The Wilderness

Por: Yohandry Manzano Castillo

Por: Yohandry Manzano Castillo

Cada vez que escuchas a Explonsions in the Sky (EITS), es inevitable recordar que son los tipos de Glittering Blackness. Los mismos que después se aparecieron con cicatrices como The Moon is Down, Have You Passed Through This Night? o Catastrophe and the Cure. Los mismos que se hacían llamar Breaker Morant y de alguna manera consiguieron colarse en los estudios de KVRX para grabar en vivo un set-list del que luego retomarían algunas canciones. 4 de julio de 1999. Terminaron de hacer lo suyo y se sentaron a mirar los fuegos artificiales. “En ese momento decidimos que en lo adelante seríamos Explosions in the Sky. Desde entonces hemos hecho cosas muy buenas”.

Es cierto. Y hacerlas, les ha permitido ganarse un espacio en el abigarrado árbol genealógico del post-rock. Un género que hace muchísimos años se anunció como factor X del rock y ha dejado buenas contribuciones. Si vas a empezar a escuchar post-rock hay cuatro bandas activas que son imprescindibles. Mogwai, Godspeed You! Black Emperor, Explosions in the Sky y 65daysofstatic. Puedes empezar por otra, pero terminarás recorriendo un camino más largo y lleno de baches. Empezar con alguna de estas cuatro te permitirá desechar, en modo automático, la música que te sobra. Escoge cualquiera, porque la cuestión es que hacen música totalmente distinta. Tómalo así: la alucinación y la estridencia en Mogwai, la energía y el caos en 65dos, la desmesura y experimentación en Godspeed You!, la exactitud en EITS. O más sencillo: Glasgow, Austin, Sheffield y Montreal. Espero que entiendas de qué estamos hablando, no puede haber coincidencias.

“Esos discos suyos que son bandas sonoras de películas que no existen; esos discos que sincronizados se convierten en parte del paisaje, son paisaje”, dijo Bisama de Mogwai.

Esto valdría como inicio prometedor.

A David Foster Wallace le interesaba que sus estudiantes entendieran la diferencia entre escritura expresiva y escritura comunicativa. El ejemplo fácil para representar esa diferencia reside en que lo que escribes no es interesante simplemente porque tú lo escribas. Hay como un hechizo desilusionador sobre esta idea y si a más de uno esto le resulta sospechoso, pues no está solo. Coincido, hay una generación literaria acá que vive camuflajeada y tiene mucho que explicar aunque se esté haciendo cada vez más tarde.

Si la idea de Foster Wallace puede ajustarse a la música, el post-rock (al menos las bandas imprescindibles y dos o tres proyectos más) viene a ubicarse en lo que sería la música comunicativa. Nada de virtuosismo excesivo e insípido, cero esfuerzo por sonar demasiado inteligente. Cero letras, y por tanto, cero imposturas de algún frontman atormentado.

Aceptemos que no ceder ante semejante tentación tiene mérito.

Dentro de la familia del post-rock, lo que distingue a EITS del resto es que sin dudas es la banda que más ha crecido. Pienso en términos cualitativos, en las propuestas y la concepción inherente a cada disco. Con The Wilderness (2016), los de Austin, Texas, han demostrado una vez más que siguen siendo una referencia indiscutible en el género.

Lo anunciaron con How Strange, Innocence (2000), y han sobrevivido sin acumular reiteraciones dispares tras el debut (pienso en bandas como If These Tree Could Talk, This Will Destroy You o Mono), ni sonar a ringtone de celular, o ser una versión instrumental plausible de pataletas heavy metal (Russian Circles, Red Sparowes, Gifts From Enola).

El resultado, obviando aquellos trabajos que hicieron para películas, es un sonido rápidamente identificable luego, tras una o dos escuchas de cuarenta minutos, cuando la cabeza se queda sin un punto de posicionamiento. La irreverencia y el músculo de Those Who Tell the Truth Shall Die, Those Who Tell the Truth Shall Live Forever (2001), la calma singular que provoca un disco como The Earth Is Not a Cold Dead Place (2003), suerte de exploración amorosa configurada a partir de esos delay optimistas y reconfortantes. El sonido ambicioso de All of a Sudden I Miss Everyone (2007), que puede escucharse como un greatest hits no editado.

