Imías: vivir al compás del Paquete

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Por: Ania Terrero (Tomado de Cachivache Media)

Imías, el pueblo, tiene siete cuadras de largo por tres de ancho; un río seco y un puente para cruzarlo; el único centro recreativo en demasiados kilómetros a la redonda; una estación de policías; un banco con una alarma que suena cuatro veces al día y a la que no hacen caso porque allí nadie roba; un policlínico; una sorprendente emisora de radio; dos tiendas una al lado de la otra; una terminal y un par de servicios más. De no llamarse Imías, bien podrían decirle Casi. Está casi llegando a Maisí. Es casi una comunidad urbana. Tiene casi cinco mil habitantes. Cualquiera diría que en Imías no hay casi nada, ni siquiera lluvia. Sin embargo, dos veces por semana, el Paquete llega con puntualidad extranjera a las manos de sus más de diez distribuidores. Rectifiquemos: no llega, Chicho lo sale a buscar. Pero empecemos por el principio.

Con apenas dos días que llevamos en Imías ya estamos bastante seguros de que apenas hay negocios privados por acá; nadie alquila, no hay gimnasios ni salones de belleza, ni siquiera hay restaurantes particulares. Parece otra isla dentro de la Isla. Pero a pesar del desolado panorama emprendedor, en plena carretera –porque por Imías pasa la Carretera Central y eso es un orgullo– un cartel anuncia: JaviCopia, y te graba series, novelas, música, películas… Lo que tú necesites, acabado de salir del Paquete.

En mi intento por localizar al tal Javi para una entrevista, un periodista de la emisora me hace otra propuesta. “¿Tú quieres saber del Paquete en Imías? No entrevistes a JaviCopia, ese es uno más. Te voy a llevar con el primero que hizo eso aquí. Chicho es el que trajo el Paquete a este pueblo y el que lo organiza. Todavía es el que más variedad tiene y el que abastece a los demás”.

Entrevistemos a Chicho, pues. Para llegar a su casa tenemos que dar una vuelta rara: atravesar un pasillo por el que acaban de tirar cemento, salir a un patio interior al que dan varias casas y meternos por otro trillo. Cuando empiezo a preguntarme si realmente las personas van hasta allí a copiar, mi guía señala una puerta y entramos. En la sala hay casi diez personas haciendo cola. “Y eso que es martes, el último día del ciclo. Si vienes un miércoles o un sábado que es el día que está fresquito, acabado de traer de Guantánamo, no puedes entrar”, me dice el periodista.

Pasamos. Creo que alguien me mira con mala cara; pensará que me voy a colar. Atravesamos la casa y en uno de los cuartos, al lado de la cama, está sentado Chicho, frente a un monitor que de tan moderno y grande parece fuera de lugar. Juega uno de esos videojuegos de estrategia y combate mientras espera que una copia termine. El cliente aguarda en la sala, donde alguien cobra, anota el pedido, recoge y entrega la memoria. Así una y otra vez.

Chicho se vira, me mira de arriba abajo con los ojos entrecerrados, como evaluándome. Evidentemente ya mi amigo periodista le contó que lo quiero entrevistar. “Así que tú eres la periodista de La Habana. Estás en el lugar equivocado. Si tú quieres saber del Paquete tienes que preguntar donde lo hacen, en tu capital” (en un par de días ya me he acostumbrado al tonito despectivo casi implícito); “aquí apenas lo repartimos.” Le explico que todavía estudio y me interesa entender cómo se comporta el fenómeno del Paquete en un pueblo tan pequeño y alejado. Sonríe; creo que pasé algún tipo de prueba.

La historia de Chicho: el enlace

En 2005, Chicho se graduó de Economía en la Universidad de Oriente. Aunque muchos se sorprendieron, después de cinco años viviendo en Santiago de Cuba regresó a trabajar a Imías y lo ubicaron en la dirección municipal de Materias Primas. Allí estuvo hasta que apareció un negocio mejor.

“Desde que estaba en la Universidad me preguntaba de qué forma la gente accedía a toda esa información, tantas películas, novelas y series actualizadas. Cuando aquello, ni se llamaba Paquete ni era tan popular, pero ya la gente estaba en el “copia copia”. En la medida que fui aprendiendo sobre ese canal para los contenidos, entendí que podía ser un buen negocio, sobre todo en Imías. Pero tuve que esperar a hacerme de tecnología poco a poco para poder empezar”.

Una mañana, hace unos cinco años, Chicho se levantó temprano y salió hacia Guantánamo, capital provincial, en busca del dichoso Paquete. Ya se había comprado una computadora más o menos decente, que con el tiempo mejoraría, y supo que podía empezar.

“En Imías no hay cine ni llegan muchas ofertas culturales. Además, a las personas cada vez les gusta menos lo que ponen en la televisión. Yo mismo, lo único que veo es el noticiero y del noticiero algunas cosas: el estado del tiempo, el deporte… En las capitales de provincia, además, hay acceso a otros canales y contenidos por diferentes vías, legal o ilegal. A veces salen películas, novelas o series en el mundo –e incluso en Cuba– a las que uno no tiene acceso, porque el Estado jamás y nunca te lo dará. Y a eso se suma el bajo poder adquisitivo, el costo del Internet y de los canales satelitales. Hasta aquí no ha llegado ni la Wifi.

