Sin padres, ni hijos, ni espíritu santo

Jude Law, protagonista de The young popo. Imagen: theindependent.co.cu
Jude Law, protagonista de The young popo. Imagen: theindependent.co.cu

“Los que reniegan de Dios es por la desesperación de no encontrarlo”.

Miguel de Unamuno

Por: Darío Alejandro Alemán (Tomado de Cachivache Media)

Lenny Belardo (Jude Law) es un gran actor al que, por fin, le ha tocado el papel que ha deseado toda su vida: el de Papa. El mundo espera, congregado en la plaza de San Pedro, la llegada de uno de los personajes que más veces ha sido interpretado desde los inicios de nuestra era. Este primer acto es sencillo: el nuevo Obispo de Roma debe procurarse una sonrisa y un aura divina desde su balcón; después leerá su guión y hablará de la paz, del amor y, sobre todo, de Dios. Pero el público quiere al Papa y no a Lenny Belardo. No les interesa el niño huérfano, ni el joven casto tentado por el sexo, ni el cardenal que se hizo con el favor del cónclave con apenas cincuenta años. Lenny sabe que nada les importa más que su sonrisa y su liturgia, así que ahora se hace llamar Pío XIII.

Realmente nadie sabe cómo llegó allí este yanqui tan joven. La tiara papal suele adornar cabezas calvas y arrugadas, o al menos con más canas que la de Lenny. Los juegos de poder han apostado por su inexperiencia para manipularle mejor y cambiar el viejo rostro de la Iglesia Católica Apostólica y Romana. Nada de eso. Pío XIII piensa por sí mismo, y prefiere el fuego inquisidor y las bulas medievales antes que el ecumenismo y la tolerancia que ha procurado el Vaticano en los últimos años. Esta es la historia que en diez episodios nos presenta el director italiano Paolo Sorrentino.

The Young Pope ofrece un relato acerca del hombre y la fe, no sobre Dios y la religión. Su trama nos llega irreverente, mas no irrespetuosa; y se escapa de los moldes que algunas series de televisión han construido sobre lo que ocurre al interior de la Basílica de San Pedro. La visión de Sorrentino de la Iglesia no va de santos ni de demonios, sino de hombres de fe que son, por sobre todas las cosas, hombres.

El Padre

¿Cuánto le debe doler a un huérfano, sin posibilidades de procrear, que el mundo entero le llame “Santo Padre”? A Lenny le abandonaron, siendo apenas un niño, en las puertas de un convento. Allí lo acogió la hermana María (Diane Keaton) y le crio como un hijo, o por lo menos como una monja puede criar. Ella también es huérfana, sin embargo, todos la llaman “hermana”.

El trauma de estar solo le ha atormentado a lo largo de su vida. El Dios Padre no ha sido suficiente para él. Todos son hijos de Dios, sin embargo, no todos tienen padres. La ausencia del amor paternal ha hecho de él un hombre solitario, frío y ambicioso que enfoca sus pasiones hacia sí mismo. Lenny es un hedonista empedernido y orgulloso que se niega a ser el humilde santurrón que todos suponen de Pío XIII.

Contra la inamovilidad que esperamos de una milenaria institución como la iglesia, el nuevo Papa nos enseña que la historia siempre está dispuesta a cambiar porque la hacen los hombres. Su carácter inestable sacude la inercia del Vaticano despreciando todo pronóstico. El astuto Cardenal Voiello (Silvio Orlando), sumo titiritero del Santo Cónclave, ha sido tomado por sorpresa con las declaraciones de Pío XIII cuando este prohibió el aborto y la homosexualidad. No puede creer que un joven albergue dentro de sí una mentalidad tan arcaica. Haber votado por Lenny Belardo resultó un error caro a pagar, sobre todo porque este Papa norteamericano apenas tiene cincuenta años y solo la muerte puede desprenderle del trono de San Pedro.

Las sorpresivas declaraciones de Pío XIII vienen acompañadas de su extravagancia: el Papa no quiere dejarse ver en público cuando miles de fieles esperan adorar su figura. Es necesario, según él, mantener el misterio, porque ese es el principio básico de toda creencia. La gente teme a lo que no conoce, o lo que es lo mismo, adora lo que no puede ver. Lenny sabe, como Voltaire, que Dios es un comediante que actúa para una audiencia demasiado asustada como para reír. Cree que la fe es más pura cuando la respalda el miedo y no la esperanza, así lo dictan los siglos de oscurantismo religioso que afianzaron el poder de la Iglesia. Su lógica es maquiavélica: es más efectivo procurarse el temor que el amor de los súbditos.

Quizás solo la hermana María conozca de verdad a Pío XIII. Mientras todos le juzgan como si del mismísimo Anticristo se tratase, ella sigue defendiendo la tesis de que su Lenny es un santo. Tras su severa ortodoxia y sus esfuerzos por destruir las concesiones hechas por el Vaticano para poder sobrevivir en estos tiempos, el joven Papa es un hombre atormentado. Es un Padre sin padres, es un monarca solitario con ganas de vengarse del mundo… y de Dios.

El hijo

Vivir entre los muros del Vaticano es un dolor de huevos –literalmente- para los sacerdotes castos. Las paredes están cubiertas de pinturas que muestran provocativas mujeres desnudas, y no mujeres cualquieras, pues siempre son ninfas (o la mismísima Venus) dibujadas con el pincel realista de los maestros renacentistas. A cada esquina hay un hombre con la musculatura y el miembro perfectamente tallados en mármol, y por si fuera poco, sobre las cabezas de los cardenales, en la Capilla Sixtina, Miguel Ángel dejó para la eternidad los senos de una Eva, el pene de un Adán y la belleza andrógina de un Cristo.

Si bien Lenny rechaza sin esfuerzos el placer carnal para mantenerse fuera de cualquier señalamiento, su intrigante Secretario de Estado, el Cardenal Voiello, no lo tiene tan fácil. Pío XIII guarda en su despacho a la Venus de Willendorf porque sabe que Voiello no puede evitar sacarle los ojos a las exageradas curvas de la estatuilla primitiva. El viejo cardenal ha renunciado por varios años al sexo, pero no a la sexualidad.

El frío y manipulador Voiello es la imagen pública más clásica de la Iglesia, pero ello no significa que su intachable puritanismo desprecie las mal llamadas “banalidades” de la carne. Defiende a capa y espada (en contra de las ideas del Papa) la tesis de Juan Pablo II de que la Iglesia debe ser la caricia del amor de Dios al mundo, sin embargo, se pregunta por qué un cura no puede recibir más caricia que la divina. La respuesta la encuentra en las mismas palabras de Lenny: porque son unos cobardes.

La sexualidad reprimida puede tener graves consecuencias, pues no todas las personas están aptas para soportar tal suplicio. The Young Pope nos lo ilustra en el caso del Arzobispo Kurtwell y la Hermana Antonia. Ambos personajes utilizan su poder para someter a otros sexualmente y ello hace estallar penosos escándalos sexuales. Puede que al espectador estas actitudes le parezcan deplorables –y no es para menos– pero habría que entender las razones primarias de todo esto. ¿Acaso no sería más fácil que curas y monjas pudieran amar libremente? La psiquis humana sigue siendo un misterio que actúa de manera impredecible en situaciones extremas. El amor no es cuantitativo y no hay Dios, ni mujer, ni hombre que puedan acapararlo solo para sí. De cualquier manera, no es menester nuestro –ni de Sorrentino– arremeter contra los dogmas de la Iglesia, aunque bien valdría hacerse algunas preguntas.

El espíritu santo

Es una realidad: Pío XIII no cree en Dios. Él no lo esconde porque ya goza de la infalibilidad propia del Vicario de Cristo y porque, además, necesita que lo ayuden a creer. Blais Pascal, católico hasta la médula, era del criterio de que en el corazón de todos los hombres existe un vacío que tiene la forma de Dios. Lenny siente ese vacío, pero no encuentra a Dios en él, sino a sus padres.

La relación del joven Papa con Dios nunca ha sido convencional, pero ello no significa que sea lejana. A diferencia del resto de los cristianos, Lenny se siente realmente cercano al Él porque su hedonismo supera todo amor a la divinidad. No pide en sus rezos, más bien exige; y es así como obra sus milagros. The Young Pope nos enseña que estamos más cerca de Dios de lo que creemos y que los santos no existen, pues nuestra intrascendencia mortal es divina y eterna en sí.

El papado de Lenny puede dividirse en dos partes. La primera es de puras intrigas, confusión y rencor. La segunda nos habla de redención. Justo cuando Pío XIII dejó de buscar a Dios, lo encontró, aunque no haya tenido ni idea de haberlo hecho. Tras la “maldad” de este Papa siempre vivió un buen hombre que Sorrentino describe como un hacedor de milagros. La salvación de Lenny no dependió de su acercamiento a Dios, sino de su confianza en sí mismo y en el prójimo. En fin, que Él está en todos nosotros y sólo ahí se le puede encontrar.

The Young Pope es una serie para disfrutar como pudiera ser otra cualquiera, pero es también, por qué no, un buen momento para la autorreflexión acerca del sentido de nuestra existencia. La gran interrogante que nos plantea no va de quiénes somos, sino de qué; y esta, señores, es más peliaguda que la mismísima Trinidad.

Y líbreme Dios si he blasfemado.

3 thoughts on “Sin padres, ni hijos, ni espíritu santo

  1. Depués de esta lectura me gustaría ver la serie y ver que sentimientos despierta en mí; ATEO hasta la médula, pues creo que las religiones fueron inventadas por hombres antiguos muy inteligentes para influir en grandes muchedumbres con necesidad de sometimiento.

    1. Yo también soy ateo, pero sin ánimos de entrar en un debate teológico ni mucho menos marxista sobre el papel de la religión, considero que la búsqueda de lo trascendente es propia de nuestra especie, aun en el materialista dialéctico más ortodoxo. El ser humano, como ser social, tiende a institucionalizarlo todo, incluso ese afán de conocer si hay “algo más allá”. No existe institución alguna que no tenga como base sostenerse en el poder. De eso van las relaciones humanas de una u otra forma. En eso pienso igual que Foucault. Te recomiendo la serie, aunque te digo, va de algo más espiritual y subjetivo que político aunque en principio no lo aparente. Y gracias por comentar.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *