Kung Fury: el pastiche aún funciona

Por: Javier Montenegro (Tomado de Cachivache Media)

Si parte de tu infancia la pasaste en una sala de video donde Van Damme y Chuck Norris repartían patadas y piñazos como Dios manda, y lo más descabellado del mundo era lo más verosímil, entonces disfrutarás muchísimo de Kung Fury. David Sandberg se saca de la chistera una cinta meta humorística donde emplea muchos de los tópicos usados en las pelis de cine B ochenteras para vender cintas de video. En solo 30 minutos el director sueco se presenta al mundo con una ópera prima más que decente y un presupuesto bien ajustado.

Uno de los primeros aciertos de Sandberg, animador 3D autodidacta que comenzó su carrera trabajando en efectos visuales antes de dirigir comerciales y videos musicales, es transmitir esa sensación de estar viendo un VHS o BetaMax en la sala de tu casa, donde la cinta, de tantas veces reproducirse, o copiarse, comienza a perder calidad. Bendito tracking que nos hizo creer en la posibilidad de mejorar la imagen porque nosotros movíamos de un lado a otro un botoncito. Pero no le bastó con eso, le dio un corte a la peli, una escena perdida, no al estilo missing real de Rodríguez, sino a ese tétrico momento en que la cinta se enredaba en el cabezal y de tan estropeada, solo podíamos cortar el fragmento dañado y volver a unirla con cinta adhesiva (escortei); tarea de cirujanos.

Sí, homenajes hay. El cochecito de Eisenstein (o de los Intocables, o de The Naked Gun III, quién sabe), la rajada de Van Damme, la cinta roja de Ryu, las peleas en 2D al estilo de videojuegos como Double Dragon, el fatality de Scorpion… pero los guiños van más allá de escenas puntuales. Los polis, el kung fu, el chico duro y solitario, la violencia exacerbada en un futuro más pasado que lejano, el compañero fallecido, Miami como escenario de violencia y toda la tecnología del momento ubicada en el sótano más profundo le dan vida propia a una cinta que en un primer momento parece muy descabellada pero en realidad solo se dedica a ensamblar algo tan etéreo como la nostalgia con unas costuras bien visibles.

Y dentro de toda la locura, un villano común: Hitler, maestro de artes marciales, también conocido como Kung Führer. Una cinta llena de absurdos como la posibilidad de hackear el tiempo, laserraptor (velocirraptor con ojos de Superman), vikingos con poderosas metralletas, un tiranosaurio Rex de aliado, videoconsolas con vida propia atacando a los jugadores. Todos los desvaríos posibles de una mente enferma de cultura pop escogen al villano más sencillo y malvado entre todos los posibles.

Y como buen metraje de los ochenta, los malos juegos de palabras, tan malos como los de hace veinte años, están presentes; el mejor de todos, un policía dinosaurio llamado Triceracop. Pero no por eso quedan atrás las maravillosas líneas de Kung Fury, todas creadas para dar una sensación de tipo rudo, y que por lo general rozan el ridículo.

Entre tanta referencia, Sandberg imita el estilo cinematográfico de la época. Saturación de colores, cortes sin sentido para lograr mayor espectacularidad, edición deleznable, efectos especiales bien malos pero que destilan ese sensacionalismo con el cual era tan fácil impresionar a los menos exigentes. En otras palabras, un lienzo maravilloso de lo visto en las salas de proyecciones durante más de una década.

El propio director reconoció en una entrevista para Yahoo que su cinta tiene un poco de Terminator, Karate Kid, Ghostbusters, Ninja Turtles y Robocop, una suma de sus sensaciones en la década del ochenta. Otra de sus principales inspiraciones fue Mitch Murder, un músico sueco a quien escuchaba mientras escribía el guion, y que terminó haciendo la banda sonora de la cinta. Mitch Murder también posee en su currículo el Oficial Soundtrack del videojuego Hotline Miami 2: Wrong Number, donde se recrea de forma muy parecida a Kung Fury las cintas policiacas ambientadas en el Miami de los ochenta.

Y entonces llega el dato más interesante. ¿Cómo se financió esta cinta? A través de crowfounding, esa (ya no tan) nueva modalidad de obtener fondos donde otros se encargan de poner el dinero para que alcancemos nuestros sueños; vamos, el mecenazgo de toda la vida. Este método se ha puesto muy de moda, quizás porque permite sentirnos parte de algo con lo que nos identificamos. Algunos proyectos de crowfounding bien conocidos son la cinta española El cosmonauta, el videojuego Torment: Tides of Numenera (superó el millón de dólares en siete horas) y el smartwatch Pebble, el cual solicitó 100 000 dólares y alcanzó los 10 266 845.

 

En el caso de David Sandberg, presentó su proyecto con un tráiler de dos minutos en Kickstarter y pidió 200 000 dólares para completar su cinta de 30 minutos; y prometió que si llegaba al 1 000 000 realizaría un largometraje. Para hacerlo más divertido, o para motivar en verdad a las personas, ofreció pequeñas recompensas para aquellos que donasen a la causa, ya fuese actuar como el compañero asesinado de Kung Fury, aparecer como doble en la cinta, aparecer en los créditos como “Take my money and just shut up”, entre otros. En menos de 24 horas consiguió los 200 000; al cumplirse el plazo, 17 713 personas habían donado al menos un dólar para la cinta, y la cifra final fue de 630 019. El motivo por el cual solicitó tanto dinero fue sobre todo para el trabajo de posproducción, pues la cinta fue filmada sobre una pantalla verde y los fondos creados a partir de la generación de imágenes por computadora (CGI por sus siglas en inglés); incluso varios personajes fueron creados mediante este método, como los dinosaurios y robots.

El proyecto no solo fue un éxito monetario. Jorma Tacone, uno de los integrantes del trío humorístico The Lonely Island se comprometió con el proyecto al punto de interpretar a Adolf Hitler, además de aportar dinero a la causa. David Hasselhoff, otro ícono de los ochenta, muy conocido por ser el protagónico de Knight Rider (El auto fantástico) y Baywatcher (Los guardianes de la bahía), interpretó el tema y videoclip de la cinta.

El éxito fue absoluto. Tuvo su premier mundial en la Quincena de los Realizadores en Cannes, algo interesante si tenemos en cuenta la habitual mirada elitista del cine que posee el festival francés y que esta vez sirvió para legitimar una cinta donde la veneración hacia un cine de mala calidad es una de sus principales razones de ser. En solo cinco días la película alcanzó las 11 millones de reproducciones y aún hoy continúa con una estela de productos relacionados, como un videojuego llamado Kung Fury: Street Rage, que emula el estilo de Double Dragon, y donde el protagonista de la película acaba con los criminales de un Miami estereotipado.

No es una cinta trascendente, ni una obra de arte, pero es un granito más en el mundo pop, uno donde los que disfrutamos con la chatarra comercial ─esa tan detestable, vacua y carente de valores culturales ─ tenemos la oportunidad de sumergirnos en treinta minutos de psicodelia.

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