Cuba: un cementerio de dinosaurios

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Por Vale V. Villasuso (Tomado de Cachivache Media)

Primer acto

Sucedió hace 250 millones de años, en la tierra de Wilkes, actual Antártida. Bajo un kilómetro y medio de hielo allí se esconde un cráter de 480 kilómetros de diámetro. Frío testigo de un poderoso “cuello de botella” que aniquiló el 95 % de las especies marinas y el 75 de las terrestres. Se estima que desapareció el 90 % de los organismos pluricelulares en todo el planeta. El paisaje se redujo, por cientos de milenios, a un colorido bosque de hongos. Se trata de una extinción masiva que ha pasado a los libros con el macabro apelativo de La Gran Mortandad.

La extinción del Pérmico-Triásico –su nombre científico– precedió a una ocurrida solo veinte millones de años antes. El árbol de la vida apenas retoñaba y era otra vez mutilado, ahora a una escala mayor. Tardaría treinta millones de años en recuperarse. Un record histórico. La Gran Mortandad es uno de los eventos más aciagos que han experimentado los contenedores de genes. Marcaría el comienzo de la era Mesozoica.

Las extinciones masivas se definen como aquellas donde al menos la mitad de las especies existentes perece. Son un fenómeno cíclico y cada vez que la cuchilla pasa, un grupo diferente de individuos se ubica a la cabeza de la cadena alimenticia. Diversas estrategias de adaptación son puestas a prueba. Así han dominado alguna vez las plantas, los insectos, los peces y luego de la tétrica mortandad, le tocó el turno a los reptiles.

Hay varias teorías de por qué ocurre cada extinción, pero no quiero detenerme en ellas. En este caso la culpa la pudo tener el gigantesco meteorito que aterrizó en Wilkes, aunque el carácter global y la magnitud de la tragedia invitan a pensar en un rosario de causas.

La Tierra era entonces muy diferente. Eran los tiempos de Pangea, un inestable supercontinente que se extendía inmenso desde el ártico hasta el polo Sur. A las menos cuarto estallaban volcanes, el cielo se cargaba de tóxicos y una atmósfera densa podía frenar la intensidad del sol. El frío resultante de un planeta sometido al efecto invernadero era quizás el menor de los problemas; pero quién sabe qué podía traer alguna supernova que explotara muy cerca, amén de los meteoritos. Una lista interminable de ventanas a un mundo sencillamente inconcebible para quienes hemos habitado el atlas moderno. Lo cierto es que, luego del violento cataclismo, la vida recuperó su copiosa diversidad.

La hora de los reptiles

Los reptiles descienden de los anfibios y estos a su vez de los peces. Su historia evolutiva comienza unos 100 millones de años antes de la Gran Mortandad, durante el predominio de los insectos. Se calcula que en esa época la atmósfera tenía un 35 % de oxígeno –actualmente es del 21– lo que probablemente influyó en la enorme talla que alcanzaron animalejos como las clásicas libélulas –de más de medio metro de envergadura–. Con tales manjares revoloteando por todas partes, no es de extrañar que los reptiles se multiplicaran profusamente y a tono con su dieta, alcanzaran proporciones épicas.

Mientras los reptiles evolucionaban pertrechándose de nuevas adaptaciones, algunos fueron tan lejos que terminaron por separarse en una nueva clase de individuos: los sinápsidos. Es posible que estas criaturas tengan un origen parafilético, o sea, no partan de un sinápsido común. O puede que sí. De cualquier forma se trata de individuos, muy parecidos a los reptiles, que gozaron de ventajas competitivas –como el control de la temperatura corporal– en relación con sus lagartijoides ancestros. De los sinápsidos emergerían un día los mamíferos, pero era muy pronto para ello. Hay quienes sostienen que antes de la Gran Mortandad, los sinápsidos tenían opciones para rivalizar con los reptiles por el trono de la cadena alimenticia. Si esto fue así, el meteorito cambio el curso de la historia.

Hace 200 millones de años ya nadie se acordaba de la gran extinción. La vida fluía fértil a bordo del Jurásico. Este es un período muy popular entre los humanos, sobre todo a partir de los años noventa del siglo pasado, cuando la versión cinematográfica de Parque Jurásico –novela de Michael Crichton– rompió records de taquilla bajo el halo de Spielberg y aseguró una saga que no tiene para cuando acabar. No obstante la ficción ineludible, la franquicia Parque Jurásico consigue suficiente rigor –al menos en sus primeras entregas– representando parte de la fauna de una época donde no había dudas de que los creciditos reptiles eran los reyes de la selva.

El término “dinosaurio” se lo debemos al paleontólogo Sir Richard Owen. En 1842 combinó las palabras griegas deinos(temible) y sauros (lagarto). Su intención no era tanto taxonómica, como de respeto y reverencia ante esos fósiles que sugerían majestuosas criaturas. Hoy los científicos se han ceñido a llamar dinosaurios solo a ciertos reptiles erguidos. El superorden Dinosauria –que incluye a las aves– deja fuera a pterosaurios (reptiles voladores), ictiosaurios, plesiosaurios (los veremos más adelante) y a otros “dinosaurios” –para el común de los mortales–.

Durante el Jurásico la vida bullía en una selva que lucía colores nuevos. Nacieron las flores. Las aves también se hicieron notar por esos días, surgidas a partir de dinosaurios carnívoros que andaban en dos patas. Los tiburones, antiguos dueños y señores del mar, disputaban territorios con los pliosaurios. Este es un grupo parafilético de grandes lagartos, con cara de cocodrilo, que se extendió por todas partes. Mientras el célebre T-Rex tiranizaba a todos en tierra firme, bajo el agua los pliosaurios campearon por su respeto.

Los sinápsidos que habían sobrevivido, ahora tenían pelos. Con el Jurásico se hicieron mamíferos, pero todavía muy diferentes a los actuales. Salían de huevos. En lugar de andar vociferando por la selva optaron por atrincherarse en madrigueras y escondrijos mientras se hartaban de gusanos, insectos y otras babosidades que habían escapado de las largas lenguas de la superficie. El don de la termorregulación –que todavía solo comparten mamíferos y aves– permitió a los mamíferos asomarse a la vida nocturna. Los fríos reptiles continúan inoperantes si no toman el sol. En cambio, la noche se convirtió en aliada de los peludos.

El clima es una variable a tener en cuenta. Durante el Jurásico ni los polos eran tan fríos, ni el ecuador tan caliente como ahora. El mundo era básicamente un lugar templado y la materia orgánica aprovechó para desparramarse por todas partes. Incluso la Antártida se llenó de bosques. Ante tal abundancia de alimentos, muchos depredadores crecieron como gigantes. Es justo decir que el animal más grande que alguna vez ha existido no está entre aquellos extintos reptiles. Ese honor lo ostenta la moderna ballena azul con sus 30 metros de largo.

La supremacía exhibida por los dinosaurios del Jurásico coincide con una serie de convulsas fracturas sufridas por Pangea. La corteza terrestre se partió en pedazos. Masas de tierra muy similares a los continentes actuales, viajaban a la deriva con una velocidad promedio de 5 centímetros por año.

Las nuevas barreras significaron el aislamiento de muchas poblaciones. Catálisis de una exuberante diversidad de especies que habrían de evolucionar. Los científicos están de acuerdo en que, hace alrededor de 145 millones, el árbol de la vida entraba en un nuevo período y trazaron una línea encima del Jurásico, sin bombos ni platillos. Una línea difusa de estratos, donde se mezclan fósiles arcaicos con novedosas formas de vida. Así de simple, marcaron el comienzo del Cretáceo. Pero a pesar de la nomenclatura, todavía tendríamos dinosaurios para rato.

Los próximos ochenta millones multiplicaron los dientes de los dinosaurios. Continuaron al mando. Peces, insectos, flores nuevas. El viejo árbol de la vida siguió creciendo y echando ramas por doquier. Los continentes vagaban a empujones y a pesar de las apariencias, a los mamíferos no les iba tan mal. Es cierto que salir de las sombras era un suicidio, pero el sigilo no fue óbice para que algunos ensayaran novedosas estrategias a la hora de lidiar con el mundo. Mientras los antecesores de ornitorrincos y equidnas retocaban el ortodoxo huevo, que por millones de años fue la única cuna de los mamíferos, otros se aventuraron por un camino placentario que algún día iba a marcar la diferencia.

Hace 65 millones de años estaba por comenzar la última etapa de la desintegración de Pangea. Ya América del Sur se había separado lo suficiente de África como para que la grieta entre ellos se convirtiera en el océano Atlántico. Madagascar y la India se desgajaron de la boscosa Antártida. La primera encalló en la placa africana, pero la India continuó viaje al norte, a la inusitada velocidad de 15 cm por año.

La singular velocidad de la India pudo deberse a cierta rotación, a la izquierda, del continente africano. África se meneó y la India se impulsó. Entretanto, Australia no se animaba a alejarse de Wilkes y el ártico anunciaba la ruptura inminente de América del Norte –y Groenlandia– con Eurasia. Esto terminaría por abrir el Atlántico como una cremallera.

Era una época turbulenta. No solo se gestaba un soberano reguero de continentes, sino que además, se estaban destapando las traps del Decán: una extensa meseta ígnea, de dos mil metros de espesor, que se extiende por gran parte de la viajera India. Medio millón de kilómetros cuadrados de lava esparcida por milenios. Los chorros de azufre lanzados a la atmósfera bastaron para provocar un efecto invernadero de proporciones catastróficas.

El fin de los dinosaurios

Desde hace décadas se sabe que hace 65 millones de años ocurrió otra extinción masiva, quizás no tan estrepitosa como la anterior mortandad, pero suficientemente potente como para aniquilar el 75 % de las especies. Hay una marca en las rocas alrededor del globo, un delgado estrato donde abunda el iridio, que evidencia un horizonte de fósiles. A partir de ahí apenas se observan huellas de vida por millones de años. Es el límite K/T –K de cretáceo (en alemán Kreide) y T de Terciario (en alemán Tertiär)–. Este evento supuso el fin de los dinosaurios.

Las tantas teorías otra vez se armaron de argumentos que apoyan una combinación de causas. Los traps del Decán estaban en su apogeo, mas el borde de iridio tenía a los expertos mirando para arriba. Y es que el iridio no abunda en la corteza de la Tierra. Es común en meteoritos.

El iridio es el segundo elemento más denso –después del osmio– y el más resistente a la corrosión. La dosis terrícola de iridio tuvo mucho tiempo para migrar hacia el centro del planeta, cuando este era una pequeña bola de ardiente piedra licuada. De iridio está hecho su núcleo. Por eso lo consideramos extraterrestre. Si hay iridio accesible es porque cayó un meteorito. Con esos datos los científicos se convencieron de que hace 65 millones de años debió caer un peñasco colosal. Desde los años ochenta del siglo pasado, el mundillo de doctos en el tema se puso a escudriñar el suelo tras un cráter decoroso para cerrar el caso.

Curiosamente, años antes de que se formulara la hipótesis del impacto asociado al K/T, la compañía estatal petrolera de México (Pemex) ocultaba evidencias de que algo interesante había ocurrido en Yucatán. En los setenta llegaron a esconder la existencia de una gran masa de roca fundida a 1 300 metros de profundidad, que dibujaba un arco de 180 kilómetros de diámetro. ¡El cráter! Pero Pemex se empeñaba en no compartir los resultados de sus investigaciones.

No fue hasta los años noventa que las muestras celosamente guardadas por Pemex –me pregunto para qué– fueron analizadas por científicos ajenos a la compañía. Hoy la luz de la ciencia nos relata que el cráter en realidad tiene más de 300 kilómetros de diámetro. Una roca –se especula de unos 60 kilómetros de diámetro– impactó una zona cercana al actual pueblito de Chicxulub, en la península yucateca. Quizás tuvo que ver con el origen de los legendarios cenotes mayas. La energía liberada incineró a cualquiera que estuvo a 800 kilómetros de distancia del impacto. Incluso bajo el agua, entre el calor y la onda expansiva, el batacazo no dejó títere con cabeza en el primitivo Caribe. Que a propósito, no reconoceríamos de inmediato. Cuba no estaba por todo aquello.

En la década de los noventa (siglo XX) los astrónomos tuvieron el privilegio de observar una colisión, en “tiempo real”, entre un voluminoso cometa con Júpiter. Resulta que el cometa se fragmentó en 23 pedazos de entre 2 y 5 kilómetros de diámetro. Cada uno se precipitó a destiempo provocando una herida que desde acá remeda una vasta cicatriz en el ingente planeta. Los científicos sacaron sus cuentas y concluyeron que lo que sucedió en Chicxulub, bien pudo ser solo una parte de la historia. Es posible que la tierra recibiera una lluvia de meteoritos producto de un evento similar al observado en Júpiter, aunque lógicamente a una escala mucho menor. La hipótesis de los múltiples impactos tiene varios adeptos.

El asunto es que esa huella de iridio, de hace 65 millones de años, nos revela que la Tierra fue un infierno por un tiempo. Como había sucedido 250 millones de años atrás, un meteorito se señaló con el dedo. Se le achaca el fin de la era Mesozoica.

En este punto vale aclarar que una “era” no es cualquier cosa. Se define como el tiempo transcurrido entre extinciones masivas. Aunque las eras son cíclicas, no tienen una duración predeterminada. Nunca se sabe cuándo empezará la próxima. Hace 65 millones de años comenzó nuestra vigente era geológica. La Cenozoica. Y como siempre, el árbol de la vida retoñó con un nuevo rostro.

El Jurásico en Cuba

Los primeros compases de la era Cenozoica respiraban aires de libertad para los mamíferos. Los temibles reptiles habían desparecido de un mundo que brotaba peludo desde las madrigueras. Bajo el agua, los peces retomaron el control que por 400 millones de años habían defendido. Jóvenes aves inundaron los cielos. Y mientras todo aquello sucedía, los restos de prodigiosos seres yacían en una gruesa capa de muerte, que el tiempo sepultaba bajo los suelos del planeta.

Un planeta que todavía tenía mucho por recorrer. Recuerden que la India viajaba resuelta hacia el norte. En su camino estaba Eurasia y el esperado choque por fin sucedió. La energía generada plegó el fondo marino que se elevó hasta convertirse en la más imponente cordillera terrestre que ojos humanos han visto. Hace 55 millones de años el Himalaya trepaba hacia las nubes.

En el Caribe otro tanto sucedía, aunque con menos brío. Norteamérica empujaba hacia el Sur estrujándose contra la pequeña placa caribeña. Otra vez los sedimentos se plisaron para asomarse en las tres grandes cordilleras de la futura isla de Cuba. El borde Sur de la gran placa norteamericana emergió gradualmente desde el fondo del mar y con él, un trozo de cementerio Jurásico que había tenido millones de años para enterrarse.

Este proceso, que culminó en el nacimiento del archipiélago cubano hace unos 30 millones de años, está decentemente argumentado en la muy aceptada teoría de placas tectónicas bajo el acápite de orogénesis. Golpecitos y fricciones logran deformar la zona de contacto entre placas adyacentes, dando la apariencia de costuras si miramos desde un satélite.

Es frecuente el uso de titulares que se refieren al Jurásico cubano. Todo el mundo está de acuerdo que entre el Jurásico y Cuba hay por lo menos 30 millones de años de distancia. Sin embargo es tal la cantidad de fósiles excavados en diversas regiones de esta Isla, que todo un género fue bautizado en honor al valle de Viñales.

El vinialesaurus pertenece a los grandes plesiosaurios marinos de cuello largo que comían carne. Compartió los mares con los feroces pliosaurios, que probablemente depredaban a cualquiera que se les pusiera delante. Los ictiosaurios, tiburones prehistóricos, cocodriliformes, tortuguiformes y cualquier cantidad de ammonites atrapados en los sedimentos, consiguieron aflorar en la párvula isla de Cuba. Los ammonites son antiguos moluscos, protegidos por una concha en espiral, que existieron desde la era de los peces, hace 400 millones de años. De adultos eran tan grandes como la rueda de un camión. Pero como los otros, se extinguieron hace 65 millones de años. En el suelo cubano se encuentran todos esos bichos marinos, además de reptiles voladores y especies terrestres que probablemente fueron arrastradas a la cuenca caribeña. Una amplia gama de fósiles del Jurásico se recupera de las excavaciones arqueológicas que continuamente escrutan la isla.

Cuando se habla de paleontología en Cuba, hay que remitirse al Dr. Manuel Iturralde-Vinent. Sus trabajos han sido una importante referencia para este artículo, particularmente el Origen y Evolución del Caribe y sus Biotas Marinas y Terrestres (2004). Varios de los fósiles aquí tratados fueron hallados por su equipo y hoy se encuentran expuestos en algunos museos cubanos. Recomendación especial merece la exposición que forma parte de las atracciones del campismo Dos Hermanas, en Viñales, junto al Mural de la Prehistoria. Otras piezas de importancia complementan las colecciones de los museos de Historia Natural de la Habana y sus similares en Sancti Spiritus y Gibara.

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