Carcajadas responsables

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

“La risa es un ser malicioso, pero de conciencia tranquila.”

Nietzsche

Por: Dario Alejandro Alemán (Tomado de Cachivache Media)

Entre las tantas cosas que sobran en este mundo están aquellas personas que te recuerdan las bondades de la risa. Están de más los alegres que te piden una carcajada sin conocerte, o peor, sin haberte contado siquiera un chiste. También pululan por ahí esas frasecitas suaves y digeribles que invitan a sonreír simplemente porque “la vida está llena de cosas buenas”. Por si alguien duda de la cientificidad de estos aforismos con lentejuelas, existe todo un ejército de revistas serias y doctores de renombre que prometen larga vida y cutis frescos a quienes ejercitan los no sé cuántos músculos de la cara con una carcajada. En fin, que si seguimos al pie de la letra el omnipresente convite estaríamos todo el día riendo como idiotas, que es decir: siendo idiotas.

Tengo un amigo que presume de las carcajadas más estridentes jamás escuchadas, de esas que si no fuera porque uno lo conoce pensaría que sufre de un ataque al corazón. Sus momentos de mayor bullicio son los que pasa frente a la computadora viendo animados norteamericanos para adultos. Entre sus favoritos están American Dad, Family Guy y Happy Tree Friends, pero ninguno le divierte más que South Park. Gracias a su adicción a estos productos me fui adentrando en el mundo de la comedia negra animada y, lo admito, comencé a cogerles el gusto.

El absurdo es el ingrediente esencial de las series cómicas para adultos. Curiosamente el absurdo es una cosa que la mente tiende a fijar bien cuando en verdad debiéramos retener mejor la realidad. Nos gusta regodearnos con lo ilógico de estos “muñequitos” porque son como una sobredosis de LSD que le suministramos a la racionalidad de nuestra existencia. Horas después del jubileo, cuando la sensación enajenante pasa, nos asalta la culpabilidad y pensamos “cómo es que he perdido tanto tiempo en esto”. Rápidamente ponemos cara de tipo serio, y si alguien nos pregunta decimos para justificar el desliz: “es que son una sátira a la sociedad de esos países”. No lo neguemos, a veces nos gustaría reír como idiotas y estamos en todo el derecho. Dijo Nietzsche alguna vez: “El hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa”.

La sátira traduce en risas una idea difícil de decir. Pero a pesar de ser un látigo para fustigar leones, a veces, como en estos animados, puede ser la carne con que se les alimenta. El humor negro de dichas series se presenta como una burla a un estilo de vida. Algunas se mofan de la clásica familia norteamericana, mientras otras arremeten contra la cultura pop y los prejuicios aún existentes en la sociedad estadounidense. A pesar de dispararnos a quemarropa con chistes racistas, homófobos, anticomunistas y antieclesiales, por alguna misteriosa razón asumimos la gracia que nos han causado sin siquiera cuestionar algo al respecto. Piense, por ejemplo, en South Park y recuerde su personaje favorito. Si no es el neofascista de Eric Cartman o el infortunado pobretón de Kenny, créase una excepción.


En los momentos de tedio la indecisión suele hacer acto de presencia. Me ha sucedido que, queriendo pasar un rato divertido frente a la computadora, no encuentro qué demonios ver. A esas horas siempre es útil la recomendación de un amigo, pero cuando esto no sucede siempre queda echar mano a criterios especializados. Medios de renombre como El País o The Guardian (los cuales uso normalmente para cuestiones más “profesionales”) tienden a publicar sus Top Ten de “las mejores series del año” o de “series que no te puedes perder este verano” y cosas por el estilo. A ellos me encomiendo en busca de algo digno para reír y siempre encuentro entre las opciones, al menos, una de estas series animadas. Como regla, la sugerencia viene acompañada de un comentario apologético que clasifica el producto como una sátira inteligente. Así conocí Bojack Horseman, otra “joyita” de Netflix.

