Había una vez un planeta…

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.
Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Por: Yadira Álvarez Betancourt (Tomado de Cachivache Media)

A lo mejor debí empezar por acá, pero cuando Javier Montenegro me invitó fue para hablar de Douglas Adams, y luego Asimov me agarró, y luego otro, y otro, y otras… nunca parecía tener chance para empezar por el principio. Piensen entonces que este es el principio, el de verdad.

La pregunta surgió en el curso de técnicas narrativas del Centro Onelio hace ya una década ¿Por qué no escribes otra cosa? Algo más serio, más de gente adulta. Vino de una compañera de clase y el profesor Raúl Aguiar, escritor y estudioso cubano de ciencia ficción, torció el gesto cuando la oyó pero no dijo nada. Yo tampoco pronuncié palabra. Me han vuelto a preguntar lo mismo infinidad de veces. Todavía no he sabido con qué discurso teórico y cargado de enjundia profesional esperaban que respondiera. La verdad es que escribo ciencia ficción porque me gusta. 

Yo no me considero una escritora. En mi caso la pregunta sobre si no preferiría escribir otra cosa no es relevante porque no soy una profesional de la narrativa. Sin embargo, he leído anécdotas de gente que ha hecho la famosa pregunta a escritores profesionales de ciencia ficción y sus motivaciones para preguntar son casi siempre las mismas.

La primera es la duda acerca de la calidad del género. No de algunos bodrios publicados que ni voy a mencionar, sino del género completo. Predomina la eterna acusación de que se está gastando tiempo, energía, promoción y papel en una literatura de dudosos vuelos artísticos. Se le califica de evasionista, superficial, catastrofista a veces, incomprensible, poco seria. Cuando se intentan defender sus virtudes como subgénero de la literatura de ficción, sale al paso el argumento de oro de los detractores: la falta de calidad narrativa de muchos de los libros publicados.

Este argumento está avalado por toneladas de héroes de cartón y heroínas de fresa, guerras absurdas de navecitas y soldadotes wasp, monstruos de la laguna verde, científicos locos, amazonas galácticas y alienígenas violadores.

Tienen razón en un gran porciento de los casos al decir que hay mucha basura, pero como formula la ley de Theodore Sturgeon: “el 99% de la ciencia ficción es basura, pero el 99% de TODO es basura”. De modo que aún tenemos un importante 1% de ciencia ficción que vale la pena leer, como tenemos un 1% valioso de poesía, otro 1% de novela histórica, otro de ficción, otro de divulgación científica, de teatro… y así.

No obstante, el hecho de que no sea un género popular para editores y público obliga a los creadores a un mayor nivel narrativo y a buscar historias cada vez más originales y coherentes. El desafío por lograr un renuente apoyo editorial y llegar a un público más selectivo y escaso, hace que la ciencia ficción no pueda permitirse el desliz de seguir produciendo basura: su porciento de “inservibilidad” conspira contra ella como género serio.

En este aspecto la única defensa posible es decir que existen la ciencia ficción excelentemente escrita, la pasable y la mal escrita. El mal escritor carece de técnica, gancho y consistencia en cualquier género en el que se aventure. Por eso la mala ciencia ficción, huérfana de coherencia, con personajes mal construidos y tramas endebles, aun ocupando un 99% del paginado total del género, no tiene nivel de autoridad suficiente para anular por completo a TODA la ciencia ficción.

El tema en sí no tiene por qué ser verosímil. Por ejemplo: no creo que se pueda viajar en el tiempo como no sea hacia adelante y al ritmo del envejecimiento; pero la novela de Connie Willis El Libro del Día del Juicio Final, historia de un viaje temporal hacia el 1348 europeo, es una novela excepcional. Tampoco creo en la inmortalidad humana, sin embargo La nave de un millón de años de Poul Anderson relata de modo hermoso e impecable el dilema de la eternidad.

El quid de la cuestión es que ningún género literario puede ser eximido de seguir ciertos estándares. Si no son creíbles los personajes y la trama es incoherente y pueril, la calidad de la historia es cuestionable. De esto se deduce que tampoco se escribe solo con conocimientos técnicos o científicos, hay que saber narrar, saber urdir una buena trama, caracterizar psicológicamente a los personajes, ser coherente en la elaboración de las peripecias. En resumen, dominar la técnica narrativa no es opcional: es imperativo. Y sobran los ejemplos de autores que han logrado crear historias valiosas y bien contadas, de modo que no es precisamente la calidad de la ciencia ficción lo que falla.

