¿Quién dijo que los superhéroes no existen?

Ilustración: Mayo Bous / Cachivache Media.

Por: Darío Alejandro Alemán (Tomado de Cachivache Media)

La ficción, muchas veces, se construye a partir de la realidad; con tan solo alterar algunos elementos de un hecho verídico obtenemos una maravillosa historia. Grandes clásicos del cine y la literatura se han apropiado de esta técnica. Pero en contadas ocasiones el proceso se invierte. Mientras nos parece normal que lo fantástico tome de lo real siempre resulta más llamativo cuando la cotidianidad se impregna de lo imaginario. Tal es el caso de Ben Fodor, también conocido como Phoenix Jones.

El que juega con la cadena

Antes de convertirse en un superhéroe, Ben Fodor competía en los torneos profesionales de artes marciales mixtas. Tras enfrentarse (fuera del ring) con un ladrón de autos que hirió a su hijo pequeño en la pierna, Ben decidió tomar la justicia por sus manos. Con un chaleco antibalas, un traje casero negro y dorado, y armado con un cuchillo y algo de gas pimienta, el nuevo vigilante comenzó a patrullar las calles de Seattle a partir del 2010.

Noche tras noche el enmascarado recorría las calles de la que él mismo catalogaba, parafraseando a Batman, como “mi ciudad”. Con el tiempo se convirtió en todo un personaje de la vida nocturna de Seattle. Todos pensaron que el autoproclamado vigilante era tan solo uno de esos sujetos que intentan llamar la atención con excentricidades pero poco a poco Jones se ganó a los medios. Ben Fodor se tomaba muy en serio su trabajo de capturar maleantes.

En las sombras, aunque siempre bajo la inquietante mirada de algún teléfono móvil, logró en un año salvar a varias víctimas de grupos pandilleros, capturar ladrones de autos, evitar que un hombre condujera en estado de embriaguez, colaborar con la detención de un secuestrador de autobuses y detener peleas callejeras. Los periódicos no tardaron en catalogarle como “un superhéroe de la nación” mientras que la policía admitía que en verdad resultaba un “súperproblema”.

Las aventuras de Ben Fodor, por desarrollarse sobre el marco de lo legal, mantenían a la policía de brazos atados. El cuerpo policial de Seattle temía por la vida del superhéroe que, durante sus noches de justiciero, había recibido dos disparos y algunas heridas por armas blancas y bates de beisbol. Curiosamente Jones siempre se mostró ante las cámaras como un colaborador de las fuerzas del orden y convidó a llamar ante cualquier emergencia al 911, convirtiendo este consejo en su lema.

El justiciero fue visto como un extravagante por muchos, como un héroe por pocos pero para algunos ciudadanos fue toda una inspiración. Al más puro estilo de los Avengers o de la Liga de la Justicia un grupo de personas decidieron imitarlo y salir a las calles disfrazados en busca de aventuras. De tal forma se creó el Rain City Superhero Movement. En el 2010 los superhéroes parecían haberse puesto de moda en Seattle.

Las proezas de Phoenix Jones vieron su fin en 2011 cuando el enmascarado fue arrestado por rociar con pimienta a un grupo de jóvenes que, según él, comenzaban una trifulca en un callejón. Tras ser detenido tuvo que revelar su verdadera identidad (en una secuencia similar a la de Spiderman en el cómic Civil War) frente a cientos de cámaras y medios de prensa.

Durante el proceso judicial Jones contó con defensores y detractores. No obstante, al final, tuvo que abandonar su trabajo de héroe para volver a las peleas profesionales. Por su parte, la maquinaria cultural norteamericana aprovechó la coyuntura de los hechos para impulsar toda una campaña mercantil que fue desde comicbooks hasta juguetes. El alter ego de Ben Fodor se convirtió en un personaje mediático con vida en múltiples plataformas cuyo slogan convidaba a conocer a “un superhéroe de la vida real”.

Pero tras las alocadas aventuras de Phoenix Jones se esconde parte de la razón de ser de los superhéroes norteamericanos de las viñetas. Más allá de la pasión heroica del salvador existe un motivo común que agrupa los orígenes de varios de estos enmascarados. La desconfianza hacia los organismos encargados de mantener el orden público y hacer cumplir las leyes ha producido vigilantes que opten por “hacer las cosas bien” y “a su manera”.