“Entonces, yo me di a la tarea de mejorarle el acceso a las personas y de traer el Paquete para acá, hacer los contenidos más asequibles a la población. Al fin y al cabo es un buen negocio y tiene una fluidez en cuanto al movimiento del dinero. Además, es una forma de mantener un tanto ocupada a la gente. Porque cuando las personas no tienen algo en qué distraerse, en qué divertirse, tienden a tener otro tipo de pensamientos”.

Entre el transporte para ir y regresar, las dos horas y media que dura el viaje y el tiempo de copia, la búsqueda del Paquete suele tomarle un día completo y unos cuantos pesos. Sobre las siete de la noche llega en uno de los últimos camiones y ya para entonces tiene a la mitad del pueblo haciendo cola en su casa.

“Lo del Paquete en Guantánamo es muy interesante: viene directo desde La Habana en avión varias veces a la semana. Supongo que sean diferentes versiones porque allá en La Habana, ya te dije, no tengo la menor idea de cómo lo hacen o lo mueven. Yo voy miércoles y sábado, copio todo lo que sale nuevo y me cuesta entre 30 y 50 pesos, más el viaje.

“El precio que le pongo aquí varía en función de la cantidad de información que se copie. Las memorias de cuatro y ocho gigas en cinco pesos y a partir de ahí va subiendo, en dependencia. Al que quiera copiar el Paquete completo se lo doy en treinta pesos con toda la información. Pero eso no es lo más usual, solo hay dos o tres que lo hacen para su consumo.

“Por lo general, las personas aquí no tienen dispositivos con espacio suficiente. Incluso, hay quien no tiene computadora y copia las cosas para verlas en un tablet o celular. Una cosa que ha favorecido mucho es la cajita de la televisión digital, que tiene entrada USB y ya ahí, con solo poner una memoria, resuelven. Pero eso te obliga no solo a distribuir el Paquete, sino también a hacerte de un almacén en casa, para que puedan venir y copiar diez capítulos primero, diez después, y así. Eso es lo que no tienen los otros que han querido dedicarse a este negocio en Imías, capacidad tecnológica”.

En Imías hace cinco años nadie sabía mucho del Paquete, pero ahora se ha puesto de moda dedicarse a él –quizás porque efectivamente es un buen negocio– y uno llega a tener la impresión de que cada tres o cuatro casas hay un distribuidor.

“Cuando yo empecé con esta historia no había más nadie que lo hiciera en Imías. Ahora hay alrededor de diez, pero los de mayor difusión seguimos siendo el de la calle principal –JaviCopia- y yo. Ahora, soy el único que va a Guantánamo. Los otros diez vienen aquí a copiarlo y no todos lo recogen completo porque no tienen espacio o infraestructura. Como alternativa intentan especializarse, pero muchos no duran. Por supuesto, significan algo de competencia pero no me llega a afectar. El problema de este negocio es la tecnología y yo me he preparado: compré una computadora buena, tengo alrededor de 30 o 40 teras de espacio para almacenar y una buena RAM. Es más rápido copiar aquí y tengo más variedad, guardo películas y series completas por más de un año.

“Ellos no lo pueden hacer porque por lo general están copiando con cualquier computadora que no necesariamente está preparada. Aquí tengo hasta buenos softwares que aceleran la copia. En definitiva, ellos vienen, copian el Paquete y hacen lo mismo que yo, pero a menor escala. En cierto modo, dependen de mí.”

El día que el Paquete llegó a Imías bien podría compararse con el día que el hielo llegó a Macondo. Fue todo un descubrimiento para un pueblo al que solo llegaban novelas en discos, y muchas veces cortadas, incompletas. Cinco años después es parte de la cotidianidad: la sexta temporada de Game of Thrones provocó la misma ansiedad que en el resto del planeta, los adolescentes del barrio copiaron una y otra vez Mad Max: Fury Road porque era una película de los Oscar, y en cierta cafetería la dependienta nos atendió al compás de una novela coreana.

“Aquí lo que más se copia son las novelas, las series, los shows. Las películas de los Oscar tienen mucha popularidad y son las que más tiempo guardo. Tengo mucho público fijo; hay personas que por copiar el Paquete vienen de lejos, desde las comunidades de montaña incluso. Porque allá si no hay quien se los lleve.

“La gente lo asume de un modo interesante, difícilmente quede alguien que no copie al menos una pequeña cosa. El Paquete es un negocio, pero además una vía para que ahora en Imías conozcan también mucho de lo que pasa y lo que se hace fuera de aquí.”

Chicho está cumpliendo treinta años mientras lo entrevisto, y hace rato que no trabaja en la dirección de Materias Primas. No deja que usemos su nombre porque no sabe a ciencia cierta si lo que hace es legal o no. Vive y trabaja en medio de una nebulosa –otra vez– casi absurda para un pueblo en el que todos se conocen y pocos no saben quién es él o a qué se dedica. Políticas poco claras lo hacen estar así. Pero a Imías no le importa. Chicho es, de algún modo, un enlace con el exterior, una bocanada de aire fresco. Allí la gente se preocupa cada vez menos por la televisión, el nuevo horario de las telenovelas o el cierre casi definitivo de aquella iniciativa de cine para las montañas. En Imías, como en otras partes, muchos viven a otro ritmo.

(Tomado de Cachivache Media)

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