¡Sufre, Beethoven!

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Por: Yudith Vargas Riverón y Alejandro Pérez Malagón (Tomado de Cachivache Media)

Esta es la historia de POKEY (un circuito integrado) y está intrincadamente relacionada con las de la música moderna y Atari. Sí, Atari. Fragmentado, cíclico, reiterativo, el devenir de Atari ha sido un vaivén desde su fundación en 1972. 

Esta marca corporativa –una de las pioneras en los arcade games y videojuegos de consola– fue creada por Nolan Bushnell y Ted Dabney. Ambos ingenieros estadounidenses pasaron su infancia entre parques de diversiones, crucigramas del domingo y pizzas margarita.

Dicen los ancianos que los treinta son la edad para casarse o para armar un negocio. De manera que con poco tiempo –o vocación– para lo primero, Bushnell y Dabney crearon una compañía multifacética a cuya cultura corporativa añadieron sus largas horas de montaña rusa y degustación de las carbohidráticas delicias italianas.

Bushnell bautizó su empresa inspirado por una de las culturas que más admiraba: Japón. La elección del nombre japonés “atari” guarda estrecha relación con un momento climático del juego Go: es el instante en que una o varias fichas de un jugador se encuentran en peligro de ser tomadas por el oponente. También literalmente significa en lengua nipona “dar en el blanco” y “regalo fortuito”, en correspondencia con la imagen corporativa que Bushnell y Dabney ansiaban para su emprendimiento (hoy día, los japoneses usan la palabra atari cuando una predicción se vuelve realidad o cuando alguien gana la lotería. Cualquier semejanza con la expresión Eureka no debe ser pura coincidencia).

El sobrepeso y el éxito les llegó tempranamente. Las décadas de los setenta y ochenta quedaron marcadas por la impronta de Atari Inc. en la industria del entretenimiento relacionado con las consolas y computadoras domésticas. Pero como apuntamos al inicio de estas líneas, la historia de Atari ha sido fragmentada, cíclica, reiterativa, y además sin final feliz. Por ahora concentrémonos en 1982, diez años después de creada Atari Inc.

Entonces se hizo la luz, o en este caso, el POT KEYBOARD INTEGRATED CIRCUIT (tiernamente conocido como POKEY), que no es otra cosa que un diminuto y multifacético chip empleado en las computadoras domésticas de Atari –durante los ochenta– con el objetivo de medir potenciómetros y escanear matrices de los teclados de las computadoras.

Es (o era) un chip de entrada/salida, y estaba encargado de muchas de las tareas que son consideradas demasiado “pedestres” como para que las realice un integrado más refinado, como el procesador. Entre estas tareas, POKEY estaba encargado de generar efectos de sonido y música. Sí, música. Si usted alguna vez escuchó esas distintivas ondas cuadradas de sonido –o de sonido cuadrado, qué más da– probablemente ha estado bajo el influjo del POKEY .

Y es que las ondas cuadradas de sonido poseen una cualidad sonora distintiva. A diferencia del sonido más “natural”, ellas no hacen vibrar suavemente nuestros tímpanos, sino que hacen oscilar el aire más bruscamente. Este tipo de sonoridad se escuchaba a menudo cerca de las computadoras en la era en que todavía no existían esos speakers de salida stereo que abundan en las PCs contemporáneas. Todavía nuestras motherboards lo usan (más bien abusan) para avisarnos cuando algo anda mal.

Doug Neubauer era empleado de Atari cuando diseñó el chip portentoso. Cada uno de estos integrados era capaz de generar sonido hasta en cuatro frecuencias (o tonos) distintos. Con POKEY, las polifonías y los efectos de sonidos ampliaron sus posibilidades dramáticas como parte del lore del videojuego. Dicho de manera más fácil: estos cuatro canales de audio posee cada uno niveles de voz, frecuencia y ruido por separado. Cada canal tiene un divisor de frecuencia de 8 bits y un registro de 8 bits que permite manipular ruido y volumen a voluntad.

