Cómo la humanidad traicionó al ADN (II)

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Por: Julio Rodríguez (Tomado de Cachivache Media)

Uno de los clásicos disparates acerca de la evolución darwinista es la idea de que los organismos están perfectamente adaptados, de manera que, si una especie posee determinado rasgo, se debe a que le favorece; mientras que no poseerlo, indica que no le hubiera convenido. La percepción de esa supuesta armonía es tan generalizada, que funciona como apoyo de la hipótesis de que los seres vivos fueron creados por una entidad con recursos e inteligencia infinitos. Tal lógica es correcta: si el diseño de las especies fuera inmejorable, no habría más remedio que sospechar una intervención divina. La verdad es, sin embargo, que las pifias y limitaciones del diseño adaptativo son tales, que más le valdría a Dios no tener nada que ver en ello.

Probablemente el 99 % de las especies que alguna vez ha existido, ha terminado extinguiéndose. Siempre fue tan probable morir sin procrear, que hoy cada ser vivo debe su presencia a una larga cadena de casualidades, y si tenemos la impresión de que la vida es más exitosa, es porque la historia la contamos los vencedores.

Entre la infinidad de errores del diseño natural, el que más provoca la chanza de los científicos es el famoso “nervio recurrente laríngeo”, que sale de la parte inferior del cerebro y llega a la laringe. De haber sido concebido por alguien con un mínimo de racionalidad, su recorrido sería el más próximo a la recta imaginaria que une esos cercanos puntos; en lugar de eso, baja hasta el corazón y luego sube. Ello ocurre en muchísimas especies –incluso en el hombre– pero donde más grave es el sinsentido, es en los animales de cuello largo como las jirafas, y peor aún, en los dinosaurios, de los que se conoce que también sufrieron dicho error de fábrica.

La culpa de que el diseño natural meta la pata allí donde el humano saldría airoso, la tiene la diferencia entre sus maneras de diseñar.

La “estrategia” del diseño natural

Los hombres fabricamos sillas, computadoras, autos y medicinas; mientras que la evolución natural construye versiones de seres vivos, o mejor aún, versiones de ADN. Metafóricamente hablando, el mecanismo evolutivo para transformar una especie en otra, coloca en la mesa de trabajo un ADN de la primera, y le va efectuando sucesivas pequeñas transformaciones, de esas que producen las diferencias genéticas entre padres e hijos. Tal serie de cambios van convirtiendo al ADN inicial en el ADN de la segunda especie. Aquí las herramientas de trabajo serían el “mutador” y el “cruzador”.

Resulta obvio que si partiendo de un organismo de determinada especie, se llega a un descendiente suyo perteneciente a otra, es porque nunca se rompió la cadena de padres-hijos que los une (o sea, que no puede suceder lo que afirma Joaquín Sabina acerca de su padre: que murió sin descendencia). Por definición, allí nadie dejó el mundo sin antes haberse reproducido. Sean cuales sean los genes de cualquier individuo de esa cadena, podemos estar seguros de una cosa: eran viables, exitosos, fueron genes que le permitieron procrear. Esto que acaso suena como una magnífica noticia, es lo que en realidad impide que algunos buenos diseños puedan ser consumados por la vía natural. Para entender por qué, comparémoslo con el método humano.

Nosotros hacemos movidas como retirar una pieza para remplazarla por otra, desarmar y rearmar de manera diferente, desconectar para efectuar un arreglo, detenernos para analizarlo bien, y como si no bastara, últimamente nos ha dado por ejecutar modelos en computadora. En definitiva, nos damos el lujo de dar pasos durante los cuales el artefacto en construcción no está siendo funcional, y lo hacemos como un medio de procurarle una mayor funcionalidad futura.

Entretanto, la naturaleza tiene a su disposición un único movimiento consistente en modificar el ADN cuando se transmite de padre a hijo, y toda vez que lo hace, es bajo la severísima restricción de que ese hijo ha de ser viable, funcional “aquí y ahora” –para usar la expresión de Dawkins en El Relojero Ciego–. En la mesa de trabajo de la evolución nunca habrá un prototipo de especie, una versión de ADN que, por estar en fase de pruebas, en construcción o en reparación, no funcione a plena capacidad.

Donde el ser humano se permite el lujo de planificar; el proceso darwinista funciona en caliente, asediado en todo momento por la filosa navaja de la selección natural. Valga subrayarlo, pues estamos tan acostumbrados a procurar nuestros objetivos por una vía tan indirecta como efectiva, que nos es difícil concebir la magnitud de lo que se pierde el mundo biológico al no poder valerse de ella.

Se pierde, pongamos, usar materiales que definitivamente no puede colocar en los seres vivos aunque los necesiten, como son el plástico y el acero. Otros elementos ausentes son las ruedas, ruedas dentadas, poleas y cadenas de transmisión (lo más parecido a ruedas en un ser vivo es el famoso flagelo bacteriano con el cual los entusiastas del Diseño Inteligente no paran de dar la lata). Según Dawkins en Por qué no tienen ruedas los animales, la omisión se debe entre otras causas, a la imposibilidad evolutiva de resolver problemas al estilo de ¿cómo “suministrar vasos sanguíneos a un órgano en rotación libre, sin mencionar los nervios, y evitando que se líen nudos entre ellos”?

Peces diseñados por Picasso

El nervio demasiado largo antes mencionado es consecuencia de esa traba en el diseño natural. Su explicación específica es sencilla y fácil de encontrar en Internet. Una pifia más rebuscada y graciosa la extraemos también de El Relojero Ciego.

Hay dos clases de peces planos. A la primera pertenece el lenguado, y a la segunda las mantas. Lo relevante es que ambas no están aplanadas en el mismo sentido, pues mientras las mantas poseen la cara muy ancha, los lenguados la tienen muy estrecha. En consecuencia, cuando dichas especies se posan como un mantel en el fondo marino, la manta lo hace sobre su vientre, con ambos ojos apuntando a lo alto; al tiempo que el lenguado ha de echarse sobre un costado, con lo cual se genera la inconveniencia de que mientras uno de sus ojos observa previsor hacia arriba, el otro está inútilmente pegado al suelo. Para solucionarlo, durante una etapa de su vida, cada lenguado debe pasar por el arduo proceso de trasladar este ojo hacia el otro lado de la cara. Esto trae como consecuencia que el cráneo del animal termine siendo retorcido y asimétrico. “Ningún diseñador sensible hubiese creado tal monstruosidad” afirma Dawkins. Así pues, hay dos maneras de ir por la vida siendo un pez plano: la decente y la chapucera. ¿Por qué no todos disfrutan la primera?

La clave está en la especie desde la cual evolucionó cada cual. Las mantas partieron con ventaja pues provienen de tiburones, que son más bien cilíndricos o un poco aplanados en el sentido correcto. Los lenguados, por su parte, descienden de organismos que eran ya bastante planos, pero en el sentido que estamos considerando incorrecto (aunque cuando aquello eso no constituía una incorrección pues tales peces aun no solían posarse en el lecho marino). Para aplanar a las pre-mantas en el buen sentido, solo debieron hacerse más planas; para lograrlo con los pre-lenguados, primero había que convertirlos en cilíndricos y solo después proporcionarles el aplanamiento apropiado. Cosa que nunca se realizó puesto que lo de primero hacerse cilíndrico, si bien prometía un beneficio futuro, era un paso sin valor inmediato. Cuando los cambios en el entorno provocaron que la capacidad de reproducción de la pre-manta y del pre-lenguado comenzara a depender de sus aptitudes para aplanarse contra el fondo, la evolución se limitó, apurada, a hacerlos a ambos más planos en el mismo sentido en que ya lo eran, y mala suerte para aquel que poseyera el sentido problemático de aplanamiento. Hubo que resolver “aquí y ahora”.

Las costuras de la evolución

Hay algo en la ropa cuya razón de ser no es beneficiar al portador, y esa es la costura. Las costuras no están ahí debido a “para qué” es la ropa sino a “cómo se hace” la ropa; son huellas del proceso de confección. Del mismo modo, cada ser vivo posee determinadas características que no están para adaptarlo, sino que responden a su pasado evolutivo. Su razón de ser no es funcional sino histórica. El nervio laríngeo recurrente y el aplanamiento del lenguado, son algunas de esas características que lejos de ayudar, perjudican en alguna medida, y en cualquier caso solo son costuras reveladoras del camino recorrido por la evolución.

El ADN de cualquier ser vivo está atestado de costuras. Allí el pasado se asoma en forma de códigos provenientes de especies desaparecidas hace cientos de millones de años, genes que hoy no sirven para nada. Uno de los ejemplos más recurridos es el de las gallinas, que poseen, aunque desactivado, el código para producir dientes (la criatura dentada de la cual descienden las aves fue un pequeño dinosaurio llamado celurosaurio). Más interesante es cuando estos genes, lejos de ser ignorados del todo, se activan temporalmente durante la gestación. Algunos embriones de gallina llegan a tener dientes. El feto humano en determinado momento posee una cola que luego se retira hacia el interior de su cuerpo y se convierte en el coxis, más adelante dicho embrión se torna completamente peludo, aunque con posterioridad eso también se revierte. La secuencia (primero cola y luego pelo) responde al orden en que se sucedieron nuestros antepasados. En un comienzo fueron monos, tenían cola y pelo, y con posterioridad fueron simios, que como tales no tenían cola aunque conservaban el pelo. Esto no es nada si se tiene en cuenta que bien al comienzo de nuestro embrión, sus ojos están ubicados a ambos lados de la cara, como en los peces, y eso que hace 300 millones de años salimos del agua.

