Death Proof: revisitando un muy poco (re)conocido filme de Quentin Tarantino, diez años después.

Imagen: Mayo Bous / Cachivache Media.

“The Woods are lovely, dark and deep. But I have promises to keep, and miles to go before I sleep. And miles to go before I sleep”.

Robert Frost: Stopping by Woods on a Snowy Evening.

Por: Yudith Vargas Riverón (Tomado de Cachivache Media)

Introito

Para Alfred Hitchcock, el éxito de una película era directamente proporcional a la calidad del guion. Para Quentin Tarantino, el éxito de una película es directamente proporcional a la calidad del guion. Y a día de hoy, pocos se resisten al influjo de ambos directores, maestros, además, del suspense y de los buenos guiones. La poética audiovisual del genio estadounidense coincide por momentos con el lenguaje del portento británico, quien en más de una ocasión respondió a la pregunta “¿cuál es la clave de una gran película?” con tres palabras claves: “guion, guion, guion”.

Chapter 1. The last race

Durante el otoño de 2007, los cinéfilos más entusiastas de Estados Unidos asistieron al estreno de dos filmes por el precio de uno, o grindhouse, como suele llamársele en el argot de Hollywood. La ocasión era muy especial, puesto que dos grandes amigos ofrecían al público sus más recientes producciones: Planet Terror, de Robert Rodríguez y Death Proof, de Quentin Tarantino.

El director texano se decantó por un filme de terror setentero, mientras que Tarantino ofreció una cinta que revivía las –también preponderantemente setenteras– películas de exploitation. Ninguna pasó desapercibida al entrenado ojo de críticos y espectadores. De Planet Terror se hablaría mucho –bien y mal– en las más prestigiadas (que no es igual que prestigiosas, aunque se parezca) revistas, blogs, periódicos, muros de Facebook y cuanto espacio logofílico ha creado el ser humano. Con Death Proof, sin embargo, la crítica y el espectador avispado se mostraron poco receptivos y menos amables, si bien, como apunté, no pasó desapercibida.

Tanto así, que entre la tropa fanática solo algunos reconocen la existencia del filme maldito, y lo que es peor: a pocos parece gustarles. ¿Qué falló? ¿Qué hiciste, Quentin? Habría que adentrarnos en la trama, en el guion fílmico, en el mismísimo epicentro del relato cinematográfico, en la célula prima de Death Proof, para calibrar el descalabro, la historia torcida y rechazada por el venerable.

La historia es simple: es una historia de fetichismo y venganza. Ingredientes infalibles si se usan bien. Y si algo se le da bien a Quentin es escribir buenos guiones, y si en algo jamás falla Quentin, es narrando brutalmente bien esos engendros de su cinefílica imaginación.

El relato que nos ocupa decidió dividirlo en dos mitades. Durante la primera mitad de la cinta se nos presenta al psicópata Stuntman Mike (interpretado por Kurt Russell), un atípico acosador fetichista delirantemente enfocado en perseguir a jovencitas apetecibles. No las viola, ni las golpea; su placer lo provoca la muerte-por-choque-violento-de-autos. Y como Stuntman Mike no bebe alcohol, ni fuma marihuana, es difícil probar su involucramiento en estos crímenes.

Durante 45 minutos de esta primera mitad, Stuntman Mike acecha a sus presas: tres muchachitas borrachinas, comestibles, ingenuas. Ellas han decidido tomarse una noche “libre de hombres” para celebrar un cumpleaños en la casa del lago de la más mimada –y menos agraciada– de todas. Al salir del bar donde todos pernoctan, Mike impacta violentamente su coche –a prueba de muerte– contra el de las mujercitas dopadas. Él sobrevive, ellas no hacen el cuento. Ni ellas ni la rubita hippie –tan torpe, tan crédula, tan rencorosa que aceptó el aventón del tipo más extraño del bar. “Para sobrevivir debes estar sentada en esta parte del auto”, le comenta burlón Mike.

