El bicho humano

Evolución del hombre

Por: Vale V. Villasuso

Prólogo

Quiero pensar que cada vez son menos quienes creen que la humanidad es una creación divina. Por ejemplo, quedan chinos para los que la diosa Nuwa los modeló a partir de la arcilla luego de una gran inundación; polinesios que aseguran ser hijos de la diosa Vatea y en Occidente todos conocemos el cuento de Adán y Eva.

La mayoría, de los más de 7 mil millones de Homo sapiens que existen por todo el planeta, cree en alguna deidad todopoderosa e intangible. Los más sagaces dicen que se trata del mismo dios con diferente nombre, pero la fe es el verdadero común en todos ellos. Un orgullo, por definición, irracional. Volviendo al Creacionismo, este ha sido durante miles de años la única respuesta a la trillada cuestión de cuál es nuestro origen. Hace sólo poco más de siglo y medio los humanos comenzamos a romper la inercia de lo que siempre se ha supuesto sobre nuestro origen.

Se atribuye a Carlos Linneo la primera consideración de que el hombre también es un animal. En la primera edición de su Systema Naturae, en 1735,describió a los humanos tal y como hacía con cualquier ser vivo y fue él quien primero nos clasificó en un sistema biológico bajo el nombre de Homo sapiens. No obstante, en su contra podemos comentar que Linneo incluyó además animales míticos como el ave fénix, unicornios, hidras de varias cabezas y sátiros.

En 1848 fue encontrado el primer cráneo de neandertal, pero los pensadores de la época ocultaron el hecho o simplemente lo engavetaron, porque no sabían qué hacer con aquello. ¿Acaso el dios de turno estuvo ensayando? Por entonces ya Darwin había desarrollado su Teoría de la Evolución, que no publicó hasta 1859 –dicen que por miedo al qué dirán– en su libro El origen de las Especies.

Charles Darwin fue el primero en cuestionar las ideas creacionistas atacando su raíz. Definitivamente marcó una nueva era en la concepción que tiene la humanidad de sí misma y a partir de 1859, cada nuevo hallazgo demostró que en efecto, no sólo somos animales y descendemos de simios, sino que los humanos representan una corta ramita del viejo árbol de la vida.

Ya en nuestros tiempos, los fósiles –en lugar de ser el mero recuento de artefactos y huesos que adornan museos y colecciones privadas– sugieren además relaciones sociales donde cada objeto y detalle del entorno tiene un papel en la interpretación de cómo eran nuestros antepasados.

Sabemos que los humanos actuales lucen muy diferente a los antiguos. Ahora, aparte de negros fornidos, hay rubios, chinos, pieles rojas y pigmeos. También algo ha cambiado en el cerebro humano. La vieja hacha de piedra que ostentamos por más de 100 mil años, símbolo de nuestra ventaja tecnológica entre los vivos, se ha transformado en electrónica. Confiamos incluso en que no hay límites para lo que podamos crear en el futuro, un concepto que hubiera resultado extravagante para los cazadores de mamuts. El futuro para ellos no debió ir mucho más allá de cazar otro mamut. Y sin embargo, seguimos siendo sapiens.

Todo comenzó en África

El origen africano de los humanos fue sugerido, desde 1851 –y apelando prácticamente sólo al sentido común– por James Coules Prichard; un médico inglés que tuvo el gran logro de influenciar a Darwin, aunque este fue quien se robó merecidamente el show. Prichard escribió (y lo dejo en el original para no complicarme con la traducción):

“On the whole there are many reasons which lead us to the conclusion that the primitive stock of men were probably Negroes, and I know of no argument to be set on the other side.”

Darwin postuló eso mismo, que la humanidad tuvo su origen en África, en su famoso libro El Origen de las Especies. Pasó mucho tiempo para que la tecnología confirmara que, tanto él como Prichard, tenían razón.

