The People vs O.J Simpson: el show debe continuar

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

 

Por: Darío Alejandro Alemán (Tomado de Cachivache Media)

“Si el hombre fracasa en conciliar la justicia y la libertad, fracasa en todo”

Albert Camus

Por lo general, prender el televisor es abrir la carpa de un gran circo. Ante nosotros se desata entonces el más surrealista de los espectáculos, presentado ya no por un bigotudo hombre de gabán rojo y altoparlante en mano, sino por una rubia famélica con minifalda y aspecto de maniquí. El circo invita a todos a su función y todos corren a comprar tiques. En este show los payasos se esfuerzan en provocar llantos, el sombrero del mago saca billetes de lotería en vez de conejos, y desnudos acróbatas nos enseñan de sexo con pornografía hardcore. Con el tiempo el público se adapta y ya no espera que el trapecista salga airoso de sus saltos mortales, más bien ansía una desastrosa caída para reír como tontos. Pero de vez en vez se encuentra algún acto salvable de cierto artista renegado a las nuevas tendencias que impone este tipo de show. Vaya, pues, a reservar asientos para The People vs O. J. Simpson. 

Si bien la última temporada de American Horror Story nos había dejado los pelos de punta con los agudos gritos de Sarah Paulson y las hemorragias de Cuba Gooding Jr, American Crime Story: The People vs O. J. Simpson no hará menos con este elenco de lujo, al que se suma John Travolta y no para bailar disco. No serán ahora monstruos ni fantasmas vengativos los encargados de asustar: Larry Karaszewki y Scott Alexander (los directores) han apostado por la realidad, esa que supera con creces toda ficción.

La serie se ambienta en los Estados Unidos de los noventa, cuando Mónica Lewinski hacía de las suyas, las protestas contra los abusos policiales inundaban las calles de Los Ángeles y el culo de una adolescente Kim Kardashian no imaginaba sostener con increíble maestría una copa de champán. Eran años dorados para el escándalo, de los que todavía se recuerda como el más impactante el proceso judicial por doble homicidio del exjugador de fútbol americano O. J. Simpson.

Si en 1945 alguien hubiera adivinado que el caso de O. J. Simpson iba a ser considerado “el juicio del siglo”, la corte de Núremberg, junto a los acusados, hubiera recesado a causa de un ataque masivo de risa. Nadie contaba por entonces con que la terrible propaganda teorizada por Goebels sería opacada por toneladas de revisticas e informativos de pintas rosas y amarillas, y que el horóscopo y las cinturas estrechas serían suficientes para dominar una nación. Pero mucho ojo: estos escribidores de panfletos coloridos pueden adormecer a un pueblo entero tanto como ponerlo en pie de guerra.

Cuando en 1992 unos policías de Los Ángeles golpearon brutalmente al taxista negro Rodney King, las protestas de la comunidad afroamericana agitaron las calles, como si quisieran revivir la lucha por los derechos civiles de los sesenta. La prensa asumió una falsa objetividad y solo se limitó a informar. Pero cuando apareció apuñaleado salvajemente el cadáver de Nicole Brown (ex esposa de O.J.) junto al de un muchacho llamado Ronald Goldman, los ojos del Cuarto Poder se volvieron hacia O.J. Simpson (Cuba Gooding Jr.): un carismático héroe del fútbol americano (por entonces retirado) y de las películas de segunda.

Las pistas del caso estaban claras, aún para el más sonso de los investigadores. O.J. Simpson era el único sospechoso dado sus antecedentes de violencia doméstica, su mala coartada y el hecho de que tenía más gotas de sangre en su ropa que rayas un tigre.

Al instante un team de abogados, de esos que cobran millonadas y son más leguleyos en el noble arte de “virar la tortilla” que en jurisprudencia, puso manos a la obra para demostrar la inocencia de su cliente. Había comenzado el show, incluso antes de que alguien pusiera un pie en la sala del tribunal.

(Horas después en cualquier televisora norteamericana)

O.J Simpson se da a la fuga en su auto y amenaza con pegarse un tiro. Un ejército de patrullas le persigue mientras un enjambre de helicópteros con cámaras capta la escena minuto a minuto. El país se paraliza frente a los televisores. O. J., el ídolo de multitudes, el “negro” intocable y millonario, era seguido por la ley como a diario lo eran los demás afroamericanos. La sangre de algunos comenzó a hervir, y ya les daba igual por lo que lo cazaban: un hermano de raza volvía a estar en problemas con la policía. Los sucesos de 1992 no podían repetirse.

O.J terminó por entregarse. Su revólver nunca se disparó, aunque sí lo hicieron las ventas de Bronco, la marca del carro en que se efectuó la huida. Las ganancias por filmar el espectáculo aparecieron más temprano de lo esperado.


Sin más revuelos de por medio, el acusado ocupa su banquillo en el tribunal. Solo las jugarretas legales de sus abogados pueden salvarle y aun así sería insuficiente con todas las evidencias apuntándole como único sospechoso. Su contraparte es exquisita y meticulosa, pero confiada. Marcia Clark (magistralmente interpretada por Sarah Paulson) y Christopher Darden (Sterling K. Brown), los fiscales, presentan abrumadoras pruebas de carácter científico que hablan por sí solas. Parecía absurdo en aquel momento que el proceso se extendería por más de un año.

Aprovechando la cobertura mediática de las sesiones del tribunal, el team de abogados saca de abajo de la manga la carta más inesperada. Frente a las contundentes pruebas acusatorias, la defensa esgrimió una espinosa e improvisada teoría conspirativa por parte de la policía de Los Ángeles contra O.J. Salieron a la luz los viejos fantasmas del racismo policial y la prensa estaba allí, para darle un cuerpo.

Amparados en la libertad de expresión, los periódicos encendieron el peligroso fuego de la discriminación racial a partir de una historia descabellada. ¡Bendita Primera Enmienda! Monstruos mediáticos como Larry King y Oprah Winfrey hicieron “el pan” con el alegato de la defensa. En las calles, en las casas… donde quiera que hubiese un televisor, se erigían tribunales públicos donde las multitudes hacían de jueces, abogados y fiscales. Cada sesión de la corte era esperada como el episodio de una telenovela.

Desde que los antiguos griegos la pensaron, la Justicia se había simbolizado ciega. Para esta ocasión, la imparcial Temis decidió cambiar su venda por unas Ray-Ban, dorarse la piel y posar en topless para la portada de Vogue.

Por primera vez en la historia una corte se convertía en pasarela. Cada uno de los presentes en el proceso fue llevado a la palestra pública –sino el cadalso– para ser juzgado por su peinado o su vestir. Un asunto tan serio como puede ser un doble homicidio tomó dimensiones absurdas y surrealistas gracias a la plumilla de falsos periodistas. Esta fue la génesis oscura del reality show: la brutal muerte de dos personas. Quedaban lejanos los tiempos en que un periódico publicaba textos como el Yo acuso de Emile Zola.

Pero, en fin, O.J. Simpson… ¿Culpable o inocente? No intente enjuiciarlo usted, no caiga en la trampa. Recuerde que a la Justicia no ha de mirársele a los ojos buscando respuestas.

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