En aras de dignificar al género mediante la educación de sus creadores existen talleres de escritura creativa dirigidos particularmente hacia la ciencia ficción. Los más conocidos a nivel internacional se desarrollan sobre todo en Estados Unidos e Inglaterra, por ser en cierto modo un género con representación mayoritaria de creadores y editores angloparlantes. Algunas universidades poseen cursos especializados en este género, tanto en su estudio como en la escritura, impartidos por escritores y editores especializados. En línea se ofrecen cursos y talleres de creación formales e informales, promovidos por editores, creadores y miembros del fandom. Hay un movimiento de estudiosos del impacto de la ciencia ficción en la antropología, las ciencias puras, los estudios de género y sexualidad y la ecología. Existen editoriales especializadas y algunos de los más importantes premios internacionales de literatura están enfocados a la narrativa de ciencia ficción. En fin: que son muchos los que bregan por ganar el respeto del público mediante la elevación de la calidad narrativa y la promoción de obras.

Otro argumento de la batalla contra el género es la negación a ultranza de los mensajes que trae por la naturaleza de su discurso. Este es descartado de plano por incomprensible. Las críticas hacen blanco sobre todo en las tendencias post-apocalípticas, las alternativas tecnológicas y antropológicas y, en general, en el modo en que una trama literaria se enmarca en la realidad alternativa y especulativa, ya sea en el futuro lejano, el pasado o en una dimensión paralela.

La terminología puede ser compleja y la ignorancia del lector se erige en un obstáculo casi insalvable para atrapar el argumento de una historia complicada si incluye mucha teoría. Algunos escritores, sobre todo de las tendencias más hard de la ciencia ficción, lanzan una poderosa carga frontal de ciencia, teoría y terminología científica. Esta es suficiente para desanimar a un lector acomodaticio, aún verde o con poco tiempo para ir a consultar enciclopedias.

Mi peor experiencia de este tipo fue mi primer enfrentamiento con Sir Arthur Clarke y no me avergüenza confesar que resultó en un knockout a favor del escritor. Sufrí una depresión con posterior estrés postraumático por ser la única de una familia de cinco que no pudo llegar al final de 2001: una odisea del espacio. Me atreví nuevamente algunos años y muchas lecturas después, mejor armada de teoría y paciencia. Entonces logré llegar al final y entender de qué iba la historia. Las cicatrices resultantes de esta contienda singular fueron de tal envergadura que logré reconciliarme con el escritor solo cuando leí años después Cita con Rama. Todavía las frases sistemas operacionales decorrección de trayectoria, órbita geosincrónica o rulo parabólico me dan un poco de escalofríos si las leo desprevenida.

Es cierto que puede resultar aburrido retroceder hasta Verne luego de haber leído a Clarke o a Van Voigt. E iniciarse en la lectura con la Trilogía de Marte de Kim Stanley Robinson o El hombre en el castillo de Phillip K. Dick es una temeridad. No todo el mundo logra perdonar a la ciencia ficción por un revolcón intelectual doloroso y definitivamente no todos los sobrevivientes regresamos a ella con ganas de más. La recompensa para los reincidentes es, a decir de Asimov, “la educación de un pensamiento dirigido a la ciencia”, la capacidad de aceptar futuros posibles aun cuando no se concreten en la corta vida que nos toca, la disposición para asimilar cambios radicales en el nivel teórico y tecnológico y, además, un saludable sentido de la maravilla.

Científicos de todo el mundo, padres y madres fundadores de disciplinas técnicas como la astronáutica, la ingeniería naval, la cibernética, la antropología y la ingeniería genética, fueron lectores de fantasía y ciencia ficción. Algunos no abordaron en sus estudios los mismos elementos que habían encontrado en sus lecturas, sin embargo su forma de pensar hacia la ciencia y las posibilidades que esta ofrece tal vez fue moldeada en esos acercamientos.