Los embriones de las especies más o menos relacionadas se asemejan, sobre todo al inicio. El humano es parecido al de ballena, no digamos ya al de chimpancé. En alguna medida el desarrollo embrionario consiste en un contrapunteo entre genes antiguos y modernos, los primeros pugnando por crear individuos de especies ya extintas, y los segundos intentando que eso no ocurra; lo cual no es el mejor ejemplo de eficiencia en el diseño. En las pocas ocasiones en que estos últimos genes fallan, ocurren los llamados “atavismos”, sucesos como el nacimiento de niños con cola o cubiertos de pelo.

Los casos anteriores de costuras –el nervio laríngeo, el aplanamiento incorrecto del lenguado, junto con los genes atávicos– demuestran que determinadas características biológicas pueden perdurar pese a ser inservibles, cuando no perjudiciales. Bien difícil es discernir la utilidad de los ojos de la salamandra ciega, sobre todo teniendo en cuenta que están cubiertos por la piel; o la de los exiguos huesos que hace millones de años debieron estructurar patas, presentes bien adentro en el cuerpo de las ballenas. Ambos están en la larga lista de los así nombrados “órganos vestigiales”, cuya existencia es inevitable dadas las características del proceso de adaptación. Si alguien les dice que en el cuerpo humano, el apéndice, los cordales, los dedos meñiques de los pies, los pelos de la espalda y los músculos destinados a mover las orejas, deben poseer alguna utilidad, es muy posible que no la tengan.

You can’t always get what you want

Antes hemos explicado que la evolución no planifica, lo cual demostraría que no es un proceso concebido por un ser racional. En oposición a esto, los partidarios del Diseño Inteligente juegan la carta de las llamadas “pre-adaptaciones” o “exaptaciones”. Estas serían características que aparecieron en algunos organismos, no con el fin de ayudarlos aquí y ahora, sino para servir a sus descendientes millones de años después. Entre ellas mencionan determinado gen –el Pax-6–que, aunque su tarea es ayudar a formar a los ojos, ha estado presente desde criaturas que no poseían visión. ¿Qué ser tan previsor colocó eso ahí, en aquel entonces? ¿Jehová? ¿Los marcianos? ¿Los atlántidos?

La respuesta es más simple y se trata del re-uso. Los guardias de prisiones suponen –y más les conviene hacerlo– que si existe un procedimiento, por enrevesado que sea, mediante el cual un prisionero puede fabricar un arma, eventualmente lo va a llevar a cabo. El clásico es lijar un cepillo de dientes hasta convertirlo en punzón. Con respecto al gen de marras, es posible que cuando surgió ejerciera alguna tarea no relacionada con la vista, aunque más tarde la evolución se “percatara” del beneficio de usarlo en la construcción de ojos. Prácticas como esa son el pan de cada día del proceso natural.

Las “alas” del pingüino, surgidas con el objetivo de lidiar con el aire, acabaron siendo modificadas para uso exclusivo en el medio acuático. A dicha ave le hubiera sentado contar con extremidades óptimas para ambos menesteres, pero esa maravilla es imposible puesto que la dinámica del aire y la del agua difieren. Tal como cantan los Rolling Stones, “no siempre puedes conseguir lo que deseas”. Puede que una aleta similar a la de un pez le hubiera sido más útil que esa ala modificada para el nado. Mas tuvo que resignarse; su antepasado directo no poseía algo que mediante sucesivas modificaciones viables pudiera convertirse en una “aleta de pez”.

El pingüino no va solo en su desgracia. Estamos ante algo tan fuerte como que cada vertebrado ha sido construido “con el mismo juego de huesos”, en palabras de Chris Colby. Peces, tortugas, gatos, pingüinos, lagartos, ballenas y personas, por diferentes que sean, no han tenido más remedio que reutilizar idéntica topología ósea heredada de un ancestro común. Junto con la exuberancia imaginativa, algo que equipara al convicto con la evolución natural es la entusiasta disposición a tomar lo que fue creado para esto y usarlo para aquello. Donde sobra un hueso, la treta puede ser esconderlo fundiéndolo con otro (lo cual acontece con los que integrarían la cola del hombre y que fusionados constituyen el ya aludido coxis). Durante eras, a las columnas vertebrales se le han ido agregando parches y más parches, intentando mal que bien acomodarlas a las necesidades del bicho de turno. Precisamente la espalda nos duele porque nuestra columna, de inicio, es un garabato, y desde luego no fue concebida para ser usada durante 85 años seguidos (el que la mayoría de la gente llegue a vieja es un invento moderno).

Cerebros cortados con la misma tijera

Lo explicado también vale para el sistema nervioso y, en consecuencia, para el comportamiento. El cormorán de las Galápagos –tal como el pingüino– es un ave que cambió el aire por el agua. Lo curioso es que cuando emerge del mar, abre sus alas y las expone al Sol sin propósito aparente. Y en efecto, puede que sea una reminiscencia de aquel pasado en que sus precursores necesitaban secar sus plumas para poder levantar vuelo.

Con seguridad todos los cerebros presentan costuras evolutivas de ese estilo, chapuzas que promueven comportamientos vestigiales que fueron útiles hace miles de centurias y hoy solo estorban. No hay motivo para suponer que con el homo sapiens ocurra diferente (incluso existe una interesante hipótesis según la cual la conciencia sería resultado de un problema de diseño). En tiempos remotos comer algo dulce era un lujo que nos propiciaba necesarios chutes de energía. Como nunca disponíamos de bastante, no desarrollamos ningún mecanismo que nos impidiera consumir demasiado. Hoy nuestra salud está pagando las consecuencias de enfrentar un mundo repleto de azúcar, con un cerebro creado para un entorno escaso de ella. Es una de las tantas muestras de que la mente humana está “diseñada” para épocas en las que ya no estamos y para animales que dejamos de ser. El racismo, el machismo, las peleas en los bares, nuestra inclinación a adorar líderes y, por supuesto, las guerras, son algunas entre las tantas señales indicativas de que, como aquel que dice, tenemos el mono demasiado cerca. Y pese a tantos indicios, luego nos alcanza la cara para fingir asombro cada vez que alguien se aparece con la “noticia” de que el ser humano es más emocional que racional.

Una de las fallas del comportamiento se da en la selección de pareja. Un hembra diseñada a la perfección, escogería al macho atendiendo a la habilidad de este para lidiar con el entorno; lo cual le garantiza mezclar sus genes con buenos genes ajenos, “adelantar”, como decían en otros tiempos. En realidad, parece inevitable que la estética sexual algunas veces se desvíe de ese ideal y se enfoque en características engañosas, un largo de cola mayor que el promedio, por ejemplo. A partir de ahí puede generarse un inútil y costoso proceso de retroalimentación positiva durante el cual, a lo largo de generaciones, se incrementa el tamaño del rabo masculino solo porque las hembras así lo prefieren; a la vez que crece la predilección femenina por esta característica, justo porque está aumentando la longitud promedio entre los machos.

Epílogo

La selección natural no actúa completamente al azar. Es un casting a partir del cual aquellos organismos que logran reproducirse son, como promedio, los que mejor tecnología adaptativa portan (que puede no ser la más compleja). Eso que, lo que a la evolución le falta en inteligencia, lo compensa en cantidad de tiempo y de vidas con los cuales experimentar. Tras cuarenta millones de centurias triturando individuos y especies de todos los colores, este proceso no ha podido menos que practicar infinidad de buenas ideas, muchas de las cuales han sido aprovechadas por los humanos. Pero el asunto va más lejos: no solo tomamos prestadas soluciones puntuales, sino que usamos el propio método darwinista para resolver problemas, y con esto me refiero a los denominados algoritmos genéticos de computadoras. El presente artículo no niega estos éxitos, sino que los ubica en su real contexto plagado de desaciertos.

La vez anterior señalé cómo el sentido de la vida “promovido” por el ADN era multiplicarse por siempre. Al final sugería la posibilidad de que la llegada del homo sapiens, de alguna manera, haya puesto en entredicho ese propósito. Quedó pendiente aclarar cómo esto es posible, respuesta que ya comenzamos a vislumbrar: las imperfecciones de la forma en que la vida se adapta, la carencia de “luz larga” de la evolución, son una brecha de seguridad que hace peligrar el plan del ADN. La manera específica en que logramos colarnos por ella, quedará para una próxima entrega. Baste por hoy haber advertido que la naturaleza produce mala ingeniería, y cómo además le es inevitable hacerlo.

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