Muerte al poema

… y Flores el día anterior a estos hechos, 14 de septiembre de 2016, a las ocho y cuarto de la mañana, pendía de una soga que había tenido el cuidado de amarrar tres veces a las rejas de su balcón. Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Por: Lorena Sánchez (Tomado de Cachivache Media)

El poeta, el antipoeta, el ultra poeta desdentado solo es, al final, un número en un cartón blanco. En la morgue –ese poeta, antipoeta, ultra poeta desdentado– solo es el muerto 5703. Luego es polvo, hueso calcinado, dos kilogramos de cenizas. No ya cadáver, no ya hombre, el poeta viaja a su último destino: la Playita de los Rusos, al este de La Habana. Su urna, azul, artesanal, la carga otro omni-poeta, escultor y performer: Amaury Pacheco. El poeta, antipoeta, el ultra poeta desdentado es, digámoslo desde el principio, Juan Carlos Flores; y Flores el día anterior a estos hechos, 14 de septiembre de 2016, a las ocho y cuarto de la mañana, pendía de una soga que había tenido el cuidado de amarrar tres veces a las rejas de su balcón.

Desde allí Flores, a lo lejos, parecía leer. Así permanecería cerca de cinco horas hasta que los peritos y el cuerpo criminalístico obtuvieran la orden para entrar. Dentro, el Blue Castle, como él mismo nombrara a su “fortaleza” –apartamento trece, edificio C14, en la Zona 6 de Alamar–, simulaba la calma en medio del estado caótico de las cosas: sacos de arena, palos detrás de la puerta; en el baño: la ventana rota, una tijera, un trozo de soga, el cuadro de El Principito que alguna vez le regalara Carlos Vega; en la cocina: una taza verde repleta de colillas de cigarro, restos de la novela Reflejos en un ojo dorado, de Carson McCullers; encima, en función de pisapapeles, tres piedras triangulares dispuestas en forma triangular.

Antes de estos episodios, el poeta, antipoeta, ultra poeta desdentado –nacido en La Habana en 1962; hijo de Gregorio e Hilda, hermano de Raúl, Jorge e Iris; solo de padre, solo de madre, de hermanos, de hijos: no así de amigos; esquizofrénico, epiléptico, suicida– escribía cosas como estas: “Sé que la causa verdadera de mi muerte será el mal que padezco, / gran mal o pequeño mal y sus daños colaterales,/ no la presentación pública del mal que padezco, / grandes o pequeñas representaciones, ni lo que daño colateralmente. /Llevo diente de ajo y otros atributos todo el tiempo, / en el bolsillo trasero del pantalón, / pero esta táctica familiar tiene sus fallas. / Necesito pisar mierda, si fuera posible pisar mierda de vaca. / Solo encuentro terrones, la fauna está contraída. / Extraño sitio y extrañas las palabras que lo nombran”.

“El niño esquizo hace malabares con la única verdad que tiene –escribe Reina María Rodríguez en el prólogo de Distintos modos de cavar un túnel (cuaderno de cincuenta y tantos poemas que le valieran a Juan Carlos Flores el Premio UNEAC de Poesía 2002 “Julián del Casal”)–: esa verdad de su oficio de ‘escribidor’, como vividor de lo escrito, como comedor de una especie de opio que se llama poesía-mandrágora. (…) Su suicidio permanente está en la página que trastea con esmero, con delicadeza de jardinero que poda un marabuzal en claro-oscuro. Páginas-pozo donde viven y se atropellan las voces que lo acompañan y no lo dejan solo. Como en un cuadro de Acosta León, me dice, un cuadro de tarecos que no sirven más que para gritar”.

Dentro, el Blue Castle, como él mismo nombrara a su “fortaleza” –apartamento trece, edificio C14, en la Zona 6 de Alamar–, simulaba la calma en medio del estado caótico de las cosas. Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

La historia que sigue no tiene a Flores de protagonista. Tiene a Flores de costado, llenando el vacío, sin pretenderlo, de otro escritor de culto, en un no lugar también de culto, al menos para los escritores malditos cubanos: Alamar, “la ciudad dormitorio” creada en los años setenta, refugio del hombre nuevo, antítesis de modernidad. Esta historia tiene a Flores ganando el Premio David de poesía por Los pájaros escritos en 1990; a Flores que del aire pasa a lo subterráneo; a Flores cavando un túnel, recorriendo los cimientos, las cañerías, buscando la circularidad como única tabla de salvación.

Tiene, asumámoslo, a Flores haciendo su entrada en esa suerte de Bucarest caribeño que es Alamar; a Flores como el eje de OMNI Zona Franca –ese grupo donde habitan poetas que esculpen, dibujan, cantan poesía; ese híbrido de la escritura, el reggae, el hip-hop, el rap, con estructuras gráficas y espaciales–; y tiene, por último, a ese otro poeta de culto –negro, guantanamero, también esquizoide, también suicida, graduado de Arte Dramático en 1977, de Artes Escénicas en 1984, Premio David: Viejas palabras de uso mediante, autor de una decena de poemarios, de la pieza teatral Ya nadie saluda al rey, de un volumen de cuentos y algunos ensayos inéditos– alejándose de esta ciudad, para siempre.

La historia que sigue, por tanto, se podría contar de esta manera:

“–Me llamo Ángel Escobar.

– ¿Qué problema tiene?

–No duermo bien.

— ¿Insomnio?

— Sí.

— ¿Todas las noches?

— Todas.

— ¿Toma algo?

— Para eso no.

— ¿Meprobamato?

— No me sirve.

— Es lo que hay.

— ¿No tiene algo más fuerte?

— Lo voy a remitir…

— Ya fui.

— ¿Adónde?

— Calixto, Fajardo, Ameijeiras, Mazorra.

— ¿Mazorra?

— Huí de ahí.

— ¿Qué le dijeron?

— Disfunción.

— ¿De qué tipo?

— Voces.

— ¿Voces?

— Voces.

— ¿Trabaja?

— Soy escritor.

— ¿Periodista?

— No, escritor.”

Así inicia Efraín Rodríguez Santana su novela La cinta métrica (Ediciones Unión 2015), donde el poeta Ángel Escobar aparece en primera persona para, monólogo y ficción mediante, revelarnos la paranoia, las obsesiones esquizofrénicas, los encierros hospitalarios del poeta guantanamero, nacido en Sitiocampo en 1957. Escobar, uno de los once hermanos. Escobar en casa de guano y piso de tierra, unos pies sin zapatos hasta los seis años. De madre Cándida que lava ropa y atiende a sus hijos. De padre Alberto, barbero, turronero, campesino, alcohólico, y violento. Muy violento. Escobar que lo escucha acercarse al bohío, lo escucha silbar y se orina en los pantalones. Y es el hotel Flor de Cuba que está justo al lado del Teatro Aguilera en Santiago de Cuba. Es Alberto con una navaja barbera. Es Cándida sin vida. Es la madre muerta.

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Es Escobar que empieza a escribir a los dieciséis años, que gana su primer premio a los diecinueve:

“Ángel (…) se desmarca de un tipo de coloquialismo que tanto empobreció la poesía escrita en los 70 –escribe Efraín Rodríguez Santana a Jorge Luis Arcos en una carta fechada el 3 de junio de 2005–. Desde Viejas palabras de uso (1978), Premio David de 1977, escrito a los dieciocho años, se produce un punto de giro en el lenguaje que, aunque es directo, con un marcado sesgo social, se mezcla intencionalmente con otras formas poéticas de cierta densidad tropológica; así pues, la oda y la elegía se entrelazan con lo conversacional para ofrecernos una visión íntima y, a veces, idealizada del pasado familiar, junto al canto de un presente muy realzado. (…) Su poesía tiene un sello intransferible. Caja de resonancia, música que lo lleva a lugares clamorosos. De eso trata su segundo libro, Allegro de sonata (1987). Nadie en los 80 se arriesgó tanto con una rareza como esa”.


Se llama Generación del 80 en Cuba a ese grupo de poetas que, desde un principio puramente cronológico, nacieron entre los años cincuenta y sesenta, pero cuyas obras comienzan a tener mayor resonancia hacia la octava década del siglo XX. Poetas todos poderosos, que beben de la generación beat norteamericana, de la antipoesía, que reconocen como maestros a dos autores precedentes: José Lezama Lima y Virgilio Piñera, que rompen con el coloquialismo de la generación anterior, que exploran otras formas estróficas, otras rítmicas.

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Poetas que, al decir de Ediel Pérez Noguera en su libro La fuga de una línea mágica: el sentido decolonial de la poesía de Ángel Escobar, apreciarán “un tipo de escritura que, construida desde la periferia, se alzará como una poética de resistencia ante los discursos hegemónicos”.

