Bajo un claro de luna: A propósito de Moonlight

Imagen: moonlight.movie

Por: Dayma Crespo Zaporta (Tomado Cachivache Media)

(Spoiler alert)

Como cada año, me encontraba ansiosa por conocer los filmes ganadores de una noche llena de alfombras rojas y vestidos alucinantes, y por demás, me sentía libre de juzgar el criterio de la Academia y ejercer mis propios votos. Es así que decidí degustar la ceremonia de los Premios Oscars –la había copiado en la mañana junto a varios de los filmes nominados–. Para bien o para mal, la opinión de la Academia siempre importa a los profesionales del cine, pues no todo es mero amor al arte, y aun cuando lo sea ¿a quién no le gustaría ser reconocido frente a tantas celebrities?

De la ceremonia destaco el fiasco del otorgamiento del premio a Mejor Película. ¿Cómo se justifica que, al cabo de 89 años de rimbombantes ceremonias, la producción de este gigantesco evento se pudiera equivocar en la entrega del lauro más esperado por todos? Tal escándalo impidió que muchos se fijaran en las diversas razones por las que el filme arrasó con los restantes nominados. 

Incluso cuando no se quiera hablar de racialidad, y optar por aquella utópica frase de que la única raza es la humana –conste que creo ciegamente en ella–, el racismo existe, y está como el amor, in the air. En Cuba, Estados Unidos, China y hasta en la Conchinchina encontramos prejuicios vinculados a nuestro color de piel. Sin importar sentimientos, coeficiente intelectual, decencia, ni posición económica, ser negro siempre será un valor añadido que trae consigo un inmenso plus: marginal, delincuente, “guapo”, remacho, etc. Y este es el punto de partida del filme.

Mahershala Alí más que un actor de reparto es el ejemplo del rol que ha de jugar un “negro” en su sociedad. Amén de encariñarse con el niño, de preguntar por la madre enferma del otro drug dealer, de amar a su pareja y de enfrentar a la madre del infante acusándola de descuido, es un traficante más que en aras de su enriquecimiento personal contamina los cuerpos y las mentes de sus clientes. El narcotráfico se muestra como la respuesta fácil a ser negro, querer vivir bien y tener una novia bonita y un carro del año. En qué lugar queda entonces todo el riesgo que implica una profesión ilegal como esta, la violencia que desencadena, la postura de “hombre malo” que lleva implícita y en qué terminas convirtiéndote en el proceso. El personaje de Juan es un vaticinio del futuro de Chiron, un déjà vu de lo que está por venir, al parecer –de acuerdo a la presión social– de manera inevitable.

La película se acerca sutilmente a la imagen del negro que es discriminado por su preferencia sexual, incluso antes de que pudiera descubrirla (Chiron). Es un faggoty para sus crueles compañeros de clase cuando aún él no se ha encontrado sexualmente. Los estigmas sociales lo marcan y determinan gran parte de su futuro, en el cual, en lugar de mostrar abiertamente su homosexualidad, se esconde tras la fachada del narco rudo que con dientes de oro y gruesas cadenas tiene todo bajo control en la manzana a la que provee. Hizo falta una llamada telefónica de su primera y única experiencia sexual, después de una década, para que sus verdaderos demonios salieran a la luz en la búsqueda de un poco de satisfacción personal.

Kevin, su amigo de la infancia y debut homosexual, funciona en la cinta como detonante del cambio para mal en la vida del protagonista. A raíz de su fácil claudicación frente al aclamo público de violencia hacia Chiron, este último agrede por vez primera a sus acosadores. Dicha represalia le valdría la cárcel, la decisión de cambiar de ciudad, de alejarse de su madre, del propio Kevin y de iniciar una nueva vida en Atlanta, marcada por el contrabando de drogas. El personaje de Kevin muestra una evolución al final de la película, pues ya no es el adolescente que escondía sus preferencias homosexuales en coitos furtivos con ardientes jovencitas en las escaleras de la escuela, ni el cobarde que prefirió golpear a un amigo antes que hacerle frente a los abusadores que buscaban diversión en esa paliza. Kevin ahora es un adulto que sufrió el encierro, que es padre divorciado de un niño al que adora, que decidió reformarse y trabajar honradamente por un salario irrisorio antes que volver a las calles y vivir con miedo de ser atrapado en cualquier momento. Es alguien que ha crecido interiormente y, desde la base de la experiencia, es capaz de aconsejar a otros.

La madre de Chiron no solo encarna a la drogadicta que pierde cada una de las cosas importantes en su vida, igualmente evidencia la inseguridad, el descontrol y, para el final del filme, la necesidad de afecto y comprensión a causa de la lejanía de su única familia. A medida que transcurren los tres capítulos en los que se divide la cinta vemos cómo el personaje se va depauperando física y mentalmente, presenciamos sus cambios abruptos de humor y el paulatino rechazo a su hijo adolescente. Las drogas hicieron mella en su vida hasta tomar las riendas por completo, su única salvación terminó por ser un centro de desintoxicación, el cual asume como hogar ante la soledad que le aguardaba en casa.

Moonlight es un canto al orgullo propio y una advertencia de lo que podemos llegar a ser cuando no defendemos a ultranza nuestra manera de pensar y sentir. El filme está realizado con una sutileza admirable, con la cual logra pulsar tópicos muy delicados como la discriminación y los estereotipos.

El flashback final del filme, con el niño frente al mar que voltea por un segundo a mirar la cámara, constituye la justificación del título de la película. Asimismo, es un recordatorio de que sin importar el paso del tiempo siempre seremos los mismos y temeremos a las mismas cosas, ya sea la presión social o la terrible inmensidad del mar.

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