Westworld, la distopía de la condición humana

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Por: Lorena Sánchez (Tomado de Cachivache Media)

¿Has cuestionado la naturaleza de tu realidad? Imagina que el mundo tal y como lo conoces no existe, que tu historia no es tu historia sino una suerte de bucle narrativo, la historia de alguien más que se ha tomado la libertad de mover los hilos y poner un libreto en tu cerebro. Imagina también que la gente que te rodea –el bartender, los amigos, el borracho de la esquina, tu padre, el hombre del cual te enamoraste– no son quienes dicen ser. O peor, no son quienes creen ser. Por último, imagina que eres un androide.

Tú en un cuerpo sintético. Tú una máquina. Un robot humanoide, un ser antropomorfo programado para imitar hasta el último gesto, para repetir acciones y frases mecánicamente. Tú como una marioneta animatrónica que durante 24 horas reinicia el día anterior: siempre el Viejo Oeste americano, los mismos disparos de fondo, el mismo cartel de “Se busca”, la misma taberna, la misma pianola a la entrada reproduciendo canciones en streaming, mientras gira sobre sí un rollo de papel perforado. Tú –sin saberlo– eres la gran atracción de un parque temático al mejor estilo de un retorcido Jurassic Park, donde esta vez la ingeniería genética no está destinada a recrear la vida de los voraces dinosaurios, sino tu propia existencia.

Pero cambiemos de rol: ahora, piénsate tal y como eres. Un ser humano de carne y hueso, creado a la manera tradicional. Piénsate dentro del videojuego más real que se ha inventado, en tiempos donde la robótica ha avanzado y donde tienes la libertad de matar, violar, robar. Ser todo lo que desde fuera no puedes ser o no te permiten ser, en un lugar con posibilidades ilimitadas. En este mundo es difícil diferenciar a los robots de los humanos, excepto porque en este videojuego los seres artificiales están programados para no matar ni a una mosca, literalmente. Un “videojuego” donde tú — humano, Dios todopoderoso– tienes todas las de ganar.

Sobre esa cuerda se mueve Westworld, el nuevo caballo de Troya de la cadena HBO, bautizado así por los grandes medios de comunicación ahora que el fin de la archiconocida Juego de Tronos está a la vista (aunque para ello tengamos que esperar poco más de dos años). Descrita como “una oscura odisea sobre el amanecer de la conciencia artificial y el futuro del pecado”, Westworld se inserta en el universo del tecno-thriller, un género híbrido –mitad ciencia ficción, mitad western, en este caso– donde las explicaciones científicas son el plato fuerte. Un estilo narrativo cuyo padre fundacional es el escritor y cineasta estadounidense Michael Crichton.

La sinopsis: en un momento indeterminado, en un parque futurista llamado Westworld y ambientado en el Lejano Oeste, conviven autómatas (anfitriones) y humanos (huéspedes). Todo parece ir según lo previsto, milimétricamente bien calculado. Hasta el día en que algo empieza a fallar y los autómatas comienzan a salirse del loop que les fue asignado y se saltan el discurso al recordar programaciones anteriores que semejan a un subconsciente, comenzando así lo que se conoce en la historia de la ciencia ficción como la “Revolución de las máquinas”.

Hasta este punto Westworld se anuncia como la gran deudora de la obra de Isaac Asimov, Philip K. Dick y toda una literatura –y cinematografía: desde Stanley Kubrick hasta James Cameron– donde los robots adquieren autoconciencia y la búsqueda de su identidad se convierte en un lugar común.Retoma entonces el viejo miedo de la humanidad: el complejo de Frankenstein, el escenario apocalíptico donde lo creado por el hombre termina inevitablemente en su contra.

