Las muchas mujeres de Hayao Miyazaki

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Por: Yudith Vargas Riverón

Cinco meses antes del ataque japonés a Pearl Harbor, nació Hayao Miyazaki. Era el año 1941, y el archipiélago nipón se encontraba en plena guerra. Su salida victoriosa del conflicto bélico contra Rusia consolidó el orgullo nacional del –hasta entonces prácticamente– jamás derrotado ni ocupado país asiático, de manera que no parecía descabellada la idea de un ataque directo a la base estadounidense. La historia se encargaría de mitigar estos aires de omnipoderosa grandeza en la tierra del sol naciente.

Así pues, el pequeño Miyazaki creció en una patria pródiga de contrastes y contradicciones sociales: por una parte, Japón arrastraría la vergüenza de la derrota y la ocupación estadounidense y por otra, emprendía una lucha incesante por ocupar significativos predios en la era moderna. Japón se occidentalizaba, sin olvidar, no obstante, su milenaria cultura tradicional. Este fue el campo de cultivo idóneo para que el joven Hayao conformase su híbrido universo subjetivo, donde confluyen las maneras niponas y occidentales en sabia armonía.

La posguerra también fue un período de cambios que marcaron profundamente el carácter de quien se convertiría en uno de los más aclamados directores de cine japonés: mudanza familiar y grave enfermedad pulmonar de la madre. Durante más de nueve años estuvo internada en un hospital en las montañas, y su ausencia se hizo más que persistente, dolorosa. Miyazaki fue criado por un tío, dueño de una fábrica productora de piezas de aeronaves (quien inculcó en él el amor por los aviones y la aversión por la carrera universitaria que le obligó a cursar: Economía y Ciencias Políticas).

Estos dos hechos son fundamentales para entender la proyección artística del bien llamado “Genio del Anime”. Su filmografía es un cúmulo de vivencias autobiográficas que trascienden el marco de lo puramente subjetivo y que por su universalidad se instaura entre las más contundentes piezas fílmicas producidas no sólo en Japón, sino en el mundo.

Por ello, nos recuerda constantemente los peligros y estragos bélicos –flagelo de su infancia- y se enfoca en potenciar un fuerte sentimiento de individualismo no como característica negativa, sino como el motor impulsor propio del crecimiento espiritual. El respeto a la naturaleza siempre está vigente desde su primera gran obra: Nausicaa del Valle del Viento, canto emancipador que reconcilia al hombre con la naturaleza. Su entusiasmo por el progreso y desarrollo tecnológico cobra gran relevancia en sus películas, al tiempo que representa las tradiciones japonesas sin olvidarse del legado cultural de Occidente –fundamentalmente de Europa– circunstancia que no siempre ha sido bien vista en su patria.

Como a Akira Kurosawa, sus coterráneos han criticado en Miyazaki cierto entusiasmo excesivo para con Occidente. Es posible distinguir dicha fascinación en los paisajes recreados en las películas, así como en historias como El Castillo Ambulante de Howl, donde se diluyen los límites filosóficos y culturales entre Japón y Occidente. Y es que para Miyazaki, lo que perdura es el ser humano, cualquiera sea su procedencia.

No es casual entonces, que Miyazaki haya sido el único director de anime galardonado con un Oscar: su película El Viaje de Chihiro fue la ganadora en la categoría Mejor Filme de Animación en 2002; y en 2014 recibió una segunda estatuilla dorada por el conjunto de su obra. En varias ocasiones el creador se ha autodefinido como pacifista y feminista; tanto es así, que su ausencia en la ceremonia de los Oscar de 2002 fue un contundente acto de protesta contra la ocupación estadounidense en Iraq; también baste mirar algunas de sus películas para corroborar que, en efecto, en la filmografía miyazakiana existe una prevalencia de los personajes femeninos por encima de las figuras masculinas.

Para un japonés nacido en plena guerra, ser pacifista pudiera parecer más que trivial, lógico. Ser feminista, siendo hombre y japonés, adquiere distinta connotación. La japonesa es una sociedad de contradicciones, repito. Amén de su proyección matriarcal, los nipones son esencialmente machistas. Por ello, llama la atención el especial interés que despiertan los personajes femeninos en la obra miyazakiana y, sobre todo, cómo dichos personajes escapan a los estereotipos modélicos de la mujer japonesa: madre abnegada, hija obediente, esposa sometida al juicio del marido.

Las muchas mujeres de Hayao Miyazaki se comportan diferente. ¿Por qué esta obsesión por resaltar las complejidades femeninas? Y ¿por qué sus protagonistas son chicas en edades tempranas? Miyazaki ha admitido que los niños varones le resultan aburridos, pues encuentra mucho más fascinante el comportamiento y raciocinio de las mujeres en tanto –según el– somos más arrojadas, valientes, sinceras, inteligentes, interesantes que nuestra contraparte masculina.

Una vez Miyazaki confesó sin pudor: “Many of my movies have strong female leads –brave, self-sufficient girls that don’t think twice about fighting for what they believe in with all their heart. They’ll need a friend, or a supporter, but never a savior. Any woman is just as capable of being a hero as any man.” (“Muchas de mis películas tienen poderosas protagonistas femeninas –chicas valientes y autosuficientes que no lo piensan dos veces para pelear con todo su corazón por lo que creen. Ellas necesitarán un amigo, o un secuaz, pero nunca un salvador. Una mujer es tan capaz como cualquier hombre de ser un héroe”).

Y esta es precisamente una idea rectora en la filmografía de Miyazaki: sus mujeres no son princesas que necesitan ser rescatadas, son heroínas con todos los riesgos y satisfacciones que encierra el concepto HÉROE. ¿Qué características poseen las chicas miyazakianas que las convierten en heroínas?

En primer lugar, no necesitan ser reconocidas ni rescatadas por la figura masculina. Desde Nausicaa, San (La Princesa Mononoke), Sophie, Chihiro, Kikki, hasta la pequeña Ponyo, TODAS son chicas autosuficientes, cuyas acciones no giran en torno a la voluntad masculina. No son damiselas en apuros. Y estos son solo los personajes femeninos protagónicos. ¿Qué sucede con los personajes secundarios? ¿Y con los personajes femeninos antagónicos? Son tan independientes y fuertes como las protagonistas: Lady Eboshi (La Princesa Mononoke) y Yubaba (El Viaje de Chihiro) son ejemplos de caracteres negativos que inspiran respeto.

Además, las heroínas de Miyazaki logran sus propósitos sin recurrir constantemente a la ayuda viril. Son chicas con destreza en el combate, con sabiduría suficientes para comprender cuál es su destino y aceptarlo sin lacrimógenos desenlaces (La Princesa Mononoke), o para guiar al protagonista varón a cumplir con el suyo (El Castillo Ambulante de Howl). Las mujeres miyazakianas son líderes (Nausicaa), son rebeldes (Ponyo), son autodeterminadas (Chihiro), son trabajadoras muy dignas (Kikki), son sabias (Sophie). Pero también son grandes estrategas (Lady Eboshi), saben de marketing y relaciones públicas (Yubaba), son independientes del marido (la madre de Ponyo).

Resumiendo, –lejos de lo que ha predicado Disney en sus películas– las heroínas de Miyazaki no necesitan un final feliz, ni un príncipe azul para atrapar en matrimonio. Ellas se comportan diferente. A partir de una bien elaborada metáfora visual, Miyazaki aúna en sus muchas mujeres sus aspiraciones feministas.

Precisamente, como recurso expresivo y simbólico establece una relación entre las edades de las mujeres y su función narrativa. Es por ello que corresponde a las ancianas guiar a las jóvenes con sus consejos –y a las no tan viejas también– contribuyendo en la formación y desenlace de las tramas. Incluso, estas ancianas pueden llegar a ser personajes antagónicos para ser redimidas luego por su justo accionar (la Bruja en El Castillo Ambulante de Howl) –me viene a la mente esa memorable escena final de El Viaje de Chihiro cuando Yubaba, tras ser derrotada por Chihiro, sonríe sinceramente cuando la niña descifra el acertijo que le devolverá a sus padres–.

La contraposición juventud-responsabilidad también es un núcleo vital en las mujeres de Miyazaki. Nausicaa es la princesa de un reino en un mundo contaminado, Chihiro debe salvar a sus testarudos padres, Kikki se emancipa con trece años y marcha a una ciudad desconocida donde trabajará duramente para ganarse la vida y ser mejor bruja, y Sasuki debe hacer papel de madre con Mei –su hermanita pequeña– pues su padre casi siempre está trabajando y la madre está internada en un hospital. De manera que estas jovencitas deberán tomar su propio camino, aún cuando no estén listas, porque precisamente “el viaje” será recorrido con entusiasmo y solo culminará con la madurez interior.

A los personajes de edades maduras Miyazaki les demanda cierta “desilusión” porque como han vivido más, son más pragmáticas y realistas que las jóvenes. Se les atribuye un pesimismo no contagioso, pero definitivamente adoctrinador: la bruja que ha sido seducida y rápidamente olvidada por el bello y apuesto Howl (El castillo Ambulante de Howl), la propia Yubaba, la anciana sabia en Nausicaa, la abuelita que cocina incesantemente para su nieta desagradecida (Kikki, entrega a domicilio), son ejemplos donde se evidencian los sinsabores de quien ha vivido bastante.

Por último, se presenta la maternidad como símbolo también de sabiduría y experiencia femenina. Y se cuestionan muchas maneras de expresar dicha maternidad. Un caso curioso lo constituye Yubaba. Esta bruja es en extremo sobreprotectora con su bebé, tanto así, que metafóricamente sus enormes dimensiones –las del crío- revelan lo retorcido de esta relación madre-hijo. Y al final, tan enceguecida está Yubaba por su obsesión maternal que es totalmente incapaz de reconocer a su bebito metamorfoseado en ratón. Pero también Miyazaki nos presenta un amor maternal menos enfermizo.

La madre en Mi Vecino Totoro es memorable, una dulce figura siempre atenta a las visitas de sus hijas, gran tributo del realizador a su propia madre. Puedo asegurar que en la única ocasión que he visto un personaje femenino embarazado ha sido en Kikki…, y es esa memorable señora quien acoge a la brujita en su hogar, ayudándola en su negocio de entregas a domicilio. El embarazo es una alegoría a la alegría de vivir, porque Osono –la señora encinta– encarna el entusiasmo y la bondad que se esperan siempre de una madre.

Hace aproximadamente dos años Miyazaki se despidió del mundo del cine. Ya no va a hacer más películas. Ya no escribirá más guiones. Ya no dibujará más. No más. El Maestro está cansado. A su edad, ya ha visto y sufrido mucho. Con El Viento se Levanta se despidió para siempre jamás del arte audiovisual. Esta es su cinta con mayores referencias autobiográficas, si bien trata acerca de la vida del diseñador de los mortales aviones de combate Zero, sofisticados aeroplanos que a tantos kamikaze sirvieron de último amparo.

Miyazaki dijo adiós con una controvertida película que apenas gustó. Solamente aparece un personaje femenino –Naoko– que encarna el ideal de la mujer japonesa: esposa abnegada, hija obediente. ¿Naoko reconcilia a Miyazaki con la tradición nipona? ¿Su última cinta es un perdón ante tantas chicas rebeldes, inaceptables en la cotidianidad japonesa? No se sabrá: la verdad está allá afuera, pero el regusto amargo de la insipidez de este personaje me acompañará siempre. Mientras, prefiero pensar en Miyazaki rodeado de sus muchas mujeres, y sin un pelo de misógino.

(Tomado de Cachivache Media)

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