El arte de la conquista

1-aWZZVHRkkzjTBn3RVNdl5Q

Por: Vale V. Villasuso (Tomado de Cachivache Media)

Aparte de nosotros, los neandertales son los homínidos más famosos en el acervo popular. Corría el 1829 cuando se hallaron sus primeros fósiles, aunque tendrían que transcurrir unos cuantos años para que la gente tuviera una idea, más o menos inteligente, de qué significaban.

La historia de la ciencia se remonta a los antiguos griegos. Nombres como Pitágoras o Euclides pueden resultar familiares en el campo de las Matemáticas. Estamos hablando de veinte y pico de siglos atrás. En 1685 la Física experimentó una auténtica revolución de la mano de Newton y su apabullante ley de gravitación universal. En 1809, veinte años antes del accidente que desenterró los primeros fósiles neandertales, el genio de Gauss andaba calculando órbitas planetarias mientras ocupaba el cargo de director del observatorio de Gotinga en Alemania. El común en esos trechos, dentro de las llamadas “ciencias exactas”, cabalgó durante siglos sobre la aplicación de procedimientos verificables, reproducibles, abiertos a la polémica y englobados en esa distinción que se conoce como método científico.

Sin embargo, el campo de estudio que se ocupa del origen de nosotros, de las plantas, de los animales y etcéteras tales, permanecía encerrado, en pleno siglo XIX, dentro de ciertas escrituras sagradas –a veces ni tanto– según lo que te decían en el templo de turno. Entre los abanderados de la Biblia por ejemplo, se comenta de un dios que creó a todas las especies y que estas se han mantenido inalterables durante toda su existencia. Se menciona además un diluvio.

El mismísimo Linneo formalizó una hipótesis de la Creación que impartía en la célebre universidad de Uppsala. De manera que no es de extrañar que el Dr. Schmerling, a quien algunos atribuyen la paternidad de la paleontología, lo más que pudo decir sobre esos huesos que alegó haber encontrado, es que correspondían a una limitada civilización de primitivos ¿humanos? que vivieron épocas antediluvianas y se extinguieron en la gran inundación.

El magno diluvio es un tema recurrente en muchas de las culturas que preservan rastros ancestrales de conocimiento, envuelto en creativos mitos. Antiguas leyendas mesopotámicas –que se sospecha influyeron en el Génesis que recoge la Biblia– aluden a copiosas riadas que protagonizaron los albores de los tiempos. En la India, las milenarias escrituras védicas narran historias similares y otro tanto sucede en China. Incluso en la América precolombina existen múltiples referencias a episodios diluvianos.

Por eso cuando las investigaciones del geólogo Louis Agassiz, publicadas en 1837, apuntaban que la Tierra transitó por una era glacial en el pasado, todo parecía encajar. Los fósiles de especies extintas –como neandertales, dinosaurios y mamuts– bien pudieron haberse ahogado en masa durante la descongelación. Ese diluvio del que se hablaba en todas partes tenía ahora una explicación que salía de las universidades. Ciencia y religión parecían converger en una sola verdad. Hasta que Darwin entró en escena poniéndolo todo de cabeza.

El Hombre de Neandertal

Los fósiles neandertales descubiertos en 1829 tenían tal grado de fragmentación, que fueron ignorados por mucho tiempo. El segundo hallazgo sucedió en 1848 y como referí en El Bicho Humano, el extraño cráneo también fue engavetado por poner en aprietos las rígidas concepciones de la época sobre nuestro origen. Tuvimos que esperar por un tercer manojo de huesos –recuperados en 1856- para que se acuñara, ocho años más tarde, la especie Homo neanderthalensis. Desde entonces se han excavado múltiples yacimientos que nos han permitido dibujar una aproximación de aquellos seres, no exenta de arduas polémicas.

Eurasia fue colonizada por homínidos, hace alrededor de 2 millones de años, que gradualmente establecieron colonias dispersas por todo el continente y con el tiempo evolucionaron en linajes diferentes. Uno de estos linajes condujo a los neandertales hace 230 mil años. Año más, año menos.

Por sus huesos descubrimos que eran individuos robustos, de cabeza y boca grande, sin mentón. Coronando prominentes arcos superciliares, la huidiza frente se escurre sin dejar mucho espacio a los lóbulos frontales del cerebro. Esta es una zona muy importante, denominada a veces cerebro ejecutivo. Ahí reverbera mucho de la moderna conducta humana. Los neandertales quizás no eran muy espirituales, pero eran musculosos y fuertes.

La reconstrucción realizada a partir del esqueleto neandertal más completo encontrado –vivió hace unos 70 mil años en Europa– se exhibe en un museo y “revive” la figura de un hombre de piel blanca y pelo rojo. Con un jean y un pulóver pasaría inadvertido en un concierto de rock. A propósito, fueron ellos quienes inventaron la ropa.

