El museo como templo

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Por: Carlos Ávila Villamar (Tomado de Cachivache Media)

El templo auténtico es aquel que permanece inhabitado, porque solo el espacio inhabitado es verdaderamente sacro. Las personas contaminan nuestra realidad, la vuelven un tránsito, un objeto que se recorre y que sirve para esto o para lo otro. Los largos huesos de ballena al fondo de un museo pierden su aura mística cuando hay más personas observándolos. Las personas nos quitan el gozo incomparable de sentirnos descubridores del mundo. Lo ideal es encontrar los huesos al final de un corredor, y dejar que nos sorprendan por sí solos. Tal vez (y esta es una observación muy personal) exista un mecanismo en el cerebro humano que elabore, cuando no hay nadie más, un sujeto genérico. Al entrar en un cuarto vacío éste de algún modo pierde su materialidad, su carácter de objeto, quiero decir. Sentimos que el cuarto nos observa, que hay otra presencia en el aire que nos está juzgando. El hombre como especie no debió haber sido diseñado para estar solo. En mi opinión la soledad es, de hecho, un estado de sutil alteración de la conciencia. Penetrar en un templo inhabitado es entregarnos por un instante a un sujeto desconocido, que nunca vamos a conocer (de hecho) aunque nos acompañe, en manifestaciones diversas, a lo largo de nuestras vidas. No es tan difícil entender la fe de las masas en tiempos pasados. 

Hoy cada vez son menos los espacios que nos transmiten esa sensación irreal, y preferiré hablar de los museos específicamente porque son los templos de la era moderna. Después de todo, un templo es un sitio destinado al culto y conocimiento de una mitología, y los museos de hoy no hacen más que reproducir mitologías modernas, sistemas referenciales que las masas aceptan sin hacerse demasiadas preguntas, simplificaciones del arte, la ciencia o la historia. El museo está hecho con un fin utilitario: alfabetizar al hombre en aquellos terrenos en los que de otra manera le sería imposible conservar algún conocimiento. Y sin embargo los museos, como los templos y las catedrales, poseen un encanto especial que excede ese fin. Desde niño me han atrapado los museos por su misteriosa y solitaria eternidad, por el aire sagrado que parece recorrer sus salas, y que quizás sustituya un poco el concepto de Dios. La nostalgia por Dios es inevitable para un hombre o una civilización que tuvo fe en otros días.

Escribo estas líneas sin estar seguro de cuándo fue la última vez que visité un museo. Se habla del poco interés que hay en la población, de las vidrieras llenándose de polvo. Es un hecho. Verdaderos jardines colgantes de telaraña crecen cada minuto en los museos cubanos. Insectos y roedores se pasean entre insectos y roedores muertos, conservados en frascos de cristal. Todo eso lo sé. Pero aunque desee un interés de las personas por los museos, los prefiero así, inhabitados, para cuando yo vaya al menos. Me parece una blasfemia cada lata de cerveza atorada en el interior de un cañón colonial. Una amigable, pintoresca telaraña molesta un millón de veces menos que una lata de cerveza. No resisto la venta de conocimiento como comida rápida, la muchedumbre profanando el espacio sagrado. No resisto ir a los museos de La Habana Vieja, llenos de turistas y de guías que repiten en varios idiomas informaciones irrelevantes. Prefiero al amable cuidador que no tiene la menor idea de qué es aquello que cuida, como el personaje de una fábula antigua.

La Habana está llena de mitologías convertidas en espacios, convertidas en templos. Recuerdo el antiguo parque de aviones del Museo del Aire, criaturas extrañas hechas de acero, despojadas de su cualidad más notoria (la capacidad de volar), el Museo de Historia Natural y sus largos corredores de insectos y murciélagos, esas mariposas orejudas dispuestas en línea como en el catálogo de una enciclopedia, las pinturas solitarias del Museo de Bellas Artes, paisajes desolados y muchachas que han esperado a sus amantes desde hace siglos, las pequeñeces del Museo de Artes Decorativas, objetos alguna vez cotidianos, lujos inútiles, los peces suspendidos en los cristales del Acuario Nacional, las luces galácticas del Planetario… ¿qué representan los museos? Todos estos habitantes embalsamados de la ciudad, emparentados entre sí por su discordia con los parques y el movimiento y la muchedumbre, resultan los fantasmas de la materialidad humana, cascarones vacíos que presuponen que otros mundos fueron posibles.

Los museos son a la ciudad lo que las conchas marinas a la piedra de algunas catedrales, aleatorios despojos que recuerdan una naturaleza pasada. Brindan el asombro de tener un mar en la tierra. Su mera existencia es un cuestionamiento, un desahogo de todo cuanto corre rápido por delante de nosotros, sin que lo podamos capturar.

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