No siempre que los ciudadanos se amparan en su “derecho” a hacer justicia podemos encontrar actos realmente heroicos, pues muchas veces no pasan de ser un obstáculo para las fuerzas del orden. No corresponde a los superhéroes el rol de vigilantes; la justicia no es algo que pueda dejarse en manos de un solo individuo. Sin embargo, los tribunales y la policía norteamericana dejan entrever solapadamente sus deficiencias mediante la existencia de estos personajes que asumen una responsabilidad que no les pertenece. Eso sí, desconfiar en las competencias de dichos organismos nunca significará poner en duda el sistema en general pues para los estadounidenses su país sigue siendo el mejor del mundo. Las razones de Ben Fodor son comprensibles aunque, en buen cubano, juegue con la cadena pero no con el mono.

El que juega con el mono

Los cómics nos han enseñado que los superhéroes nacen a partir de experiencias traumáticas: Superman sobrevivió a la destrucción de su planeta, Batman presenció la muerte de sus padres, Iron Man fue víctima de un secuestro, el Capitán América presenció los horrores del fascismo… Superbarrio Gómez, por su parte, comenzó su carrera tras el violento terremoto que sacudiera a México en 1985.

De rojo el traje, amarilla la capa y con el rostro cubierto por una máscara de luchador, este héroe ha hecho de las suyas desde que lo ideara el activista político Marcos Rascón. Desde ese momento muchos han usado su identidad para luchar por una misma causa: justicia para el pueblo mexicano. En las primeras filas de todas las marchas y huelgas que acontecen en el país centroamericano puede notarse siempre el llamativo uniforme de Superbarrio.

El vigilante azteca puede medir sus hazañas ante cualquier “super” norteamericano sin temor a perder. Quizás su baja estatura y su cuerpo regordete no le permitan dar fuertes golpes ni volar muy alto hasta el punto de confundírsele con un pájaro o un avión, sin embargo, su elocuencia, sagacidad y buen sentido del humor le han servido para crear las asambleas de barrios en las que organiza al pueblo para remendar el problema de la vivienda en el país y luchar contra los desalojos.

Su épica trayectoria recoge también marchas y campañas ecologistas en contra de la extracción despiadada y desmedida de los recursos naturales de México. En fin, hablamos de un héroe de muchas batallas, de un justiciero que vive para encontrar las causas perdidas.

Pero puede que la más grande de sus proezas fuera el postularse para presidente de los Estados Unidos en 1996. La idea de la campaña “Superbarrio for President” surgió a raíz de una conferencia en la que expresó: “¿Para qué ser presidente de México si todo se decide en Washington?”. Por muy atrevida que parezca esta candidatura el héroe contó con el apoyo de dos de sus grandes superamigos: el norteamericano Noam Chomski y el uruguayo Eduardo Galeano.

Superbarrio Gómez ya es parte del imaginario de los movimientos sociales mexicanos. Su figura satírica demostró que las exigencias de los desposeídos también pueden hacerse entre sonrisas. Nació de una resemantización de los fantoches del cómic y un agrego de identidad nacional pero sus aventuras son únicas. Por mucho que la DC y la Marvel salven al mundo jamás harán nada parecido a Superbarrio. Paco Taibo II dijo de él que si no existiese habría que inventarlo.

Otro de los grandes que le han dedicado unas palabras fue el antes citado Eduardo Galeano. En El libro de los abrazos escribió: “No lucha contra momias, fantasmas ni vampiros. En una punta de la ciudad enfrenta a la policía y salva del desalojo a unos muertos de hambre; en la otra punta, al mismo tiempo, encabeza una manifestación por los derechos de la mujer o contra el envenenamiento del aire; y en el centro, mientras tanto, invade el Congreso Nacional y lanza una arenga denunciando las cochinadas del gobierno”.

Existe una imperiosa necesidad de superhéroes. El mundo sigue y seguirá exigiendo salvadores. Phoenix Jones no es más que una curiosa imitación de los héroes de historietas y de esos andamos un poco hartos. Quizás sea hora de que cada país tenga su Superbarrio Gómez.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *