Harry Potter, ese salvavidas

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Por: Rafa G. Escalona (Tomado de Cachivache Media)

“No es bueno dejarse arrastrar por los sueños y olvidarse de vivir.”

J. K. Rowling, Harry Potter y la piedra filosofal

Fue de casualidad. Si mi madre no hubiera trabajado en aquel lugar, si allí no hubieran tenido conexión a internet, si una compañera de trabajo suya no hubiera tenido una hija, probablemente hubiera llegado a Harry Potter como la mayoría de los cubanos, algún domingo de principios de siglo frente a la pantalla del televisor. En cambio, creo que me puedo vanagloriar de ser parte de la pequeña camada de lectores del patio que llegó a la saga de J. K. Rowling bien temprano, siendo aún niños, antes de que acabaran los noventa. Esos que lo descubrieron a una edad en la que podías fantasear con la llegada de cierta carta.

Ya para entonces, las andanzas del chico de la cicatriz en forma de relámpago se habían convertido en el éxito editorial más impresionante de la historia de la literatura fantástica. Pero acá éramos un puñado de elegidos, una minúscula cofradía que si hubiéramos tenido la edad suficiente (yo, por entonces, tenía más o menos la de Harry), hubiéramos traficado con los libros con el mismo ímpetu con que nuestros padres traficaban para mantener a flote la economía familiar.

Yo era de los afortunados: tenía a Gaby, una niña de cabello castaño enmarañado y grandes dientes frontales, menor que yo, pero de una inteligencia voraz y una pasión por la lectura que minimizaba cualquier distancia; ella tenía varios de los libros, y ambos teníamos acceso a internet desde aquellas oficinas.

Los primeros tomos, regalos de su padre, desfilaron ante nuestros ojos como los árboles desde la ventanilla de un auto en la carretera. Como la lectura fue más rápida que los ciclos de publicación, vinieron períodos de abstinencia durísimos, soporíferas etapas parecidas a esos veranos de Harry en el número 4 de Privet Drive. No recuerdo exactamente cómo, supongo que preguntando y con la curiosidad de los adictos como acicate, nos encontramos un día dando vueltas por los buscadores del internet de aquella era (un google no tan cool, un yahoo abigarrado y arrogante, y un altavista que todavía hoy extraño), intentando dar con alguna traducción de la nueva novela de turno. No nos importaba que fuera un .doc editado a duras penas, no nos importaba que la traducción fuera un macarrónico Frankestein hecho con un diccionario y más ganas que experticia, no nos importaba ser presa de los virus o, lo que es peor, la decepción de descubrir que se trataba de un fanfic.

La contabilidad de aquellas oficinas nunca registró el sistemático saqueo que Gaby y yo hicimos imprimiendo tomo tras tomo de Harry Potter, incapaces de soportar los ritmos editoriales de Salamandra. Hoy nada ni nadie me hace leer un libro electrónico a menos que sea desde un e-reader y en un decente formato y edición como Dios manda, pero entonces no había emoción comparable a la de dar con un capítulo suelto de Harry Potter y el Cáliz de Fuego. Supongo que el gusto se aburguesa y con él los sentimientos.

Entre tanta vuelta por las conversaciones en los foros, en la búsqueda de la más reciente traducción, acabamos inevitablemente en los grupos de MSN y Yahoo, las proto redes sociales de entonces. Allí la imaginería colectiva organizó no solo las habituales discusiones de fans desmontando hasta el más mínimo aspecto la obra y el universo creador por Rowling, sino que fue el hogar de innumerables Hogwarts, Hogsmeades y callejones Diagon virtuales, con elección de varita, asignación de casas, cuentas y gastos en galeones, sickles y knuts, programas de clases, desafíos personalizados para el curso y tareas escolares incluídos. La recreación de esos mundos, a través del intercambio virtual, fue uno de los grandes éxitos de esa franquicia (sí, en algún punto el mercado tomó las riendas del asunto y convirtió la saga en otra máquina de producir dinero). Harry Potter tuvo la suerte de nacer y crecer con el boom de las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, y tanto sus creadores como sus consumidores supieron explotarlo.

Supongo que una de las razones por las que Harry Potter nos atrapó a tantos como historia fue la consciencia de que estábamos de antemano ante una narración cerrada. Podía haber incontables peripecias y desvíos en el camino, pero todos sabíamos que la saga terminaba con un Harry casi adulto enfrentado definitivamente a Voldemort. Esta disposición detectivesca de la obra, con subtramas dispuestas como piezas dispersas de un puzle que terminaría siendo armado, y el mecanismo de un libro por cada año de Harry y su pandilla en la escuela de Hogwarts, fue uno de los grandes aciertos de la obra, uno que al menos a mi generación lo hizo crecer de manera contemporánea con los personajes, algo que le añadía atractivo a la lectura, al leer sobre chic@s de nuestra edad. (Creo que fuimos muchos los decepcionados al escuchar de esa añadidura que fue obra de teatro y ahora es libro, añadidura que al menos yo –¿en un síntoma de conservadurismo y vejez?– no me molestaré en leer).

Los libros de Potter eran mi personal andén 9 3/4 de la estación de King Cross, portales a la vista de todos pero que solo unos pocos teníamos la posibilidad de advertir. Una vez dentro me era posible vivir esas otras vidas que me estaban negadas. Es fácil comprender la atración que para mí (flaco, muy bajo para mi edad, gafas tras las que habían un par de ojos color verde brillante) ejerció la historia de aquel muchacho (flaco, muy bajo para su edad, gafas tras las que habían un par de ojos color verde brillante) cuuya vida de mierda se trastocó en un carrusel de aventuras. No, Harry Potter y yo no nos parecíamos a pesar de las coincidencias en las marcas fisonómicas, pero me salvó si no físicamente al menos sí intelectualmente del bullying de una adolescencia nada emocionante. Para el bicho raro sin demasiados amigos que yo era, el universo de J. K. Rowling fue un refugio de una realidad circundante hecha de juegos de pelota, fiestas y novias y en la que nunca me supe desenvolver.

A Harry Potter, puede decirse, le debo mi primera novia. Era noveno grado, era un enano de ojos saltones y una muchacha rubia demasiado alta para él y de orejas notoriamente grande. En aquella escuela de La Lisa desangelada y de experimentales maestro PGI, el enano de ojos verdes y la rubia orejona se refugiaban de la mediocridad del mundo entre las páginas del recién estrenado Harry Potter y la Orden del Fénix. Fueron unos breves meses, antes de caer de lleno en la brutalidad adolescente del pre universitario, pero por un tiempo hubo magia sin necesidad de varitas ni hechizos.

Junto con El Señor de los Anillos, los libros de Harry Potter fueron los pilares de mis mundos fantásticos. Luego vinieron Dhal, Pratchett, Gaiman y otros tantos, pero Tolkien y Rowling fueron los pioneros que plantaron la bandera en los confines de mi imaginación. El ser nada supersticioso que soy le debe a ellos el poco beneficio de la duda que le doy a lo no conocido, a la penumbra de la incertidumbre.

La adolescencia, el descubrimiento de otros mundos fantásticos y físicos, la vida de becado y el distanciamiento de internet y de Gaby fueron alejándome progresivamente de aquella pottermanía que cultivé por años. Luego del quinto libro nada fue igual, tal vez maduré yo, tal vez caducó la saga, tal vez tuvieron la culpa Led Zeppelin, Silvio Rodríguez, Junot Díaz y la guitarra. Quién sabe. No tengo hígado para las autopsias. Lo cierto es que llegué al final de la saga leyendo sin demasiado interés, como si cumpliera un trámite o un compromiso familiar.

Aún hoy soy capaz de recordar pasajes enteros y frases exactas de aquel libro que leí hace más de quince años; yo, que olvido lo que escribí hace una semana. Nunca he vuelto por sus páginas. Me da miedo. La nostalgia es una droga poderosa que hace lucir las cosas mejor de lo que fueron. Y la felicidad es un ropero viejísimo que es mejor no revolver. Puede bastar un estornudo para echarlo todo abajo.

One thought on “Harry Potter, ese salvavidas

  1. Adoré este post sobre una saga que me robó el corazón, yo no tuve el privileio de leerla según iban saliendo los libros.. comencé con La Piedra Filosofal en 2005 tenía 11 años, y no pude parar.. hasta que tuve que esperar que publicaran las reliquias de la Muerte en el 2007, lo disfruté a cada paso y lo he vuelto a leer varias veces a pesar de que ya no soy una niña, pero aun recuerdo la emoción de sentarme hasta de madrugada frente a La PC leyendo( no tenía otra forma de acceder a ellos)..y me alegro mucho de aprovechar mi infancia devorando estas páginas..

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