Para eso ya ni te pongas ropa

Ilustración: Mayo Bous/ Cachivache Media 

Por: Carlos Ávila Villamar (Tomado de Cachivache Media)

Un artículo (periodístico, se entiende) es un ensayo enano y cuasi perfecto, el bonsái de un árbol cuyas raíces no son apropiadas para el interior de la casa. El artículo nace con el pragmatismo de la prensa. Antes de que existiera la prensa nadie escribía artículos. Tienes una opinión y debes ponerla en el molde, y el lector ya la anda buscando desde el primer párrafo, porque se leyó el título y pensó que el tema tal vez le interesara. Pero el lector está leyendo ahora (anda apurado, lo sé muy bien) y nada, absolutamente nada. Sí, este es uno de esos bonsáis mal crecidos que se terminan saliendo de la maceta. Así que pido disculpas por adelantado, porque el tema daría para tres o cuatro textos, pero no quiero hacer una masacre: dejaré que las cosas salgan solas, de la manera más espontánea posible. Una cadena de ideas. Comenzaré, pues, por la idea originaria.

 

Tengo alrededor de mil amigos en Facebook, la mayoría de los cuales son completos extraños. Es lo que sucede cuando aceptas a cualquiera sin pensarlo dos veces, bajo la esperanza de que tal vez un día pueda surgir una verdadera amistad. Seré más honesto: quizás, en un principio lejano (cuando vestía el azul de la vocacional), lo hice por el deseo subterráneo de engrosar un número de amigos, sinónimo entonces de ser popular, cosa que nunca he sido y que a estas alturas me doy cuenta nunca seré. Lo que quiero decir es que en Facebook todo el tiempo estoy saturado de imágenes que suben personas que no conozco, estoy saturado de la selección que hacen de sí mismas esas personas para mostrar al mundo, y en este preciso instante estoy saturado de un tipo de selección que eclipsa a todas las demás, y que se roba el protagonismo en mi pobre página de inicio a causa de los desenfrenados likes que provoca. Solo espero que todos esos likes sirvan para subirle la autoestima a alguien. Lo digo de verdad. Cuando una muchacha baja la cámara para que, gracias a la magia de la perspectiva, sus caderas se vean más anchas, o cuando sube la cámara todo lo que puede para ensalzar unos pechos prematuros, y se dedica a publicar las mismas poses a toda hora, supongo que alguna necesidad está intentando satisfacer, y me hago creer que esa es su manera de ser feliz.

Cuando pienso en los shorts de mezclilla hoy de moda, que dejan muy poca piel a la imaginación, trato de pensar que son solo un modo de ventilar el inicio de los muslos, y que constituye una feliz coincidencia la efectividad con la que atraen la mirada del transeúnte. Cuando veo a un par de muchachos bailar en la puerta de la guagua con el reguetón de sus celulares (pido al editor que no corrija la palabra reguetón, pues si sus oyentes no han aprendido cómo escribirlo yo no tengo por qué hacerlo), trato de pensar que no fingen copular con el aire y que no demuestran sus habilidades a la indiferente señorita que está al lado. Cuando me detengo en la facilidad con la que se han normalizado palabras relativas al acto sexual, cómo a veces las usamos en situaciones que no tienen nada que ver con el sexo, trato de pensar que el idioma es sabio y sabe cómo evolucionar. En inglés, por cierto, jazz significaba sexo antes de convertirse en un género musical. La cuestión es que podemos negarlo durante un rato, pero presenciamos una asimilación progresiva de la sexualidad.

El twerk dejará de ser obsceno, lo queramos o no. Los padres se han cansado de luchar porque sus hijas no se vistan como prostitutas (a lo American Beauty), y ya les da igual si publican una foto en Facebook en la que muestran su nueva ropa interior. Hace unos años el video musical en el que LMFAO bailaba en calzoncillos (primer plano, cámara lenta) demostró que la tendencia no se iba a limitar para siempre al universo femenino.

Lo raro es que no nos damos cuenta. Si le preguntara a una de mis desconocidas amigas de Facebook si sería adecuado publicar una fotografía de sus senos, probablemente respondería que no, que quién creía yo que era ella, por Dios. Sin embargo, esa misma persona no ha dudado en publicar fotografías en las que exhibe y sujeta sus senos aprisionados, mientras pone boca de pato y mira provocativa a la cámara. La diferencia visual es la ropa (un milímetro de tela, en realidad) pero ¿acaso la intención de la foto ha sido distinta? ¿Todas esas muchachas, que presumen sus maravillosos cuerpos en vestidos cortos, y que acercan sus bocas, como a punto de besos lésbicos, han tenido intenciones distintas de las que tendría una muchacha que publicara desnudos y besos lésbicos reales? Una mujer que ha agrandado sus senos mediante una cirugía plástica está convencida de que su vida sexual es privada, pero es probable que la cirugía no estuviera motivada por su esposo, sino por todos los demás hombres y mujeres con los cuales no va a compartir la cama. No mostrará sus senos, pero se esforzará en sugerirlos. No dudará en demandar a su jefe si se hace el gracioso (con toda justicia), pero ahí seguirán sus senos, siendo sugeridos, por decirlo de algún modo.

Está claro: la sexualidad siempre ha estado detrás del telón controlando la vida del ser humano. Casi todas las artes están motivadas remotamente por el impulso sexual (alerto al lector que esto es una pequeña digresión, una de las raíces mal cortadas del bonsái). Incluso la sensualidad del ballet, enaltecida por las luces y la belleza del vestuario y los decorados, es una domesticación del deseo animal, toda la suavidad y el ritmo y la armonía no hacen otra cosa que amansar la impresión natural que produce el cuerpo humano, esculpido en músculos y tendones. El vestuario ajustado no es solo una cuestión de comodidad: permite apreciar el cuerpo como si estuviera desnudo. Algunos vestuarios imitan la piel humana, y hacen la ilusión todavía más efectiva. Por eso me pareció innecesario, por cierto, el topless de una ninfa de Drácula, en una reciente puesta en escena en el Teatro Alicia Alonso, ante los ojos confundidos de algunos niños que habían ido a la función.

El arte, desde un punto de vista biológico, no es más que la domesticación de impulsos que ya están en nuestra sangre de manera innata. Nuestra visión del mundo y nuestro sentido estético están determinados por nuestro instinto. Sin embargo, la forma sinuosa y agradable de la carrocería de un automóvil es diferente de los videos de rap o de reguetón. En el primer caso, el instinto se ha dominado en función de algo mucho más complejo, es lo que a fin de cuentas llamamos civilización. En el segundo, ha tomado el camino fácil. La sexualidad ha salido de detrás del telón y se ha robado el escenario.

Los seres humanos contemporáneos están obsesionados por el cuerpo y la sexualidad. No puedo olvidar cómo el protagonista de Sumisión (la perturbadora novela de Houellebecq en la que un partido islámico gana las elecciones en Francia, y en la que las parisinas comienzan a cubrir sus rodillas), se sorprende de cuán poco comienza a pensar en el sexo en las nuevas condiciones de su país.

Y bueno, la cámara es el instrumento por excelencia de la persona obsesionada por su cuerpo y su sexualidad. Esa persona que no concibe el mundo sin la garantía de una buena tanda de likes en el futuro. Lichtenberg nota que en algunos sueños, misteriosamente, podemos vernos desde afuera. Tal inverosimilitud solo se concibe gracias a la costumbre que constituyen los espejos en nuestras vidas. Más contemporáneamente, valdría decir, la costumbre que constituyen las cámaras en nuestras vidas. Las cámaras de los celulares se han vuelto los nuevos espejos, con el beneficio de poder conservar y manipular las imágenes más convenientes. Nuestro rostro, que no podemos ver, en realidad solo existe a través del espejo y la cámara. Los seres humanos solemos fascinarnos con los espejos y las cámaras porque nos interesa saber cómo somos para los otros. Y porque siempre es curioso y extraño ver la piel dócil que se arruga ante la presión de un músculo, la sonrisa o la serenidad que ensayamos en solitario.

Me inclino a pensar que hoy la mitad de las fotografías albergadas en todos los teléfonos móviles constituyen selfies, tomadas en momentos de aburrimiento, de tristeza o de felicidad. Y las selfies, en particular aquellas tomadas en solitario, responden menos a la función originaria de la fotografía (testimonial, por así decirlo) que a la necesidad de ensayar muecas, posturas, que nos hagan sentir mejor con nosotros mismos, que nos hagan sentir objetos de deseo de otras personas. Si nos fijamos en muchas de las fotos de Facebook, resulta evidente que las poses intentan provocar un deseo en el espectador del futuro. Se mira de lado, se arquean las cejas, se entrecierran los ojos, y si se sonríe, es solo de una manera cómplice, artificialmente cómplice. Las fotos de nuestros padres cuando jóvenes (nada más hay que verlas) carecen de la mayoría de estas nuevas e incómodas banalidades.

