Trópico, o el juego del poder

Imagen: polygon.com
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Por: Darío Alejandro Alemán (Tomado de Cachivache Media)

– ¡Bienvenido a Trópico, mi Presidente!

Así me recibe Penúltimo, quién a partir de ahora será mi segundo al mando. Sin más preámbulos comienza a entrenarme, con los tutoriales, para que conozca mejor este nuevo feudo: una islita pobre y escasamente habitada del Caribe. Horas después, cuando ya los ojos arden de estar frente a la laptop, doy pause al juego y guardo la partida. Aún soy Presidente. Tengo a todo el mundo controlado de forma tal que ni siquiera los rebeldes se atreverán a darme un golpe de Estado. Pienso que quizás no sería un mal líder populista, o al menos eso me quiere hacer creer el juego.

Siempre me han gustado los juegos de estrategia. De niño “quemé” Age of Empire, StarCraft, Patrician y el Imperium, así que cuando vi el Trópico no pude aguantar las ganas de tenerlo. Si para entonces ya había sido William Wallace, un comerciante de la Liga Hanseática, Julio César y un Comandante terran, nada podía atraerme más que gobernar una isla caribeña. Obviamente el tema me tocaba de cerca.

Ahí justamente radica parte de la gracia de los videojuegos, y en general, de los universos ludoficcionales: escapar a la realidad, no ser tú, vivir otras vidas. Esas siempre han sido aspiraciones que compartimos todos como especie y parten de nuestros orígenes. Desde los mitos de las antiguas civilizaciones hasta los videojuegos y las películas más modernas, el ser humano ha experimentado –casi por necesidad– la sensación de ser otra persona. Cada relato conlleva inexorablemente a una identificación del “yo” con el “otro”, lo cual nos lleva a compartir alegrías, miedos y deseos con los personajes.

Si bien la literatura y el cine juegan con esta inclinación casi masoquista del hombre, los adelantos tecnológicos nos han permitido ir más allá de un simple “sentir”. Ahora podemos “actuar”, y eso, sin dudas, se lo debemos a los videojuegos. Desde una consola vestimos la armadura de un caballero medieval, piloteamos naves espaciales, dirigimos ejércitos y disparamos con precisión modernas armas, algo que en la vida real sería imposible para quienes solo conocemos las escopetas de aire comprimido.

En un inicio los videojuegos se limitaban a enrolarnos en una historia ya definida con un recorrido y un final predeterminados, sin embargo, con el tiempo le han permitido al jugador escoger su camino dentro del relato, dándole paso a los finales alternativos. La industria del entretenimiento nos ofrece un abanico inmenso de vidas y situaciones por vivir que trascienden las barreras de la simple identificación, y permiten manejar la historia a nuestro antojo.


“Cuenta la tradición que cuando Kim Jong Il nació, el acontecimiento fue acompañado de un doble arcoíris en el cielo y una nueva estrella en el firmamento”.

Dos o tres carteles más con curiosidades sobre dictadores aparecen en la pantalla mientras se carga la partida. Voy a jugar de nuevo para ver cómo andan mis súbditos, digo, mis ciudadanos.

El Trópico 1 salió al mercado en el 2001 y solo seis años después fue que pude jugarlo. Desde entonces he seguido todas sus partes y expansiones y, según recuerdo, antes de esta última edición –la quinta– los dictadores de la vida real tenían más peso en el juego.

En las primeras ediciones de esta saga era imposible hacerse de un avatar. Las opciones se resumían a escoger personalidades de la historia de nuestro continente, todos tachados de déspotas, algunos con razón y otros no. Los conflictos ideológicos afloraron cuando encontré a Eva Perón, a Fidel Castro y al Ché Guevara compartiendo un lugar en la lista de posibles personajes junto a Augusto Pinochet, Manuel Antonio Noriega, Rafael Leónidas Trujillo y François Duvalier. Pero qué más le vamos a pedir a esta insólita fusión de entretenimiento y política que rejuegos ideológicos cuando fue desarrollado por la PopTop Softweare, una empresa estadounidense especializada en videojuegos del género Construcción y Gestión.

Tampoco por ser tan políticamente incisivo debería prohibirse, como ha sucedido en Tailandia después del golpe de Estado del 2014 a manos del ejército, el cual ha visto en Trópico una amenaza para el orden nacional. Sin embargo, debe reconocerse que este juego se las trae y ha puesto en apuros a más de un político. Por ejemplo, en España, la ultraderecha lo ha explotado de sobremanera para desacreditar a la figura de Pablo Iglesias diciendo que el líder de Podemos es un adicto al Trópico 5, ya que solo en este escenario virtual podrá derrocar una monarquía e implantar un gobierno populista.


-Presidente, dentro de poco serán las elecciones. Siempre podemos hacerles unos cambiecillos a los resultados. Nadie tiene por qué enterarse –me dice Penúltimo–.

-No, vamos a hacer las cosas bien. Llevo más de un siglo en el poder y hasta ahora he sido electo democráticamente. Nada de amañar las votaciones. –le contesto para mis adentros y me enfrasco de a lleno en perdurar mi mandato–. Creo que todo puede lograrse por las buenas: manteniendo feliz al pueblo. Aunque si las cosas se complican siempre quedan opciones: la Ley Marcial, sobornar, desacreditar e incluso matar a mis adversarios políticos. ¡Pero no! Un buen líder no puede valerse de eso.

Jugar el Trópico es un fetiche donde lo excitante va más allá de la simulación. El placer real está en la constante disyuntiva, en los conflictos éticos que generan cada una de tus acciones. Eso es lo mejor de los videojuegos sin finales predeterminados. Trópico en sí no es ni bueno ni malo. Todo está en cómo te dejes llevar por él.

Después de intentar levantar la economía de esta pobre república bananera (nada fácil, por cierto) el otro gran reto está en sobrevivir ante la presión de las potencias extranjeras. Antes del Trópico 5 esto se resumía en no enojar demasiado a la URSS y a los Estados Unidos, aunque, irremediablemente, al final debes simpatizar más con uno de los dos. La última edición del juego lo ha complicado todo: primero hay que escoger entre monárquicos y revolucionarios, después entre los Aliados y el Eje, posteriormente entre la URSS y los yanquis y al final, en la Era Moderna, entre China, la Unión Europea, el Oriente Medio, Rusia y los Estados Unidos. Todo esto en más de cien años que van desde 1895 hasta la actualidad.

En el juego, aunque se trasciendan los marcos de la Guerra Fría, se siguen respirando las pugnas de este período histórico. No basta con mantener contentas a las potencias extranjeras –de cuyo injerencismo es imposible librarse– sino que a lo interior es necesario lograr un equilibrio con los intereses de las distintas facciones que conviven en la isla. Los religiosos piden más iglesias, los militaristas una dictadura militar, los ecologistas menos fábricas, los industrialistas más, los comunistas igualdad social y los capitalistas que se cobren la salud y la educación.

Es muy difícil mantenerlos a todos felices. Lo resolvería de una vez si me convirtiera en un iracundo dictador e implantara en mi país un régimen orweliano a lo 1984. ¡Pero no! Vamos a hacer las cosas bien.


Llevo ya unos días en esto. Le he dedicado muchas horas al Trópico y estoy orgulloso de mi trabajo como Presidente.

No he robado dinero para una cuenta en Suiza, detesto la corrupción. La gente tiene edificios modernos donde vivir, salud y educación gratuitas, electricidad y empleos. Decidí mantener mis distancias con los yanquis y aliarme a los rusos y a los chinos, porque en la realidad tengo algo de experiencia en ello. Por supuesto, a los Estados Unidos no le ha gustado. El seguro social en mi isla está garantizado como casi todo. Me he declarado abiertamente comunista para tratar de llevar algo de la realidad a la ficción, pero a los capitalistas ricos eso tampoco les ha hecho mucha gracia. Aun así, no me han podido ganar una elección.

“Construí una isla paradisíaca de la nada, y me pareció buena” pienso y a la mente me viene un pasaje del Génesis. ¿Qué tan parecidos pueden ser un eterno gobernante y un demiurgo?


-Lo siento Presidente. Esas cosas pasan –así de inmutable se despide de mí Penúltimo–.

Una invasión norteamericana me ha tomado por sorpresa. Desembarcaron por las playas de la isla y con ayuda de mis opositores llegaron al Palacio Presidencial. He perdido. Parece que ese es el destino que le tiene preparado la PopTop Software a quien osa rebelarse contra la intención del juego de convertirlo en un déspota.

Gobernar, después de todo, no es tan fácil o al menos no estoy hecho para ello.

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