Durante la segunda mitad de la película, Stuntman Mike encuentra la horma de sus zapatos: un trío femenino donde (¡oh, casualidad-causalidad!) dos son –como Mike– dobles de riesgo (su apodo, Stuntman, significa literalmente “doble”, se refiere a los dobles de acción en las películas). Las chicas de la segunda mitad son diferentes: no son ni ingenuas, ni despampanantes, ni marihuaneras, ni borrachinas. Son chicas crecidas, que se ganan la vida trabajando en la industria hollywoodense, de hecho, están de paso por Tennessee durante el rodaje de una cinta.

Van rumbo al aeropuerto, a recoger a Zoë (interpretada por la propia Zoë Bell, quien para más señas hizo las escenas de riesgo y acción en Kill Bill, sustituyendo a Uma Thurman). Nuestro acosador las persigue también, solo que no sabe que esta vez el tiro le saldrá por la culata y le pegará en el brazo. Estas chicas se fajan y disparan “como los machos”. Les gustan las armas y no temen usarlas, “como los machos”, les gusta la velocidad sensual de los coches rápidos, “como los machos”.

Así pues, el filme concluye con Mike rogándoles misericordia a esos oídos femeninos repletos de adrenalina y sordos a la súplica del hipócrita que minutos antes, amenazaba con matarlas-por-choque-violento-de-auto. Fieramente arrastrado fuera de su vehículo “a prueba de muerte”, Mike es golpeado hasta morir por el trío redentor.

Chapter 2. Baby it’s you

Dicen algunos que Death Proof es una fantasía inconfesa de su director. Una fantasía acerca de quiénes son –y cómo se comportan– las mujeres. Una fantasía acerca del íntimo mundo femenino cuando están en complicidad con otras mujeres. Lo que decimos, lo que hacemos, cuando ningún macho, varón, masculino anda cerca. Más que una fantasía, asumo que Death Proof es una metáfora muy tarantinesca de cómo deben ser las mujeres, o al menos, de cómo Tarantino nos imagina. ¿Es esa fantasía un lastre de su infancia maltrecha? ¿De sus frustraciones de Don Juan? ¿De su inexistente misoginia?

Tarantino nació hace 54 años en Knoxville, Tennessee. Demasiado pobre para costearse una carrera universitaria, desde muy joven mostró ávida afición por el séptimo arte. Por todo tipo de películas: las buenas, las malas, las peores y las mejores. Su gusto por el cine era tan absoluto, que no discriminaba. Todo lo veía, todo lo entusiasmaba, todo lo aclamaba. A los veintitantos años escribió y dirigió su primer audiovisual. My Best Friend´s Birthday pasó sin penas ni glorias, como esos alados ángeles que irrumpen clandestinamente durante los más incómodos –largos– silencios conversacionales.

Pocos años después, comenzó a producir películas locas: sin argumentos aristotélicos, sin ediciones matraquillosas pero con una elaborada estetización de la violencia. Su primer exitazo fue Reservoir Dogs (1992), seguido por Pulp Fiction (1994), Jackie Brown (1997), Kill Bill (2003, 2004), Death Proof (2007), Inglorious Basterds (2009), Django Unchained (2012) y más recientemente The Hateful Eight (2015), su octavo exorcismo fílmico. “Es la última que hago”, aseguró. Pero ya prepara su próxima cinta, tan en secreto, que nadie sabe de qué irá “la cosa” esta vez.

Sus películas son una mezcla de todo: spaghetti western, grindhouse, nueva ola francesa, kung fu y hasta las clásicas películas de samurai (llamadas jidaigeki). Se parecen a todas y a ninguna. Y eso le (me) gusta. Las apropiaciones de los clásicos, de los géneros menos afortunados –y más populares– de los grandes directores (y de los menos grandes) son ingredientes comunes en la producción de Quentin Tarantino. Además, colabora con otros directores. Robert Rodríguez es su pana constante, su bro, su BFF.