Una de las virtudes de POKEY era su facilidad para funcionar en grupos. Y a mayor cantidad de chips instalados, mayor y mejor cantidad y calidad de los efectos sonoros. En 1982 fue creado un adaptador que permitía instalar simultáneamente hasta 4 chips, permitiendo alcanzar hasta 16 tonos simultáneos. Pero el avance tecnológico es imparable y vertiginoso. Hoy día el POKEY ya no se fabrica, sino que es simulado en programas del emulador clásico de arcade y de Atari en 8 bits con idénticos resultados.

Las PC de IBM poseían un sistema similar, pero mucho más limitado, con un solo canal de audio. En los años noventa, los ratones de laboratorio de la vocacional Lenin programaban (uno de los autores incluido) estos sistemas para lograr efectos musicales. Eso sí, era imposible crear composiciones musicales con la sonoridad característica de POKEY, muy del gusto de quienes sentimos nostalgia de aquellos maravillosos ochenta.

Con ese integrado, el timbre propio de los instrumentos musicales se subvierte para producir un sonido más “computarizado”, más de máquina, “robotizado”, pero a la vez más rico que los sintetizadores más mediocres. La llamada Atari Music es en esencia, futurista. Pero de un futurismo vintage.

POKEY fue ampliamente empleado para componer melodías en 8 bits. Y no solo lo usaron los nerds en sus serenatas románticas. También lo usaron músicos con sobrado talento en la composición musical más posmoderna. Y hasta se han compuesto –inspiradas en el sonido de POKEY– bandas sonoras para series de televisión y películas (Code Monkeys y Scott Pilgrim Vs. The World están tal vez entre las más memorables).

Varios intérpretes se destacaron en esto de sacar música de los chips de computadoras. Atari Teenage Riot es una de las bandas más conocidas, también por esa ecléctica mezcla entre sus posiciones políticas antinazi y filosofía punk ante la vida. Estos alemanes mezclan la música Atari con el techno europeo y alguna que otra sustancia alucinógena para darnos temas como Hetzjagd auf Nazis!

 

Dentro de la industria del videojuego se han destacado otros compositores (no tanto por moda sino por necesidad) como David Whittaker o Rob Hubbard. En Scott Pilgrim vs The World, Brian LeBarton remasterizo el tema Threshold de Ben Hansen en una inolvidable versión llamada Threshold (8bits). Todo un homenaje a la cultura de los noventa.

 

Innegablemente, pocas experiencias son tan gratificantes como oír tocar en vivo una orquesta sinfónica. POKEY jamás sustituye la vibra y el alma detrás del músico. No obstante, con la música compuesta íntegramente con software no sólo se acceden a timbres y colores musicales imposibles de sacar de a un violín, un piano, una guitarra. Los intereses personales de cada compositor varían, de manera que el uso o deshecho del instrumental en 8 bits es prerrogativa individual.

La puerta queda abierta a las infinitas posibilidades expresivas derivadas del POKEY, traducidas en un ahorro significativo de tiempo, instrumentos, neuronas; además, acerca al individuo común a la complicada tarea de componer música, sin mediación del tortuoso pentagrama. Solo hay que apretar bien los botones adecuados y ¡voilá!

Por supuesto, si su deseo no es lograr un sonido “atarizado” sino componer música sin necesidad de instrumentos reales, puede emplear el Fruity Loops o cualquier sucedáneo. Existen sofisticados programas para ello, es sabido, pero POKEY es diferente. Diferente porque nos recuerda ese pasado glorioso de las primeras computadoras personales, de los primeros videojuegos y el típico acompañamiento musical de sus tramas. Apela a la nostalgia como recurso simpatético. De alguna manera nos trasporta a una época más feliz. Un tiempo en que con menos teníamos –y hacíamos– más.

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