The Knick: una crónica histórica a corazón abierto

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Por: Darío Alejandro Alemán (Tomado de Cachivache Media)

La sangre corre y la hemorragia se hace imposible de parar. El salón de operaciones es un espectáculo público donde médicos y fisgones siguen con la vista, inmutables, la espantosa escena. John Thackery y su mentor, el experimentado Dr. Christiansen, intentan salvar a la madre y a la criatura. Fracasan. Nadie sobrevive, ni siquiera el mismo Dr. Christiansen, que pálido, se marcha a su despacho para pegarse un tiro en la cabeza. Así comienza The Knick: una desgarradora serie no apta para hematofóbicos ni para quienes esperan siempre un desenlace feliz.

Steven Soderbergh, el director, no nos trae uno de esos “seriales de médicos” de los que ya estamos saturados, donde la trama central se resume en romances entre doctores y comentarios de pasillo. The Knick es, sobre todo, un testimonio histórico; una excusa bien intencionada para describir la cruzada del hombre moderno desafiando la naturaleza y a sí mismo.

The Knick es una crónica a corazón abierto: sin maquillajes ni aderezos que hagan más digeribles una trama triste y desesperanzadora. El Dr. Thackery, genio desquiciado del bisturí y las suturas, identifica lo mejor del espíritu emprendedor de los albores del siglo XX. Eran tiempos de proyectos imposibles y de hombres tozudos capaces de todo. Edison, que por interesarse se interesó hasta en la medicina, ya avizoraba al médico del futuro: centrado más en las dietas, las causas y la prevención de las enfermedades. Nuestra especie prometía burlar la mortalidad a la que estaba condenada.

Ambientada a principios de siglo, la serie revela parte de los obstáculos que sorteó la humanidad para alcanzar los conocimientos médicos existentes hoy, a la par que descubre la verdadera historia de la “génesis posmoderna” de los Estados Unidos. Nunca antes fue más clara la relación entre desarrollo de las ciencias y el de la sociedad, las que, a prueba y error limpio, cambian drásticamente el destino de nuestra especie al costo de infinidad de vidas. Pero aunque la ciencia, como el Dr. Christiansen, sufre cada pérdida en su rutina; la sociedad, por su parte, no repara en daños ante su empuje.

En el neoyorkino hospital Knickerbocker se condensa detalladamente tanto la historia de los Estados Unidos de inicios del pasado siglo como los primeros grandes hitos de la medicina moderna, aunque estos últimos no se hallan en la serie de manera tan fiel. Quizás sea entonces el “circo” del Dr. Thackery un buen pretexto para dilucidar sobre la realidad tras la ficción, o al menos sobre esa pequeña porción de verdad que ni el tiempo ni las escaramuzas narrativas permitieron ilustrar con claridad.

Un siglo precoz

Es 1900. Los rascacielos crecen en New York como si se tratase de un sembrado de hormigón fundido. El hombre del nuevo siglo quiere burlarse de Dios elevando no una, sino cientos de torres de Babel. Por las avenidas los carruajes comienzan a pasar de moda y cada vez son más frecuentes los autos: ruedas con engranajes cuyos caballos solo sirven como unidad de fuerza. Con el desarrollo quedaban atrás siglos de oscuridad, o al menos así pensó Edison, aquel genio –no se sabe si de las patentes o de la inventiva– que redujo la luz del fuego a una pequeña bombilla de cristal.

William McKinley, vigésimo quinto Presidente de los Estados Unidos, estaba lejos de imaginar que un año más tarde sería asesinado y su cargo pasaría a manos de Theodore Roosevelt. Ajeno a su cercana muerte, McKinley gozaba de su éxito militar contra España y se las ingeniaba para crear en Nicaragua un canal trasatlántico que aplastara el proyecto francés en esa parte de Colombia que años después sería Panamá. Era la época de Hearst y Pulitzer, donde lo inimaginable se hacía realidad y si no, estos dos hombres lo hacían posible desde las páginas de sus diarios.

Era el año de los Segundos Juegos Olímpicos, de la primera exposición personal de Picasso, de la teoría cuántica de Planck y de la publicación de La interpretación de los sueños, de Sigmund Freud. Los albores del nuevo siglo auguraban un nuevo hombre; uno pragmático, más objetivo y alejado de las supersticiones. Se abrían nuevos tiempos para la ciencia, pero no bastaba con crear artilugios impresionantes si no se doblegaban primero los males que hacían endeble nuestra naturaleza biológica. El Knickerbocker de nuestra historia es un poco de todo esto.

Para cuando el Dr. John Thackery (Clive Owen) asume el cargo de Jefe de Cirugía habían pasado veinte años desde que el alemán Robert Koch identificara el bacilo causante de la tuberculosis para consagrarse, junto a Pasteur, como Padre de la Bacteriología. Junto a Koch trabajó un eminente médico llamado Paul Ehrlich, de familia judía como buena parte de los grandes innovadores que el siglo XX reconoce. Elrich, por su parte, logró hallar una cura contra la sífilis, enfermedad por entonces mortal y cuyos infectados se contaban por miles en una ciudad de vicios como New York. Aunque el salvarsán descubierto por Elhrich no llegó nunca a manos de Thackery, quien caería en la desesperación buscando un modo de salvar a su amada Abby, sí le sirvió a su inventor para ganar el Nobel de Medicina en 1908. Varios medicamentos como el salvarsán serían paliativos útiles durante casi 30 años hasta que un afortunado accidente, de esos que no parecen obra del azar, hiciera caer en el portaobjetos del microscopio de Alexander Fleming al Penicillium Chrysogenum.

La sífilis de Abby Healey no fue el único reto que tuvo que enfrentar el ingenioso cirujano del Knickerbocker. En tercer episodio de la primera temporada, la paciente Abigail Alford se descubre el rostro y deja ver la horrible marca que le ha dejado la enfermedad: la pérdida de su nariz. Thackery se la reconstruye mediante un añejo procedimiento de las primeras civilizaciones. En el Egipto de los faraones la cirugía estética era cosa común, consecuencia de las mutilaciones que formaban parte de los castigos contemplados en las leyes. Los hindúes también desarrollaron la técnica de reproducir tejidos a partir de colgajos tanto del brazo como de la frente, práctica que los barberos del medioevo (encargados de cortar el cabello y de realizar las pequeñas cirugías) rescataron. La cirugía plástica es de las operaciones más antiguas de las que se tiene registro, aunque el término “plástica” vendría a aparecer en 1818, en la obra del médico alemán Karl Ferdinand von Graefe: Rhinoplastik.

Enfrentarse a un salón de operaciones, incluso en pleno siglo XXI, es causa de estrés y preocupaciones para muchos. En 1900 era como retar a la muerte en un juego de azar. Cirugías menores como las de apendicitis podían tener resultados nefastos. El apéndice fue descrito con exactitud por primera vez en el Renacimiento, gracias a los estudios anatómicos de Leonardo da Vinci, aunque durante los siglos posteriores poco se avanzó en su estudio. No fue sino hasta 1886 que el médico norteamericano Reginald H. Fitz presentó en el congreso de la Asociación Americana de Médicos su conferencia titulada Perforating infammation of the vermifom appendix; with special reference to its early diagnosis and treatment, donde explicó qué era la apendicitis, su cuadro clínico y su remedio a través de la cirugía temprana. Los procedimientos de Fitz no tuvieron una rápida repercusión, no obstante el médico británico Sir Frederick Treves se encargó de expandirlos por el mundo.