Los premios y reconocimientos más emblemáticos le sobran: ha ganado la dorada estatuilla de la Academia, ha inflado varios Globos –también dorados–, ha sembrado doradas Palmas (¡qué manera de gustarle el dorado a la gente de la industria!) y ha ganado también el BAFTA (galardón que, británico como es, no puede permitirse el dorado). A Tarantino el único premio o nominación que le falta es a Mejor Actor de Reparto: más allá de los cameos, actuar no es lo suyo, como tampoco fue lo de Hitchcock.

Por otra parte, parece que el feminismo le viene a Quentin por vía materna. Mucho antes de nacer, sus padres se divorciaron para siempre jamás. Su infancia transcurrió de escuela en escuela, y en todas asistió a las Clases de Teatro. Le gustaba actuar. A los 16 años abandonó la institución académica y se concentró en su pasión: el cine. Pero primero, lo primero.

Fue dependiente de una tienda donde se alquilaban películas. TODAS –o casi TODAS– estaban ahí, a su alcance. Las tardes de viernes las dedicó a debatir de cine con sus amigos en la trastienda. Y así empezó el sano vicio de hablar, hablar mucho, durante largos, largos, larguísimos períodos de tiempo. Sus películas son un vivo reflejo de la incontrolable verborrea tarantinesca.

Esas conversaciones son la dilatada antesala de los momentos climáticos en sus cintas. Y el público lo agradece. Yo lo agradezco. Los actores hablan, y sus voces se acoplan a la banda sonora con acrobática precisión. ¡Y las canciones que elige! No manda a componer a nadie: él toma aquellas canciones que más le gustan, y las coloca ahí, donde más duelen. A Ennio Morricone sí le ha pedido que componga, sin embargo, como deferencia para con el genio italiano. Y Morricone se ha entusiasmado con la petición. Y ha accedido, en varias ocasiones, como deferencia para con el genio estadounidense.

A la departida Sally Menke la volvía loca pidiéndole atrevidos cortes de edición. Y cuando no quedaba satisfecho, editaba él mismo, que para eso es un genio multitareas y multipropósitos. O estrujaba con ensañamiento y alevosía la pobre cinta de 35 mm para lograr efectos “envejecidos y dañados, como las películas baratas”. Tarantino odia profundamente el cine filmado con cámaras digitales, y proyectado con proyectores digitales.

El cine es una experiencia íntima, impoluta, descontaminada. “Las películas nunca debieron dejar de ser exclusivamente en 35mm” dijo. “Si cuando cumpla 60 años el cine se filma y proyecta solo en digital, nunca jamás filmaré nuevamente”. Todavía le (nos) quedan 6 buenos años por delante. A ver qué le (nos) depara el destino.

Chapter 3. Paranoia Prima

Cada hombre es una amenaza. “Yo no sé en cuál utopía futurista tú vives, pero en el mundo en que yo vivo, una mujer necesita un arma”, afirma Kim, una de los dobles en Death Proof. Y dictamina Kim, sin cargos de conciencia ni complejos de culpa cuando alguien le sugiere un arma menos dañina: “Si un hijo´eputa intenta violarme, no quiero que le salga un salpullido en la piel”, porque más que “alertar” a su presunto atacante, Kim le quiere “dar una lección”. ¿Son innecesariamente violentos y brutales los personajes femeninos en la segunda mitad de Death Proof? ¿Es intencional su elección de la violencia? ¿Quiere Tarantino proponer una alternativa a la violencia de género, o la ensalza?

Al inicio de este texto recordaba que Death Proof tributa los filmes de exploitation que pululaban durante los ’60 y ’70, filmes donde se presentan mujeres badasses que gustan de las altas velocidades en la carretera y golpean y patean, mientras exhiben sus atributos de Venus contemporáneas. Los personajes femeninos en la obra de Tarantino usualmente son violentos, y cometen actos violentos. Son mujeres que “disfrutan” de esa violencia, pero no debe entenderse esto como un derivado de una psiquis subnormal o “pervertida”, cuando no perversa.