Sumado a la carga frontal de ciencia, otro aspecto que resulta desconcertante del género es el modo de analizar las relaciones entre las personas; la profunda, a veces temeraria otredad que abordan algunas historias. Es difícil sumergirse, desde nuestra realidad y permeados por nuestros prejuicios, en las atrevidas maneras de ver la sexualidad y los roles familiares y sociales, en las más que arriesgadas modalidades de religión, en las conspiraciones y la especulación antropológica que constituyen juegos malabares casi obligatorios en la ciencia ficción. Ya en la realidad cotidiana la comprensión de la alteridad exige de una mente abierta, un nivel elevado de empatía y una educación de vida y de valores centrada en la valía de lo esencial, de lo realmente necesario y trascendente. Desde ese punto de vista la ciencia ficción constituye un ensayo narrativo de las transgresiones posibles que experimentamos a diario. No contactaremos aún con alienígenas de tres sexos que condicionan su cultura y religión a esta singularidad reproductiva, pero tenemos realidades étnicas, sexuales, religiosas, políticas y culturales que encontramos ajenas, y que debemos aceptar porque forman parte de la diversidad humana y armonizan nuestra riqueza como especie.

Y como corolario del desafío que trae este discurso, viene el carácter cuasi profético del género, un colosal bofetón de posibilidades que apenas podemos concebir. Ante todo, hay que entender el tremendo poder premonitorio de la ciencia ficción, en lo positivo y en lo negativo. A muy pocas personas les gusta que les digan las cosas malas que podrían pasar. Ya es bastante dura la realidad circundante sin que una novela te hable de cómo se acabará el mundo, se extinguirán especies, se desarrollarán guerras y conflictos, todo el statu quo al que estamos habituados cambiará y nosotros mismos tendremos que cambiar genética y psicológicamente para adaptarnos a realidades distintas a la actual.

También es difícil imaginar una revolución transgénica, teléfonos inteligentes, cristales de memoria, circuitos integrados, medios de transporte autoconducidos, inteligencias artificiales autónomas, nuevas configuraciones sociales. Temas que eran de ciencia ficción hace cinco o seis décadas hoy forman parte de la vida cotidiana y el salto de un cambio al otro es cada vez más corto, como el lapso de tiempo entre las generaciones sucesivas de IPhones. He ahí una sólida justificación para fundamentar la pertinencia de la ciencia ficción: ¿quién iba a pensar que el cibermundo de Gibson llegaría alguna vez? Llegó, el hecho de que estén leyendo esto es prueba palpable. Si es tan premonitoria como viene demostrando nos queda mucho por ver.

Según Miquel Barceló, catedrático de Ingeniería Aeronáutica en la Universidad Politécnica de Cataluña, doctor en Informática y diplomado en Energía Nuclear, traductor, editor y antologador de muchos libros de ciencia ficción para las colecciones Nova Editorial, Ediciones B y Gigamesh, el género tiene tales valores que debe ser tomado en cuenta:

“Creo que es la narrativa que hay que tomar más en serio: nos advierte, por ejemplo, de los peligros en que podemos caer por culpa de un mal desarrollo tecnocientífico (…). Al fin y al cabo, el ritmo de cambio de nuestra civilización es tal que ahora sabemos que viviremos en un futuro del que sólo podemos decir con certeza que será distinto del pasado que hemos vivido y del presente que vivimos. El único aprendizaje válido que conozco para vivir en ese futuro “distinto” es entrenarnos a contemplar sus muchas posibilidades con la ayuda de la ciencia ficción”.

El escritor David Brin suele decir que la ciencia ficción es, también, una profecía autoexcluyente, en el sentido de que nos advierte los peligros que nos aguardan en el futuro para que podamos evitarlos. Incluso una vez, casi en broma, dijo que “nuestro 1984 real no fue como el descrito en la novela de George Orwell precisamente porque Orwell nos había advertido de ese peligro, cuando escribió la novela 1984”.

La directora literaria de la Revista Axxón, Silvia Angiola, fundamenta además el valor del género desde la necesidad humana de historias, mitos, perspectivas y nuevos caminos:

“El género fantástico, y la ciencia ficción en particular, son poderosos creadores de mitos. En pleno siglo XXI nos cuesta admitir que, como cualquier grupo humano, necesitamos mitos para orientarnos y para explicarnos, aunque sea metafóricamente, aquellas partes de la realidad que no podemos entender o prever. La ciencia ficción no solo trata de las cosas que la ciencia puede explicar. A menudo trata de aquellas cosas que, por no estar presentes en la realidad inmediata, no comprendemos racionalmente, pero podemos llegar a vislumbrar o intuir.