Los neandertales se aglutinaban en clanes familiares acompañados del fuego. Cavernas repletas de hogueras sucesivas, en estratos que abarcan un sinnúmero de generaciones, dan fe de que sus sociedades debieron apoyarse en algún tipo de lenguaje. Junto a las llamas se sentían protegidos del denso frío nocturno y el acechante león cavernario. Si tenían suerte, engullían un buen trozo de mamut asado.

Decía que los neandertales no eran muy espirituales. Decorar les era desconocido –hay excepciones muy aisladas–. Sin embargo practicaban rituales funerarios y se especula que algunas familias profesaron una suerte de culto al oso cavernario. En una cueva de Francia se han descubierto cavidades, deliberadamente trabajadas en la roca, que contenían huesos y cráneos de estos úrsidos simbólicamente alineados.

Cuando los neandertales ya tenían recorridos más de 100 mil años de agreste deambular, se propusieron cambiar el curso de la industria lítica. Hasta entonces la tecnología más avanzada que lucían los terrícolas se escondía detrás de toscas piedras que a trastazos habían adquirido la capacidad de cortar, empuñadas ergonómicamente por sus orondos creadores. Dicho así, los neandertales no parece que hayan aportado gran cosa. Sus herramientas eran más de lo mismo, aunque las estrategias que emplearon para extraer delgadas lascas de piedra de las rocas denotan que en ellos se estaba gestando del don de la planificación.

En los años ochenta del pasado siglo fue descubierto un asentamiento en una cueva siberiana que contenía utensilios similares a los utilizados por el hombre de neandertal, además de algunos huesos. Su datación estimó que pulularon la zona por decenas de milenios, hasta hace 40 o 50 mil años. Lógicamente los arqueólogos pensaron que se trataba de neandertales. Pero no era así. En el año 2010 fue anunciado un descubrimiento que añadía un nuevo elemento al rompecabezas de la evolución.

Resulta que de uno de los huesos se logró recuperar material genético y el análisis de su secuencia reveló que se trata de una especie diferente de H. neanderthalensis. Una especie que por el momento no tiene resuelto el papeleo sobre su clasificación taxonómica. Algún día se le otorgará un nombre latinizado a la manera de Linneo. Por lo pronto estos habitantes de la caverna de Denisova han sido bautizados como denisovanos.

Sucede que los neandertales no estaban solos en Eurasia. Además de denisovanos allí habitaban H. erectus, H. heidelbergensis y otros por el estilo. Vale aclarar que para este artículo no es menester saber de ellos a fondo. El punto es que entre esos personajes, exóticos entre sí, existían relaciones que en algunos casos reflejaron una sorprendente intimidad. Nos consta que neandertales y denisovanos mezclaron sus genes.

El primer éxodo de los sapiens

En mi artículo anterior hacía referencia a que H. sapiens nació en África hace unos 200 mil años. Le dediqué un aparte a los bosquimanos y aludí a dos grandes oleadas de emigrantes que dejaron atrás los confines de su natal continente.

Las primeras migraciones humanas ocurrieron hace unos 100 mil años. A través del Mar Rojo los sapiens bordearon Arabia, la India y el resto del Asia que se extendía mucho más al sur. El nivel del mar se ubicaba por lo menos 120 metros más abajo que ahora. Se podía caminar prácticamente hasta Australia a través de un clima, por demás, agradable.

El sentido común me susurra que los encuentros entre H. sapiens y los nativos con quienes tropezaron, suscitaron hostilidades recíprocas. Pese a ello, la genética del siglo XXI nos revela que por esas fechas los sapiens mantuvieron relaciones sexuales tanto con neandertales, como con denisovanos. Lamentablemente solo se conocen datos moleculares de estas tres especies, entre todos los homínidos que habitaron esos lares, pero es probable que ninguno de ellos haya sido demasiado melindroso a la hora de aparearse con equis anatomía.

Se ha propuesto una teoría –de la catástrofe de Toba– protagonizada por un supervolcán que estalló hace 75 mil años en Indonesia, para explicar la aniquilación masiva de aquellos humanos que se internaron en Asia. Un crudo invierno volcánico asoló al planeta y muchos no hicieron el cuento. Los neandertales resistieron, tal vez porque estaban acostumbrados al frío. Curiosamente tampoco se extinguieron H. heidelbergensis, H. erectus ni denisovanos. En cambio los humanos fueron borrados de esa parte del mapa. ¿Por culpa del volcán? Se me ocurre que, además, la invasión que pretendió nuestra especie generó escaramuzas donde los sapiens llevaron las de perder.

