Expandirse es la consigna

Ilustración: Mayo Bous/Cachivache Media.

Por: Yadira Álvarez Betancourt (Tomado de Cachivache Media)

En una ocasión le pregunté a un amigo con quien comparto lecturas qué canción le gustaría que la gente escuchara dentro de dos mil años. Se lo pensó un poco proyectándose en los futuros hipotéticos sobre los que nos gusta leer. “Natural Mystic, claro” fue la respuesta. Considerando que ya contamos con tecnología de registro y preservación de datos, es perfectamente posible que dentro de cuatro siglos un prospector espacial tararee una reproducción de Natural Mystic mientras explora un asteroide buscando agua o antimonio. “¿Y eso qué es?” le preguntarán los operadores de comunicaciones, “Nada” –contestará– “Una canción de cuando la gente vivía solo en la Tierra”.

Viéndolo de ese modo y sin obviar ningún detalle cotidiano en lo que a la Humanidad concierne, parece realizable que salgamos alguna vez del pozo de gravedad de la Tierra y hagamos nuestra casa fuera del planeta. E incluso que llevemos al cosmos nuestros conflictos.

La space opera es el subgénero de la ciencia ficción que trata acerca de esa posibilidad hipotética donde hay un prospector que practica la minería de asteroides en la Nube de Oort, un soldado estelar que protege la estación minera, navegantes que manejan las naves y transbordadores para toda la operación, operadores de ultralínea que se ocupan de las comunicaciones entre naves y con la Tierra y un puñado de piratas espaciales que acechan detrás de algún planetoide esperando sacar algo de beneficio. Para dar color a todo no pueden faltar los enredos burocráticos, religiosos, políticos, sexuales y sociales que conforman el paisaje donde transcurre la historia. La space opera es, en resumen, la narración en clave ficcional de nuestros posibles futuros en el espacio.

En sus inicios este subgénero nació como la continuación natural del género de aventuras, con idéntica fórmula de entornos exóticos, héroes y villanos arquetípicos y todas las tragedias, persecuciones y escenas características que se podrían ver en un western, pero en el espacio. Las naves como sustitutas de caballos, diligencias y galeones; el colt de los astronautas, una pistola láser; el malo, una caricatura moral y racialmente opuesta al héroe, este casi siempre blanco, atlético, ingenioso y de virilidad intachable.

El escritor Wilson Tucker fue quien utilizó por primera vez el término de space-opera. Peyorativamente, como una crítica a lo que él percibía como vicios y clichés de la ciencia ficción de su tiempo. Equiparaba algunas obras con las soap-opera de la televisión americana o con las mismas películas ambientadas en el Oeste, conocidas popularmente como western o horse opera. De hecho, podría decirse que aquella space opera de los inicios es una de las responsables de la mala calidad atribuida a la ciencia ficción. Excepto ejemplos como la obra de Skylark Smith, Leigth Bracket y Edmond Hamilton, lo que se movía en la esfera de la creación de la space opera no se caracterizaba por su calidad. Muestra de ello es el hecho de que hay que cavar muy hondo para desenterrar algunas de aquellas historias. Para editores y fanáticos del género que coleccionan recuerdos, esas novelas en formato pulp son como los cuadros que le compramos al hijo pintor de nuestra mejor amiga y que luego ponemos en el cuarto menos visitado de la casa, curiosidades risibles.

El subgénero comenzó a decaer (o a resignificarse) en 1960, a partir de la Nueva Ola, cuando la ciencia ficción se adentró en el estudio de las sociedades futuras. La aventura, sin ser completamente eliminada de la ecuación, dejó de ser el factor central de interés, y por ello se hizo más complejo leer y escribir space opera. Ya no bastaba con una nave, una pistola láser, un Emperador Ming, un secuaz y una princesa: ahora había que hablar en serio de religiones, de política, de economía, de emociones y de ciencia. Considerando que la calidad y el nivel de complejidad de las tramas se elevaron notablemente en comparación con las primeras historias, en la práctica se podría decir que el subgénero, como fue concebido al principio, dejó de existir. “Aunque sigue siendo percibido como un estereotipo de la ciencia ficción, con el tiempo el término space opera ha dejado de tener esa connotación negativa para pasar a definir un tipo de novela concreto” afirmó David G. Hartwell en la antología The Space Opera Renaissance (2006)

El análisis de los mejores ejemplos ha llevado a una reevaluación del término y a una resurrección de la space opera, porque la aventura espacial de grandes dimensiones sigue siendo muy popular para público y creadores.

El subgénero, como toda la ciencia ficción, cruza por diferentes etapas y niveles de calidad, desde la incoherencia total hasta la epopeya galáctica de culto. Algunas novelas podría decirse que presagian el futuro libro de texto de historia, y no cualquier historia, sino una historia bien contada. La acción, el sexo, héroes y villanos, las persecuciones de naves, las criaturas exóticas y los entornos originales siguen siendo parte del tinglado. Pero para marcar tendencia y ganar adeptos, el paquete debe incluir, como agregados obligatorios, personajes coherentes, tramas bien construidas y una carga intensa pero manejable de ciencia, política y religión.

Desde Alice Bradley Sheldon, Frank Herbert, Isaac Asimov, Úrsula K. LeGuin, Iain M. Banks, Jordi Sierra I Fabra, Stanislaw Lem, Angélica Gorodisher y Poul Anderson, la space opera literaria abarcó galaxias y especies con una profusión tan atrevida como contagiosa, de modo que saltó a los medios en videojuegos, versiones televisivas de sagas complejas como Dune e Hijos de Dune y películas antológicas que deben haber visto u oído mencionar alguna vez, entre ellas Enemigo Mío y 2001: Una odisea del espacio.

Algunas otras no son tanto recreaciones de novelas como ideas nacidas de esa mezcla explosiva que es la saga espacial con el drama histórico y los arquetipos psicológicos. Star Trek y posteriormente Star Wars, devolvieron al género en la pantalla todo el gancho y la gloria, además de la fidelidad del público. Luego vinieron Stargate, Babylon 5, Battlestar Galactica, Lexx y otras menos gloriosas y atrevidas como Extant y Dark Matter. Y no se puede excluir la muy rica tradición de la space opera en animados, desde productos como Ulises 31, Titán A.E. Macross y Acorazado espacial Yamato, hasta la hilarante parodia Futurama.

Hasta el momento la space opera solar parece la más cercana posible en comparación con sagas galácticas como Dune, Fundación y las obras del Ekumen. Su base fundamental, la colonización terraformadora de los planetas del sistema solar, se presenta no solo como un desafío a la inteligencia y la tecnología, sino como un imperativo para la supervivencia de la especie. La aventura en sí no es el enfrentamiento a villanos, enamorar a la heroína del cuento y convertirse en emperador, sino colonizar el sistema, terraformar planetas, conseguir recursos y sobrevivir como familia y como especie ante conflictos ecológicos y políticos, incluso ante una amenazante (y no por ello maligna) tendencia a la transhumanidad.

Estas obras constituyen acercamientos bastante creíbles a lo que significará superar el pozo de gravedad de la Tierra y saltar más allá de nuestra atmósfera hasta el límite marcado por Plutón. Algunas como Los mercaderes del espacio de Frederik Pohl y Ciril Kornbluth, La Luna es una cruel amante de Robert Heinlein, la saga de los mineros de la Luna de Ian MacDonald y la Trilogía de Marte de Kim Stanley Robinson, abordan, además de la cuestión tecnológica, matices de las relaciones sociales, políticas y comerciales vistos desde un prisma muy objetivo.

Las space operas solares mejor escritas de los últimos tiempos se sitúan en algún momento entre el siglo XXI y el XXIII, cuando posiblemente podamos al fin dar el segundo paso sustancial de la carrera al espacio colonizando algún otro cuerpo estelar además de la Luna. Poseen una fuerte carga de política, economía e intrigas sociales, y la caracterización psicológica de sus personajes no está tan distante de la nuestra: aún somos reconocibles como especie, con los mismos defectos, sesgos y cualidades. Y el modo de solucionarse o generarse los conflictos no difiere en forma medular del actual. También ostentan una carga notable de descripción técnica sobre las propiedades de las naves y estaciones planetarias u orbitales, consecuencias de la gravedad o la falta de ella, cuestiones como la hermeticidad, la regulación térmica, el uso de compartimientos estancos, escafandras y esclusas de presión, niveles de sostenimiento vital e impacto de la vida fuera de la Tierra en el organismo humano y en las relaciones que se establecen entre las personas.

Una reciente muestra de la space opera solar es The Expanse, en la que vale la pena detenerse y hablar un poco más, sobre todo después de haber culminado la segunda temporada de una muy bien realizada adaptación televisiva.

Enmarcada en el siglo XXIII, en esta novela río se describe la concatenación de eventos políticos y sociales que rodean un experimento de dudosas implicaciones éticas ejecutado con material genético humano y una exótica materia alienígena. La raza humana ya no está limitada a la Tierra, Marte está poblado por una cultura fuertemente expansionista y terraformadora, y la región entre el planeta rojo y Júpiter, el cinturón principal de asteroides del sistema, es el hogar de los beltalowda, los mineros estelares. Justamente la zona de los cinturinos es la manzana de la discordia entre la Tierra y Marte por los recursos de agua estelar y minerales.

Como en una compleja partida de ajedrez de dimensiones cósmicas se va tejiendo la trama de The Expanse. De un lado las Naciones Unidas, institución que se ha erigido en la principal autoridad de gobierno planetario y no tiene mucho en común con las Naciones Unidas que conocemos. Esta ha cambiado en el tiempo y padece los mismos males de todas las grandes instituciones seculares e inflexibles que superan el límite de la antigüedad: corrupción, inmovilismo, abuso de poder y discrepancia de criterios y métodos. Su divisa es “La Tierra primero”.

Del otro lado, Marte, haciendo honor al origen de su nombre, se eleva como una potencia militar altamente tecnológica y con una misión urgente: terraformar a cualquier precio o morir. Y en el centro del tablero, los cinturinos con sus propios conflictos por la supervivencia y la autonomía, enemigos de todos los planetícolas y solos en la lucha por convertirse en una civilización estelar autosustentada y con un gobierno propio. Estos cinturinos han pasado de ser obreros temporales a convertirse en habitantes permanentes del espacio, y con ello han desarrollado cuerpos diferentes, una cultura propia, idiosincrasia, lenguaje e incluso una tendencia política independentista.

La serie de novelas, firmadas bajo el seudónimo James S.A. Corey y acompañadas por cuentos y novelas cortas como fix-ups de la historia central, alcanzan hasta ahora la cifra de seis:

El despertar del Leviatán, La guerra de Calibán, La puerta de Abadon, Cibola arde, El juego Nemesis y Cenizas de Babilonia.

Aunque el último libro cierra de modo definitivo la trama iniciada en el primero, el universo de la Expansión ha resultado tan atrayente y bien concebido que no son descartables otros relatos sobre esta línea.

Tras el seudónimo James S. A. Corey encontramos dos escritores que esgrimen sólidos vínculos con las políticas creativas en televisión y medios: Daniel Abraham y Ty Franck. Por ello no es casual que la adaptación al medio televisivo esté mostrando mejores resultados que otros intentos de llevar novelas de ciencia ficción a la pantalla. Particularmente el escritor Ty Franck es colaborador de G.R.R. Martin, lo cual entraña una recomendación interesante.

Esta no es una historia para consumidores medios que solo busquen emociones fáciles: es hard science fiction, de la más dura y físicamente coherente. Y lo mejor del producto: aun siendo un escenario futurista resulta bastante creíble. No hay viajes instantáneos aunque existan naves aptas para alcanzar aceleraciones capaces de provocar el efecto de más de veinte gravedades, mortal para el ser humano. No existen tampoco las comunicaciones instantáneas, los mensajes tardan horas o días en llegar a sus destinos. No hay pistolas láser, se limitan a las armas de proyectiles o de electrochoque, los misiles nucleares, las armaduras y las armas biológicas. Sin embargo los diseños de habitáculos espaciales, naves y transbordadores poseen una lógica ingenieril muy bien concebida, la cual fue trasladada con éxito a la serie.

La conceptualización de los entornos detalla con rigor el efecto de la gravedad planetaria, de los generadores de campos gravitatorios y del uso de la energía y los factores de sostenimiento vital como el espacio, la disponibilidad de oxígeno y el aprovisionamiento básico para la vida en el espacio, así como el tratamiento de la hermeticidad y las amenazas biológicas. Se prevé la posible evolución de tecnologías actuales a través del uso de dispositivos móviles y ordenadores con pantallas de cristal líquido sobre silicio, proyectores en 3D y sistemas de operación táctil. Y la alusión a las complejas trasformaciones orgánicas generadas en los humanos por la vida en entornos sin gravedad está muy bien fundamentada. Todo esto apunta a una carga frontal de ciencia bien distribuida a lo largo de las novelas.

El protagonismo de las investigaciones genéticas en este panorama, del manejo antiético de las grandes corporaciones independientes, los gobiernos totalitarios y las potencias militares refleja uno de los vicios favoritos del género: la denuncia anticipada. Parte de esta denuncia también se enfoca en la manipulación de las poblaciones, tanto las de la Tierra y Marte como la de las estaciones cinturinas. Estas grandes masas humanas son hierba bajo los pies paquidérmicos de las corporaciones, las Naciones Unidas y el gobierno de Marte, como en el aforismo “cuando los elefantes pelean, sufre la hierba”.

Dentro de este panorama, proyección hacia el futuro de la realidad actual en clave cósmica, se desarrollan las historias convergentes de un grupo de personajes construidos según patrones estereotipados de la space opera, pero no por ello superficiales o caricaturizados. Listarlos y hablar de su papel en la historia es dar spoilers, por el rol determinante de la trama que suelen tener los protagonistas de una novela río. Pero mis preferidos hasta ahora por su carisma extravagante son la ejecutiva de Naciones Unidas Chrisjen Avasarala, el detective cinturino Josephus Miller, el mecánico Amos Burton, el ex comando de las Naciones Unidas Fred Johnson y la marine marciana, Roberta Draper.

En esta saga podemos encontrar tramas propias de la novela negra, intrigas políticas al mejor estilo Richelieu, religiones antiquísimas que persisten, terrorismo espacial, un idioma diseñado, aberraciones genéticas y tendencias independentistas.

¿Desaciertos de la historia? Algunos. Uno es que el ciclo narrativo en forma de novela río suele plantear a los autores limitaciones técnicas para hacer confluir de forma coherente las historias individuales cuando los personajes no son afines, no están ubicados en los mismos espacios ni son abiertamente antagonistas. También padece de una tendencia incurable a dedicar demasiado tiempo a personajes más atrayentes y activos en detrimento de otros que en apariencia son menos interesantes. Por ello parte de la acción subterránea transcurre lejos de la percepción del lector y el riesgo de abusar del recurso Deux ex Machina en los momentos más álgidos de la acción puede alejar a un público serio que busca historias bien hilvanadas y con un ingrediente de causalidad bien dosificado. Buscando minimizar este riesgo, los autores escribieron noveletas intercaladas como fix ups que permitieran seguir la historia por derroteros adyacentes y explicar el rol de algunos personajes secundarios.

Otro de los desaciertos es el intento de reabrir la saga a partir de la cuarta novela, la cual no logra la exquisita organicidad de las anteriores entregas que eran el compromiso real de los autores con su editorial. Pero el dinero impone, y dado el éxito de la saga y la inminente adaptación a la pequeña pantalla, era inevitable que más novelas llegaran para explorar este universo, decorosamente aunque no con la misma suerte que las anteriores.

No obstante The Expanse sigue siendo un abordaje interesante y actual de la space opera, una demostración de que el subgénero vive, evoluciona y amenaza con transformarse, eventualmente, en el libro de historia del futuro.

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