Cómo la humanidad traicionó al ADN (I)

humanidad traicionó ADN

Por: Julio Rodríguez (Tomado de Cachivache Media)

Hay un animal marino –la ascidia– que en determinado momento se zampa su propio cerebro, para luego continuar sus días como si tal cosa. No es una gran pérdida, valga reconocerlo; el máximo problema intelectual, de hecho el único, al que tiene que enfrentarse durante su existencia, es encontrar una roca que le sirva de morada definitiva. Una vez que lo ha solucionado, su órgano de pensar le sobra excepto como alimento. Según la ascidia, de eso se trata vivir.

A despecho de todas las frases cursis que abundan acerca del “sentido de la vida”, el objetivo último de cualquier ser vivo –desde el punto de vista biológico– es reproducirse. Por muy aburridos que nos puedan parecer los días de una ascidia, su paso por el mundo habrá estado justificado si tuvo la oportunidad de generar descendencia. No en vano alguien afirmó que una gallina es el mecanismo que usa el huevo para fabricar otro huevo.Prosiguiendo hacia lo esencial, sirva agregar que la vida según la conocemos, es siempre alguna manifestación u otra de un solo tipo de “bicho”, que es el ADN. 

El surgimiento del ADN

Para que exista vida, según su definición más amplia, basta con que haya un pequeño objeto produciendo duplicados de sí, copias que a su vez fabriquen más copias… Y en aras de que esa vida, además, evolucione, algunas réplicas deben presentar pequeñas diferencias con sus padres. Se supone que la primera entidad capaz de hacer eso fue una molécula bastante curiosa, puesto que su reacción con determinadas sustancias de su entorno, en lugar de producir, digamos, dióxido de carbono o sulfato de calcio, producía duplicados de sí misma. ¿De qué manera pudieron aparecer en la Tierra, hace 4 mil millones de años, moléculas con esas características?

La noción más popularizada coloca el acontecimiento dentro de la famosa “sopa primigenia”, un líquido que habría invadido los antiquísimos mares, consistente en una mezcla de moléculas orgánicas surgiendo y combinándose al azar. Hace décadas solía suponerse que la incidencia de los rayos atmosféricos y solares sobre esa baba presumiblemente hedionda, fue capaz de crear una molécula autoreplicante a golpe de pura fortuna. En nuestros días, en cambio, hay más escepticismo en cuanto a esa posibilidad, de modo que se barajan teorías que involucran algún tipo de proceso autoorganizativo. El entorno donde ese evento ocurrió también es materia de discusión. Pudo ser a la orilla del mar o en fuentes hidrotermales en las profundidades oceánicas. Hipótesis alternativas sugieren algún sitio radioactivo rico en uranio, e incluso lugares ubicados a varios kilómetros bajo tierra. Tampoco se descarta que tales entidades hayan arribado desde el cosmos en cometas o en meteoritos. Por desgracia, lo más seguro en todo esto es que no sabemos cómo surgió la vida.

En cualquier caso, parece cierto que existió una primera molécula autoreplicadora –y entiéndase que tal vez no se tratara de un grupo de moléculas, sino de una solita– aparecida en un único y glorioso instante cuya fecha, de conocerse, debería ser feriada para cada uno de los seres vivos pues marca el surgimiento de la vida actual y del primer antepasado común de todos nosotros. Una vez que este súper Adán se puso en marcha, enseguida hubo un montón de lo mismo. Al instante fueron 2, luego 4, 8, 16, 32, y ya al día siguiente debieron ser miles de millones de copias –no necesariamente idénticas– colonizando con premura el espacio disponible.

Luego de tanto frenesí multiplicador fue inevitable llegar al punto en que los ingredientes para engendrar más copias menguaran, y ahí traspasamos otro jalón histórico, el que marca el comienzo del “hambre” y el inicio de la más prolongada de las contiendas, la lucha por la reproducción. Es el debut de la etapa dura del proceso darwinista. Los tipos de copias superiores en el oficio de generar más copias prevalecieron, incluso mediante la violencia: algunas clases de moléculas replicantes debieron “descubrir” el truco de atacar químicamente a otras, destruyéndolas para usar sus restos como materia prima en la fabricación de duplicados. Así dio inicio la carrera armamentista biológica, y esos fueron los primeros depredadores. Frente a tal panorama se hizo aconsejable protegerse, por lo que algunas replicadoras tuvieron a bien sustituir su desnudez por un escudo de sustancias químicas, convirtiéndose en precursoras de las células actuales.

Para que el hijo de una autoreplicante revestida de ese modo sea viable, dicha molécula no puede limitarse a fabricar simples copias de sí, sino que debe producir sus clones envueltos en moradas similares a la suya. Los descendientes de una célula son, por tanto, células, lo cual da cuenta de la firme voluntad de las protagonistas de este relato, de no andar nunca más desguarnecidas en un ambiente que ellas mismas han tornado tan peligroso. Por lo menos casi todas las replicadoras que no adoptaron esa precaución quedaron en el camino.

Como primera entidad autoreplicante se han propuesto varias candidatas, siendo la más popular la molécula de ácido ribonucleico (ARN); aunque esta pudiera provenir de replicadoras más simples. Sea cual sea la molécula “viva” original, quién sabe durante cuánto tiempo sus descendientes hubieron de evolucionar enfrentándose entre ellos, hasta que al fin terminó emergiendo una indiscutible vencedora: la molécula de ácido desoxirribonucleico (ADN).

La dictadura de los genes

La molécula de ADN no es la única autoreplicante que ha llegado hasta nuestros días. Ese mérito lo comparte con la que –según acabamos de ver– pudo ser su antecesora, el ARN. En efecto, en ARN están basados determinados virus, además de todos los viroides, virusoides, y quién quita que alguna otra cosa muy pequeña que ande multiplicándose por ahí. Sin embargo, de acuerdo con una definición más aceptada y restrictiva de la vida, para estar vivo no basta con autoreplicarse o reproducirse, sino que se debe, además, poseer células y efectuar metabolismo. Todas las entidades conocidas que cumplen con estas últimas exigencias, sí están basadas en ADN.

El aumento de la complejidad biológica ha transitado por varios hitos. Primero fue el reinado de los organismos unicelulares, que a la postre descubrieron la fotosíntesis: con ayuda de la luz descomponían el agua en hidrógeno y oxígeno, y mientras utilizaban el primero, el segundo iba a parar a la atmósfera. Solo a eso se dedicó la vida durante la mitad de su existencia, al cabo de lo cual la atmósfera quedó tan oxigenada como para permitir el siguiente salto tecnológico: criaturas que aprovechaban el oxígeno. Tiempo después –no se sabe cómo ni para qué, aunque tampoco nadie se ha quejado de ello–aparece la reproducción sexual. Según puede apreciarse, la fiesta comenzó temprano pues todavía estamos hablando de entidades microscópicas. El próximo paso fue precisamente la construcción de seres observables a simple vista, organismos pluricelulares compuestos por diversos tipos de células, en los que cada célula porta en su núcleo una molécula replicadora idéntica. Con posterioridad, algunas ramas de la vida desarrollaron un sistema nervioso que a la larga sería coronado con un cerebro. Todo esto es a grandes rasgos, porque en realidad pasaron un montón de cosas más. Cuando estos paulatinos cambios suceden, muchas veces no afectan a todos los organismos de una especie sino solo a un grupo, por lo que se generan bifurcaciones. Los peces, anfibios, reptiles y mamíferos actuales, descendemos de manera muy lejana de las bacterias procariotas, lo cual no impide que todavía existan bacterias procariotas que llevan siéndolo, de generación en generación, hace miles de millones de años. Eso sí es estar adaptados; nosotros todavía estamos a prueba.

Con respecto a la reproducción sexual debe aclararse que al principio no se hacía como suele hacerse ahora. Para empezar no había dos sexos, sino que todas las bacterias involucradas poseían igual género, lo cual es lo mismo que decir que no tenían ninguno. En algunas ocasiones cualquiera de las células podía ejercer de parte activa, por así decirlo, mientras que en otras le tocaba el rol pasivo. Solo Dios sabe cómo se lo rifaban. A esa modalidad se le llama “isogamia”: fecundación entre gametos similares (el pensador Oscar Enrique Mendía Veliz ha sugerido, medio en broma y medio en serio, que la primera reproducción sexual fue homosexual). Poco a poco las especies fueron evolucionando, y hacia el interior de cada especie, determinadas líneas de individuos lo hicieron en la dirección de ir reduciendo el tamaño de sus gametos, mientras otras líneas los iban agrandando. Aquellos primeros gametos terminarían siendo los espermatozoides, y estos segundos los óvulos. Lo de ser macho o ser hembra es, por tanto, todo lo que se ha estructurado alrededor de la circunstancia de poseer células sexuales muy chiquitas o muy grandes.

Toda esa retahíla de bifurcaciones y sofisticaciones biológicas han ocurrido como resultado de la aplicación del método de prueba y error en favor del ADN. Se afirma, con razón, que tal molécula funciona como un plano o manual de instrucciones del organismo. En aquellos tiempos en que la replicadora iba desnuda, sus órdenes indicaban una sola cosa: cómo fabricar copias suyas. Más adelante, cuando “decidió” escudarse con una célula, el algoritmo tuvo que añadir instrucciones de cómo duplicar y hacer funcionar dicha célula. En la actualidad las moléculas de ADN pueden no estar arropadas ni con una célula ni con dos, sino ir revestidas de –pongamos– todo un animal ¿Ha cambiado el objetivo último? En lo absoluto; las replicadoras siguen haciendo honor a su nombre, y para lograrlo continúan multiplicándose con toda su indumentaria, aunque ahora se trate de una ballena entera.

A los efectos de comenzar a entender el formato en que guarda la información el ADN, puede asumirse que esta molécula consiste en una larga cadena de “nucleótidos” en la cual cada uno de ellos es un “bit” que adopta uno de cuatro valores: A, T, C y G. Cada tres bits se completa un “codón”, que sería el byte. Un valor de ese byte se interpreta como la orden de producir este o aquel “aminoácido”, y de aminoácidos están compuestas las proteínas. Tal es la manera más comprendida de traducir de ADN a proteínas, aunque el asunto es endemoniadamente más complicado y enigmático. Sea como sea, nuestra molécula funciona como un programa que se manifiesta supervisando la producción de proteínas, sin dejar de cumplir su consabida labor de duplicarse, de vez en cuando, junto con la célula que la contiene. La ejecución de este par de tareas a nivel celular, es la intrincada vía mediante la cual la pertinaz replicadora comanda el desarrollo y comportamiento de todo ser vivo.

Siguiendo con el tema del comportamiento, en el ADN residen los algoritmos que conciernen a la creación y proceder de las células nerviosas, con lo cual los genes deciden en gran medida cómo será el hardware y el software en las especies que poseen cerebro. Esta capacidad de fábrica deberá involucrar, además, “programación de redes” en el caso de los animales sociales. La sociabilidad junto a la capacidad de aprender son requisitos necesarios para la existencia de cultura, entendida como la transmisión de comportamientos entre individuos o mejor aún, entre generaciones. Dentro de las especies culturales están ciertas aves cantoras como los gorriones; algunos peces y ratas; cetáceos como las orcas, ballenas jorobadas y delfines nariz de botella; sin dejar de contar, por supuesto, al selecto club de la neurona intranquila de los animales primates, entre los que se encuentran los macacos, orangutanes, bonobos y chimpancés. Estos últimos son capaces de inventar y transmitir culturalmente herramientas que han llegado a incluir, me ruboriza mencionarlo, consoladores.

Si tomamos por ejemplo al “rey de la selva”, su genética le ha conferido un par de ventajas: el aprendizaje y la sociabilidad, más quizás la capacidad de adquirir algo de cultura. Puesto en el trance de atacar, pongamos, a un ciervo, el ADN de cada león actuará en coordinación con los ADNs de los demás felinos de su misma pandilla. Al comienzo “la molécula” debe lograr que las fieras estén a la expectativa buscando la víctima potencial. Luego debe colocar a los victimarios en una posición con respecto al viento que impida que el olor alerte a la presa. Más tarde hará que los músculos se tensen a la espera del instante apropiado para saltar, etc. Ese despliegue de tecnología computacional, unido a las cualidades puramente físicas con las que el genoma ha dotado a los leones, son el tipo de cosas que hacen que en ese momento uno no quiera ser el ciervo.

¿Y para qué las moléculas replicadoras se toman tantas molestias? ¿Acaso les conmueve el hambre del pobre felino? En lo absoluto. Se trata de garantizar las condiciones que permitan al replicador, de vez en cuando, reproducir a todo el león, la cual no es más que la ingeniosa vía encontrada por la diminuta entidad para realizar más copias de sí misma. Con suerte esta aspiración la satisface procurando la supervivencia del organismo en cuestión, mas cuando convenga ponerle en peligro o incluso matarlo, lo hará con fría tranquilidad. El alabado amor de madre –ese en aras del cual la hembra arriesga su vida por defender a su prole– es solo una manifestación del interés del ADN del individuo adulto por proteger a los duplicados de sus genes que hay en cada célula de sus cachorros. Los altruismos animales, que los hay, son en último término diversas expresiones del egoísmo genético. Por mucho que no sea consciente de ello, ningún ser vivo tiene otra agenda que la de entregarse en cuerpo y alma al servicio de su replicadora, o más exactamente, al servicio del bando de moléculas replicadoras de un solo tipo que lo controla desde sus células.

Quizás un resultado de nuestro antropocentrismo sea la manera en que nos intriga el ADN “inservible”. Se supone que gran parte del ADN de cualquier especie no cumple ningún papel: “No codifican para ninguna proteína”, dicen los biólogos acerca de algunas de estas porciones a las que, por demás, otorgan el cariñoso mote de “ADN basura”. ¿Por qué nuestro manual de instrucciones contiene inmensos trozos que no nos aportan nada? Por una parte es difícil valorar en qué medida realmente determinado fragmento aporta algo, puesto que todavía no se comprende del todo el funcionamiento del ADN. Pero por la otra, tal vez la incógnita pierde peso si modificamos la perspectiva: que hayan tramos de las moléculas replicadoras que no nos ayudan, no debiera ser mayor misterio si partimos de que dichas moléculas no están para servirnos a nosotros sino viceversa. El ADN no forma parte del organismo, el organismo es parte del ADN. Lo misterioso en realidad sería la presencia de “especies basuras”, tipos de seres vivos que no contribuyeran a replicar sus genes. Tales quimeras, claro está, no existen.

Cuentan que cuando los Beatles no eran nadie, su “descubridor” Brian Epstein le expresó a John Lennon “yo los haré famosos a ustedes”, a lo cual este ripostó “no, nosotros te vamos a hacer famoso a ti”. En el contexto de la selección natural, es bastante obvio quién hace famoso a quién. Así sea que el ciervo consiga escapar del león, como que el león se coma al ciervo, prevalece el ADN y todo queda en familia. ¿Se extinguen los dinosaurios y proliferan los mamíferos? Da igual. Al estilo de esos magnates que en las elecciones norteamericanas donan dinero a republicanos y a demócratas, la llamada “espiral inmortal” jamás pierde y desde luego, nunca desaparece. Richard Dawkins lo ilustra al definir a los diferentes organismos como “máquinas de supervivencia” del ADN. En El gen egoísta asegura “Hay muchas maneras de prosperar en el mundo y los replicadores han construido una vasta gama de máquinas para prosperar explotándolas. Un mono es una máquina que preserva a los genes en las copas de los árboles, un pez es una máquina que preserva a los genes en el agua; incluso existe un pequeño gusano que preserva a los genes en la cerveza”.

Todo esto fue muy cierto durante, quizás, 4 mil millones de años, que es poco menos que un tercio de la edad del universo. Sin embargo hace, a lo sumo, 200 mil años que apareció en nuestro planeta una especie que pondría en entredicho lo antes afirmado. Sobra decir que estamos hablando del sospechoso habitual, el homo sapiens.

Introducción al “antropocéntricus”

Una característica básica del pensamiento de este mamífero es el antes mencionado antropocentrismo, la circunstancia de que su razonamiento y su percepción estén siempre contaminados por la perspectiva humana. Esto en sí no es nada del otro mundo, ya que los perros seguramente son perrocéntricos, los cerdos cerdocéntricos, etc.; aunque por supuesto, en el caso del hombre el asunto adquiere ribetes singulares, entre ellos la vanidad.

La idea antropocéntrica más conocida y desacreditada en nuestros días, es esa según la cual el centro del cosmos es la Tierra ya que allí se encuentra el hombre. Otras nociones de la misma índole, aunque más sutiles, prevalecen en nuestras mentes. Entre ellas la creencia de que esos fenómenos que causaron la creación de esta maravilla que somos nosotros, han de poseer algún motivo o sentido “elevado”. Me estoy refiriendo al surgimiento del universo, al origen y evolución de la vida, así como a la aparición de la conciencia, la moral y la cultura humana. Es en gran medida nuestra egolatría, lo que nos hace tan difícil admitir que tales eventos pudieran deberse a mundanos acontecimientos físicos, y que acaso la vida no tenga otro fin que el de producir más vida. ¿Más vida para qué? Para nada.

El rechazo a esta última posibilidad no solo es mental, sino que como veremos, ha tomado la forma de una rebelión relativamente triunfante del homo sapiens contra el sentido biológico de la existencia, y en añadidura contra el ancestral imperio del ADN.

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