La revolución intelectual de Blombos

Todos los humanos que existen en la actualidad se consideran modernos, incluidos los bosquimanos –que menciono porque representan la estirpe más antigua entre los sapiens que sobrevivieron para poblar el mundo–. No obstante existe una línea imaginaria, que se le escapa al sistema latinizado de Linneo, para clasificar a los humanos en arcaicos y modernos.

Desde el punto de vista anatómico tal distinción no resulta un gran problema. Hace 150 mil años H. sapiens idaltu paseaba por Etiopía no muy lejos de los sapiens a secas. Sus rasgos nos recuerdan a H. erectus y justamente por eso se apellidan “idaltu”, que se traduce como “anciano” en amárico.

Empero, la modernidad de los humanos se asocia al resultado de una evolución conductual, que trasciende las características físicas –incluso genéticas– de H. sapiens. Esto quiere decir que tal vez nos cueste reconocer a los primeros sapiens como iguales. Y ahora me refiero a aquellos que existieron mucho antes de los bosquimanos. Humanos que aunque no tendríamos objeciones moleculares para procrear con ellos, carecen de varias aptitudes que nos separan del resto de los animales, como por ejemplo, el arte.

El arte es un buen punto de partida para distinguir a los humanos en arcaicos y modernos. H. sapiens no estuvo dotado de esa capacidad de abstracción que le hubiera permitido disfrutar atardeceres desde el primer día de su existencia. Necesitó de muchos milenios para ataviarse con tintes y gangarrias. Tocar la flauta, literalmente hablando, es cosa del otro día.

En la cueva de Blombos, Sudáfrica, se han encontrado evidencias de asentamientos que están reescribiendo la historia de la humanidad. Excavaciones en curso continúan descubriendo restos de poblaciones aledañas culturalmente relacionadas. Allí vivieron humanos desde hace 140 mil años y durante mucho tiempo se comportaron como todos los homínidos de esa época: arcaicos hasta el tuétano –y reduzcamos esta aseveración a una absoluta ausencia de arte–. Sin embargo, en la época del ya mencionado volcán de Sumatra, en el extremo sur de África se gestó una revolución intelectual.

Cuando nadie pescaba, los de Blombos y sus alrededores incluían mariscos en su dieta. Mientras por millones de años en todas partes la producción de herramientas se basaba en la piedra, allí la industria lítica no solo se combinaba con huesos y conchas, sino que el acabado de los instrumentos sugiere cierto orgullo entre los creadores. Horas extras de manufactura trascendieron el fin utilitario para dotar las obras de visos artísticos, aunque este solo se evidencie en el preciosismo vertido en los productos terminados.

La elaboración de instrumentos históricamente había perseguido interés práctico. Adornar no era siquiera concebido. El pensamiento simbólico le era ajeno a todos los homínidos, incluidos los humanos que se habían lanzado a la conquista del mundo durante el primer éxodo. Ni hablar de neandertales y concomitantes. De pronto, un nativo de Blombos tuvo la curiosa idea de grabar en una piedra un puñado de líneas. “¿WTF?”, dijo el de al lado.

El uso de tintes llegó a ser habitual entre esa gente, por lo menos en objetos de discutido uso ritual. Tal vez pintaban sus cuerpos de los que colgaban collares y brazaletes de conchas horadadas. Ellos miraban el mundo desde una perspectiva inédita. Su cultura nos recuerda la esencia espiritual de nuestra humanidad. Parecían humanos modernos.

Para explicar por qué los de Blombos se perfilaban a la cabeza de la intelectualidad paleolítica de la época, se han propuesto un par de hipótesis. Para algunos estos personajes atesoraban un gen gracias al cual podía esperarse un grado cualitativamente superior de sus capacidades cognitivas, mientras que para otros, la prosperidad de los humanos de Sudáfrica significó un aumento de la población y eso era todo lo que necesitaban.

Lo cierto es que lo habitual en los homínidos era procurase ventajas en pequeños clanes gregarios dominados por la caza y la recolección, donde no había muchas posibilidades de aprender del prójimo –porque simplemente los prójimos no eran tantos–. No es difícil imaginar que el nomadismo es incompatible con poblaciones numerosas. Es un modo frugal de supervivencia sometido al camino que traza el líder. De cuando en cuando, un ente alfa reclamará el derecho de seguir por su cuenta junto a algunos fieles y la manada se escindirá para alivio de todos. Si aparece comida, tocan a más. Una cuenta natural que sacan los errantes.