Dicen que por casi diez años los libretos de Westworld pasaron de gaveta en gaveta, recorriendo los escritorios de varios productores. Nadie en su sano juicio quería responsabilizarse por el remake de aquel filme homónimo de Michael Crichton que en 1973 marcó el debut del cineasta y sin el cual, aseguran, no existiría Terminator. La cinta, si bien fue un taquillazo y tuvo una secuela en 1976 –Futureworld–, pasó al olvido, mientras su creador, en un afán de reciclar el concepto, escribió en 1990 una novela de culto: Jurassic Park, la cual alcanzaría la consagración definitiva con su adaptación al cine en 1993 de la mano de Steven Spielberg.

La peregrinación de aquellos libretos culminó en los escritorios de HBO. La cadena estadounidense necesitaba otro exitazo para poder competir con monstruos de la televisión moderna como Netflix y AMC. Luego del tropezón que significaron Vynil y The Leftovers, para mantener su liderazgo HBO lo apostó todo a este proyecto que se estrenó el pasado dos de octubre, bajo la tutela de Jonathan Nolan y Lisa Joy, quienes llegaron con las mejores credenciales. Él, director británico, co-guionista junto a su hermano Christopher Nolan de The Prestige, The Dark Knight y The Dark Knight Rises, y creador de la serie Person of Interest; ella, productora ejecutiva, guionista de las series Pushing Daisies y Burn Notice; una dupla ganadora en más de un sentido.

Llegado el momento, los showrunners Nolan y Joy, se dijeron: metamos en una misma bolsa esta historia –los autómatas, la rebelión de los robots, el parque temático–, a Anthony Hopkins, Ed Harris, Evan Rachel Wood, Thandie Newton, al brasileño Rodrigo Santoro, las increíbles tomas del Gran Cañón, la digitalización en estado puro, la producción ejecutiva de J. J. Abrams(propietario de Bad Robot Productions, director de las dos nuevas entregas de Star Trek, del episodio VII de Star Wars y creador de Lost) y veamos qué sale.

Resultados: Westworld desbancó a True Detective en los índices de audiencia (3.3 millones de espectadores en tan solo el episodio piloto). Westworld con un presupuesto gigantesco, cien millones de dólares en sus diez capítulos que hacen a Juego de Tronos bajar del podio. Westworld renovada para una segunda temporada y con todas las papeletas para pensarse en cinco entregas.

Pero más allá del elenco, del tema siempre polémico, de la inversión a todas luces millonaria, los highlights de la serie vienen por otro costado. Las referencias a Lost, Alicia en el país de las maravillas y Romeo y Julieta, hacen que la producción de HBO se convierta en un banquete para aquellos que gustamos de los guiños intertextuales. Aunque, para ser totalmente justos, la banda sonora es la guinda del pastel.

Descubrir en medio de este polvoriento y viejo Oeste americano el sonido inconfundible de Paint it Black (The Rolling Stones), de Black Hole Sun(Soundgarden), No Suprises (Radiohead) o Black to Black (Amy Winehouse), puede seducir a más de un melómano. Y es que, como mismo se ha encargado de repetir el personaje de Anthony Hopkins (Robert Ford), en este mundo los detalles son lo más importante.

“La serie provoca una sensación anacrónica. Es un parque temático del Oeste pero tiene robots, así que ¿por qué no canciones modernas? Es una metáfora en sí misma que se engloba dentro de la temática global de la serie (…) Algo fantástico que resulta de usar estos temas en lugar de la banda sonora es que son melodías reconocibles y refuerzan la idea de que todo está guionizado”, explicó Ramin Djawadi, compositor irano-alemán también conocido por ser el creador de la banda sonora de Juego de Tronos.

De manera tal que Nolan y Joy no solo se dedicaron a hilvanar las tramas, sino que se volcaron tras la búsqueda de lo auténtico en la serie y en el mundo ficticio que crearon dentro de ella, añadiéndole otro elemento a su favor: la música.

“Estos placeres violentos tienen finales violentos”. La frase de Shakespeare, que se repite en más de una ocasión a lo largo de los diez capítulos de Westworld, se convierte quizás en un juego premonitorio. El espectador sabe que algo inevitablemente va a terminar mal. Para quién, no lo intuye. Sabe además que, si bien desde el episodio piloto, titulado The Original, por momentos parece que la serie no avanzará más allá de la idea trillada de la realidad simulada, lo cierto es que en el guion se cocina algo más intrigante. El juego, como refiere el Hombre de Negro (Ed Harris), tiene un nivel más profundo.

