossman nació en 1905 en Berdichev, Ucrania. Sus padres eran judíos no religiosos. Él (Salomón), ingeniero químico. Ella (Ekaterina), profesora de francés. El matrimonio se disolvió muy pronto, y aunque el pequeño Vasia se quedó junto a su madre, siguió después los caminos profesionales del progenitor, pues en 1929 recibía su título de ingeniero químico en la Universidad de Moscú. A principio de los años 30 comenzó a trabajar en una mina de carbón en la cuenca de Donbass, al sur de Rusia. Pronto comprendió que la pasión por la literatura era muy fuerte, y tras diagnosticársele, erróneamente, tuberculosis, decide consagrar su tiempo a la escritura. Su relato En la ciudad de Berdichev, y su primera novela, Gluckauf, recibieron la atención de Máximo Gorki, el pontífice de las letras soviéticas e inventor del ambiguo concepto de “realismo socialista”, lo cual le granjeaba un buen estatus en el ambiente de los círculos literarios. En 1937 Grossman fue aceptado en la Unión de Escritores de la Unión Soviética y en 1940 publicaba su novela histórica Stepan Kolchuguin, que encontró éxito entre los lectores y la crítica.

Iniciada la invasión nazi a la URSS, Grossman se alistó como voluntario para acudir al frente como periodista de Estrella Roja, diario del ejército. Cubrió como reportero la Batalla de Kiev, en la cual estuvo dos veces a punto de caer prisionero. Sus crónicas en Estrella Roja, y la novela El pueblo es inmortal, publicada por entregas en este mismo diario, lo hicieron popular en todo el país. En agosto de 1942 fue trasladado a Stalingrado, donde pudo apreciar los horrores de la “guerra de ratas” que se libraba por cada palmo del suelo de esta ciudad que, por su nombre, se había convertido en un símbolo de la resistencia. Luego participó en las batallas de Kursk y Dniéper, y en 1944 entró en Odesa liberada. En 1945, asignado al 8vo Ejército de la Guardia, se convirtió en el primer periodista ruso en pisar suelo berlinés, donde asistió a la rendición de la ciudad. Aquí tuvo oportunidad de presenciar los crímenes que cometieron los soldados del Ejército Rojo, y con posterioridad visitó varios campos de concentración alemanes que le dejaron una impresión profunda.

Después de la guerra se convirtió en uno de los principales divulgadores de los crímenes del nazismo. Varias de las novelas, cuentos y artículos que publicó después de la guerra reflejan estos horrores para los que no existen justificantes. Se convirtió en uno de los primeros acusadores del Holocausto. Pero sabía que estaba denunciando solo una parte de la verdad, pues mucho de lo que había presenciado no era conveniente decirlo. Estaba reflejando solo media verdad y la otra mitad lo iba carcomiendo lentamente. Para poder publicar Por una causa justa, aparecida en 1952, tuvo que hacer excesivas concesiones. Cuando enfrentó la escritura de Vida y destino, ya había librado una batalla ética y moral consigo mismo, y el resultado de esta lo había llevado a enfrentar un proyecto literario en el cual finalmente podría conglomerar toda la verdad que antes, durante, y después de la guerra había presenciado. El libro que pretendía escribir le reclamaba una libertad que no poseía en su mundo externo, pero su interior, su espíritu creador, ya estaba liberado.


Boris Pilniak fue arrestado en 1937 y procesado al año siguiente. Se le acusaba de mantener conversaciones secretas con André Gide en las que tributaba al francés información sobre el estado de la URSS. Su juicio duró 15 minutos. Se le condenó a muerte.

Arrestado en mayo de 1938 y condenado a cinco años de prisión. Su delito: leer en público un poema en el que se satirizaba la figura de Stalin. Murió en un campo de concentración cercano a Vladivostok el 27 de diciembre de 1938. Su nombre: Osip Mandelstam.

En 1939 Isaak Bábel fue encarcelado y sometido a un juicio sumario el 26 de enero de 1940. Acusado de espionaje y terrorismo, el escritor ruso fue condenado a muerte y fusilado al día siguiente. A la muerte de Stalin, Bábel, al igual que Pilniak y Mandelstam, fue rehabilitado por considerarse que había total “ausencia de crimen” en sus actividades.

Corría el último año de la Segunda Guerra Mundial cuando el soldado del Ejército Rojo Aleksandr Solzhenitsyn fue detenido y acusado de verter opiniones antiestalinistas en cartas cruzadas con un amigo. Por ello fue condenado a ocho años de trabajos forzados.

En febrero de 1961, dos hombres vestidos de civil aparecen de súbito en el domicilio de Vasili Grossman. Buscan Vida y destino. Según la investigadora Zoia Barash: “hicieron un registro minucioso y se llevaron además los borradores manuscritos y mecanografiados, el papel carbón y las cintas de la máquina de escribir.”[2]


Si bajo el gobierno de Stalin el proceder iba encaminado hacia la eliminación del artista, bajo el mandato de Jrushchov, la represión se había perfeccionado: ahora se desaparecía la obra. ¿Para qué incriminar torpemente al creador si se podía borrar de un tajo su creación?

Un año después de secuestrada la novela el silencio era absoluto. Vasili Grossman le escribe entonces a Jrushchov. En la carta le espeta que en su libro no hay mentiras, que él habla de los seres humanos y de sus desgracias, alegrías y muertes: “Sí, en mi libro hay páginas amargas y difíciles. Puede que no sea fácil leerlas, pero créame, también fue difícil escribirlas.” Y más adelante le suelta a bocajarro: “Un libro no es una ilustración directa de los puntos de vista de los líderes políticos”.

A pesar del proceso de desestalinización, que realmente “relajó” la vida política y social de la URSS, aún el realismo socialista[3] imperaba como fuerza motriz para impulsar el desarrollo artístico de la nación. Estas palabras de Grossman al Soviet Supremo lo convertían en un molesto insecto. La misiva terminaba, incluso, con un ligero golpe de intransigencia: “Mi novela está encarcelada, pero yo la escribí y no pienso renunciar a ella. Sigo pensando que reflejé la verdad. Ruego que devuelvan la libertad a mi libro.”

La carta nunca mereció una respuesta, pero gracias a ella Grossman fue invitado a una entrevista con Míjail Suslov, miembro del Comité Central del Partido y principal ideólogo del país. Suslov comenzó hablando de lo mucho que partido estimaba su novela El pueblo es inmortal, así como los cuentos y artículos sobre la guerra, pero la novela en cuestión no, pues era “hostil al pueblo soviético; su publicación perjudicaría no sólo a nuestro pueblo y al Estado soviético, sino a todos los que luchan por el comunismo fuera de la Unión Soviética. La novela beneficiaría a nuestros enemigos.” Y continúa:

“Considera usted que en su caso hemos violado el principio de libertad. Si es así, entiende la libertad en el sentido burgués. Pero nosotros tenemos otra noción de libertad. No entendemos la libertad del mismo modo que los capitalistas, como el derecho a hacer todo lo que a uno le venga en gana sin tener en cuenta los intereses de la sociedad. Nuestros escritores soviéticos deben producir sólo lo que el pueblo necesita, lo que es útil a la sociedad. Todos los que han leído su libro coinciden en su valoración: lo consideran políticamente nocivo para nosotros. ¿Por qué deberíamos añadir su libro a las bombas atómicas que nuestros adversarios preparan contra nosotros?”[4]

Para rematar y hacer más risible el suceso, cuando Grossman reclamó la libertad de su novela, Suslov terminó por decirle que no se preocupase, que su novela sería publicada, pero dentro de doscientos o trescientos años. ¿Prepotencia? ¿Qué seguridad tenían los soviéticos de su existencia eterna? Para bien de la Historia, de la literatura y de los lectores, esas dos centurias presagiadas se acortaron a un cuarto de siglo, pues la novela se publicó en Rusia en 1988, como parte de la implementación de la política de Glásnost iniciada por Mijaíl Gorbachov.

En la actualidad Vida y destino no solo está considerada una gran novela, sino además un magnífico testimonio de los años de la guerra, y una denuncia cabal de los múltiples insidias que cometió el régimen soviético para agenciarse el control absoluto de las masas y por ende la permanencia en el poder. Algunos de estos sucesos — como la hambruna a la que fue sometido el pueblo ucraniano por órdenes de Stalin (Holodomor) y la existencia de los de los campos de concentración soviéticos (Gulags), mucho antes de que los alemanes lograsen su versión mejorada — son dignos del más absoluto espanto. Un horror comparable al que los nazis perpetraron en sus dos décadas en el poder.

El 14 de septiembre de 1964 falleció Vasili Grossman, víctima de
cáncer. ¿Cuánto dolor habrá soportado este hombre que pudo entrever y
convertir en literatura el dolor de toda una nación, que vio de la
moneda sus dos caras, que festejó victorias punzantes, y arrastró,
durante los días de su vida, sublimes sufrimientos, infaustas dichas?

[1] Vasili Grossman: Vida y destino, Random House, 2010, p. 502

[2] Zoia Barash: Vasili Grossman, su vida y su destino, revista Unión, №77, 2012, p 64

[3] Nota curiosa: a Semión Lipkin le gustaba repetir, que si a algo le temían los propugnadores del realismo socialista, era al realismo.

[4] Tomado de Wikipedia, la enciclopedia libre.

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