El arte, sin ser idéntico a la realidad, la evoca. El cine no escapa a esta paradoja. Precisamente, Death Proof evoca este sentido de pseudo-realidad: al tiempo que nos recuerda visualmente una vieja cinta setentera, su trama se desarrolla en la época actual. Es antigua y contemporánea a un tiempo. Es atemporal y universal. Los cortes constantes, los “saltos” perceptibles, la granulación exagerada y hasta el cromatismo elegido, nos rememoran esa visualidad típica de los filmes proyectados al puro estilo grindhouse. Es como si una y mil veces hubiese sido proyectada en uno y mil proyectores: está dañada, rayada, mohosa, viva. Esa imperfección es bella en Death Proof.

Algunas críticas negativas apuntan lo ofensivo que puede resultar para las féminas el verse reflejadas no como víctimas, sino como verdugos. “Hollywood debería contribuir a mitigar la violencia de género”, afirman. Pero, ¿qué tipo de películas pondría fin para siempre a la violencia de género? ¿Existe ese film? ¿Dónde está y quién lo hizo?

Es innegable la repercusión –para bien o para mal– que tienen determinadas películas en la vida de ciertas personas. Sobre todo, aquellas incapaces de diferenciar el arte de la realidad, el simulacro de la vida simulada. ¿Hollywood tiene entre sus prerrogativas dictaminar o en este caso, mitigar los efectos de las películas en las mentes menos avispadas? ¿Es su rol social ser terapeuta de mentes desquiciadas? ¿Es ese el papel de la industria hollywoodense? No, su papel es producir y distribuir globalmente cintas millonarias y recaudar millones, y si no entienden la diferencia entre la ficción y la realidad, allá ellos. “Que les den pastel”, como diría María Antonieta, la descocada monarca francesa.

La única concesión a la moral en Death Proof proviene de la primera mitad del filme. Tarantino “castiga” el comportamiento “pecaminoso” de las chicas borrachinas, enmarihuanadas, al victimizarlas: ellas sí mueren impactadas por el auto de Mike. Es un castigo a dicho libertino proceder. Pero Tarantino es sabio: en la segunda mitad de la cinta las otras chicas matan a Mike, en un glorioso momento que culmina con un estrepitoso high-five antes de los créditos finales.

Ellas, captadas en contrapicado, se nos antojan ponderosas valquirias vengadoras. Debo añadir, que todas y cada una de las mujeres en Death Proof tienen motivos suficientes para desconfiar de todos y cada uno de los hombres en Death Proof. Todos son sospechosos. “Ningún hombre en la casa del lago”, repiten las muchachas de la primera mitad. Y hacen bien. Sus presuntos acompañantes viriles traman emborracharlas para llevarlas a la cama, por ejemplo.

Además, Tarantino eligió caras poco conocidas para esta cinta: quería actrices casi inexpertas y poco reconocibles para que encarnasen mejor y más creíblemente sus personajes (con la excepción de Rosario Dawson y Rose McGowan). Para que fuesen “más humanos”, aseguró el director. Son chicas rudas, poderosas en su femineidad, sexy, divertidas, furiosas e inmisericordes. Hacen lo que quieren, cuando quieren, como quieren. Y les queda jodidamente bien.

Death Proof, a diez años de su estreno, replanteó una tesis transcendental en cuanto a violencia de género se refiere: cualquier mujer puede rebelarse contra el “hombre malvado” que amenace su integridad física. Y puede disfrutar con ello. De hecho, los personajes de Zoë y Kim representan todos los anhelos de fortaleza física y rebeldía contra el statu quo, que muchas mujeres aún no se atreven a trasgredir. Ambas representan el verdadero espíritu de lucha femenino, y se alejan del más convencional pensamiento misógino: ellas recrean y hacen realidad los sueños y fantasías de las mujeres menos aguerridas.

Después de todo, en el arte fílmico –en el ARTE– la realidad se vuelve posible.

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