“El vinilo está asesinando al mp3”

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.
Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Por: Rafa G. Escalona (Tomado de Cachivache Media)

“El vinilo está asesinando al mp3”

La frase que da título al trabajo la encontré en una foto de las tantas que la comunidad de fanáticos de los LP sube a Instagram, una de esas que muestra un catálogo esplendoroso cobijado en estantes que simulan ser rústicos pero que si te fijas traen la marca de Ikea debajo.

Resulta que desde hace unos meses formo parte de la masa de hipster retronostálgicos que han sacado del ataúd al disco de vinilo. Un miembro de la comunidad responsable del “vinyl revival”, que hasta entrada de Wikipediadefiniendo el problema tiene, vamos. La culpa, en mi caso particular, supongo que la tiene el jazz, Nick Hornby, el periodismo musical y mi gusto por palpar los placeres. Una excusa tan mala como cualquiera, pero es lo que hay.

Luego de una búsqueda más o menos concienzuda, di con un tocadiscos que me pareció conciliaba mis escasos recursos con una calidad de reproducción aceptable. Gracias a mi familia, a amigos de aquí y de allá y a algún que otro vendedor ambulante, he ido conformando el conato de una discoteca en la que se mezclan corridos mexicanos, canciones de Leonard Cohen, éxitos de Benny Moré, el más reciente disco de Norah Jones y un álbum del grupo colombiano de cumbia psicodélica Los Pirañas.

¿Cómo llegamos hasta aquí, hasta el punto en que un joven cubano en pleno siglo XXI se empeñe en acumular esos trastos obsoletos que solo parecerían quedar bien en una película de Woody Allen?


El vinilo nunca ha muerto del todo, empecemos por ahí. Aunque sus días de gloria como catalizador de la distribución comercial de la música estuvo entre los años 50 y 80, siempre ha quedado un reducto de Djs y amantes del formato que mantuvieron en pie una modesta industria.

Alrededor del año 2006 las ventas de vinilo comenzaron a ascender y han llegado a su punto máximo en los últimos dos años, en los que se ha llegado a una recaudación de más de 400 millones de dólares. Unas cifras que no se veían desde finales de los ochenta, años en los que el vinilo comenzó a perder definitivamente terreno ante formatos más novedosos como el casete y el CD.

En plena era de la inmaterialidad, un grupo creciente de personas rescata la experiencia de escuchar la música, o mejor, de vivirla como un hecho físico. Luego de haber reducido el formato a su mínima expresión (un intangible montón de bits en formato digital, en unas plataformas para las que ni siquiera tienes que tener un dispositivo específico), las audiencias comienzan a revalorar la dimensión física, entiéndase, el concierto en vivo y el acto mecánico de reproducción.

Algunos estudios apuntan que el modelo popularizado por iTunes de venta por descarga individual está agotado, y que las personas están comprando cada vez menos singles, gracias a plataformas de streaming como Spotify, Pandora y Apple Music, que les permiten tener acceso a una cantidad inagotable (inescuchable) de contenidos.

Parece ser que estamos entrando en una temporada de una Pangea auditiva –emocionante, inextricable, desoladora en su hiperabundancia, llena de pasillos que conducen por igual al nirvana y a la angustia– y, en una menor pero importante medida, a la revalorización de esos formatos que forzosamente demandan una implicación auditiva e intelectual del escucha y no un simple movimiento de dedos. El disco de vinilo ha venido a rescatarnos de la interpasividad en que devino la prometida interactividad infinita de la era virtual, para decirlo a la manera de Hernán Ferreiros en Rolling Stones.

El mercado, que no tiene un pelo de tonto, ha comenzado a tomar nota. Actualmente las ventas de vinilo siguen siendo una pequeña parte del gran pastel del negocio de la música. Un seis por ciento de ese pastel, para ser más precisos. Pero lo interesante es que hace diez años eran menos del dos por ciento, y en la actualidad representan la quinta parte de las ventas en formato físico de la música. Su crecimiento anual, del 2014 hacia acá, sobrepasa al de cualquier otro formato. De acuerdo a los reportes de la compañía Nielsen, las recaudaciones por venta de vinilos han crecido un doscientos cincuenta por ciento en los últimos seis años y son mayores que los ingresos por publicidad de todas las plataformas de streaming combinadas.

Ahí, en el redescubrimiento del disfrute del acto físico de escuchar y manipular la música, en la exploración de otras vías de interacción con sus artistas preferidos por parte de las audiencias, en el, cómo no, cálido y particular sonido analógico (no mejor, solo distinto) que expulsan las bocinas al rasgar la aguja el surco del vinilo, y en la sagacidad de la industria para detectar los cambios del viento en el mercado, es donde deberíamos buscar las causas del resurgimiento del vinilo.