Otro de los casos más impactante de la serie es el de las siamesas rusas que Thackery rescata de una Feria de Rarezas. La inspiración de esta subtrama se encuentra efectivamente en 1902 (momento en que transcurre la segunda temporada) pero nos remite a un médico francés: Eugene Louis-Doyen. Las siamesas reales no vinieron de la Siberia sino de la India y sus nombres eran Doodica y Radica. Estas dos niñas unidas por el pecho desfilaron por Europa para satisfacer el morbo de asombrados espectadores ávidos de exoticidades. El Dr. Doyen, asistido por cinco colegas, logró separarlas con éxito; pero su espíritu innovador no se satisfizo con eso así que filmó todos sus procedimientos para después mostrarlos con mayor claridad a la comunidad científica. Más allá de fijarse en los resultados de la operación, los médicos se escandalizaron con la cinta de Doyen.

The Knick pierde el rastro de las siamesas rusas una vez estas se separan, pero de seguir fieles a la realidad tampoco hubieran llegado muy lejos en la serie. Poco después de la intervención quirúrgica Doodica falleció; Radica vivió un año y medio más, hasta que la alcanzara la tuberculosis.

Cuadro clínico de una sociedad enferma

Desde finales del siglo XIX imperaba en todas las ciencias, incluyendo las sociales, la idea de que la exactitud, las cifras y el orden metodológico eran el único prisma desde el cual el hombre podía analizar el mundo. Amparado bajo el positivismo, surge un paradigma científico dentro de las ciencias médicas llamado Medicina Basada en Evidencia. Nada que escapara de un laboratorio especializado y del inalterable rigor de las revisiones bibliográficas podía tomarse por cierto. No había espacio para la experiencia de los años de práctica, lo raro, lo aleatorio.

El Dr. Thackery hereda esta tradición pero la rechaza. Los accionistas del Knickerbocker le apoyan porque confían en su trastornada genialidad. Sin embargo, los judíos del hospital Monte Sinaí siguen los “dogmas científicos” del positivismo como si se tratase de las dos tablas de Moisés. Thack se mofa de sus métodos. Él cree, como lo hace también el siglo XX, que el camino al desarrollo no puede llevar tanto tiempo. A veces hacen falta atajos.

El prestigioso Jefe de Cirugía se embarca entonces en una búsqueda apresurada por nuevos descubrimientos sin importar qué estragos quedan detrás de su accionar. De pronto su vida asume un paralelismo impresionante con la sociedad de su tiempo. El Monte Sinaí es lo viejo, lo anticuado; el Knickerbocker, el futuro. El mundo, y en especial los Estados Unidos, hizo de la centuria una carrera desenfrenada por el desarrollo científico; pero cuando la meta es avanzar se pierden los horizontes.

Uno de los grandes cambios que se propusieron en el mundo de la medicina a partir de 1900 fue la eugenesia, un rezago positivista disfrazado de progreso. El creador de esta corriente “pseudocientífica” fue Francis Galton, quien, omnubilado ante el descubrimiento de su primo Charles Darwin, intentó llevar la teoría evolucionista a un plano social. Es por ello que el término eugenesia adquirió popularidad bajo el nombre de Darwinismo Social.

Las ideas de Galton tuvieron gran impacto en muchos médicos de la época, como lo ilustra el personaje del Dr. Everett Gallinger (Eric Johnson) en la serie. Para estos “visionarios” la pluralidad racial y los discapacitados resultaban un freno para la sociedad, por lo que la eugenesia debía ser considerada una política de Estado. En The Knick, el Dr. Gallinger viaja a Alemania tras realizar vasectomías clandestinas a personas con retraso mental; treinta años después esa misma Alemania aceptaría la eugenesia como uno de los pilares de la irracional ideología nazi.

Además del racismo y los crímenes contra quienes eran considerados diferentes, el siglo XX heredó la discriminación a las mujeres como otro de sus tantos males sociales. Para la sociedad de 1900, era todavía inconcebible que una mujer ejerciera la medicina. A lo sumo, podía adentrarse en la enfermería como profesión. No obstante, no faltaron quienes se enfrentaran a tales exclusiones.

Cuando la enfermera Lucy Elkins (Eve Hewson) estudia ginecología en sus horas libres, quizás rememora a Elizabeth Blackwell, una norteamericana que en 1849 se convirtió en la primera mujer que ejerció como médico. Pero, a pesar del ejemplo de Blackwell, la época seguía siendo inflexible con la superación profesional de las mujeres, a las que no se concebía de otra forma que no fueran como damas: muñecas autómatas programadas para coquetear y cubrir a tiempo completo las labores domésticas.

En esa mirada retrospectiva al feminismo de la época, la serie nos propone como uno de sus paradigmas a la desdichada monja Harriet (Cara Seymur), personaje también inspirado en una personalidad real. Hablamos de la enfermera norteamericana Margaret Sanger, quien en 1916 logró abrir en New York la primera clínica de control de natalidad de los Estados Unidos.

Sanger fue una fuerte defensora de los derechos reproductivos de la mujer, estuvo tras el descubrimiento de las píldoras anticonceptivas, fue pionera impulsora de lo que hoy conocemos como Planificación Familiar; incluso, llegó a pedirle a Gandhi que estableciera leyes sobre el control de la natalidad en la India. Sin embargo, la vida de esta activista social esconde algunas manchas como fue su militancia a favor de la eugenesia, por lo que llegó a ser procesada y encarcelada.

Uno de los aciertos de la medicina de inicios del siglo XX fue alejar las investigaciones científicas de los salones de operaciones, las batas blancas y los laboratorios esterilizados. En un mundo que ya comenzaba a dar indicios de explosión demográfica, poco se hacía con atajar de uno en uno a los enfermos si no se descubrían las causas de la enfermedad. Nace entonces la epidemiología, disciplina que tuvo en Cuba y América Latina a Carlos Juan Finlay como uno de sus más importantes exponentes.

La génesis de estos estudios se remontan a 1848, cuando el alemán Rudolf Virchow (reconocido por sus aportes a la Teoría Celular) dejó atrás los microscopios para encontrar a partir de estudios de campo las causas de las epidemias. El Dr. Virchow terminó por descubrir que la propagación de enfermedades contagiosas no eran siempre resultado de las características de viruses y bacterias, sino de las condiciones de pobreza y la falta de instrucción de grandes grupos poblacionales. Sus investigaciones lo llevaron a convertirse en un activista social, sin embargo estas no fueron suficientes para la Academia Sueca encargada de los Nobel.

Casi a la par que Virchow, pero en Gran Bretaña, el Dr. John Snow analizó un terrible brote de cólera en Londres. Escéptico ante la creencia de que este virus se propagaba por el aire, desarrolló una metodología mediante la cual estudió un grupo de casos de infección que le llevaron directamente por las corrientes del Támesis. Su investigación terminó por revelar que el origen del cólera estaba en el contacto con las contaminadas aguas del río. Por mucho que pusieron en duda su descubrimiento, sus métodos investigativos se mostraron infalibles. Este John Snow sí sabía, tanto así, que hoy se le conoce como el padre de la epidemiología moderna.

El otro Thack

Despeinado, con la ropa desarreglada, la mirada perdida y luciendo un discreto mostacho; así nos describe The Knick a su protagonista, el Dr. John Thackery. En su cuerpo no cabe otra marca de agujas. Todo su conducto sanguíneo ha experimentado alguna vez la punzada de una jeringa cargada de cocaína. Él necesita de drogas para concentrarse, o al menos eso dice. La verdad es que la adicción le disipa la culpa de las tantas muertes que ha presenciado en busca de un bien mayor. Nada le tranquiliza más que la cocaína y el trabajo, donde canaliza su arrogancia e impetuosidad. A su lado, Gregory House parece una copia barata e imperfecta.