Como sucede en la actualidad, hace 140 mil años el planeta experimentó un calentamiento global que fue particularmente seco para los africanos. Diversos clanes deben haber trotado varias veces cerca de Blombos detrás de la comida, aquello era agotador. Entonces algún hambriento se dio un chapuzón en la cercana costa y antes de continuar persiguiendo gacelas tuvo a bien resolver una duda: “¿Qué tal sabrán los peces?”. Es probable que no haya conseguido atrapar ninguno, aunque en las bajas aguas de la zona, con esfuerzo de equipo no resulta imposible llevarse buenas presas a mano limpia. Con el tiempo lo hicieron. Pero por el momento, unos caracolitos –que todavía abundan por allí– resultaron divinos para paliar las penas.

Así, un puñado de humanos quedó atrapado por la novedosa dieta. No les fue mal, razón de más para establecerse. Con los años llegaron a convivir muchos congéneres y al cabo de milenarias generaciones, diversas comunidades que habitaron territorios diferenciados, forjaron un pueblo que estrenó las primeras relaciones comerciales de este mundo. Los cerebros de esa gente se vieron forzados a lidiar con un cúmulo de relaciones sociales in crescendo,pero al fin y al cabo, se trataba de cerebros humanos. Adaptarse a vivir en sociedades complejas estuvo siempre en nuestros genes.

Hace 70 mil años la gente de Blombos desapareció. La ausencia de fósiles a partir de esa época es uno de los grandes misterios de la arqueología. Sin embargo la continuidad de la cultura que allí se gestó se percibe, 30 o 40 mil años después, en la lejana Europa.

La conquista de nuestra humanidad

El vasto continente asiático no había cambiado mucho desde que aquellas primeras hordas humanas intentaron instalarse –hace 100 mil años– allende el Mar Rojo. Recordar que fueron exterminados, sea por el fatídico volcán o a manos de los nativos –yo me inclino por ambas–.

Si la hipótesis del gen de los habitantes de Blombos fuera cierta, el segundo éxodo de africanos que hace 70 mil años cruzó el Mar Rojo, tendría que haber incluido a esos privilegiados sudafricanos. Sabemos que entre ellos estaban los progenitores de todos los sapiens no africanos que componen la diversa humanidad de nuestros días ¿Pero dónde se metieron por 30 mil años? No los vemos comiendo pescado, ni utilizando huesos en sus creaciones asiáticas. No dejaron ni un arete y mucho menos garabatearon cosas por allá. Por supuesto queda mucho por desenterrar, pero el consenso actual es que los humanos que partieron hacia el resto del mundo, salieron de África tan arcaicos como los anteriores.

En Asia los estaban esperando los mismos nativos de antaño. Las escaramuzas alternaron con lascivia y los genes humanos se volvieron a mezclar con neandertales y denisovanos. Insisto en que la ausencia de datos sobre otros homínidos, obnubila el alcance de nuestra paleolítica lujuria.

Por lo menos un 20% del genoma neandertal sobrevive entre los sapiens no africanos, diluidos en una proporción de entre el 1 y el 5% per cápita. Es lo que va quedando, pero si retrocedemos hasta El hombre de Ust´- Ishim, un tipo que vivió en la Siberia hace unos 45 mil años, nos enteramos de que ese señor ostentaba más del 20 % de genoma neandertal.

La contribución genética de los de Denisova es aún mayor –hasta un 6 % permanece– y se observa principalmente entre los melanesios de Oceanía y los aborígenes de Australia. Una ruta que gozó de popularidad entre los que emigraban de África.

Sabemos que a partir de la catástrofe de Toba los neandertales constituían sociedades que tendían a concentrar sus colonias hacia Europa, imponiendo desarrollo a sus territorios. El resto de los homínidos no humanos vivía el tercer mundo del paleolítico, relegados a regiones que ¿casualmente? constituyeron los destinos inmediatos de esa segunda oleada de sapientes conquistadores.

Hace 40 mil años ya los nuestros eran dueños de Asia, Oceanía y la distante Australia. En el ínterin, hasta en modernos se estaban transformando. Las duras condiciones de la travesía y enemigos comunes quizás influyeron en el beneficio de alianzas, que como en Blombos, representaron relaciones sociales entre cientos de individuos. Tuvieron tanta gente de la que aprender, que terminaron haciéndolo.

A las puertas de Europa, el arte había nacido definitivamente. Ya no eran garabatos aislados, sino imágenes estilizadas que la floreciente creatividad humana necesitaba estampar en las paredes de cuevas, ya sea talladas en marfil o esculpidas en piedra. El progreso se contaba en años, no en siglos o milenios como hasta entonces. Un buen día los sapiens inventaron la cerámica, otro domesticaron al lobo, que se convertiría en un inseparable aliado. El arco y la flecha incrementaron el alcance letal de los humanos. Y para colmo, nos reproducíamos a un ritmo mayor que los neandertales. La suerte estaba echada.

Hace 28 mil años un triste pelirrojo dejó de respirar. Se cerraba un telón y otra historia estaba por comenzar. Civilizarnos era cuestión de tiempo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *