El “eslabón perdido”

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Por: Vale V. Villasuso (Tomado de Cachivache Media)

El término “biología”, en función del estudio de los seres vivos, dicen que fue acuñado por el francés Lamarck, en 1802. Quizás lo leyó en otra parte, pero no hay dudas de que este señor intentó abordar los misterios de la vida desde un prisma inédito.

En época de Lamarck aún estaba vigente la antigua teoría aristotélica de la “generación espontánea” para explicar el origen de la vida. Tema que tuvo que esperar por otro francés, Louis Pasteur, quien a mediados del siglo XIX refutó dos milenios de “sabiduría griega” mientras revelaba el incógnito cosmos de los microorganismos. Pero ese es otro asunto. A Lamarck no le preocupaba el origen de la vida, sino su evolución.

En 1809, en el libro Filosofía Zoológica, Lamarck expuso que los seres vivos no habían permanecido inalterables desde su creación, sino que un principio eran simples criaturas (gusanitos por ejemplo) que luego de múltiples generaciones se transformaron en entes más complejos. Para el sabio francés el entorno inducía, lenta y continuamente, la diversidad de formas que ostenta la vida. Propuso además que los caracteres son heredables (adelantándose a Mendel, considerado el padre de la Genética), aunque ninguna de sus afirmaciones contó con una base experimental de respaldo. No obstante, se reconoce que Lamarck postuló la primera teoría evolucionista de que se tiene noticia.

Según la obra de Lamarck, cada organismo es consecuencia de la evolución y a la vez, un estado de transición hacia nuevas especies. Esto no pasó inadvertido para Darwin, como tampoco la suerte del inspirado francés. Una vez publicado Filosofía Zoológica, su autor vio desmoronarse un prestigio que le había costado años conseguir. De ilustre catedrático se convirtió en herético hazmerreir. Cuentan que un día Lamarck extendió con orgullo un ejemplar del polémico libro a Napoleón –devenido emperador– y este lo rechazó. Lamarck haría el ridículo por el resto de sus días. En 1829 murió olvidado y sin un peso.

Como en otros artículos (El bicho humano, El arte de la conquista y Cuba: un cementerio de dinosaurios), mi introducción pretende insistir en el contexto en que ocurrieron los primeros brotes de las ciencias biológicas. Hace siglo y medio, todavía era extraño tropezar con un libro que valiera dos quilos. Academias chachareando, se erigían amputadas por sus textos sagrados. Los eruditos se apilaban en escuelas de fulanos y menganos.

Recordemos que Darwin publicó El Origen de las Especies en 1859. Exactamente salió a la luz un 24 de noviembre. Curiosamente Darwin prefirió extremarse en los pinzones antes que complicarse con el origen del ser humano. El fantasma de Lamarck recomendaba prudencia. Pero Thomas Henry Huxley no se aguantó la lengua.

A Huxley se le conoce como el bulldog de Darwin, por ser un fiel defensor de la nueva teoría que esgrimía a la selección natural como medio para explicar la evolución de las especies. En Febrero de 1860, Huxley dio una conferencia donde apoyó al darwinismo, celebrando el polémico libro.

El sábado 30 de junio del 1860, el museo zoológico de Oxford recibió a unas mil personas que se apretujaron para asistir a la certeza de que algo histórico allí habría de acontecer. Una serie de conferencias amenazaba con hacer explotar un debate que se inflamaba más allá de lo permisible. ¿El hombre desciende del mono? Esta era una idea no explícita en la obra de Darwin, aunque se cae de la mata. Huxley ya lo venía machacando y se contaba entre los presentes para defenderla. Entre la multitud se encontraba también Samuel Wilberforce, Obispo de Oxford. Darwin, como de costumbre, faltó a la cita. Por esos días era común que ilustres pensadores discutieran temas de alcance académico con obtusos militares, funcionarios del clero y cualquier Lady tal. Todos bajo el mismo techo.

Según Bill Bryson, en Una breve historia de casi todo, cuando el Obispo Wilberforce se hallaba en plena disertación, se volvió hacia Huxley y con visible sarcasmo le preguntó si él se consideraba vinculado a los monos a través de alguno de sus abuelos. Algunos rieron y aunque las versiones sobre la reacción de Huxley varían según la fuente, todas parecen coincidir en que este replicó que prefería declararse pariente de un mono antes que del Obispo. Lo cierto es que su respuesta se consideró una falta de respeto a tan encumbrado personaje y cuenta la leyenda que hasta una de las ladies se desmayó.

En 1863 Huxley publicó el libro Evidencias del lugar del Hombre en la Naturaleza y puso en blanco y negro la relación anatómica de los humanos con los grandes simios africanos, sugiriendo que Homo sapiens había evolucionado de antepasados simiescos. Esto es algo que en nuestros tiempos nos puede resultar ridículamente obvio, pero el oscurantismo sagrado había calado tan hondo que por doquier se exigieron evidencias. El reclamo de un fósil de transición que conectara a nuestra especie con los monos, se convirtió en la búsqueda del “eslabón perdido”. Una suerte de santo grial que marcaría el despegue de la Paleontología.

Siglo y pico después…

La Paleontología es la ciencia que se encarga de la reconstrucción del pasado de los seres vivos, su apariencia, historia y relaciones filogenéticas. Desde que estaba en pañales se ha propuesto recorrer las huellas de la vida hasta sus umbrales. Para ello excava en busca del auxilio de fósiles, mientras se debate sobre evolución y etcéteras afines. Con el tiempo los paleontólogos han encontrado muchos huesos. En ocasiones, de ellos han logrado exprimir moléculas y elementos. Hoy esta ciencia nos revela evidencias de múltiples culturas que habitaron el planeta hace millones de años. Y tienen hasta rostros. Cualquiera de ellos podría ser un “eslabón perdido”

La realidad es que ahora los científicos hablan en otros términos. No hay un solo “eslabón”. La otrora incógnita del “eslabón perdido” ha sido satisfecha muchas veces. Pero además, el siglo XXI nos brinda otra percepción de la evolución humana y nuevos códigos de comunicación. A Thomas Huxley le hubiera encantado la versión que hoy se cuenta de una historia que, desde que conoció a Darwin, se le metió entre ceja y ceja.

El concepto de especie

La ciencia moderna continúa intentando establecer un marco conceptual común a todo el que merodee por sus lares. Hablar el mismo lenguaje. La Taxonomía nació como pieza de ese objetivo. La podemos definir como el diseño de un sistema de clasificación universal para los organismos, donde los individuos de una misma especie se ubican en un cajón particular, etiquetado con dos palabras derivadas del latín.

Me gustaría decir que contamos con un concepto de especie que satisface a todos los interesados en clasificarlas. Pero esa es una tarea pendiente. Los que escriben los libros no se ponen de acuerdo. La solución es una tregua tácita donde cada grupo de estudio hace con su tema lo que le viene en ganas. Los botánicos nombran a las plantas según su librito, los bacteriólogos tienen el suyo y en los llamados “animales superiores”, la importancia del sexo habitual y la descendencia fértil, dominan la cuestión.

Quiero destacar el papel de la frecuencia de las relaciones sexuales en la consideración de especies. No basta que dos individuos sean capaces de aparearse sin obstáculos genéticos para concebir descendientes igualmente aptos para procrear, sino que tienen que gustarse. Se requiere de cierta asiduidad en esas relaciones.

Por ejemplo, los felinos serval (Leptailurus serval) y caracal (Caracal caracal) son especies diferentes. Incluso están clasificados en géneros distintos. Según la taxonomía tienen un parentesco cercano –son felinos–, pero hasta ahí. Como cabría esperar, servales y caracales andan cada uno por su lado y solo se aparean con gatos similares. No obstante, si miramos sus genes, entre ellos no existen trabas para concebir híbridos. Los únicos reparos residen en sus cerebros. No se trata de individuos aislados por fronteras geográficas. Algunos se conocen en África. Simplemente no se gustan.

En cautiverio la cosa cambia. Servales y caracales le dan rienda suelta a su lujuria y sin miramientos, se restriegan para engendrar chulos caravalitos, tan fértiles como sus progenitores. Estos cachorros cuando crecen tienen menos remilgos aun. Si los dejan se revuelcan con sus padres, abuelos y así sucesivamente. La única razón que distingue a servales y caracales como especies diferentes, es su comportamiento en estado salvaje.

Algo similar sucede con el bisonte americano (Bison bison) y la vaca doméstica (Bos taurus). El híbrido resultante se denomina beefalo y es totalmente sano en cuanto a fertilidad. De hecho, los ganaderos norteños realizan cruces de este tipo con frecuencia, en aras de ganar resistencia, sin excesivo sacrificio del potencial lechero de sus rebaños.

Los delfines presentan el ejemplo más notable de apareamiento interespecie. No se limitan al cautiverio. Estos antiguos cetáceos se cuentan entre los animales más inteligentes después de los humanos. A juzgar por la edad de sus ancestros, es probable que hayan sido alguna vez la inteligencia más aguda del planeta. Sus “eslabones perdidos” han nadado los mares por más de 30 millones de años. La edad que tiene la Isla de Cuba. Hay quienes suponen que son más inteligentes que los grandes simios. Con respecto al sexo, son de los pocos animales que no fornican con fines reproductivos. Les place.

Hay varios tipos de delfines agrupados en diversos géneros y especies. Algunos más pequeños como el delfín listado (Stenella coeruleoalba), de dos metros de largo y otros mayores como el delfín gris (Grampus griseus), que casi dobla al listado en longitud. Los delfines no suelen presentar un dimorfismo sexual acentuado. En otras palabras, las hembras y machos de cada especie, se parecen bastante entre sí.

Lo curioso es que a veces un delfín gris macho se adentra en un grupo de listados con el descarado interés de seducir a una pequeña delfina. La única razón que se me ocurre es el morbo. Privilegio de una inteligencia superior que no sería extraño los delfines ostenten. Y por si fuera poco, la delfina no parece molestarse con tal desfachatez. Eso no es del agrado de los machos del clan de la elegida. Airadamente se unen para rechazar al intruso sin miedo a su envergadura. A veces consiguen echarlo. Pero la balanza termina por inclinarse a favor del deseo de la delfina.

Sabemos que el cortejo de los delfines es complicado. El macho danza y vocaliza lo que los delfinólogos describen como poemas de amor. Parece imposible que un delfín sea capaz de violar. Si se enganchan es de mutuo acuerdo. Y si la comunicación gobierna el desenlace, es obvio que sus diferencias no limitan la capacidad de comprensión mutua. ¿Comentarán los delfinitos el asunto? ¿Se sentirán humillados cuando la hembra listada cede a las galanterías del grandulón? ¿Tiene reputación la delfina? Se me ocurre un epíteto para ella.

Resumiendo, la conducta es un punto importante para considerar el límite entre las especies. Una línea nebulosa trazada arbitrariamente por la ciencia. No bastan similitudes morfológicas, no bastan porcentajes de coincidencia genética, ni siquiera gametos compatibles capaces de concebir individuos saludables. Si no hay cierto grado de empatía cultural, los bichos se ignoran sexualmente, y esa es la premisa que sustenta la engorrosa definición de especie.

Hablando de mamíferos

En mi artículo anterior relaté una historia flanqueada por las últimas extinciones masivas que ha sufrido la vida en la Tierra. Culminé con un motón de mamíferos listos para comerse el mundo. El último cataclismo, hace 65 millones de años, iniciaba una era geológica ausente de dinosaurios.

Al comienzo de la era Cenozoica era común encontrar zonas deshabitadas. Las tierras nutridas con muertos renovaron esperanzas en los sobrevivientes. Pasado algo de tiempo, la vida volvió a recuperarse frondosa. Los tímidos mamíferos ahora escalaban la cúspide de la cadena alimenticia.

Hace unos 55 millones de años, paseaba el Plesiadapis. Se trata de un género extinto, parecido a las ardillas, de pequeños herbívoros que habitaron los árboles y sus alrededores inmediatos –tras los apetitosos frutos que a veces rodaban por el suelo–. Poseían ojos laterales, garras, cola y cierta carita de mono. Quizás de ellos surgieron los primates (si no fue así, porque en realidad no está tan claro, nuestros ancestros debieron parecérseles).

Que los fósiles de tan remotos tiempos aparezcan lo mismo en África, que Eurasia o América del Norte, no significa gran cosa. Por millones de años esos parajes estuvieron unidos en Pangea, que recién comenzaba fragmentarse. Mientras esto ocurría, una importante divergencia tuvo lugar entre los descendientes de los “cara de mono”. La cara de mono no habría de cambiar, pero a ambos lados del naciente Atlántico germinaron dos clados diferentes de primates.

Clados se traduce como “rama”, en griego. Al comienzo de este artículo refería que “eslabón” es un término obsoleto por inexacto. No es solo por tratarse de varios eslabones, sino que la estela de ancestros representa algo más que una cadena. En su lugar, los modernos biólogos utilizan la imagen de un “árbol” para jerarquizar la cronología de caracteres obtenidos de fósiles tipo (holotipos). Un clado es una gran rama de ese árbol, que brota con el antecesor común a un estrafalario ramillete de bichos. En el clado de primates que florecía en África, quedaron los genes que transitarían hasta los humanos.

Hace alrededor de 30 millones de años sobrevino otra divergencia notable. Un grupo de grandes primates perdió la cola y ensayaba a ratos posturas erguidas. Nacía otro clado con el antecesor de los futuros gibones, orangutanes, gorilas, chimpancés y humanos –en orden de aparición–. La superfamilia de los hominoides, que se extendió por África y Eurasia.

El atlas de esa época nos recuerda el presente. Se habían interrumpido las corrientes marinas que mantuvieron el planeta cálido desde los tiempos de la sólida Pangea. Ahora circulaba una nueva corriente alrededor de la Antártida. Este detalle cambiaria drásticamente el clima de la Tierra y a nuestros antepasados. Los polos se congelaron atrapando el agua. La humedad relativa descendió y con ella la temperatura promedio del planeta. El nivel del mar bajaba con prisa. A medida que los hielos avanzaron por Eurasia y Norteamérica, los bosques cedieron transformando el hábitat de mucha gente, incluidos los primates. Extensos bosques se trocaban por sabanas de pasto.

Hace 20 millones de años, los grandes gibones siguieron su camino para alejarse de un tipo que cada vez nos resulta más familiar. El gibón nació en Asia y también allí, 5 millones de años más tarde, emergieron los fornidos orangutanes. En África quedó el antecesor de gorilas, chimpancés y humanos. Especies que comparten más de un 97 % de similitud genética. Los macizos gorilas se alejarían entre 8 y 10 millones de años atrás, dejando solo al antecesor de humanos y chimpancés. Un personaje pequeño y frágil.

Hace 7 millones de años el mundo era muy frio. El nivel del mar había bajado tanto que la salida del Mediterráneo se tornó angosta. Este se evaporaba sin piedad salinizándose en el proceso. El clima seguía siendo fatal para los árboles. Las sabanas crecían sepultando a los bosques. Se dice fácil, pero los árboles son uno de los organismos más antiguos de este planeta. Sus ancestros se sitúan hace 380 millones de años. Entonces solo existía una fracción de nuestros genes portada por enclenques vertebrados, poco más que babosos, que quizás ni habían salido del agua. Mientras los árboles sufrían este golpe, las emergentes praderas eran la pesadilla de quienes quedaban atrapados entre ellas. Pero era lo que había.

La cuna de la humanidad

Hay una zona de África que se conoce como El Gran Valle del Rift. Tiene una orientación norte sur y está flanqueada por una gran cordillera que alberga el pico más alto del continente. A casi 6 mil metros se eleva el Kilimanjaro. Esta montaña colosal se formó a partir de un chorro continuo de lava que duró un millón de años. En ese valle abundan lagos, algunos salados –debido al agua marina que se filtra a través de la deteriorada corteza terrestre– y muchos de agua dulce. Los ríos también florecen. Al sur del valle se combinan el Nilo Blanco y el Azul, tributarios importantes del cauce más largo del mundo.

El origen de este valle se debe a una fractura de la corteza terrestre que comenzó hace unos 30 millones de años. Desde entonces originó el Mar Rojo y una gran depresión al Este de África Central. Todo eso es parte del valle, geológicamente hablando. Se estima que dentro de 10 millones de años el “continente negro” se terminará de partir por esa franja. El mítico valle para entonces se habrá llenado de agua. Pero eso no importa ahora. Para los tiempos de esta historia, el Valle del Rift era particularmente seco en su orilla oriental. Precisamente allí aparecieron las primeras sabanas de África.

