King Kong: reivindicando a la bestia

Ilustración: Mayo Bous/Cachivache Media

Por: Darío Alejandro Alemán (Tomado de Cachivache Media)

Ayer fue soberano de una isla y ahora es un espectáculo de circo. Subido en lo más alto del Empire State observa, afligido, que el reino de sus captores parece infinitamente más grande que el suyo. Las avionetas le molestan como moscas, y como a moscas él las aplasta una por una. Al final, desiste de la lucha y cae. Se ha resignado a la idea de que la civilización, una vez más, doblegó a la barbarie.

Esta es la versión de King Kong con la me quedo de las tantas películas que le han hecho. Prefiero olvidar esa otra historia a lo “Bella y Bestia” donde una rubia de Hollywood somete a un monstruo con el encanto de sus ojos y el molesto chirrido de sus gritos de auxilio.

Como sea, King Kong lleva 84 años contándole el mismo cuento a un público que parece no cansarse de ello. Generaciones enteras han crecido junto al gorila más famoso del mundo, viéndolo transitar del blanco y negro al color y de un rústico stop motion a las animaciones computarizadas más despampanantes. Por desgracia, el resto es más de lo mismo: la incapacidad creativa de una industria que quiso mantener impoluta la trama de uno de sus clásicos.

Civilización vs. Barbarie

Aunque más de la mitad del arco argumental de King Kong –en cualquiera de sus versiones– se desarrolle en la Isla Calavera, la escena más icónica siempre será la batalla en la cima del Empire State. Quizás esto sea producto del morbo, de nuestro gusto por lo exótico y lo raro, del deseo subyacente de vernos como la especie triunfadora. El final común de estos filmes pudiera considerarse como de los más épicos de la historia del cine, pero también de los más tristes y sádicos. Aunque Hollywood se esfuerce en engañarnos con sus matices románticos la realidad es que el ser humano desempeña el rol del “malo de la película”. Basta un poco de raciocinio y verdadera humanidad para notar que fue el hombre quien alejó a Kong de su hábitat y terminó matándolo cuando este intentó defenderse, aunque un avispado director de cine acote en el último segundo que lo del gorila fue un suicidio pasional. Que me perdonen los cinéfilos del mainstream, pero es más lógico soltar una lagrimilla con el asesinato del monstruo que con la belleza andrógina de Di Caprio perdiéndose en el fondo del mar.

La tragedia de King Kong no fue un mensaje ecologista ni mucho menos dado que ese concepto apenas existía en la década del treinta del siglo pasado. Ni siquiera creo que los directores hayan tenido intención alguna de ir más allá de entretener al público con bestias gigantes y catastrofismos en New York. No obstante, el encierro del gorila y su posterior exhibición parece aludir irremediablemente al viejo conflicto Civilización vs Barbarie, y rememora una de las páginas más oscuras de la historia de las potencias occidentales: los zoológicos humanos.

Bajo el eufemístico nombre de “exposiciones etnológicas”, los zoológicos humanos recorrieron las principales ciudades del mundo hasta finales de la primera mitad del siglo XX. El montaje de estos espectáculos no difería mucho de las ferias donde se mostraban los afamados fenómenos de circo, solo que en vez de mujeres barbudas y siameses, el show giraba alrededor de nativos africanos y americanos arrancados por la fuerza de sus tierras.

La gente acudía en masa. Con curiosidad observaban la anatomía y las vestimentas de pigmeos, mapuches y otras etnias que les eran presentadas al interior de una jaula. De paso, los visitantes se sacaban una foto y le lanzaban comida (en señal de buena voluntad) a esos magníficos especímenes de la barbarie humana. Era común que la mayoría de los exhibidos murieran tempranamente, algunos enfermos y otros de inanición.

Por lo general, las “exposiciones etnológicas” venían acompañadas de un relato fabuloso acerca de temerarios exploradores que se aventuraban a redescubrir civilizaciones perdidas y se llevaban de botín a unos cuantos salvajes practicantes del canibalismo. Otras veces, cuando la cosa asumía un matiz más científico, un improvisado antropólogo enjaulaba a un nativo africano junto a un mono para ilustrar al público sobre el eslabón perdido en el proceso evolutivo entre los primates y la suprema raza blanca.

Cualquier similitud con la historia de King Kong puede que no sea pura coincidencia.

Y por fin algo digno

En 1933 el mundo conoció la imposible historia de amor entre un gorila gigante y la actriz Ann Darrow. Años después, esta trama sería reciclada de mil formas salvo algunos casos como King Kong vs Godzilla donde Kong, además de propinar golpes con los puños, absorbe energía con sus extremidades. La última adaptación en la gran pantalla fue el abominable filme de Peter Jackson (2005) en el cual se copiaron hasta algunos diálogos de la primera versión. Con este largometraje (pese a sus tres premios Oscar y sus efectos visuales) el director neozelandés casi logra echar por tierra la reputación alcanzada con la trilogía de El Señor de los Anillos.

Cuando anunciaron Kong: Skull Island para el 2017 todo parecía indicar que por enésima vez veríamos el mismo rollo melodramático pero, para sorpresa de muchos, no fue así.

Kong: Skull Island es, además de una buena película en su género, la que mejor recrea la historia del gorila gigante. Jordan Vogt-Roberts, su director, se aventuró con muy buena suerte a hacerle unos cuantos cambios a una “sagrada” trama que desde hace décadas lo necesitaba.

El argumento se desarrolla en los setenta y a pocos días de terminarse la Guerra de Vietnam. En esta versión no será un arriesgado cineasta quien dirija la expedición a la Isla Calavera, sino un grupo de científicos escoltados por militares con la misión de explorar territorios desconocidos del Pacífico antes que los soviéticos. Bajo una clara atmósfera de Guerra Fría, la película se carga –para bien– el romance entre la rubia indefensa y el monstruo, y ubica en el eje narrativo una especie de remake de un clásico de la literatura que, de alguna forma, también va de monstruos. Hablamos de Moby Dick, de Herman Melville.

Mientras Tom Hiddleston encarna al típico galán y Brie Larson a una inusual damisela que en vez de estar en apuros suele resolverlos, los lauros son para Samuel L. Jackson en su papel del Coronel Preston Packard. El Coronel es presentado como un hombre curtido en la guerra que ve con malos ojos la retirada del ejército estadounidense de Vietnam. Atormentado por el vacío espiritual que le provoca la paz, encuentra en Kong un rival digno y lo convierte en ese enemigo que tanto ansía. A partir de entonces emprende contra él una cruzada a muerte bajo la excusa de vengar a sus compañeros caídos en la expedición. La imagen del Coronel Packard pistola en mano nos remite directamente a un obsesivo Capitán Ahab armado con un arpón cuyo némesis ya no es un cachalote albino, sino un gorila de extraordinarias proporciones.

Si su expectativa es ver a King Kong destrozando aviones en New York le recomiendo las versiones anteriores, pues la más reciente hace de esta escena una especie de parodia antibelicista basándose en La Cabalgata de las Valkirias de Apocalypse Now. Kong: Skull Island cambia para mejor el mensaje de la vieja y repetida historia y, por demás, le abre las puertas a un nuevo universo cinematográfico cuyos protagonistas serán las bestias gigantes, el monsterverse, que inició con el último reboot de Godzilla (2014). No obstante, el mayor mérito que debemos reconocerle a la película es hacer del mítico gorila lo que este debió haber sido siempre: el héroe.

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