“Así que nuestro género también está relacionado con la fe, en el sentido amplio del término. ¿O acaso no hace falta mucha fe para mantener el sentido de lo maravilloso y la suspensión de la incredulidad a través de la condensada poética de un cuento o de los progresivos meandros de una novela de ciencia ficción? Le damos crédito, aunque sea brevemente, a paisajes y peripecias que quizás nunca van a existir. Después de todo, creer es lo que nos impulsa a cruzar la barrera entre lo que deseamos y la realidad, y lo que nos mantiene alejados del vacío y de la locura”.

El tercer argumento en contra de la ciencia ficción es poner en duda la necesidad de ambientarse en mundos futuros, extraterrestres o alternativos, para transmitir un mensaje que podría llegar muy bien usando la línea del realismo.

Muchos de los escenarios proyectados por la ciencia ficción ya están aquí. Ya son realidad. Mensajes como la necesidad de tolerancia, el poder del dinero, el temor a los conflictos bélicos y hasta la maternidad, el sexo y la muerte, no obstante ser temas muy realistas, si se concretan a través de una trama de CF, estilizados y adaptados a realidades alternativas, pueden incluso hacerse más atractivos a un grupo grande de lectores ya educados y sensibilizados por los medios para asimilar estos temas desde una perspectiva menos real. La ciencia ficción es extrapolativa, más que puramente especulativa, en lo que describe y lo que define. Se trabaja sobre supuestos y posibles del aquí y ahora pero lanzándolos como una flecha hacia las inconmensurables profundidades del allá y entonces. Podríamos decir que la ciencia ficción ya corre por la línea del realismo: sus tramas están enmarcadas en realidades posibles aún no materializadas. Y en esas realidades posibles la gente amará, discutirá, conspirará y vivirá como ahora, pero rodeada de otras opciones, en otros escenarios.

De muchas maneras estamos penetrados de ciencia ficción y educados en ella. Un gran porciento de los materiales visuales de ficción que consumimos ahora posee una carga importante de ciencia y futurismo. SyFy-Channel y la producción del anime futurista ocupan una elevada cuota de tiempo en pantalla, tanto en canales televisivos como en El Paquete. Los cómics de space-opera y aventuras galácticas son popularísimos. Algunos niños juegan a ser Miles del Futuro, Tweak Bunny o Ben X, los adolescentes se envían fotos y juegos mediante dispositivos inalámbricos y algún día, si acabamos de concentrarnos en lo verdaderamente importante, salvaremos la Tierra y colonizaremos la Luna y el resto del sistema. Si bien la narrativa de ciencia ficción todavía no es el centro de ese movimiento imparable hacia el futuro, está en la base de muchos guiones, ideas y objetos que consumimos.

El pacto con el lector siempre ha sido un terreno peligroso en la literatura, y el pacto de la ciencia ficción contiene cláusulas complejas tanto para el que consume como para el que crea. No es una literatura fácil, pero en su gran variedad de autores y temas permite que le entremos poco a poco y encontremos justo la novela o el cuento que realmente nos motive a leer y releer, e incluso nos compulse a buscar más.

En Sense of Wonder el autor del blog refiere: “Con cierta periodicidad se proclama a los cuatro vientos “la muerte de la ciencia ficción”. Es una afirmación que me sorprende y me enfada a partes iguales. Porque, en mi opinión, la literatura de ciencia ficción está viviendo uno de sus mejores momentos, tanto en lo que se refiere a novelas como en relatos cortos”. Y ofrece, para desmentir el funeral que a cada rato le hacen al género, un listado más menos representativo de las mejores obras publicadas en los últimos veinte años.

Existen online sitios que recomiendan obras y cuentos para personas que nunca han leído ciencia ficción y se empecinan en defender el argumento de la falta de calidad y utilidad de esta narrativa. He remitido a algunos detractores especialmente obstinados a esos sitios e historias. Aunque continúen en su posición de este cuento sí estaba bueno, pero el género…, al menos he logrado que se acerquen y pienso tenerlos seducidos en breve.

Precisamente ese es mi objetivo y gracias a Cachivache puedo trabajar en aras de eso: seducir y atraer a la mayor cantidad de lectores y creadores posibles. Crear nichos colaborativos de discusión y de creación en el tema, dar otra vuelta de tuerca y traerlos al lado oscuro de la fuerza. Pensando en términos de ciencia ficción, el género es tan vasto e invasivo, tan abarcador, que se puede comenzar por cualquier lugar. Empiecen ya.

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