El sexo ¿femenino? de la ciencia ficción

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Por: Yadira Álavarez Betancourt (Tomado de Cachivache Media)

De más de veinte galardonados con el título de Gran Maestro de la Asociación de Escritores de Ciencia Ficción en Estados Unidos desde el año 1974, solo dos son mujeres: Andre Norton y Ursula K. Le Guin. De todos los galardones Ignotus desde el año 91, solo cinco beneficiaron a escritoras: Tamara Romero, Elia Barceló, Gabriella Campbell y Connie Willis. Únicamente tres mujeres, desde ese misma fecha, obtuvieron premios y menciones en el Premio Universidad Politécnica de Cataluña (UPC): Elia Barceló, Irene Da Rocha y Kristine K. Rusch.

En el informe 2012 de VIDA: Women in Literary Arts, se revelaba que, no obstante se avanzó hacia una relativa paridad por parte de hombres y mujeres en el envío de trabajos literarios a publicaciones de ciencia ficción, las obras reseñadas y los propios reseñadores eran hombres, en una cantidad abrumadoramente superior al de las obras escritas y reseñadas por mujeres. La revista Strange Horizons realizó un estudio similar que llegó a conclusiones semejantes.

La lista de “no presentadas” es grande. Supera la de ganadoras en certámenes y publicaciones de ciencia ficción, que caben todas en una cajita. Podría decirse igualmente que muchos de los premios, publicaciones, reconocimientos y menciones en la ciencia, la literatura, el arte y la política han recaído históricamente sobre una mayoría masculina. Si la exclusión femenina en la narrativa es notoria, en la de ciencia ficción es más notable aún, incluso aunque se contabilice el número creciente de narradoras de este género aparecidas en los últimos treinta años. Somos más, pero seguimos siendo menos.

Una de las muchas imposiciones injustas que ha sufrido la ciencia ficción ha sido la de nacer y persistir durante décadas como un subgénero literario eminentemente masculino.

A pesar de que la precursora reconocida de la ciencia ficción moderna es una mujer, la mayor cantidad de autores y protagonistas del género son hombres. El inolvidable Frankenstein de Mary Shelley constituyó el fundamento literario de toda la concepción prometeica de la ciencia, los científicos locos y la rebelión ficcional de las criaturas producidas por el hombre. Víctor Frankenstein inauguró una larga tradición narrativa de protagonistas capaces de producir nuevos seres humanos y no humanos que se rebelan contra la Humanidad, y con la Humanidad si es que esta resulta amenazada. Pero la Shelley no colocó a ninguna protagonista en su historia, las mujeres de Frankenstein solo son víctimas y esposas que apenas hablan. Sin embargo, existe una curiosa contradicción, ya señalada por muchos teóricos y lectores: desde el análisis de fenómenos como la soledad, el miedo y el rechazo social, en esta obra hay un poderoso fundamento dirigido a lo femenino como género que empatiza con sujetos que sufren la segregación.

Imagen: artofmanliness.com

Otra ejemplo razón de exclusión femenina, fijada como ya apuntamos en una novela fundacional como Frankenstein, es que la trama en muchas de las obras más conocidas es fundamentada desde una visión masculina. La mujer, cuando no ocupa el rol de una arquetípica víctima, prostituta o esposa, es solo una colaboradora inteligente.

La perspectiva de la ciencia ficción, etiquetada como divertimento de hombres con naves, mecanismos complicados, objetos sexuales y soldados, contribuyó también al alejamiento de la mujer como creadora, e incluso a que algunas escritoras interesadas en este nicho narrativo travistieran su nombre para poder llegar al público.

Semejantes fundamentos bastarían para entender que las mujeres decidieran como voto de castigo no leer ni escribir ciencia ficción, no consumir ninguno de sus productos, abstenerse de las series, películas y juegos donde la realidad más estricta y científicamente probada no sea la regla. Pero este es, por definición, uno de los espacios literarios más transgresores y con mayor potencial revolucionario. Es difícil pensar que la mujer pueda boicotear o dejar de lado un nicho creativo (y subversivo) tan prometedor.

Marion Zimmer Bradley (1930–1999), una de las autoras representativas de la ola femenina de la ciencia ficción, explica como un proceso de ruptura personal lo que le sucedió: “En mi interior había tenido siempre conciencia de alienación, de diferencia… Yo sabía que el mundo no era el aburrimiento frío, limpio y vulgar que padres, profesores y tías solteras intentaban explicarme que era. Sabía, con una convicción obsesiva, que en la vida había algo más que las cosas que se suponía podía desear una campesina pobre: un vestido nuevo, una cita para el sábado por la noche, una buena educación, un buen trabajo y marido e hijos algún día. Lo que yo quería era magia y aventura. Decían que no existía fuera de mis libros. Pero yo sabía que no podría vivir sin ella ¡Y si no existía, tendría que inventarla!”.

Igualmente Octavia E. Butler (1947–2006), escritora con inclinaciones feministas y otro de los pesos pesados de la ciencia ficción, alegó al respecto: “Comencé a escribir mis historias cuando tenía doce años, estaba viendo una mala película de ciencia ficción titulada “La diabólica chica de Marte” y decidí que podía escribir una historia mejor. Apagué la televisión y lo intenté. Y he estado escribiendo ciencia ficción desde entonces”.

Luego de la atrevida respuesta que dio Mary Shelley al desafío lanzado por Byron en el invierno volcánico de 1816, otras mujeres se atrevieron a escribir sobre futuros posibles y dimensiones alternativas. En 1915 se publica Dellas, un mundo femenino. Se trata de una novela escrita por Charlotte Perkins Gilman (1860–1935), una escritora estadounidense de principios de siglo, redescubierta en los setenta por grupos feministas.

Dellas es una obra de ciencia ficción en la que se describe un país habitado sólo por mujeres, que tres expedicionarios descubren por azar. Las mujeres se dedican a la agricultura y a la maternidad. Tienen las hijas por partenogénesis aunque no todas ellas están autorizadas a concebir. El trabajo de la crianza está destinado a las educadoras. Un detalle de época: el sexo no juega ningún papel, las dellanas no son lesbianas, son asexuadas.

Esta y otras novelas y cuentos fueron, antes de los años sesenta, pequeñas joyas prácticamente desconocidas de la ciencia ficción escrita por mujeres. Un excelente inicio aunque en algunos casos cuestionables desde la técnica narrativa y el análisis psicosocial.

Un grupo particularmente interesante y digno de ser investigado como precedente fue The Futurians: un colectivo de originarios y residentes de Nueva York aficionados a la ciencia ficción, devotos y muy activos , que entre 1935 y 1945 reunió a personalidades que después serían escritores, editores y/o críticos de primera línea del género. Entre ellos había muchas mujeres, quienes no se limitaban a limpiar pipas y servir café, sino que eran miembros con pleno derecho cuyas opiniones y creaciones eran muy respetadas.

Las Futurianas eran escritoras, ilustradoras o agentes literarias, pero ante todo eran aficionadas a la ficción científica y mujeres progresistas que vivieron con libertad y ajenas a los férreos convencionalismos sociales de su época. Varias de ellas se casaron con otros componentes del grupo. Por los Futurianos pasaron: Judith Merril (pseudónimo de Judith Josephine Grossman), Virgina Blish, Elsie Balter Wollheim, Mary Byers Kornbluth y Doris Marie Claire “Doë” Baumgardt –quien firmaba con el pseudónimo masculino Leslie Perri–. Fueron parte de la avanzada de fanáticas y creadoras de la ciencia ficción moderna.

Ursula K. Leguin. Imagen: huffingtonpost.com

Obviando honrosas excepciones como la de Úrsula Kroeber Le Guin, quien nunca usó otro nombre que no fuera el suyo, muchas de las creadoras asumieron seudónimos y puntos de vista masculinos. Todo esto no como una traidora maniobra para renegar de la feminidad, sino como un medio para salvar su obra de los prejuicios de editores y lectores. Fueron cuidadosas travistiendo su letra: podemos encontrar pequeñas ʺjoyasʺ como la declaración hecha en el año 1968 por Robert Silverberg acerca de James Tiptree Jr. (pseudónimo de Alice Sheldon):

ʺSe ha sugerido que es una mujer, teoría que encuentro absurda porque hay para mí algo ineluctablemente masculino en sus narracionesʺ.

Supongo que cuando en el 1976, por un detalle mínimo de información, su verdadero sexo quedó expuesto, Silverberg y otros que calificaban a Tiptree como “el hombre a vencer” en los certámenes de narrativa hayan tenido que tragarse el sombrero ante la risotada del público.

El enfoque de género hacia lo masculino era muy fuerte, determinante tanto en la construcción de personajes como en el diseño de las tramas. Las primeras escritoras que se aventuraron no pudieron cambiar este enfoque en la primera edad de la ciencia ficción. Pero la fascinación por el tema salvó muchas limitaciones y sentó las bases de un estilo muy singular de ver las realidades alternativas. Este estilo ha marcado la forma de escribir no solo de escritoras, sino también de escritores.

La verdadera revolución vino en los años sesenta, con el ascenso en Occidente del movimiento feminista. El empoderamiento de las mujeres abarcó también los caminos de la narrativa y así, en plena década de la reivindicación de la mujer, se apropió del puente de mando de la nave la escritora Úrsula K. LeGuin.

Imagen: casadellibro.com

Sus novelas La mano izquierda de la oscuridad y Los desposeídoscuestionan la conveniencia de que las sociedades sean dirigidas por el poder masculino, generador de conflictos por el poder y promotor de la exclusión de los débiles. Todo su enfoque literario, cargado de subjetividad y análisis antropológico, establece una discusión constante de los roles rígidos y los estereotipos de género. Inclusive carga la mano en la construcción de personajes femeninos y neutros en algunas de sus obras más destacadas del ciclo del Ekumen y en las de Terramar.

Su Majestad Úrsula, Leigh Brackett (la reina del Space Opera), la Bradley, Alice Sheldon (James Triptee Jr. o Racoona Sheldon) Octavia Butler y otras autoras de la década forzaron la entrada de la mujer a la ciencia ficción como creadora y protagonista, ya no como un trasto chillón sexualmente utilizable a quien había que rescatar todo el tiempo y nunca entendía nada.

Por su parte, el feminismo como movimiento también encontró representantes en la ciencia ficción, con obras de abierta crítica antipatriarcal y pasando por referencias explícitas a sexualidades diversas y sexo de todos los calibres y profundidades, descrito desde una perspectiva femenina. No faltaron las escritoras y obras pasadas bajo el cuchillo de la censura, así como las que se convirtieron en abanderadas aún sin proponérselo. Estas escritoras desarrollaron discursos ideológicos en sus historias, defensoras de una posición progresista y enfocada en los derechos, crearon sus universos ficticios y desarrollaron en ellos esos escenarios en los que creían y por los que luchaban.

Ya en los ochenta el movimiento de mujeres hacia la ciencia ficción permite hablar de una feminización del género. Y no solo en el aspecto de quién escribe, sino sobre qué se escribe. Con el New Wave comienza a escribirse una ficción que supera el estrecho marco de la ciencia pura y la tecnología dura, para preocuparse de la especulación en torno a las ciencias sociales. De ese modo se concibe una ciencia ficción más madura, más preocupada por la coherencia de las sociedades, de las culturas o de los seres que imagina, y de mayor calidad literaria. Por supuesto que una ciencia ficción que cumpliera con esos estándares no podía dejar fuera ni en papeles secundarios a ninguna minoría (o mayoría en este caso) segregada. Era forzoso dotar a la historia de detalles, personajes y sentidos que viajaran más allá de la masculinidad heteronormativa y tradicional.

Heroínas memorables como Jessica Atreides en la saga de Dune, Motoko Kusanagi –Ghost in the Shell –, Molly Millions –Neuromante– y otras nacidas de la inventiva de escritores demuestran que no solo un protagonista masculino puede mover los hilos de la trama sino que los mismos creadores hombres son conscientes de las potencialidades que tiene incluir mujeres en sus historias como dignas contrapartidas e incluso personajes principales.

Motoko Kusanagi, protagonista de la serie de Ghost in the Shell. Imagen: comicvine.com

Igual, insisto: SOMOS MÁS, PERO SEGUIMOS SIENDO MENOS. No quiero padecer delirios persecutorios, pero a veces luce como una conspiración misógina. Novelas de ciencia ficción escritas por mujeres, con estándares narrativos elevadísimos y temas muy atractivos son prácticamente desconocidas o nunca han llegado a los grandes circuitos de publicación y promoción. Y en ocasiones la respuesta contraria ha sido no la aceptación crítica de una perspectiva más en la creación sino una posición de extrañamiento paternalista. Como afirma la escritora y editora Ana Díaz “En los viejos tiempos y me temo que aún hoy en día, si eres mujer y escribes ciencia ficción, fantasía o terror te meten inmediatamente en una mesa redonda tituladaEl papel de la mujer en el género. La tercera vez que te lo hacen te planteas seriamente dedicarte a la novela histórica. O a la fabricación de bombas de racimo”.

Se ha demostrado en algunos casos que es posible escribir una ciencia ficción que involucre elementos de estilo y tema no necesariamente atribuibles a un sexo o el otro. En mi opinión lo que marca más estas diferencias no es tanto que las mujeres escriban de determinada manera y por ello sean descartadas sus obras. Pienso que el misterio estriba más bien en qué temas son más aceptables, qué busca el público (un público que, por demás, es educado por las tendencias editoriales), qué es lo que los editores están dispuestos a dejar pasar, qué es lo que los críticos consideran un escrito de calidad y qué es lo que los circuitos de promoción publicitan y popularizan. La segregación no solo está dirigida contra la feminidad. Sucede algo parecido cuando el/la aut@r es de origen latino, por ejemplo.

En el caso de algunas escritoras es más notable un cuidado exquisito (excesivo en algunos casos) de los detalles éticos, psicológicos y cotidianos. Tal vez determina un poco el hecho de la experiencia y los roles que se nos han asignado tradicionalmente, donde estos son detalles que importan. Pensando como mujer, por tanto, hay que controlar y describir dichos detalles para darle a la historia una profundidad y coherencia que la haga creíble… o por lo menos posible. Vemos que a veces no focalizamos tanto en la descripción y funcionamiento tecnológico y científico sino en cómo estos se relacionan con el ser humano y el ecosistema, sin dejar de sumergirnos en las variedades más hard de la ciencia ficción, pero dándoles más calor humano y por tanto un poco de más caos y emoción.

No es la descripción fría y desapasionada de una nave y de una misión espacial, sino, además, la descripción de quiénes se quedaron en tierra, quienes se marchan, porqué, cómo y qué significa ir en esa nave, en esa época concreta y hacia ese destino. La maternidad, la sexualidad, la religión, la familia, las diferencias culturales y raciales, se convierten en poderosos motivos detalladamente desplegados en las historias. Algunos de esos “detalles” aportados por escritoras han cambiado el panorama de la ciencia ficción, contribuyendo a la madurez del género y a la diversificación tanto de los temas como del modo de tratarlos.

Anabell Henríquez (Cuba), por ejemplo, coloca al ser humano como usuario, creador, incluso víctima, de la tecnología y de las circunstancias en que esta se desarrolla. Explora hasta las últimas consecuencias las implicaciones éticas, psicológicas y emotivas de ese vínculo. Ya sea lo que significa para un hijo la deuda temporal adquirida por sus padres como efecto acompañante del viaje a velocidad relativista, o la realidad del emigrante forzado que no se escapa de un país, sino de un planeta.

Pienso que por regla general escribimos sobre lo que creemos y lo que vivimos, aunque sea en otro planeta, en otro tiempo o en otra dimensión, y eso puede ser un elemento para distinguir el sexo, el origen étnico, o la ideología que defienden l@s autor@s lo cual no significa precisamente que existan ciencias ficciones femeninas, masculinas, negras, blancas, latinas o etcétera, como categorizaciones rígidas. Y este es un hecho demostrado en su momento por much@s escritor@s.

Harlan Ellison, en un coqueteo sutil pero no por ello exento de razón, decía que si las mujeres leyeran tanta ciencia ficción como los hombres el género por fin tendría el lugar que se merecía. Pienso que su intención apuntaba a que un género literario no puede considerarse maduro si no alcanza la condición de verdadera obra artística nutrida y modelada con los aportes de todos independientemente de su sexo, orígenes y cultura de base. Quisiera creer que hacia allá vamos a un paso lento pero indetenible.

En la ciencia ficción debe haber escritoras y escritores; protagonistas hombres, mujeres, hermafroditas, transexuales, neutros. Este subgénero narrativo, como manifestación de un grupo de temáticas y formas de creación, se revela ferozmente agenérico. Pienso que la ciencia ficción es andrógina y pansexual, tan queer como el atardecer del planeta que orbita una estrella binaria. Del mismo modo que pudo ser subversiva, transgresora, pionera y enemiga del mainstream, su carácter de género libre, especulativo, incluye además no tener un sexo definido, no enviar un mensaje que vaya en una sola dirección. La ciencia ficción, la proyectiva, la soñada, avanza esféricamente, exige protagonistas y creadores diversos y se niega a dejar espacios vacíos.

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