Qué bello mundo en el que el vinilo está de vuelta ¿eh? Ni tanto. Los entusiastas que vean el revival del vinilo con los ojos llenos de amor deberían saber que la cosa no es tan hermosa como pudiera parecer a primera vista. El drástico aumento de la demanda de vinilos –que ha permitido que neófitos como yo nos hagamos de un tocadiscos y husmeemos en busca de materiales– ha afectado a la pequeña comunidad que siempre mantuvo con vida el formato. Los artistas indies que nunca dejaron de apostar por producir en vinilo y la minúscula red de venta de discos asociados a estos no ha mirado la avalancha de esta moda con demasiado placer. Y no es precisamente por un ataque de esnobismo.

El problema, el gran problema del revival del vinilo es la precaria infraestructura que lo sostiene. A pesar de su creciente popularidad, el número de prensas activas se ha mantenido relativamente estancado en la misma cantidad existente desde el declive del formato. Se han recuperado algunas prensas inutilizadas por largos años en varias partes de Europa y Estados Unidos, pero la demanda supera ampliamente la capacidad productiva. Varios reportes señalan que el personal capacitado para trabajar en la producción de discos de vinilo es mínimo y, de acuerdo al sitio Noisey, solo existen dos compañías en el mundo que producen la laca necesaria para hacer el máster del disco patrón (si se sienten perdidos con la terminología, en Wikipedia pueden encontrar explicado el proceso de creación de un disco).

Con semejante paisaje es fácil entender la preocupación de la comunidad habitual del vinilo. Antes, un pedido de 300 discos de un artista demoraba cerca de un mes en ser entregado. En la actualidad, que todos –desde Kanye West hasta Adele, pasando por artistas como Daft Punk o Radiohead, que nunca abandonaron el formato– se han montado en la ola del vinilo con producciones de diez mil, cincuenta mil, y cien mil discos, ese mismo pedido de un artista independiente puede demorar 3 meses o más, con las consecuencias que esto trae (probablemente ese artista contaba con los discos para venderlos en sus conciertos, que suelen ser la mayor fuente de ingresos de muchos músicos de la escena independiente). Por otro lado, se reimprimen discos aún en existencia y se ubican en grandes cadenas de tiendas (uno de los mayores vendedores minoristas de vinilos es Urban Outfitters, una tienda de ropas), en una competencia imposible de seguir por los pequeños negocios que durante años mantuvieron la industria en pie.

El “Record Store Day”, un día supuestamente dedicado a homenajear la venta de discos de vinilo que se celebra un sábado del mes de abril, ha sido acusado por las tiendas y casas disqueras independientes como una maniobra comercial para catapultar el trabajo de las grandes compañías que precisan de ciclos rituales como este –el equivalente en vinilo de la Navidad– para explotar el afán de consumo de las personas. “Cuando se trata el estado actual de la improbable resurrección de la industria del vinilo”, dicen en Pitchfork, “todo el mundo está contento. Y todo el mundo está frustrado”.

Como comentan en el reportaje de Noisey ya citado “para las personas que coleccionan discos por razones que van más allá de la propiedad física, el revival está estropeando toda la diversión del asunto”.

Solo el tiempo dirá si estamos en presencia de una (otra) moda retro más, o si este rescate del vinilo llegó para quedarse. Para que ello suceda, para que el vinilo vuelva a ser ese objeto democratizador y democratizante que esparció experiencias culturales comunes entre millones de personas de todos los lugares e ideologías del mundo, definitivamente la industria –la única capaz de soportar los millonarios costes que implicarían desarrollar nuevas plantas de impresión de discos– tendrá que meterse de lleno en el asunto y revitalizar una infraestructura suspendida en el tiempo.

Tal vez la respuesta esté en la impresión 3D, quién sabe. Tal vez ya alguien ha comenzado a experimentar con ello y pronto tendremos la receta para hacer nuestras propias grabaciones en vinilo desde la casa. Mientras tanto, seguirán siendo los de siempre –los coleccionistas, los seguidores de escenas underground del hip hop, la música electrónica y el rock, y las pequeñas casas discográficas alternativas– quienes sostendrán ese nicho. El resto seguiremos siendo unos curiosos, una tropa elitista que porta un estandarte que, como acertadamente argumentan desde Pitchfork, es “un símbolo de una rebelión que implica cero rebelión”.

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