Generation Kill o la guerra que Hollywood ignora

Imagen: hbo-canada.com

Por: Darío Alejandro Alemán (Tomado de Cachivache Media)

Un marine norteamericano es una máquina asesina perfectamente engranada, un ser de mente fría y puntería infalible, un Superman de camuflaje. Identificados con esta idea entra en acción la Segunda Sección de la Compañía Bravo del 1er Batallón de Reconocimiento de la 1ra División de Marines. Iniciarán su camino por el norte de Iraq en busca de armas químicas y, de paso, para “patearle el trasero por segunda vez a Sadam”. Ellos se saben lo mejor del ejército más poderoso del mundo, la élite de la élite. Sin embargo, basta la pequeña observación de un Sargento para derribar dicha tesis: “¿Acaso no se dan cuenta de que todo el mundo nos odia?”

El soldado americano es en el cine un cliché tan esperado como el de los espías, los detectives privados y los galanes adolescentes. Sacrificados y valientes (como el Capitán Miller de Saving Private Ryan) o audaces y escurridizos (como el Sargento Eversmann de Black Hawk Down), siempre se las ingenian para hacer de la guerra un escenario épico propenso a fabricar leyendas. Pero de eso se trata el cine hollywoodense: de fabricar leyendas. En cambio, el periodismo tiende a narrar las historias tal cual a costo de perder el melodrama lacrimógeno e inspirador que le asegure lectores. Quizás sea por eso que Generation Kill sea tan especial: de un reportaje se convirtió en una serie de televisión, manteniendo impoluta la crudeza de la realidad.


La tropa de marines la conforman una banda de muchachos rudos a los que se ha sumado Evan Wright, un periodista de la Rolling Stone que tiene la idea de escribir un reportaje sobre la invasión a Iraq. Las órdenes las da el Teniente Coronel Ferrando, un veterano de voz raspada que tiende a hablar de sí en tercera persona, autotitulándose “el Padrino”. Lo demás son armas y viejos autos de guerra Humvee.

Los marines están ansiosos de entrar en combate y poner en práctica todo aquello que les han enseñado, ser lo que les dijeron que son: asesinos. Eso sí, asesinos por una razón justificada. La meta es sobrevivir, matar a cuántos enemigos les sea posible y regresar a casa con una medalla colgada al pecho. Pero las condecoraciones no llegan solas y ni siquiera le llegan al más valiente, sino al soldado que cumple sin chistar. El héroe de guerra no compagina con los cuestionamientos y sí con el accionar autómata ante la voz de mando. Basta un “¡Señor, sí, señor!” y el éxito está garantizado.

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Los hombres de Generation Kill, en cambio, son de carne y hueso. No muy inteligentes, la verdad, pero sí con suficiente seso como para dudar de la veracidad del axioma militar que dicta: “las órdenes se cumplen y después se discuten”. En un principio se creen los elegidos de la libertad, después la concepción de sí mismos pasa a ser la de carne de cañón y peldaño para las medallas de sus superiores. He aquí el primer gran conflicto de la serie, cuando se derrumba el mito de la máquina de matar y se impone la duda como fenómeno inevitable. La guerra quizás sea como una partida de ajedrez, pero hay que entender que en ese tablero las piezas hablan y sangran.

Para pasar el tiempo los marines se entretienen cantando, mascando tabaco y hablando de sexo porque no tienen a mano una reproductora de música, ni pueden fumarse un cigarrillo en calma, ni amanecer al lado de una mujer. Poco a poco se teje entre ellos una hermandad que parece eterna, sin embargo, durará tanto como dure la guerra. La amistad entre estos hombres es más una necesidad que un vínculo fraternal, pues ella garantiza la supervivencia en el combate y en el tiempo libre que les recuerda cuán lejos están sus hogares. Las bromas pesadas tienen por respuesta una risa que la agradece por apartar el miedo que tipos como ellos no pueden permitirse. Quizás el espectador, conmovido con la trama de la serie, ría con igual complicidad.


