Del beef a la “tiradera”: deformaciones del reguetón cubano

Imagen: youtube.com

Por: Gabriel López Santana (Tomado de Cachivache Media)

“What’s beef? Beef is when you need 2 Gats to go to sleep
Beef is when your moms ain’t safe up in the streets”

Notorious B.I.G

No faltará quien lo niegue, pero no por ello deja de ser cierto: a la cultura norteamericana y sus influencias debemos, entre otras cosas, las voces guajiro, ampaya, jit y aún en algunos sitios, frigidaire; los premios Grammy de Chucho Valdés con su latin jazz; la fama mundial de Tropicana, la mayoría de los taxis particulares, la recuperada cultura del cabaret y los bares, la costumbre de ver el noticiero estelar, los techos a cuatro aguas y el nombre mismo de pueblos como Miller o Hershey, cuatro o cinco grandes monumentos y, más recientemente, algunas pautas a seguir dentro de la llamada música urbana.

Algunas no pasan de ser burda copia o una de las contadas jugarretas de la globalización, pero existen otras que el cubano ha incorporado a la manera que más le ha convenido, sin cuidarse de faltarle a una tradición o de imitar modelos obsoletos.

Concretamente: ahora mismo el reggaetón cubano, como género y movimiento cultural, reproduce patrones del rap norteamericano de los noventa y la década pasada.

Más de diez años después de Caperucita y el resto de los hits más populares de Baby Lores y El Insurrecto, el género en Cuba crece sano y feliz. Ya la UNEAC no organiza cruzadas en su contra, la comunidad universitaria lo ha aceptado por completo, en coexistencia pacífica con la trova y el rock; y casi cada cubano de cada barrio lo considera un estado mental. De hecho, en tiempos de hipsters y de la moda vintage, escuchar reggaetón tiene cierto aire cool, en plan liberal. Y en el ambiente artístico, desde escenarios diametralmente opuestos, es asimilado con un aire mitad burlesco, mitad lúdico. (Véase El reggaetón más largo del mundo de Ray Fernández, en vivo en el Tun tún)

La evidencia definitiva nos la propone el lenguaje. En su 23ra edición, el Diccionario de la Real Academia de la Lengua Española (DRAE) despejó cualquier duda al respecto. No más reggaetón: reguetón. No sabemos si la filial cubana de la Real Academia propuso su inclusión o sencillamente apoyó a Puerto Rico y el resto del Caribe.

Pero como mismo de las crudas ventiscas que congelan cada año Times Square solo llega a La Habana una lloviznilla templada; del rap, y la cultura hip-hop en general, el reguetón cubano asimiló mal y con retraso sus esencias.El propio DRAE deja claro que se trata de un género “de origen caribeño e influencias norteamericanas”, por lo tanto podemos localizar al rap como un tronco del cual el perreo es rama.

Poniendo a un lado las diferencias claras en materia de industria musical, el reguetón, al igual que su pariente yanqui, ocupa un espacio cultural granjeado por él mismo. Antes de la explosión del rap, en Norteamérica no había mucho más que cientos de barriadas llenas de jóvenes tratando de expresarse.

Poco a poco, el género y su héroes afroamericanos salieron de los guetos de Harlem, Brooklyn o Compton y llegaron hasta la cima mediática con la santa ayuda del beef. Especie de pelea artística (y hasta física, ya veremos), el beef es ese tónico que saca el lado oscuro del rap: la diversión favorita del ser humano. No se limita al plano musical ya que la radio, la televisión y ahora Internet hacen de vehículo para conectar al beef y sus protagonistas con las calles, como mar que empuja el sargazo hasta la playa.

A ello se dispuso toda la comunidad afro del país y se sucedieron un sinfín de disputas raperas (la revista Rolling Stone tiene su propio top-10). Cada canción aseguraba una revancha y, por lo tanto, otro hit en la radio. Otro disco en la tienda. En el caso de Cuba, a unos exactos veinte años del estreno de la esclarecedora What`sbeef, de Notorious B.I.G, el reguetón local, ese deformador, presenta en su historia solo un caso paradigmático del fenómeno: Baby Lores vs Insurrecto y su popular tiradera, finalizada, de forma feliz, con el famoso concierto de los 100 CUC en El Capri.

El resto: las desternillantes video-declaraciones de Chocolate en la web y sus estribillos arrabaleros; la guapería gangsta Jorge Jr, a quien a pesar de sus inicios y constantes acercamientos al rap, poco le queda por fusionar; los esporádicos arranques de ira de El Chacal, usualmente un bachatero cursi, y el narcisismo infantil de Yomil y El Dany, blanco común de las ofensas del resto. Alexander y Jacob –sagaces – decidieron que no perderían ni un centavo de lo que ganaron juntos con Gente de Zona y su beef no llegó ni al añito. Algún que otro caso aislado quizás, únicamente recordado por los más fieles al reguetón, del cual solo participan en los medios nacionales la más selecta porción de artistas.

La legendaria época de las disputas norteamericanas terminó con lo que podríamos llamar el beef definitivo. La marca de agua del rap de ahí en adelante: la muerte en septiembre de 1996 de Tupac Shakur, (25 años) máximo exponente del género en la West Coast y Notorious B.I.G (24), ícono de Brooklyn y el resto del East, cinco meses después. El reflujo de los disturbios raciales en todo el país terminó por llevarse consigo a lo mejor de su arte urbano. Dos auténticos poetas modernos, partícipes de sus propios cantos épicos.

La paz que trajo consigo esta desgracia, implantó una aristocracia rapera que venía gestándose desde hacía un tiempo: los campeones afroamericanos dejaron para siempre las calles y asaltaron las portadas de GQ y Playboy, los suburbios con jardín de Bel-air, el cine, la moda y el espectáculo.

No hay que temer. Por suerte, lo más probable es que ni lo uno ni lo otro suceda en Cuba: la contumaz tendencia del cubano a deformar la doctrina yanqui así lo dicta. No debería extrañarnos encontrar pronto el primer reguetonero abiertamente gay o la fundación de una ONG pacifista. Algo así como: “Reguetoneros de Cuba por la paz”. Y por otra parte, los medios cubanos no propiciarán ningún impulso social de peso a través de ningún estribillo soez, ni de un verso de Gente de Zona, por mucho que en sus clips cierren calles de La Habana Vieja y usen camisas con la bandera.

Sabemos que Alexander no recibirá pronto el Premio Nacional de la Música y que Jorge Jr no llenará la página seis de Granma con sus declaraciones. Sabemos que el género, tan cubanamente, desoirá cualquier propuesta foránea de cambio. Lo que nadie sabe –nadie- es qué será de el triste reguetón, perdido en un profundo limbo de coches de lujo, joyas, alcohol y derroche, desperdigado todo sobre el mapa de una isla pobre y socialista.

One thought on “Del beef a la “tiradera”: deformaciones del reguetón cubano

  1. Definir este artículo en una sola palabra…. Genial 😉

    Tener en cuenta que la persona que dice la palabra no es precisamente un amante ni del Beef mucho menos del reggaeton/reguetón

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