Su historia va de un mundo donde algunas personas tienen cabezas de animales, como si hubieran trasladado las figuras del panteón egipcio a la modernidad. El protagonista es un caballo (cabeza de caballo) que en los noventa fue un popular comediante y en los 2000 ha caído en desgracia. Egoísta, mujeriego y alcohólico, pretende regresar a la fama mediante un libro de memorias. Los episodios, que transcurren en el salvaje mundo de la farándula hollywoodense, muestran la evolución de este personaje de un auténtico cabrón hacia algo parecido a una buena persona.

Al personaje central lo acompaña un hippie vagabundo de apellido latino, una escritora de origen vietnamita y una maquiavélica representante de estrellas de cine. Uno pudiera pensar que esta es una buena serie porque critica a golpe de bromas la banalidad del star system norteamericano, pero no hay nada más alejado de la realidad. Si Bojack Horseman (el protagonista) dejara de ser un completo patán lleno de vicios dejaríamos de ver la serie al instante; y es que estos productos son construidos así, para que se dé con esa clase de personajes una identificación que no permita la crítica del espectador. Profundizando más, caemos en cuenta de que estuvimos horas enteras frente a una sarta de prejuicios y estereotipo donde los latinos son unos vagos y los emigrantes unos bebedores de cerveza buenos para nada. Si no les prestara siempre atención a los créditos hubiese pensado que entre los guionistas figuraba Donald Trump.


South Park es una irreverencia de punta a cabo que se expone a través de la total carencia de sentido. Su atrevimiento no desafía al sistema sino a las bases de la racionalidad humana. Quizás alguien quiera leer entre líneas una crítica a la hipocresía de lo socialmente establecido como correcto, pero ¿realmente es ese el mensaje que se lleva el espectador promedio? La línea divisoria entre la sátira y la inoculación ideológica está definida por la colocación intencionada de los elementos de la historia.

En el universo de South Park nadie resalta como Eric Cartman, un Hitler regordete y pequeño con un sádico sentido del humor. Aunque lo acompañen eternamente otros tres personajes, indiscutiblemente Cartman se roba todo el show. Stan, Kyle y Kenny están en la serie solo para que este nazi menor de edad tenga hacia donde enfocar sus odios. En uno de los episodios se parodia la clásica película de terror donde unos pocos sobrevivientes a un virus zombi resisten mientras se van infectando uno por uno. En este caso los supuestos zombis son homeless, gente que se ha quedado sin un centavo en el bolsillo y cuya pobreza es contagiosa. Los protagonistas, dirigidos por Cartman, encuentran en una azotea su única esperanza para sobrevivir y mientras tanto masacran a estas abominaciones que por cerebros piden limosnas. Es natural soltar alguna carcajada en un inicio, pero después, si se piensa en lo visto, la risa se nos queda trabada en la garganta. Vale preguntarse en qué parte de esta masacre de indigentes se escondió la crítica.

Kenny, por su parte, es la antítesis de Cartman. Mientras el último representa el conservadurismo ultraderechista –casi fascista– de la sociedad norteamericana, el primero es el estereotipo de una clase obrera que prácticamente resulta una carga social. Recuerdo un episodio donde se desata en la escuela de South Park una epidemia de piojos y es Kenny, por su condición económica, a quien responsabilizan del contagio.

En fin, que por alguna razón que aún desconozco seguimos desternillándonos de la risa con esta serie donde los indigentes son una plaga, los homosexuales unos excéntricos dementes y los árabes terroristas. South Park es una triste comedia de violencia y sexo, producto de la retorcida mente de algún Goebbels contemporáneo.


Sin caer en un desquiciado discurso contracultural debo insistir en que la risa es un acto de gran responsabilidad. El humor y la crítica social pueden ser inteligentes sin caer en la intencionada explicitud. El sexo y la violencia desenfrenada nunca han sido la mejor cortina para ocultar una burla. Prefiero, en cambio, el espíritu liberal de series como Los Simpson o Futurama. Matt Groening supo medir bien los ingredientes de su fórmula cómica-satírica, la cual no deja de ser hegemónica.

Pero no haga caso de todo esto y ríase como un loco si quiere. Por mi parte, seguiré cuestionando estas series tanto como a las frasecitas digeribles y a los científicos de la alegría. Creo, como Groucho Marx, que el humor es una palabra que uso constantemente y que algún día averiguaré su significado.

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