Poco antes de salir del campamento hacia territorio hostil, el Sargento Mayor forma a los soldados en filas y dice:

-Marines, a la de tres. ¡Matar!

Un coro de voces le responde:

– ¡Matar, matar, matar!

Los marines no comprenden cuánta barbarie contiene su canto de batalla. Para ellos los salvajes son los otros, y no porque sostengan en el poder a un dictador como Sadam Hussein, sino porque andan en camellos y no en autos, porque hablan árabe y no inglés, porque las mujeres usan niqab y no diseños de Victoria Secret’s, porque creen en Alá y no en Dios… en fin, porque no son norteamericanos. Estos muchachos tienen claro, al menos en un inicio, por qué luchan. En una de las escenas, un marine hace gala de sus conocimientos de estratega geopolítico cuando le comenta al periodista cómo solucionar los conflictos en Medio Oriente: “Donde volemos una esquina ponemos un Mac Donald. ¡Y ya está!”.

Poco a poco todo va cambiando y comienzan a asomar atisbos de humanidad en la mente de los soldados. Ya Iraq no es un país de terroristas, sino una de las cunas de la civilización, y ellos no están ahí para salvar al mundo, sino para cumplir órdenes. Los conflictos afloran a lo interno de cada personaje y cada uno empieza a cuestionarse las misiones tanto como a la grandeza de su nación. Generation Kill nos presenta a los Estados Unidos condensados en un grupo de marines donde cada cual representa las contradicciones propias del país: étnicas, raciales y de clases sociales. En un escenario hostil la realidad emerge, y es que la verdadera esencia de las cosas únicamente sale a flote en situaciones extremas.

Para un marine norteamericano la muerte es un gaje del oficio. Mancharse las manos de sangre viene a ser como que un mecánico de autos se las manche de aceite o un jardinero de tierra. Matar no les puede causar dolor, lo aconsejable es sentir indiferencia, y lo preferible, placer. Pero un campo de batalla no es una película de Rambo ni una misión de Call of Duty, más bien es un infierno donde la temeridad es igual de peligrosa que la cobardía y disparar puede doler tanto como servir de diana. Los muchachos de Generation Kill intentan librarse de la culpa regalándole agua a los civiles y tratando “con respeto” a sus prisioneros de guerra, pero el espectador sabe que da igual porque existe la prisión de Guantánamo, donde para muchos la muerte sería la salida más viable.

Parte del hilo de la trama es uno de los soldados que filma cuanto acontece en la campaña, un artilugio narrativo trabajado audazmente para otorgarle a la serie el mejor final posible. En el video está todo grabado: el ímpetu de los primeros días, los combates y las masacres. Con un poco de imaginación pudiera uno imaginarse que esta cinta terminará en manos de Assange y que con ella Wikileaks sacará a la luz la cara oscura de la guerra, no obstante, eso sería insuficiente. El mérito de Generation Kill no está en presentar las hazañas o los crímenes de un grupo de marines, sino en dar a conocer su lado humano.

La serie es una tragicomedia, una mezcla homogénea de sobrecogedoras y divertidas escenas que nos convencen de que “la guerra es una mierda” y de que el periodismo aún puede parir maravillas como esta. De su último episodio solo podemos adelantar lo que no se dice: Evan Wright, el periodista, llegará a casa y escribirá libros, ganará premios y colaborará con el guión de Generation Kill. En la Rolling Stone aún puede leerse su reportaje que inicia: “Los invasores se dirigen hacia el norte a través del desierto iraquí en un Humvee, comiendo dulces, masticando tabaco y cantando canciones…” Tal vez, pudo haber empezado así: “Un marine norteamericano suele abrirse paso a golpe de plomos, pero quien marcha así, no deja atrás pueblos libres, democracias y dictadores caídos. No. Tan solo deja muertos…”.

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