En ese entorno, surgió la subtribu Hominina, caracterizada por primates que caminaban erguidos. El fósil más antiguo que se ha excavado (Sahelanthropus tchadensis) vivió hace 6 a 7 millones de años en el actual desierto de Djurab, Chad. Las patas traseras de esas simiescas criaturas presentaban dedos adaptados para la vida en los árboles, aunque ya percibimos su tránsito a los bípedos. Se sugiere que entre ellos estaba el antecesor común de humanos y chimpancés. Extremos de una rama coincidente en el 98 % de sus genes. Los bonobos (Pan paniscus) son nuestros parientes vivos más cercanos.

Los primeros homíninos se esforzaban por caminar con la cabeza en alto, a través de la sabana, cuando se mudaban de arboleda –muy útil cuando se mide poco más de un metro de estatura y pululan dientes de sable por los alrededores–. Así anduvieron un par de millones de años, adaptándose a parajes que se convirtieron en cotidianos. De ellos descendieron los australopitecos hace 4 millones de años.

Los australopitecos se han hecho famosos gracias a Lucy, una Australopithecus afarensisdescubierta en 1974 en Etiopía, que vivió hace alrededor de 3.2 millones de años. El motivo de su celebridad radica en que, de todos los fósiles de apariencia antropomorfa, Lucy fue el ejemplar más antiguo a quien se le atribuyó locomoción bípeda. Hoy sabemos que este honor corresponde a su posible antecesor, el mencionado Sahelanthropus tchadensis.

Los australopitecos no habían cambiado demasiado en apariencia y hábitos respecto a sus menudos ancestros. Si acaso caminaban un poco más erguidos y eran 20 % más cabezones. No estaban totalmente adaptados al suelo y permanecían dependientes de los árboles. Su dentadura revela la invariable dieta vegetariana de siempre. Acaso condimentada con insectos de paso.

En algunos asentamientos de australopitecos, sobre todo asociados a la que parece ser la especie más avanzada entre todos, A. garhi, se han encontrado evidencias de fabricación de herramientas de piedra. Simples cantos tallados. No obstante, la industria lítica nunca fue el fuerte de este género.

Es importante destacar que para considerar a un objeto como herramienta, este debe haber sido intencionalmente elaborado. No es lo mismo utilizar una piedra para golpear, que modificarla a voluntad con el propósito de que cumpla mejor la función que se le ha destinado. Para la gran mayoría de los australopitecos, el mero concepto de herramientas era incomprensible. Por eso no se llevaron el crédito de haberlas inventado.

El nacimiento del género Homo

Hace alrededor de dos millones de años, poblaciones de apariencia similar a los australopitecos y en los mismos lugares de su distribución, hicieron del uso de herramientas un hábito cotidiano. Esta suposición está avalada por el hecho de que en todos los asentamientos encontrados, de quienes parecen vestigios de un nuevo género, siempre se encuentran herramientas.

No hay consenso sobre si estos individuos debieran clasificarse como los primeros acreedores del género Homo, que comparten los humanos. Para la mayoría son todos H. abilis, pero hay quien opina que se trata de australopitecos tardíos.

De cualquier modo, nuestro H. abilis marcó la diferencia. Adoptó una postura más erguida, aunque los dedos de sus patas seguían curvos, empeñados en facilitar la trepadera de árboles. Comparados con australopitecos, las hembras de H. abilis tienen la pelvis más estrecha, al igual que el canal del parto. Consecuencias del bipedalismo. El nacimiento prematuro de los cabezoncitos cachorros fue una necesidad vital para la especie. La evolución recurrió a un mayor tiempo de crianza y los cuidados de la madre redundaron en beneficio de las relaciones sociales.

H. abilis desarrolló un cerebro más grande que su australopiteco antecesor. Además de crear herramientas, diversificó su dieta. Con las crisis de árboles comer carne fue una solución desesperada. Debieron empezar por la carroña, pero eso les hizo bien. Las nuevas proteínas renovaron vigores y hay quien dice que propiciaron el alto coeficiente intelectual de aquellos descendientes de los “cara de mono”.

Los pertenecientes al género Homo se denominan homínidos. Con ellos retoñó la última rama que abordó nuestra especie. Entre los homínidos estuvo el animal que conquistó el fuego. El que aprendió a cocinar, a protegerse con atuendos del tiempo inclemente, a intentar vivir cada día un poquito mejor. Solo dos millones de años necesitó para tener una computadora. Una tarde cualquiera, estaría listo para narrar su historia.

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