Los videos de Blurred lines

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Por: Carlos Ávila Villamar (Tomado de Cachivache Media)

Los dos videos de Blurred lines constituyeron una proeza publicitaria en la industria musical del 2013. Uno censurado, el otro explícito. En el primero las mujeres llevaban ropas ligerísimas, en el segundo las mismas mujeres hacían exactamente las mismas cosas, pero iban desnudas. Cada video no solo era una evocación a su opuesto, sino que depositaba su significado en el contraste con aquel. Ambos funcionaban en perfecta sincronía y dependencia como bailarines o como las puntas de un compás. Los resultados fueron extraordinarios, sobra decir. Blurred Lines como canción impuso su estilo retro en el 2013 y sus huellas todavía repercuten en el consumo del pop norteamericano.

Básicamente, el consumidor de pop veía el video censurado en Youtube y después, no pudiendo aguantar su curiosidad, iba a VEVO y buscaba el explícito. Parece un fenómeno bastante elemental, pero lo cierto es que implica una serie de mecanismos complejos. Vale la pena preguntarse a fin de cuentas cómo consigue tantos millones de visitas un video provocativo cuando cualquier joven puede tener acceso a la pornografía.

La primera clave es más o menos obvia, y es que lo provocativo no tiene mucho que ver con lo que se muestra en sí, sino con lo que se está a punto de mostrar. Desde esa perspectiva, el video censurado es más provocativo que el explícito. Posiblemente, el explícito se vuelva tedioso en su segunda visualización. El gran de trabajo de Diane Martel, su directora (que también fue la responsable de We can’t stop, de Miley Cyrus) fue crear un video de alto contenido sexual que al mismo tiempo no contuviera ningún desnudo. El automóvil rojo que baja por la espalda de la mujer, la bicicleta estática y los constantes, sutiles coqueteos y movimientos hacen una atmósfera de alto erotismo y (no nos engañemos) deliberada y sana vulgaridad (recordemos la escena final de las letras gigantes, que tanto debió agradar a Robin Thicke).

La segunda clave trasciende un poco aquello que llamamos comúnmente morbo y tiene más que ver con la percepción de la realidad.

El procedimiento de Diane Martel fue usado antes por Helmut Newton (y por Goya, y por otros tantos, si alguien quisiera hacer la lista). Helmut Newton hizo una serie de fotografías en blanco y negro que iban ordenadas cuidadosamente por pares. En la primera foto las mujeres (de exorbitante belleza) iban vestidas. No así en la segunda, aunque conservaran exactamente la misma posición y realizaran los mismos gestos que en la primera. Era el vestuario, pues, la única diferencia entre una foto y la otra. Lo curioso era cuánto cambiaba nuestra percepción del conjunto por esa alteración diminuta. Lo cotidiano (bajar una escalera, recostarse a un sofá) de repente era extraño e incoherente. Las mujeres de las segundas fotos no estaban en poses necesariamente provocativas ni seductoras, muchas hacían actividades comunes y corrientes. Daba la impresión que el observador solo intentaba imaginar lo que se escondía debajo, y que por tanto las segundas fotografías no eran más que las ensoñaciones de una persona cualquiera al ver mujeres hermosas.

Pueden analizarse estas fotografías, pues, como una reflexión sobre la trivialidad de la belleza. La belleza es un montaje psicológico. Los cuerpos (objetos de admiración) descansan debajo de las ropas, se sudan, se mueven de un modo o de otro. Toda persona sin importar su edad, sexo o color de piel está desnuda por debajo de su vestimenta, cada minuto de su vida, en cualquier parte. Secretarias de cincuenta años, políticos, obreros, niños, intelectuales… todos están obligados a portar un cuerpo y a cubrirlo con un pudor que (desde el punto de vista animal) quizás sea absurdo. Las mujeres de los videos de Blurred lines actuaban provocativamente con o sin ropa, y sospecho que las escenas explícitas sorprendían menos a los espectadores por su condición explícita que por su semejanza con las censuradas. Ver a las mujeres bailar de la misma forma con o sin ropa debió ser la causa de mayor extrañamiento para el público. Las modelos actuaban como si no estuvieran desnudas. Sus rostros no evidenciaron un cambio (lucen igual de serios e indiferentes), y en ese sentido, se asemejan a los de las mujeres de Helmut Newton.

Pensemos que pudieron hacer un video intermedio en el que las modelos se quitaran la ropa, pero la estrategia fue más inteligente, y el resultado, según se vea, más artístico (lo que otros hubieran plasmado en pedantes instalaciones, expuestas en pedantes galerías artísticas, Diana Martel lo aprovechó en un video musical). La obra gana por contraste. Un video intermedio pudiera equipararse a la tercera punta en el compás, que solo provocaría una rigidez insufrible. En cambio, tenemos en las otras dos puntas la idea subliminal del cuerpo desnudo que existe debajo de cualquier ropa, invisible, protegido. Las modelos cubren sus cuerpos en las galas y en las entrevistas, a pesar de que ya las hemos visto desnudas. Función paradójica la de la ropa: más que ocultar el cuerpo, intenta decir que no existe, como si fuera un motivo de deshonra.

Trivialidad, es la última de las sensaciones que aprendemos, porque necesita de la comparación y por tanto de la experiencia. En un nivel subconsciente, quizás el público sintió con el segundo video de Blurred Lines una revelación sobre la naturaleza del deseo y el erotismo. Concretado en imágenes, su objeto de deseo se le hizo del todo inútil. Me atrevería a esgrimir la tesis de que la belleza en general surge de una satisfacción incompleta, de una comunicación fallida, de una inutilidad. El cuerpo humano, inútil, impúdico, si lo pensamos hasta trivial, mientras está expuesto, ha sido siempre considerado hermoso. Pero ¿qué es mientras está oculto?

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