Los Guardianes, los Vengadores y la Guerra Tibia

Poster de la película Guardianes. Imagen: gorkl.com

Por: Darío Alejandro Alemán (Tomado de Cachivache Media)

El 4 de octubre de 1957 la URSS lanzó el primer satélite artificial de la Tierra, el Sputnik I. Bastaron solo cuatro meses para que Estados Unidos lanzara el Explorer I. Los norteamericanos, sin embargo, se adelantaron en aquello de mandar animales al espacio y enviaron un grupo de “moscas de la fruta”. Los soviéticos, que no soportaban segundos puestos, se aventuraron a condenar a muerte a la perra Laika. Así siguió la encarnizada lucha por la hegemonía mundial: Gagarin vs Neil Armstrong, el Solaris de Tarkovski vs 2001: Odisea del espacio de Kubrick, Bobby Fischer vs Kárpov y Kasparov…

Lejos ya de aquel mundo abiertamente bipolar, puede que quede en el aire cierto aroma a Guerra Fría. No es de extrañar. Cuando la pelea es entre gigantes nunca se deben descartar las revanchas.

Aún en en pleno siglo XXI podemos sentir la atmósfera gélida de la confrontación. El cine norteamericano de acción de vez en cuando nos trae un cruce de fuego entre yanquis y rusos, donde los últimos, claro está, siempre son “los malos de la película”. Las historias de superhéroes no suelen escapar a estos cánones y de ejemplo podemos citar a los Avengers, quienes en más de una ocasión han tenido que lidiar con algún villano de la Europa del Este.

No nos asombra que los rusos también guarden algo de aquella rivalidad heredada de los tiempos de la URSS y es por eso que este año se han lanzado a la industria del cine de superhéroes con: Guardianes. Esta película ha sido catalogada por la crítica como “los Avengers rusos” con toda razón, pues no es necesario mucha perspicacia para entender cómo lo que inició como una carrera espacial hoy puede ser por apoderarse de los cines.


Los Estados Unidos, quizás antes que cualquier otro país, han doblegado al mundo con imágenes. Una vez se supieron una potencia convirtieron a un tipo flaco, con algo de pelo en la barbilla y vestido a la moda con los colores de la bandera, en un símbolo nacional. Después de la Primera Guerra Mundial, cuando su poderío e influencia trascendió todas las fronteras, notaron que el Tío Sam ya no era el más adecuado. Una superpotencia necesitaba ser, antes que todo, “súper”. De esta forma, al flacucho del Tío Sam le salieron músculos, láser de los ojos, calzoncillos por encima del pantalón y un rostro de galán.

Mientras Estados Unidos revolucionaba sus símbolos, la Unión Soviética seguía aferrada al “realismo socialista”: hombres y mujeres fuertes, de complexiones geométricas, vestidos todos de campesinos, obreros y militares. Para los niños soviéticos quizás estas figuras no significaran mucho, así que les fue dado como emblema un osito pardo y tierno llamado Misha.

Aferrados en conquistar el espacio, la energía nuclear y la emancipación de la clase proletaria, el gigante soviético olvidó presentar combate en el campo de la cultura de masas. Mientras sus ideólogos se obstinaban plasmando fórmulas socialistas en manuales, los tanques pensantes norteamericanos resolvieron el problema con superhéroes y ratones parlantes, y al final, Mickey Mouse y Superman se impusieron sobre la omnipresente imagen del Gran Líder victorioso. Los estrategas socialistas contrahegemónicos pasaron por alto que “una imagen vale más que mil palabras” y además, si la imagen entretiene, vale doble.


Los Guardianes avisan: Rusia quiere entrar al mercado del cine taquillero y Sarik Andreasyan, su director, es el valiente que se atreve a dar el primer paso. Hace algunos años Andreasyan dirigió a Adrien Brody, Hayden Christensen (Anakin Skywalker en la segunda trilogía de Star War) y al cantante Akon en el filme de acción American Heist, por lo que era lógico suponer la elección del director para una propuesta como Guardianes.

El cineasta de origen armenio se limitó a calcar y copiar el estilo de las adaptaciones que Marvel produce al otro lado del Pacífico. Para quienes esperábamos una película de superhéroes rusa la decepción fue tremenda al notar que de rusa solo tiene el idioma y las locaciones. El resto es puro Hollywood, y del malo.

La historia gira alrededor de cuatro personajes: Ler (un ermitaño con poderes para controlar las rocas), Khan (un guerrero ataviado a lo Mortal Kombat con velocidad sobrehumana), Ksenya (una rubia sexy capaz de volverse invisible) y Arsus (un científico con la habilidad de transformarse en un hombre-oso). Dichos héroes obtuvieron sus poderes mediante un programa de experimentos genéticos realizados durante la Guerra Fría con el objetivo de crear supersoldados que defendieran al mundo. El experimento fracasó debido a que el científico que lo dirigía, August Kuratov, perdió el juicio y murió en una explosión. Años después, Kuratov reaparece hecho un monstruo musculoso con intenciones de dominar el mundo a través de su habilidad para controlar las máquinas. El ejército ruso, incapaz de detenerlo, acude a los Guardianes como su última esperanza.

La película en sí no es entretenida más allá de las escenas de combate; no obstante, quienes hayan visto The Avengers les resultará un pasatiempo encontrar tantas similitudes entre ambos filmes. Si lo desea, aquí podemos ahorrarles el trabajo.

Al igual que Tony Stark y su pandilla, los Guardianes parecen ser unos inadaptados. Cada uno se esfuerza por demostrar un pasado tortuoso aunque sin mucho éxito, pues los conflictos emocionales y morales de estos personajes se condensan en apenas cinco minutos. La organización Patriot y su jefa, la Mayor Larina, son una imitación de SHIELD y Nick Fury respectivamente. Arsus, por su parte, sería una versión de Hulk, pues al igual que Bruce Barner, su historia va de un científico con la capacidad de convertirse en un monstruo violento que poco a poco se apodera de su condición humana. Del villano no podríamos sacar muchas coincidencias con el dios Loki, a no ser su estrategia de programar la conquista del mundo con un rayo salido de la torre más alta de la ciudad, pero ese es un mal del que han sufrido muchos largometrajes desde el estreno de Ghostbusters, allá por 1984. De seguir buscando similitudes no pararíamos hasta el final, donde una escena postcrédito avisa de nuevos enemigos, y por supuesto, de más entregas de lo que, al parecer, será una saga.

El gran dilema de los Guardianes es que prometía ser algo distinto y resultó más de lo mismo. No debe demeritarse el hecho de querer enfrentar la hegemonía de los Estados Unidos sobre el género de superhéroes, a fin de cuentas, quién mejor que Rusia para competir con DC, Marvel y compañía. Sin embargo, la propuesta debió ser más atrevida y no una tímida imitación en busca del éxito taquillero. Al parecer, Andreasyan obvió que en términos de superhéroes fantoches los norteamericanos mandan, y nunca se debe “ir a bailar en casa del trompo”.

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