Después de Darwin, los hallazgos arqueológicos de huesos con apariencia humana empezaron a inundar las mesas de trabajo de aquellos antropólogos, devenidos en evolucionistas, que se dieron a la tarea de clasificarlos según medidas comparativas de fragmentos de cráneo, algo de maxilar, trozos de fémur, pelvis y, con mucha suerte, algunos dientes. Los mas prognatos hacia allí, los de prominentes arcos superciliares por otro lado y así sucesivamente.

Aunque la estrategia de comparar huesos puede funcionar, en muchos casos no ha sido suficiente, como demuestran las múltiples clasificaciones que han sufrido los homínidos antiguos.

En 1867 se asignó el nombre de H. neanderthalensis a restos encontrados unos años antes. Un siglo después los mismos huesos fueron reclasificados como una subespecie de H. sapiens debido al volumen de la capacidad craneal, que es muy similar en neandertales y humanos. Acaso en los primeros el tamaño promedio del cerebro es mayor que el nuestro. Actualmente estos restos se encuentran clasificados según la primera versión, quedando los neandertales como una especie diferente de la humana.

Por otra parte los criterios antropométricos no siempre tienen en cuenta la variabilidad que pudiera existir dentro de la especie. Ahí está el caso de los pigmeos y los europeos; pertenecen ambos a H. sapiens, aunque sus medidas anatómicas difieran más que las de H. heidelbergensis comparado con H.rhodesiensis.

(Un paréntesis sobre tecnologías)

Estimar la edad de los restos arqueológicos sólo fue posible en el siglo XX. A través del conocimiento del tiempo desintegración de ciertos isótopos radioactivos y la determinación de su concentración en la muestra analizada, se puede conocer la antigüedad de dicha muestra. Si se trata de huesos, estos métodos nos permiten saber cuándo fue que el individuo existió. El Hombre de Piltdown, hoy considerado uno de los mayores fraudes de la paleontología, fue desenmascarado en 1953. Los nuevos métodos de datación permitieron determinar que el cráneo del supuesto eslabón perdido –cuyo nombre científico era Eoanthropus dawsonii– correspondía a un humano que vivió hace alrededor de 600 años, al que se le había colocado una mandíbula de orangután. El engaño, que llegó a los libros de texto, duró 45 años.

Paralelamente, el descubrimiento de la famosa doble hélice de ácido desoxirribonucleico (ADN), por la que James Watson y Francis Crick merecieron el premio Nobel de Medicina en 1962, marcó el nacimiento de la Biología Molecular.

Todos los organismos vivos presentan una secuencia particular de cuatro moléculas diferentes, denominadas nucleótidos. A esta secuencia también se le conoce como código genético. Las unidades de almacenamiento genético son conocidas como genes. La dotación genética de cada individuo es muy particular aunque por supuesto, hay muchos genes comunes que permiten clasificaciones en especies, géneros, familias, órdenes, etc.

En los años 70 se dieron los primeros pasos en las técnicas de secuenciación genética. Sólo entonces se pudieron aventurar relaciones entre individuos en virtud de diferencias y similitudes moleculares, más allá de las medidas de sus huesos o el tamaño de sus orejas. No obstante habría que esperar porque Kary Mullis inventara el método de la Reacción en Cadena de la Polimerasa (PCR, sigla en inglés), que a la sazón le agenció el permio Nobel de Química en 1993.

Así como la molécula de ADN nos permitió adentrarnos en el mundo molecular de los genes, el PCR nos regaló una mayor sensibilidad de detección de fragmentos de código genético en muestras muy disímiles y una velocidad de procesamiento que ha permitido irrumpir en el siglo XXI con una base de datos de acceso público para una gran cantidad de genomas completos secuenciados.

Hoy los caminos de esta ciencia se dirigen a conocer detalles de las interacciones espaciales de los genes, la distancia exacta a la que está su entorno. Modelos dinámicos que parecen sacados de películas de ciencia ficción para estudiar la estructura, composición y función de las moléculas biológicamente importantes; o dicho de otro modo, la Biología Molecular pretende explicar la vida, a través de las moléculas que encierra. Y lo conseguirá.

El Hombre de Kibish

Pero hablábamos de nuestro origen africano. En el año 2005 una nueva ojeada a fragmentos fosilizados de un esqueleto que había sido encontrado en 1967 al sur de Etiopía y bautizado como el Hombre de Kibish (Omo 1), reveló que había humanos por allí hace 195 mil años. Estos son los huesos más antiguos clasificados como H. sapiens. Es por ello que en la actualidad se estima que nuestra especie tiene una edad que ronda los 200 mil años. Vale aclarar que aun no se ha logrado extraer ningún tipo de ácido nucleico del Hombre de Kibish.

Un dato curioso es que el Hombre de Kibish, ya establecido que es un ser humano como cualquiera de nosotros, fue hallado muy cerca de restos de otro individuo (Omo 2) que vivió en la misma época y quizás hasta se conocieron. El asunto es que los fósiles de Omo 2 parece que corresponden a una especie diferente. Se ha propuesto H. rhodesiensis, porque presentan rasgos anatómicos similares a homínidos que existieron hace 600 mil años. Hay quienes creen que H. rhodesiensis y H. heidelbergensis son en realidad una sola especie. Si añadimos que H. heidelbergensis es considerado el antepasado directo de H. sapiens, resulta extraño imaginar que los primeros sapiens se codearan con tales ancestros; pero bien puede haber sido así. Tampoco se puede descartar que al distinguir como especies diferentes, a individuos que habitaron en el mismo lugar y al mismo tiempo, se subestimen las variaciones morfológicas que pudieron exhibir los primeros humanos. El ejemplo de pigmeos y europeos que referí anteriormente, viene a socorrer esta posibilidad.

Ya deslicé que los primeros H. sapiens eran melanodérmicos, o sea, de tez oscura, o como diría Prichard: negros. Los pigmentos acumulados en la piel otorgan una excelente adaptación a la exposición solar alta, típica de las zonas tropicales y ecuatoriales del planeta.

Estos tempranos brotes de humanos oscuros, eventualmente se expandieron por toda África y más allá, a través del Mar Rojo. Existe evidencia fósil de que llegaron al cercano Oriente hace 140 mil años, pero los datos también sugieren que desaparecieron abruptamente hace 70 mil. La causa de esta masiva aniquilación es asociada a un supervolcán que estalló en Sumatra, entre 70 y 75 mil años atrás.

Según la teoría de la catástrofe de Toba, la nube de polvo originada por la mega explosión causó un largo invierno volcánico. Se estima que la temperatura global del planeta descendió 6 o 7 grados por varios años. Muchos investigadores defienden la idea de que este evento provocó un “cuello de botella” en la evolución humana. Dicen que las parejas reproductoras se redujeron a 10 mil. Modelos más drásticos indican que sólo mil parejas fueron necesarias para llegar hasta hoy. Lo cierto es que todos los que habían salido de África, antes del explote del volcán, se extinguieron sin dejar descendientes.

Las poblaciones humanas que permanecieron en África no fueron tan perjudicadas por el cambio de clima. Al menos no se extinguieron. El Mar Rojo estaba destinado a seguir siendo testigo de esperanzados hombres y mujeres que escapaban de África. Entre ellos merodeaban los progenitores del resto del mundo.

Los bosquimanos

Estudios genéticos han develado que el linaje más antiguo de los humanos modernos está contenido en un puñado de cazadores y recolectores, conocidos bajo el genérico de bosquimanos, que habita algunas zonas de África austral desde hace 145 a 120 mil años.

Los desplazamientos de bosquimanos detrás de frutos, tubérculos y antílopes silvestres no han dejado de traerles problemas con aquellos grupos que decidieron asentarse para cultivar y criar ganado. Los pocos sobrevivientes han sufrido históricas bajas, a manos de bantúes primero y colonos blancos después. Pero aunque muchos bosquimanos se han transculturado y viven como jornaleros en comunidades “más civilizadas”, unos cuantos obstinados comparten con leones y jirafas las reservas naturales de África. Son los únicos a quienes se les permite cazar cualquier cosa para subsistir, incluidas especies al borde de la extinción; al tiempo que al resto del mundo tampoco le preocupa en demasía que ellos –los bosquimanos– sean cazados, porque la forma de vida que eligieron los convierte en parte del menú de los demás depredadores de África.

El comportamiento nómada de estos hombres del bosque determina su organización social. Ellos son el último reducto de aquella Comunidad Primitiva que nos enseñaron en la secundaria.

Los bosquimanos no necesitan avituallarse para cruentos inviernos, por lo que no almacenan grandes cantidades de víveres. En un clima tropical es lo más sensato. Si acaso guardan un par de calabazas, un pedazo de carne, pero definitivamente a ellos no les importa acumular riquezas. Cazar y recolectar no da para mucho, pero incluso si así fuera, cuando se trata de nómadas, acaparar puede no resultar práctico. De manera que se las han arreglado para existir sin diferencias de clases –como en los viejos tiempos– y por lo tanto, desconocen la autoridad que emana de la opulencia.

La espiritualidad de estos hombres del bosque los ha llevado a profesar el animismo, una religión que alguna vez fue muy popular en África. Para los animistas cualquier cosa posee alma. Ellos creen que los ríos, montañas, arboles, animales, vivos y muertos, están dotados de cierta entidad inmaterial que puede ser venerada y temida. Pero el animismo no es una religión jerárquica. Los bosquimanos no destacan unas almas sobre otras. La Madre Tierra, que simboliza la fertilidad, es especialmente reverenciada pero esto no implica que otras almas sean inferiores o menos poderosas. Su religión es una extrapolación de la sociedad que han conformado, donde tampoco conciben estratos de poder. Ellos no comparten el concepto de dios omnipotente con santos que lo orbitan. Cuando más, consideran que cierta fuerza vital universal conecta todas las almas. Algo similar a la creencia de los Na´vi del planeta Pandora que recreara James Cameron en la películaAvatar.

Y para terminar con los bosquimanos, no es de extrañar que además compartan el lenguaje más antiguo que se conoce. Esto no significa que las diferentes comunidades de nómadas errantes se comprendan entre sí; por el contrario, exhiben una gran variedad de idiomas y dialectos que a veces resultan muy distantes unos de otros. La macrofamilia khoisán (en referencia a las etnias khoikhoi y san) creada para estas lenguas, tiene en cuenta el exagerado inventario fonético que ostentan todas ellas, incluidas varias versiones de chasquidos y clics. Hay quien sospecha que los primeros sapiens se comunicaban más o menos así, con ruiditos extraños, pero es probable que eso nunca lo sepamos.

Epílogo

Existe consenso acerca de cuándo ocurrieron los principales focos de migraciones, que participaron en la conformación de nuestra diversa identidad humana. Se estima que de los bosquimanos partió la colonización de Asia y Oceanía hace 50 o 60 mil años, depende de la zona. Algunos descendientes de asiáticos volvieron sobre los pasos de sus antepasados para arribar a Europa hace unos 40 mil años. Paralelamente otros descubrieron el extraño continente de los marsupiales. Hace sólo 20 mil años, los tenaces asiáticos que merodeaban la Siberia detrás de los mamuts, medio perdidos, tropezaron con el estrecho de Bering y llegaron a América.

Durante estos milenios la era glacial que padecíamos oscilaba hacia otro período de frío extremo. Ya muy distantes y aislados unos de otros, los humanos nos tuvimos que enfrentar a diversos entornos que propiciaron un rosario de adaptaciones. Se forjaba una parte importante de nuestra humanidad. Aparecían variados tonos de piel y otros rasgos anatómicos, que acompañados de nuevas identidades culturales, nos transformaron en mongoles, caucásicos, bantúes, amerindios y etcéteras.

El otro día –como quien dice– fue que notamos que no estábamos solos. Conocimos a otros humanos, a veces tan diferentes que no sabíamos si en realidad eran humanos. Tocaba decidir si hacer la guerra o el amor, pero esa es otra historia.

(Tomado de Cachivache Media)

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