Si algo atraviesa el recorrido de EITS son sus intentos, bien largos y estructurados, de transmitir la intensidad de estados de ánimo. Minutos que transcurren entre murmullos resonantes que dejan la sensación de estar en medio de una vía en la que se disparan los sentidos, intervalos que generan la expectación típica que provocan esas canciones que creemos conocer de antes, progresiones armónicas que alternan entre la superficie y la salida lenta o vertiginosa, y riffs limpios acompañados de una batería incisiva, que sigue una suerte de expresionismo lo-fi.

Incluso en Take Care, Take Care, Take Care (2011), el punto más bajo de su discografía, establecen tal equilibrio entre los seis momentos que lo componen, que sientes que temas como Be Comfortable, Creature o Let Me Back In poseen un espíritu que permite hacer de la espera un negocio redondo.

Les tomó cinco años volver a (re)activar lo mejor que saben hacer.

Si se extrañaba la búsqueda agresiva de How Strange, Innocence, en The Wilderness la retoman. No como simple añoranza, sino como motivo para extenderse, manteniendo esa estela que le da a cada detalle un significado para que no queden como desechos o puntos suspensivos. El time-out que se tomaron, mientras cumplían con otros compromisos, lo aprovecharon para aprender varias lecciones y regresaron, como se dice, con todo.

En poco más de cuarentaiséis minutos distribuidos en nueve canciones, EITS se desprende de sus sonidos más apreciables para incorporar formas de concebir texturas sonoras propias de la música electrónica.

La ganancia de este disco es esa, la evidencia que van dejando los sintetizadores, la marca extra que hace cuestionarse más de una vez la naturaleza de los sonidos. Pasa por ejemplo con Tangle formations, que tras los primeros segundos se convierte en un ritmo animado que imprime huellas de una rara melancolía. Se escuchan, gradualmente, un sonido que funciona como una voz envolvente (una de las tantas conexiones posibles con el último trabajo de Inventions, proyecto paralelo del propio Mark Smith) y los efectos de un piano que provoca más de una sorpresa. Las distorsiones apuestan por transiciones menos cálidas, no se puede negar, pero el ejercicio es notable por la inquietud que generan. Sucede en Logic of a Dream y Desintegration Anxiety, para muchos el gran himno de este sexto disco. Una atmósfera teñida de gestos y exabruptos controlados, que arrastran con altos y bajos hasta desembocar en cierta necesidad de claridad que aportan los últimos compases.

Losing the Light es el momento más inquietante. Una mezcla de acecho y alivio que guía hacia un paisaje donde posiblemente no se existan colores primarios. Ese único espacio que se concentran en (de)construir contiene el aviso de que algo va a estrellarse, y lo vamos asumiendo a través de fragmentos superpuestos que actúan como coordenadas del viaje. La contraparte de esa sensación la hallamos en Infinte Orbit, enorme ensayo divido en dos partes, donde definitivamente hay algo acogedor. Toda la experiencia que han acumulado por años, regulando y alargando lo imprevisible, está aquí. La evolución de una experiencia vívida. Si todavía puedes reconocerte tras limpiar el espejo empañado por la lluvia, lo más posible es que te encuentres dándole forma exacta, atravesando lo impreciso que evoca la canción, a una energía que no imaginabas ser capaz de recibir.

Con aquel instante en que se suena una batería en modo sordina, The Ecstatics abrió un camino que prometía otro escalón en el desarrollo de la banda. Landing Cliffs es el cierre inmejorable ya que se mezclan los nuevos logros y sonidos que coquetean con sus canciones clásicas. Un día soleado de invierno con aire limpio y la carretera vacía. Es el paisaje que mencionaba Bisama. Paisaje puro, porque es la parte atendible de su comentario. Lo de bandas sonoras de películas suena a algo apasionado en modo infantil, algo que puede ser inevitable revivir escuchando post-rock (el primer beso, la noche especial, una reconciliación, una sonrisa) pero que necesariamente se debe trascender. Aunque nos cueste aceptarlo, la realidad es que no hay una sola razón convincente para sentir que una voz se parece a otra. Las cosas se pierden y punto.

A eso apunta The Wilderness, disco en el que EITS incorpora otro lenguaje, nuevos exámenes, otra reacción con la que consiguen transmitir viejas obsesiones, reconociendo la distancia que los separa del inicio.

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