Ya he dicho que la cámara ha pasado a ser nuestro censor, el juez que tiene la última palabra. Tan natural como observar el rostro en la cámara-espejo resulta observar el cuerpo, para hombres y para mujeres. Muchas más personas de las que estarían dispuestas a aceptarlo se han tomado fotos sin ropa con sus teléfonos móviles. La mayoría de las fotos son borradas al instante. Otras permanecen bajo llaves y contraseñas sofisticadas, como recuerdos o extraños amuletos. Algunas, de vez en cuando, salen a la luz pública. Pareciera que cada vez que un hacker se adueña del teléfono móvil de una celebridad encuentra fotografías comprometedoras.

Ya que estas fotografías son tan abundantes, ¿qué pasaría si Facebook, que hasta ahora censura cualquier desnudo explícito, dejara a sus usuarios publicarlas libremente? Está claro que no va a pasar ni hoy ni mañana: lo que me interesa saber es, de existir la opción un día, cuántas personas serían capaces de aprovecharla. Por una cuestión de simple estadística habrá una primera oleada de insensatos aislados, sin nada que perder, tal vez diestros en Adobe Photoshop. Pero luego… ¿cuántos no caminarían a pasos de hormiga con sutiles atrevimientos? ¿Cuántos no publicarían fotos llenas de filtros, ambiguas, luego ya no tan ambiguas? ¿Por qué esta humanidad, que hasta hace cosa de cien años se ruborizaba cuando una mujer mostraba sus muslos, no sería capaz de ceder mucho más en el próximo siglo, y concluir el proceso de asimilación de la sexualidad?

Sabemos con certeza que son posibles sociedades sin el adquirido pudor ante el desnudo, existen todavía en nuestro planeta. Incluso en la nuestra, en condiciones medianamente pactadas, una persona es capaz de desnudarse frente a otra durante el acto sexual, pero también en las duchas colectivas, en un examen médico, o en una casa en la playa con demasiado alcohol en la sangre. Y bueno, no hay duda que nos hemos adaptado a otras situaciones que antes igual hubieran espantado a los moralistas: los trajes de baño que se exhiben en la playa, que a fin de cuentas esconden muy poco de nuestros cuerpos, los shorts inconcebiblemente cortos, ciertos performances y obras de teatro ansiosas de público (de las que abundan en nuestro país)… Todo es cuestión de circunstancias. Como una bola de nieve, la sexualidad, cada vez más insertada en el mundo cotidiano, alimenta la obsesión de las personas por la propia sexualidad. Las fotos provocativas generan más fotos provocativas y las cirugías plásticas generan más cirugías plásticas.

En La naranja mecánica, la novela de Anthony Burguess, el mundo se ha despojado de sus prejuicios medievales, y la pornografía ha sido asimilada como una expresión admirable del arte, adornando las casas de las mejores familias. El escenario me parece no solo posible, sino probable en un futuro lejano. Cierto filósofo inglés, con algún vestigio moderno, imaginó que la humanidad iba a encarar la sexualidad en el mañana, e iba a abandonar sus prejuicios, que los padres irían a playas nudistas con sus hijos, donde les explicarían las peculiaridades de la reproducción en los mamíferos. La contracultura, enaltecida y legitimada en la posmodernidad, ha hecho que asimilemos el sexo, pero no desde la perspectiva de la civilización, no como lo esperaron los modernos: la hemos asimilado desde la barbarie. La utopía de Russell ha sido reemplazada por la distopía de Burguess.

Una absurda doble moral fomenta la asimilación desde lo obsceno y lo prohibido, en vez desde lo natural y lo abierto. Los niños escuchan hablar sobre sexo a edades cada vez más tempranas, pero no lo escuchan de sus padres, y solo se llevan ideas confusas. Escuchamos todos los días a los niños cantar canciones de hip hop (de reguetón, en el caso de Cuba), con la sensación del que sabe que dice algo que no se debe decir, y en ese placer transgresor se funda su oscuro concepto de lo que es la sexualidad. Las muchachas que publican fotos provocativas en Facebook tienen poca conciencia de lo que hacen porque su educación sexual se ha sentado en la hipocresía: la práctica les demuestra que ser provocativas las hace resaltar, pero algo en sus cabezas insiste en que una buena mujer debe ser casta. Ahí está la clave. La sexualidad ha degenerado porque hemos preferido ponernos una venda en los ojos, porque hemos preferido ignorarla.

Ilustración: Mayo Bous/ Cachivache Medo

Y cuando por fin la encaremos, cuando Facebook deje de censurar los desnudos explícitos, habrá sido demasiado tarde. La habremos encarado solo porque viviríamos en un mundo tan patéticamente obvio y superficial, que negarla habría desafiado el sentido común del menos listo de la clase. Viviríamos en un mundo similar al de La naranja mecánica. No dudo que luzca joroschó para algunos, pero a mí ahora se me hace un escenario bastante triste.

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