Thackery, como casi todo en esta serie, tiene un homólogo en la realidad y su nombre es William Halsted. Estos dos hombres –uno inspiración del otro– comparten muchos puntos de sus historias. La recreación histórica hiperboliza siempre lo real, sin embargo ambas figuras están rodeadas de una atmósfera romántica atractiva. Thackery está tan bien caracterizado que sus excentricidades son de sobra creíbles, mientras que la personalidad de Halsted retrata a un antihéroe digno de una novela.

William Halsted fue un médico estadounidense que vivió durante la segunda mitad del siglo XIX y las dos primeras décadas del XX. En su tiempo fue de los cirujanos más completos del mundo y hoy se le considera uno de los iniciadores de la cirugía moderna. Fue un indudable innovador dentro de su campo, siempre a la búsqueda de nuevos métodos para tratar todo tipo de padecimientos. Se cuenta que en 1886 tuvo que ser internado a consecuencia de su adicción a anestésicos como la cocaína, una historia que comparte con Thackery.

A finales del siglo XIX se populariza el uso de la cocaína como anestésico. El mismo Sigmund Freud, además de usarla con frecuencia, fue un declarado defensor de su libre consumo. Con el tiempo la cocaína se abrió paso de entre las farmacias para aparecer en todo tipo de productos. En los Estados Unidos era común su uso para todo, incluso, irónicamente, para tratar la adicción a la morfina. En 1922, cuando algunos científicos demostraron que esta sustancia era la causa de miles de muertes en el país, la Ley Jones-Miller determinó su prohibición. Halsted no vivió para ver la ilegalización.

Entre los aportes más importantes de este prestigioso cirujano están las innovaciones en el campo de la hemostasia, las suturas intestinales, en la extirpación de cánceres y las operaciones de hernias. En una época donde una hemorragia se hacía prácticamente imparable, Halsted contribuyó con métodos quirúrgicos eficientes. Su homólogo ficticio, sin embargo, fue más ambicioso y se lanzó a la búsqueda de una forma eficaz de transfundir sangre.

La transfusión era una reto para la medicina desde la Edad Media; los experimentos por encontrar algún resultado satisfactorio eran incontables. Como deben suponer, los pacientes nunca sobrevivían a aquellos primeros intentos de pasar la sangre de un perro a un ser humano. Llegó a creerse que si a un hombre violento se le suministraba sangre de una oveja este cambiaba su personalidad por una más tranquila, lo que conducía a que, en un sano afán por la reeducación, se aplicaba sin querer la pena capital a los supuestos enfermos. En 1902 el científico austríaco Karl Landsteiner (Nobel de Medicina en 1930) descubrió la existencia de los grupos sanguíneos. Poco después su teoría fue puesta en práctica en el hospital judío Monte Sinaí, pero no fue hasta 1914 que el médico argentino Luis Agote realizó en Buenos Aires la primera transfusión indirecta a humanos.

De todos los aportes de Halsted a la medicina ninguno ha trascendido tanto como los guantes quirúrgicos, no solo por su importancia sino también por la historia que envuelve a este invento. La esposa y ayudante del doctor, Carolina Hampton, sufrió una dermatitis agravada por el uso de antisépticos. Para poder proteger su piel, Halsted le pidió a la compañía Goodyear (especializada en productos hechos de caucho) que le hicieran unos guantes de goma. Pasarían años para que notara la relevancia de su invento y el uso de los guantes médicos se expandiera por el mundo.

Este fue el Thackery real. Quizás no tan despeinado, ni desaliñado, y sin el discreto mostacho; pero igual de ingenioso e inventivo. Halsted vivió más de lo que nos cuenta The Knick sobre su Jefe de Cirugía, sin embargo ambos tuvieron vidas tempestuosas y sufrieron del mismo mal. John Thackery, con sus demonios y excentricidades es el más certero homenaje que se le pudiera hacer a un hombre tan controvertido como William Halsted.

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