A ese coro generacional donde se inscriben Reina María Rodríguez, Ramón Fernández Larrea, Emilio García Montiel y Omar Pérez, pertenece Ángel Escobar, y pertenece también, pero de una manera más tardía –según apuntan los críticos–, Juan Carlos Flores.

–Flores es también de esas voces que vienen a decirnos: “un momento, las problemáticas de la vida son muchas otras”– dice el crítico y ensayista cubano Enrique Saínz–. Un poeta que, si bien comienza a ganar premios a partir de los noventa, ya está activo en los ochenta. Él, como Escobar, se desentiende en alguna medida del canto, del júbilo por la realidad conquistada. Están más en la escuela de la indagación metafísica de los destinos, del cuestionamiento de la historia personal. Ambos, mientras el acontecer está haciendo maravillas por ahí, andan diciendo: “todo eso está muy bien, pero tengo un miedo a morirme que no puedo con él”.

Pero un poeta anterior también tenía miedo a morir. Un poeta de temprana iniciación, que para 1959 comenzó a escribir poemas políticos y patrióticos, en sus formas más tradicionales: décimas, sonetos, romances. Un poeta que –de acuerdo con Jorge Luis Arcos– es el “adelantado” a la renovación que significó la Generación del 80 para la literatura cubana. Un poeta anterior que, como Escobar y Flores, entraría en la extraña raza de los suicidas, esa lista de raros y kamikazes que también la integran otros como Cesare Pavese, Alejandra Pizarnik, Alfonsina Storni, Vladímir Mayakovski, Silvia Plath.

Ellos, entre todos estos.


Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media

“El 12 de junio de 1993 Raúl Hernández Novás puso fin a su vida con un tiro de revólver en la sien. Se conoce que el poeta traspasó la frontera que muy pocos rebasan: la primera vez que apretó el gatillo, el disparo no se produjo. Tras ese instante, la mayoría de quienes intentan la muerte con armas de fuego suelen desistir para siempre o hasta una próxima oportunidad. Pero el poeta insistió y se consumó su muerte”, cuenta Jorge Luis Arcos en Raúl Hernández Novás: la mirada desde el velo del amnios.

Cuatro días antes, Novás –“el tonto en la colina”, “el náufrago”, “el bufón”, “la estatua ciega”, “el equilibrista”, el “animal civil”– había dejado su casa en 5ta y 96, Playa, para visitar a un amigo: era un martes y Enrique Saínz recibía entonces al mismo Novás de siempre.

–Taciturno, deprimido, extremadamente melancólico, con la mirada clavada en el piso, quejándose de su angustia ante la vida. Sin embargo, ni por la mente me pasó que cuatro días después me darían una noticia como esa.

Se conoce que hasta el día de su muerte Raúl Hernández Novás había publicado una edición anotada sobre la obra del peruano César Vallejo, cerca de siete poemarios, –entre ellos Animal Civil (1987) y Sonetos a Gelsomina (1991), setenta y siete sonetos reunidos en este último volumen, simbólica alusión a los poemas de Trilce, de Vallejo–, había merecido el Premio UNEAC de Poesía en 1985, el Premio de Poesía 13 de marzo por Enigmas de las aguas.

Se conoce además que después de la muerte de su madre, en 1985, el poeta solo escribió diez poemas a lo sumo. Que dejó inédito la primera versión de Sobre el nido del cuco, acaso su texto más significativo; más de cien poemas en dos cuadernos fechados en la década del 60; una importante traducción de la cuarta parte de East Coker, uno de los cuatro cuartetos de T.S. Eliot; una libreta escolar con los primeros cuarenta poemas que escribiera entre 1959 y 1963. Se conoce, por último, que dos años antes de morir, en Riesgos del equilibrista, Novás parece vislumbrar el momento de su muerte:

“Yo pronto moriré, yo me iré pronto. / Es una idea que he tenido siempre. / Este junio tal vez será diciembre. / Sobre la cuerda no haré más el Tonto”.


La noticia de la muerte de Raúl Hernández Novás sorprende a Ángel Escobar en Chile. El deceso del poeta lo marca terriblemente y a él escribe el poema Así y aquí, incluido en ese poemario atroz que es Cuando salí de La Habana (1996). Más tarde, en una carta al ensayista y profesor francés Alain Sicard, el 15 de octubre de 1993, escribe: “Me he enterado de la muerte de Raúl Hernández Novás, por suicidio: se quitó del aire, como hacían los primeros cubanos y los esclavos; eso me ha descolocado un poco más: era bueno, la bonanza, la costumbre, el ser sin más, no sé, ¿qué lo mató? Él creía en la luz, no era iracundo ni frenético (…) caminaba por la ciudad y ahora es un signo de ella”.

