El duelo: o la incapacidad de ver la realidad

The Crown

Por: Javier Montenegro (Tomado de Cachivache Media)

The crown es una serie espectacular. ¿Los motivos? La fiel recreación histórica, el impresionante vestuario, los escenarios por donde se desplazan los personajes, las buenas actuaciones… Me detengo ahí porque la lista es bien larga y no es a lo que quiero referirme. Uno de los grandes méritos de la serie es el intento de humanizar a un grupo de personajes que solemos sacralizar, pero son tan terrenales como nosotros. The Crown se centran en la Reina Isabel II, su hermana Margarita, su padre el Rey Jorge VI, su hermano el Duque de Windsor y Winston Churchill. Y es a este último personaje al que quiero referirme, específicamente a lo que ocurre en el episodio nueve (Assassins).

Una de las líneas narrativas del episodio es el regalo de ambas cámaras del Parlamento para el primer ministro en su 80 cumpleaños: un retrato suyo encargado al pintor modernista Graham Sutherland.

Con esto los directores de The Crown exploran dos lados diferentes del ser humano: el dolor reflejado en la obra artística de un creador y la negación del ser humano a envejecer. Si bien esta narrativa es la línea central del episodio, un mayor tiempo de filmación fue dedicado a la reina Isabel y su “amistad” con Lord Porchester, lo que de cierto modo hace mucho más bello el desarrollo de la relación Churchill-Sutherland a través de elipsis y detalles.

Desde un inicio el primer ministro pide al artista que no refleje la realidad, que no tiene sentido porque para ello están las cámaras fotográficas. Sin embargo, las intenciones del pintor son otras y sienta a Churchill en un sillón en una posición que, si bien es un contrapicado que exalta la grandeza del líder británico, parece una suerte de juez cansado. En este primer encuentro Winston se siente amenazado y teme dejar de ser una figura imponente ante el mundo, o al menos lo que él cree ser. Graham Sutherland, por su parte, aunque le declara una gran admiración, es una persona fría, cortada, y el supuesto respeto se pone en duda. Ahí queda declarado el duelo a través de dos concepciones diferentes del arte. El más anciano se decanta por la belleza, la alienación de la realidad (eso lo sabremos luego), estado en el que ha vivido en los últimos diez años; el más joven por la realidad y sentir del artista (también lo sabremos más adelante), por el dolor que atormenta a todos de distintas formas.

En el segundo round entre pintor y modelo hay uno o dos pequeños gestos de Sutherland hacia Churchill que muestran el respeto al que hacía referencia. En uno de ellos le arregla el cabello desordenado debido al sombrero; quiere reflejar la realidad, pero tampoco le interesa presentar a un anciano descuidado. El primer ministro por su parte trata de impresionarle con sus conocimientos técnicos de pintura, y le recrimina su poca experiencia en los retratos; Churchill no ha perdido el miedo, sino al contrario, se siente más amenazado por este hombre que no le permite mirar cómo son los bocetos porque “cada persona tiene una perspectiva distorsionada de uno mismo, algo que necesitamos para seguir adelante”. Esta vez Winston se aferra a su cargo, al país, a todo lo que representa; no es una pintura de sí, sino del Reino Unido, un símbolo mundial. Y tiene razón, solo que la negación de su edad y su incapacidad no le permiten ver que él no es ese nuevo Reino Unido, necesitado de una recuperación económica lejos de su alcance. Es la eterna lucha de lo viejo con lo nuevo, de lo actual con el pasado reciente, del todo estaba bien al todo podría estar mejor.

Antes del tercer round, y final, cada uno explora la obra de su rival y ambos encuentran algo llamativo. En ese tercer último encuentro (ficticio por supuesto, no es que Sutherland haya pintado a Churchill después de solo tres sesiones) la tensión ha disminuido, quizás por la mencionada exploración de sus obras. Al igual que en las dos escenas anteriores, el puro de Winston nos brinda un detalle: las horas que llevan en la labor. El primer ministro, cansado de estar en su silla intenta entablar una conversación, y esta vez el pintor accede para comentarle cuán reveladora le había sido su obra. Halagado, le pide detalles y el pintor se refiere al estanque que existe en su casa. Y aquí llegamos al momento cumbre del episodio (y los directores lo saben porque concluyen esa escena con una música in crescendo). Sutherland le revela a Churchill que ese estanque oculta todo su dolor, su desesperación, toda la carga acumulada por años. Es bello ver a este anciano descubriendo su realidad, su sufrimiento, su lucha contra la vejez, su espacio de evasión y enajenación. Inconscientemente su necesidad de expresión artística le llevó hacia ahí, a la creación de algo bello para ocultar su alma atormentada, justo como se desempeñaba en la realidad, donde un supuesto carisma y aura paternal ocultaban su incapacidad para dirigir el gobierno. Pero aun así él solo ve la punta del iceberg: un pequeño highlight de su realidad.

Sutherland también tiene un gran mérito en la escena al confesarle que su pintura Pastoral la realizó después de perder a su hijo y ese es el resultado de todo lo que sintió; Churchill comprende cómo sintió lo mismo al perder a una de sus niñas, y cómo construyó el estanque, sin saberlo, para mitigar el dolor. Pero creo que el estanque como metáfora de evasión también se refiere a la muerte de todos los británicos debido a la guerra y posterior miseria del país. Un paisaje bello para huir de la realidad. No es que la muerte de su hija le haya dolido menos que la de los británicos, o viceversa, es toda la acumulación de heridas, invisibles para el mundo, lo que lo consume. Por eso el estanque, por eso la armadura de figura política épica, por eso su negación. Y aunque eso se nos hace evidente a nosotros, Winston sigue sin verlo.

Solo cuando le descubren el cuadro y ve todo el horror que oculta su retrato es que comprende su ceguera. Ahí están su dolor y su realidad, ambas negadas desde un inicio. Es el final, aunque siga sin querer reconocerlo. Son los gritos del pintor los que terminan por romperlo. Da igual que todo el tiempo se lo hayan insinuado, no es hasta que escucha a gritos la realidad que la acepta. La edad es cruel. Ve decadencia porque hay decadencia. Ve fragilidad porque hay fragilidad.

Y no es solo Churchill. Todos nos aferramos a lo que sentimos que nos hace grandes cuando llega el final. Pocos logran entenderlo. Pocos logran dejarlo ir porque sienten que es el final sin haber llegado el final. Porque, aunque aceptemos la muerte o la vejez, no aceptamos nuestros límites, ni el cansancio, porque hacerlo sería aceptar el final de una vida que aún no ha terminado.

(Tomado de Cachivache Media)

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