Las primeras pistas llegan precisamente al final del capítulo inicial, de la mano de dos personajes claves en la trama: Dolores (Evan Rachel Wood) –la anfitriona más antigua del parque, la doncella en peligro, quien prefiere ver la belleza en este mundo en vez del caos– puede, contrario a su programación, matar una mosca; el Hombre de Negro — un viejo conocido de la chica, huésped desde hace más de 30 años y quien termina siendo el puto amo– se embarca en la búsqueda del Laberinto tras encontrar en el cuero cabelludo de un autómata lo que podría ser un croquis del mismo.

Ahí está la vuelta de tuerca. El cimiento del resto de las preguntas que nos haremos después, como por ejemplo ¿qué hay en el centro del Laberinto? ¿Quién es el Hombre de Negro? ¿Por qué Bernard (Jeffrey Wright) se reúne secretamente con Dolores y le propone un nuevo juego: encontrar su libertad? ¿Qué es la libertad en Westworld? ¿Cuál será la historia que Ford, el brillante y misterioso director creativo de Westworld, piensa contar en su nueva narrativa?

Porque eso tiene Westworld: exige agudeza cognitiva, reconcilia la metafísica con el entretenimiento. Lo verdaderamente sensato de esta producción es que el círculo se cierra. Gran parte de los enigmas que se generaron durante la primera temporada serán resueltos en el camino, siempre antes del final. Así es como el séptimo episodio (Trompe L’Oeil) se nos presenta extraordinariamente revelador. De un plomazo el relato adquiere un nuevo sentido, la idea de Bernard como uno más de los autómatas viene a reforzar ciertas nociones primigenias: aquí nada es lo que parece.

La historia de Westworld se cuenta a través de varias líneas temporales. Una de ellas inicia hace 35 años y se enfoca en la concepción del parque. Otra, de hace 30 años, narra la llegada de William a Sweetwater, su encuentro con Dolores, las conversaciones secretas de esta con Bernard, quien por aquel entonces era solo Arnold, el socio de Ford. Sí, Bernard es un humanoide hecho a imagen y semejanza del otro creador del parque, quien murió en circunstancias sospechosas y que buscaba crear “la mente bicameral”.

También está la línea del presente: aquella que cuenta los conflictos de Maeve (Thandie Newton), su ejército de anfitriones, las maneras que busca para salir del parque. Maeve cree tener el control absoluto, quiere conocer el mundo de sus creadores y finalmente protagonizar la rebelión de los robots. Rebelión que no es tal, sino parte de la nueva narrativa de Ford. Así que olvídense de aquello de la revolución de las máquinas en su versión más trillada, al menos por el momento.

Aquí, en Westworld, todo está milimétricamente calculado, milimétricamente bien escrito. Nuevamente la realidad se torna un concepto esquivo y mutante y el final de la temporada –donde se nos revela que existe además un Samuraiworld, del cual apenas sabemos pero que intuimos que será un escenario de la segunda entrega a estrenarse en 2018– nos deja con aquel aliento épico y reflexivo en torno a la condición humana, a veces terrorífica, extraña y sombría.

“Nunca confíes en nosotros. Solo somos humanos. Inevitablemente te vamos a decepcionar”, dice Robert Ford a Bernard, en uno de esos fragmentos donde el guion se convierte en una masterpieces. Porque eso tiene Westworld: su verosimilitud asusta. La ficción, esa donde los límites de la inteligencia humana y la artificial se desdibujan, se nos antoja muy cercana, incluso más de lo que nos gustaría, y llegas a cuestionarte si realmente pudieras sumergirte en una fantasía como esta, una en la que pudieras hacer lo que quisieras, ¿descubrirías cosas sobre ti mismo que no querrías saber?

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