Al guantanamero la idea del suicidio no le abruma. Se sabe conocedor del tema, sin embargo insiste: “Yo creía que era un contemplativo, y lo hizo: claro que la contemplación es atroz, quizás más que el acto. Hasta Martí, quien tanto admiró, lo condena: ‘El que se mata es un ladrón’; pero ¿por qué no lo salvó la belleza si alcanzó a verla…?”. Y concluye: “Lo atrabancó la muerte, esa gran puta”.

Escobar, por su parte, que ya no necesita “ninguna justificación entre los símbolos”, sabe que también va a morir. Su ruido interior es su caída. Los fantasmas del poeta caótico son finalmente su propia némesis. “Vienen. Lo harán. /Yo, lo escogido. Ya ni excepción. / ni norma. Me aferran. / Todo lo que temí me envuelve. / Todo lo que anhelé me acoge. / Insolencia, pavor, anhelo, error acuden. / Son este blanco y terco día entre todos los días. / Son el minucioso tajo del cuchillo. / Son esta franja oscura y son este recinto donde lo más arduo/ es no poder escapar del conocimiento”, escribe en El escogido.

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

En Cuba los estudios demográficos no manejan el término “suicidio”. Las estadísticas oficiales asumen otra variable: mortalidad por lesiones autoinflingidas intencionalmente. En su última actualización (2015), la Oficina Nacional de Estadísticas e Información (ONEI) ubicaba al suicidio como la décima causa de muerte en el país. Mientras, en el año 1997 la tasa de mortalidad por lesiones autinflingidas intencionalmente fue de un 18,4 por cada 100 000 habitantes. En ese año, en la tarde del 14 de febrero, –luego de instar a su hermana Luz Marina a que preparara “ese arroz sabroso de Oriente”, luego de poner encima del piano un papel blanco mecanografiado, su último poema– al sentarse al borde del balcón de espaldas al vacío, y dejarse caer desde aquel cuarto piso en el Vedado, el poeta cubano Ángel Escobar, con solo 39 años, sería un número más en esta estadística.


Álvaro Iván Jacome Boada –que es colombiano, que desde el pasado milenio vive en Alamar, que conoció a Mario Benedetti cuando el uruguayo desandaba aquellas calles repletas de edificios de microbrigada, que admira a otro poeta cubano: Roberto Fernández Retamar– tiene un ritual performático: llega a la Cafetería La Llanta, en la Zona 6 del barrio habanero, y pide dos cafés. Mientras disfruta del primero, pone el segundo a un costado y espera. Espera por Juanca. Luego, solo luego, cuando nadie llega, cuando el café frío parece no morir, Álvaro se lo toma.

Juanca es, para Álvaro y para todos en Alamar, Juan Carlos Flores. Juanca es, para Álvaro, el poeta. Su compañero de almuerzos, con quien aprendió a “comer en quiosquitos”.

–Manteníamos una conversación el tiempo que dura un almuerzo. Eran conversaciones fascinantes y taladrantes al mismo tiempo. No lo dejaban a uno bien. Eran de una crudeza tremenda, porque Juanca siempre llevaba adelante el estilete. Lo que tocase lo abría. No se salía inmune ni había impunidad conversando con él. Tenía no uno, sino dos estiletes de doble filo. Se movía siempre, performático para todo, y en ese manejo de los estiletes era peligrosísimo. Recuerdo que un día un amigo, de estos macetas con pose medio empresarial, me saludó en la calle y me dijo: “coño, se murió el poeta”. El poeta, eso era él.

A Álvaro lo encuentro en el Centro Comercial de la Zona 6 de Alamar. El lugar, conocido como “la candonga”, es un pasillo enorme habitado por comerciantes de turno, de puestos fijos, señoras que venden javitas a un peso cubano, compradores empedernidos. El lugar, insiste Álvaro, no es el más adecuado para hablar de Flores. “Este pasillo era un no lugar para él”, dice el colombiano que siente como si faltara a la memoria del poeta. Más tarde, a su pregunta de por qué mi interés por el Juanca, le comento que ando escribiendo un texto sobre tres poetas suicidas cubanos.

–Déjeme ver si adivino –dice–. El Juanca, el negro Escobar y este otro grandote que trabajó en la Casa de las Américas: Novás.

— ¿Cómo lo sabe? — pregunto.

— Porque son las tres grandes voces, qué caray.

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