La vida por una rendija

 

Imagen: t13.cl

Por Gabriel García Galano (Tomado de Cachivache Media)

Aún cuando creemos que hemos visto todo de la guerra, hay cosas que no nos podríamos imaginar cómo son…o fueron.

Luego de Saving Private Ryan o Enemy at the gates, seguramente nos atreveríamos a asegurar que ya conocíamos todo de desembarcos, francotiradores, ametralladoras y lanzallamas. Si a la lista le ponemos Band of Brothers o The Pacific, quedamos cubiertos en paracaidismo y quizás hasta guerra de guerrillas en la jungla.

Y claro, si de ahí nos ponemos quisquillosos solo por molestar y mencionamos Pearl Harbor o Sink the Bismarck, ya tendremos todo el amplio espectro de la batalla, pues ya abordaríamos la guerra aérea y los combates navales.

Pero hay un aspecto que quizás fue el más revolucionario hace un siglo y que a pocos les pasa por la mente. Muchos de seguro se pedirían un avatar de capitanes de submarino o de ases de la aviación, pero podríamos apostar que a nadie se le ocurriría, en ningún RPG, meterse en un tanque. ¿En esa bola de hierro? Ni muerto.

Carece de interés, hay calor, es peligroso (muy peligroso), lento, poco resistente y complicado a la hora de tomar las de Villadiego, o sea, huir como alma que lleva el diablo. Pero hay momentos en los que no ha quedado otro remedio que asumir esa cara fea de la guerra: la del sucio escarabajo con la trompa erguida que vomita fuego y, en muchas ocasiones, termina abierto como una lata de spam.

Y aunque no lo crea, muchos se han tomado el trabajo de pintar esta arista de la guerra.


Como nos debemos imaginar, el tanque es un invento de la guerra moderna, al contrario de lo que nos hacen ver en The League of the Extraordinary Gentlemen donde nos ponen un artefacto de estos en pleno 1899.

Hizo su debut en la Primera Guerra Mundial de la mano de los ingleses (que en esta sí le dieron delante a Alemania) y dejó tras su estreno numerosas historias al estilo de fábulas medievales con aquello de dungeons and dragons, lo que en este caso fueron más bien trenches and iron monsters.

Pero no fue hasta la Segunda Guerra Mundial que el tanque emergió como un arma letal.

Y ahí entra Cuatro tanquistas y un perro (Janusz Przymanowski, 1979), una novela de aventuras podría decirse, donde el peso principal de la historia se desarrolla en/alrededor de un tanque: el T-34, orgullo del Ejército Rojo.

Los protagonistas, polacos todos hasta que les ponen en la tripulación a un compañero de otra de las Repúblicas Soviéticas (que curiosamente a veces es más tonto de lo que debería ser un tanquista en tiempo de guerra), pasan por la contienda sin demasiadas penas ni glorias, sorteando todos los obstáculos con relativa facilidad, aunque siempre se le rompe algo al tanque o en algún momento le dan un buen trastazo, pero no mucho más.

La vida dentro del tanque es algo a lo que se hace una referencia de tal modo que a veces puedes creer que andas en una casa rodante por las carreteras de Oklahoma o bien puede haber momentos donde sientes algún miedo, sobre todo por el perro, que en todo momento da la impresión de que no vivirá para contarlo. Pero el autor se las arregla para que el can a veces sea más inteligente que los alemanes… triunfalismo de la literatura socialista puro, crudo y no tan duro.

Nada que ver con el filme Tigre Blanco (2013) donde los rusos, maestros del cine bélico y últimamente con producciones que no tienen mucho que envidiar a las de Hollywood en cuanto a estos temas, si se ven bien temerosos de los tanques alemanes, en un principio muy superiores a los suyos.

Lo que sí se puede sacar del libro de Przymanowski es que los hombres llegan a encariñarse más con el vehículo que entre ellos mismos, y aflora un sentimiento repetitivo toda vez que un blindado y su tripulación se vuelven protagonistas: ese cacharro es tu casa, y la tienes que cuidar. De no hacerlo, estás muerto.


¡Yuri! ¡Get in to the tank and destroy those fascist bastards!

Seas Alexei Ivanovich o Yuri Petrenko, cuando oyes ese parlamento sabes que estás en Call of Duty 1 (2003) o en Call Of Duty United Offensive (2004).

Este juego, que tiene el mérito de calcar momentos que hemos visto en pantalla en las citadas Saving Private Ryan, Band of Brothers o Enemy at the Gates, te entrega a estos dos hombres para que, en alguno de los momentos del juego, te subas en un tanque.

Generalmente es el año 1943, y luego de la derrota en Stalingrado, el ejército alemán prepara una nueva fuerza formada en su mayoría por blindados para asestar el golpe definitivo a la URSS.

El Ejército Rojo carece de tanquistas y comienza a ascender soldados de infantería a las divisiones blindadas siendo ahí donde le toca a usted meterse en un T-34 y cambiar su “plácida vida al descubierto” por la rendija y la mirilla del cañón. No hay manera de negarse… no si quieres ganar el juego.

Alexei y Yuri nos llevarán entonces al infierno en la Tierra: una batalla campal de tanques entre soviéticos y alemanes. Solo que tú tendrás que hacerlo todo: manejar, disparar y huir; y te das cuenta de que lo de Cuatro tanquistas y un perro es una tontería.

Desde Kursk hasta Kharkov, en dependencia de que entrega estés jugando, irás en un tanque enfrentándote a otros, superiores en número, rodeado de tus compañeros que, como en todo juego de este tipo, no te ayudan en nada.

Ahí empiezas a sentir eso que Frank Delgado llamó la “zozobra del combatiente”, el miedo se apodera de ti y cualquier paso en falso te cuesta la misión… y de ahí a comenzarla de nuevo, pues generalmente no tuviste el tino para salvar la partida en la mitad.

De esta forma empiezas a identificarte con la otra parte de vivir en el tanque, pues la cosa no va solo de disparar y acertar, sino de estar atento. Si te sales del camino, te pilla una mina; los alemanes son muchos y están armados con panzerfaust (lanzacohetes antitanques) o granadas de la misma calaña; hay cañones antiblindados por doquier y el de 88 milímetros antiaéreo también puede ser usado contra ti. A eso súmale los escombros y espacios de difícil maniobrabilidad.

Al frente, tu peor enemigo: el Tiger. Y viene sobre ti en pandilla, pues nunca se ha visto en estos juegos a un tanque Tiger solo. La batalla está planteada: tú, solo contra el mundo, tienes que defenderte de todo esto y además proteger a la infantería, los ingenieros y a otros tanques, según los objetivos de la misión. Muchas cosas para estar pendiente de ellas.

Pero créanme, es bastante cercano a la realidad y dibuja mejor qué era lo que pasaba en el frente dentro de un tanque. Un solo fallo y tu pantalla se pondrá negra.


Best job I ever had.

Esto es lo que dice Brad Pitt en varias escenas de Fury (2014). Y como ya se imaginan, nuestro amigo Pitt es un sargento, jefe de la dotación del tanque Sherman que le da nombre a la película.

Es 1945 y los aliados se baten abriéndose paso hacia el corazón de Alemania. Pero existe un ligero problema: sus tanques no tienen las suficientes condiciones para enfrentarse a los tanques nazis. Su blindaje es peor y su capacidad de maniobra limitada, quizás atrasados en par de años a la guerra que luchan. Son una porquería.

Al frente tienen a una Wehrmacht y a las SS que se están defendiendo con todo lo que tienen para evitar la derrota final. Hasta con niños. Algunas de las divisiones blindadas de las SS han sido trasladadas desde el Este, donde luchaban contra la URSS, para defender el Oeste, por tanto la experiencia superaba en buena medida la cota en favor de los tanquistas alemanes.

Fury, además de los horrores de la guerra y crímenes vinculados a la misma, la matanza de civiles, el pillaje a los cadáveres y las ejecuciones extraordinarias, nos muestra la peor parte de vivir dentro de un tanque: morir dentro de él.

Para nadie es un secreto que el tanque no se paralizaba haciéndolo volar por los cielos como normalmente se hace hoy, sino que luego de uno o varios impactos acertados, el blindado arde… desde dentro. Por esto, el tanquista norteamericano parecía estar condenado a muerte con algo de antelación por el mal blindaje de sus carros.

Tres escenas marcan la película. La primera es cuando al chico nuevo, Norman, lo mandan a limpiar en el interior del tanque. No siempre que muere alguien allí, se revienta necesariamente. En muchas ocasiones, lo que te vuelan es parte de tu cuerpo, ya sea por una granada que te cuelan dentro, un disparo de ametralladora o el proyectil de otro tanque. Se imaginan lo que hubiéramos sentido si nos mandan a limpiar “nuestra nueva casa” y lo primero que hay que recoger es un trozo de la cara del hombre que vinimos a sustituir.

La segunda es cuando los muchachos de los Volksgrenadier (granaderos del pueblo), tienden la emboscada y liquidan al primer tanque de la columna, donde resulta muerto el teniente al mando del pelotón. Bastante desgarradora, ante el fuego y el sufrimiento de morir quemado, el oficial, entre gritos y pataleos, prefiere (y logra) darse un tiro para ahorrarse el sufrimiento. No hay salvación posible.

La tercera va directamente relacionada con lo que hemos repetido: el blindaje. Un solo tanque alemán se cargaba tres cuartos de un pelotón, o sea, de cuatro blindados americanos liquidaba tres sin sufrir casi un rasguño. Solemos creer que todos los proyectiles penetraban el cuerpo del tanque, pero muchos, sobre todo los ordinarios, solían rebotar en la coraza. Para eso existían distintos tipos de explosivos, aunque en este caso de poco sirvieron.

Al final del filme se muere de la manera más tonta, pero quizás la más humana en este caso: a tiros. Pero la película es de lo mejor (si no lo mejor) que se ha hecho para mostrar otra cosa (además de cómo se muere en un tanque): el carácter del tanquista, un hombre al que creen inmortal rodeado de hierro ahí, en su ataúd andante, pero que como se dice en buen cubano, está muy embarcado desde el momento en que se mete allí adentro.

Cuando te digan, eres tanquista, recuerda todo esto y piensa que el puesto no ofrece nada atractivo, el trabajo no es elegante y quizás te va a costar un poco hacer tus necesidades fisiológicas, aunque los tanques de hoy deben tener esto cubierto. Si sobrevives, eres un genio militar, un buen gamer o simplemente tuviste suerte. Si no, obviamente, estás muerto.

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