Hombres X: identidad y diversidad sobre la mesa

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Por: Fernando Luis Rojas López (Tomado de Cachivache Media)

Cuando Stan Lee y Jack Kirby irrumpieron con su nueva hornada de superhéroes para el Universo Marvel en septiembre de 1963, se iniciaba una secuencia de cómics, series de animación, spin-offs y películas que desbordaron el pasado siglo y parecen afianzarse en este. Muchas veces se comparan ciertos libros con sus adaptaciones televisivas o cinematográficas, y lo mismo ocurre con los personajes que inundaron el papel impreso y cobraron vida en la pantalla grande; en mi criterio, los cómics estuvieron siempre pensados en imagen animada y su tránsito a otros formatos era solo cuestión de tiempo, recursos y estudios de público.

Quizás en otra ocasión sería útil seguir la pista a The Uncanny X-Men (y cómics relacionados) y los aportes de guionistas como Chris Claremont, Ed Brubaker y dibujantes como el canadiense John Byrne y Dave Cockrum, entre otros. Por ahora, pretendemos concentrarnos en una de sus expresiones secuenciales: las películas para las que 20th Century Fox obtuvo los derechos en 1994.

La saga de X-Men se estrenó en el año 2000 con la cinta homónima dirigida por Bryan Singer, a la que siguieron X-Men 2 (2003, repite Bryan Singer), X-Men: The Last Stand (2006, Brett Ratner), X-Men Origins: Wolverine (2009, Gavin Hood), X-Men: First Generation (2011, Matthew Vaughn), The Wolverine (2013, James Mangold), X-Men: Days of Future Past (2014, vuelve Bryan Singer) y X-Men: Apocalypse (2016, Bryan Singer). En todos los casos, con mayor o menor acierto, la trama vuelve al problema original: la coexistencia de la sociedad humana con los mutantes. Puede suceder que los efectos especiales, las escenas de acción e incluso las tramas amorosas hagan perder de vista esto a algunos espectadores, pero los realizadores no esconden –no pueden hacerlo– su intención. Se ha comentado incluso que una de las cosas que atrajo a Singer a la dirección fueron las analogías que ofrece sobre los prejuicios y la discriminación.

Sí, los X-Men constituyen para este espectador un potencial manifiesto, un llamado de atención frente a la exclusión. Debo confesarlo, cuando regresé a las cintas por enésima vez recordé en toda su dimensión la conflictividad de un terreno como la “identidad”, una palabra ante la que se han rendido con costos intelectuales y políticos las ciencias sociales y humanas. Recordé también que una de las claves para hablar de identidad se encuentra en su comprensión como fenómeno colectivo.

En la saga hay de eso… y un poco más. Esa dimensión colectiva marca el sueño de Charles Xavier (James McAvoy/Patrick Stewart) que desde una condición mutante lucha por la aceptación de la diversidad, y con ella la construcción de una nueva identidad –ahora subjetiva: igualdad experimentada, sentida o percibida– entre “los habitantes de la Tierra”. Pero lo colectivo también marca a su antípoda, Magneto (Michael Fassbender/Ian McKellen), que defiende a cualquier costo la identidad mutante (objetiva: como igualdad en sí misma) ante la presumible reacción e incomprensión humanas.

A estas alturas de la contemporaneidad quizás la visión más realista sea la de Magneto. Más allá de los extremos del hambre humana que ha derivado en la autofagia, nutriéndose de aquellos grupos “menos útiles” de la población, los propios movimientos identitarios han generado su némesis: una devaluación del potencial reivindicativo de la identidad por sobreproducción.

Regresemos a la saga. ¿Qué otras lecturas nos presenta? Una: que los humanos estamos predispuestos negativamente ante la diversidad. Eso es lo que anima la intención de mutar a los dirigentes del mundo como fórmula para la aceptación en X-Men. En este sentido, el componente problémico no está en que Xavier se oponga a esto porque puede provocar la muerte a los humanos –es decir, en un fallo de la forma–, sino en comprender que ello podría erigirse en punto de partida de otra negación a lo diverso: los ahora “decisores” mutantes excluyendo a los humanos. Además, en esa lectura de caminar a la aceptación desde “la igualdad formal” se impone una lectura crítica, porque el término “igualdad” puede generar trampas que lleven a pensarlo como una ausencia de heterogeneidad, diversidad y contradicciones.

Otras expresiones de esa predisposición negativa aparecen con los intentos de William Stryker por localizar y matar a todos los mutantes del planeta (X-Men 2) y el desarrollo de un antídoto para el gen mutante (X-Men: The Last Stand). Esta última entrega ofrece interesantes giros. Por un lado, la sola idea de la “necesidad” de una cura constituye un panfleto homogenizador, una especie de criminalización de la diferencia, y ello daría la razón a Magneto en su cruzada; por el otro, parece que los “buenos humanos” están dando la posibilidad de elegir –el engaño en que cae Rogue– y los propios mutantes están limitando ese libre albedrío. Esa misma trampa embosca brevemente a Raven/Mystique con la vacuna que estudia Hank McCoy/Beast en X-Men: First generation.

Otra lectura: la fórmula para la aceptación es la educación –en este caso suena a adoctrinamiento– y la invisibilidad. Aquí radica mi principal desacuerdo con Charles en la búsqueda del llamado sueño de Xavier, su sueño. La Escuela Xavier para Jóvenes Dotados viene a plantear una paradoja: ¿cómo se articula la concepción liberadora de la educación con la idea de plaza sitiada? Es de esas cosas que vienen a cobrar sentido desde nuestras experiencias de vida, del día a día de muchos.

En su biografía de Carlos Marx, Franz Mehring decía: “El cerebro de Marx trabajaba ya en la Universidad por cuenta propia, y dominó en dos semestres una cantidad de saber que en veinte semestres no hubiera llegado a asimilarse con aquel sistema de cuchara en la boca de las clases académicas”. Es esa educación prohibida que asume la institución pero no la santifica, y deja en toda su libertad la acción individual y la autoeducación. Es esa educación prohibida a la que, ciertamente en un contexto hostil, renuncia Xavier desde la institucionalidad, racionalizando y ocultando la diferencia. Y curiosamente, por aquí podría construirse una identidad sentida: los mutantes de X-Men se encuentran en una posición similar ante la educación que los humanos modernos, una situación de externidad frente a una enseñanza de meseta, sin saltos, ni explosiones volcánicas.

Estos y otros pensamientos provoca una saga que cerrando el 2016 sigue dando que hablar.

A comienzos de año se estrenó la película Deadpool. La menciono porque este superhéroe (o antihéroe) del Universo Marvel, aunque tiene una relación de ajenidad con la saga en cuestión, tuvo una horrible aparición en X-Men Origins peleando contra Logan y su medio hermano. Le tocó ser, literalmente, “el malo de la película”. Deadpool ha generado reacciones diversas: premios MTV Movie Award y Teen Choice Award; críticas que la califican de “estupidez” aunque reconocen su éxito de taquilla y el entusiasmo y seguridad de su protagonista Ryan Reynolds, “que parece convencido de que él es Deadpool”; otras que la consideran “la trama perfecta para el niño que todo adulto lleva dentro”.

Cuatro meses después se estrenaba X-Men: Apocalypse. Yo, que funcionalicé a Hugh Jackman como arquetipo de los Hombres X, ya iba en perspectiva de sospechoso inhabitual por su aparición fugaz en la película. Como es natural, la crítica se polarizó: “Apocalypse es casi tan mala como Batman vs. Superman. Mucho menos entretenida que Civil War. No llega a ser el fin del mundo para los fans de los X-Men, pero podría ser el final de esta línea” (Telegraph); “X-Men: Apocalypse es la clase de hueco y bobo aburrimiento sin alma que hace que las películas de superhéroes queden mal” (Forbes); es“una película de acción pensante” (San Francisco Chronicle); “[Singer] lo hace tan bien, al menos en términos de continuidad, que la franquicia de los X-Men todavía tiene un vigoroso futuro” (Toronto Sun)… Sinceramente, entre las arenas del desierto, el rejuvenecimiento generalizado de los personajes y la movilidad de “los jinetes”, Apocalypse no me dejó mucho trigo para hablar del tema central aquí, el identitario. Puede ser una falencia mía, o la desmedida preocupación por sustituir con Quicksilver y sus escenas, las ausencias de Wolverine y de la primera Mystique (antes de la pujante irrupción de Jennifer Lawrence).

En cualquier caso, espero que la saga continúe siendo más que eso, y ponga sobre la mesa temas que nos den un impulso discursivo a este grupo identitario de pobres mortales no críticos.

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