Pensaba que iba de sexo… pero era más de lo mismo

Ilustración: Kalia León / Cachivache Media

Por: Yadira Álvarez Betancourt (Tomado de Cachivache Media)

Lo primero que le salta a la vista es el monto desmesurado del cover. El primer razonamiento lógico derivado de dicha circunstancia es que este tipo de aventuras no es algo que pueda permitirse muy seguido un swinger cubano del montón. Lo segundo es la ostentación relativa que reina por todas partes. Ella no es mujer de tacones altos, a lo sumo una pulgada discreta en momentos de mucha elegancia; y, como el dinero para pagar esta entrada, esas ocasiones no abundan en la vida social de esa swinger del montón. Tampoco hay en su ropero los vestidos ultracortos de moda futurista. Por eso anda sin atreverse a soltar a su pareja, perdida entre tanto zanco vertiginoso y espalda radiante apenas cubierta por algún delirio de Versace: es una sobrecogida chica naif en el paraíso de las fashion victims. Todo conduce sin remedio a una conclusión nada halagadora: este lugar NO es para ella. En principio, parece que tiene lo que hace falta física y mentalmente, o eso se creyó, y como suelen hacer los gatos curiosos, fue a investigar. Pero este sitio no está hecho para felinos traviesos, es un festival de perros de raza, no solo pertenece a la especie equivocada, sino que su pedigrí es, con mucho, insuficiente.

En buena parte del mundo este es un espacio reservado y aún oscuro. No importa cuántos especialistas hayan dicho que la sexualidad es una dimensión de la personalidad, que tiene formas distintas de vivirse y que la persona que califica ciertas prácticas de aberrantes es, a la luz de tantas aperturas y emancipaciones, el feliz dueño de un escaño en el Partido Extremo Precámbrico-Conservador, alineación política, ética y mental que todavía prevalece. No importa cuántos sexólogos, psicólogos, sociólogos y swingers expliquen que esta es una práctica sexual más o un estilo de vida que la gente elige a conciencia y, por tanto, merece respeto y no significa que el sujeto sea un apestado ni un merecedor de lapidación. Tantas miradas, aunque no estén equivocadas, no indican necesariamente que todo está bien, ni que hay paz en la tierra y en el cielo gozadera y gloria.

Wikipediando se llega a una conceptualización estándar según la cual el swinging, palabra inglesa cuyo significado literal sería el acto de columpiarse, es una práctica en la que las personas, ya sea en pareja con algún tipo de compromiso formal o informal o como invitados de otros, participan en intercambios sexuales en los que se involucran a diferentes niveles y donde el componente afectivo a menudo está ausente. Se reconoce también como una forma de ampliación del horizonte sexual en pareja; incluye un amplio rango de actividades eróticas y sexuales realizadas entre dos o más personas y puede involucrar el acto de observar a otros mientras tienen sexo o ser observado en la misma circunstancia, practicar el sexo oral o besar y acariciar a otras personas fuera de la pareja en lo que se llama participación suave o soft swing, o tener sexo con penetración con terceros, cuartos, quintos y quien se aparezca y sea invitado, en la llamada modalidad de full swap. Todo puede o no ocurrir en la misma habitación y ser copartícipes dos o más parejas e incluso pueden ser invitad@s personas solteras que mantendrán y respetarán su estatus de invitados sin intentar pasar a otro nivel.

Estadísticamente hablando, no hay seguridad acerca de si esta práctica sexual fortalece o debilita las relaciones de pareja, como tampoco hay datos que fundamenten que las mujeres que utilizan juguetes sexuales tengan mejor conocimiento de su cuerpo y su sexualidad, como sí hay estadísticas que fundamentan que comenzar a ofrecer educación sexual desde edades tempranas fomenta mejores hábitos y responsabilidad a la hora de asumir la sexualidad. Pero la posición más socorrida es evitar mencionar el tema hasta que ya es muy tarde. Pues bien: hablar de swingers también está socialmente prohibido, como está prohibido hablar de juguetes sexuales y que las mujeres consuman pornografía. Todas son elecciones perfectamente válidas y, en algunos casos, necesarias, pero no, no, y no.

Para los cánones que imperan en Cuba –patriarcales, doblemoralistas y muy centrados en la monogamia emocional y sexual como únicas garantías de felicidad amorosa–, estas prácticas suenan como sexo extremo practicado en posturas inversas donde el que está de cabeza es el hombre y ambos ocupan la parte atrás de la cabina de un helicóptero que cae en picado envuelto en llamas, con destrucción asegurada para todo el mundo, involucrados en el aire y testigos en tierra. Parecería más permisible la infidelidad, tal vez un poco más aceptable la homosexualidad y definitivamente se prefiere que el swinger sea una actividad puramente masculina y con mujeres de otro país, las nuestras no, qué va, por nada del mundo, A MI MUJER NO LA TOCA NADIE Y PUNTO.

Independientemente de que pactemos límites de confianza con nuestro compañer@, a menudo la mera mención de algo como el intercambio de pareja o los tríos dispara alarmas en la relación. La mujer que haya participado alguna vez en su vida en uno de estos intercambios tiende a callárselo por lo que su pareja actual pueda pensar y cómo esto impacte a su relación, o por temor a que se le pida retornar a las andadas bajo condiciones que ella no encuentre aceptables con el argumento de “si ya lo has hecho, no es problema”. Recuerdo una conversación donde una conocida refería que no se sinceraba con su esposo porque iba a pensar que ella era “un festival romano” y querría convertirlo en una práctica de todos los fines de semana. En el caso de los hombres a veces la confesión de haber practicado el swinging implica una invitación a un estilo de vida que tal vez su nueva pareja no quiera compartir, entonces surge la amenaza “lo hacemos o esta relación no funcionará” o la disculpa en apariencia civilizada, con trampa “si no quieres no lo hagas, pero yo soy así y vivo así. No te preocupes, esto no cambiará lo que siento por ti, solo necesito una escapada de vez en cuando”.

Hay mucha ignorancia y temor permeados por una reticencia impregnada de doble moral, sobre todo en la declaración de que la pareja formal no es para eso pero sí todos los amiguitos recogidos por el camino. Al parecer lo más efectivo es ser amigos con beneficios y además socios de sexo colectivo como se puede ser socios de bares y fiestas, juntos en la diversión pero nunca emocionalmente revueltos, para evitar accidentes.

Al ser una actividad socialmente reprobada nadie lleva carteles en la cara de modo que pactar encuentros suele ser una prestación de las redes y privilegio de pocos, lo que sirve como un primer nivel de filtración al restringirse la accesibilidad de quienes no cuentan con internet. Se pueden encontrar nicknames inteligentes y alegóricos como “CallmeParis”, “Hedonisbot” o “2+1” acompañados de otros menos pensados y a veces francamente groseros. Los perfiles pueden ser cuidadosamente construidos y sinceros, remarcando la discreción como cualidad muy apreciada, o pueden ser un ejemplo de manual de todo lo que no se debe hacer o decir. Del lado de allá de la PC puede haber una pareja bien enterada de lo que hace y con pleno conocimiento de lo que quiere y cómo conseguirlo, o puede haber una relación en crisis donde uno de ambos tuvo la espectacular idea de que eso es justo lo que necesitaban para salvar su vínculo amoroso, y puede haber también dos personas inmaduras que apenas saben lo que quieren pero por amor a la fiesta practican la infidelidad consensuada y acompañada como escape a un vínculo afectivo que eventualmente se desmoronará. E incluso, puede haber un pescador solitario, echando las redes a ver qué pececito atolondrado cae.

Al igual que en otros países donde el swinging no constituye una rareza, se pactan encuentros y fiestas en lugares públicos o privados. Esto en nuestro contexto funciona como un segundo nivel de filtración ya que los lugares públicos escogidos suelen ser caros y frecuentemente, más que disponibilidad de condones, respeto, mente abierta, higiene o discreción, se esperan billeteras abultadas, niveles absurdos de imprudencia y disfraces suficientemente ostentosos como para bajarle la autoestima a una pantera; y a los lugares privados solo se va por invitación expresa y personal, dada casi siempre en esos mismos lugares caros a los que un grupo limitado puede acceder.

Por fuerza todo esto determina una serie de extraños handicaps que contaminan el ¿puro? ejercicio del swinging convirtiéndolo simplemente en un bailar en la cueva VIP con sexo orgiástico incluido en el menú, uno que otro filtrado solo por andar de fiesta en fiesta, una que otra consintiendo para complacer a un macho alfa y unos y otras pactando sin saberlo futuros derrumbes, rescates y mudanzas de sus propias relaciones en un entorno a la vez prohibitivo y descuidado. No se descartan hallazgos interesantes pero no es lo que prima, sobre todo cuando el círculo comienza a hacerse demasiado amplio y disperso y la única limitante no es lo que llevas dentro de la cabeza sino hasta qué punto compites y con qué pagas el privilegio de compartir.

No es que se abogue por un ejercicio del swinging educado, abierto y democrático, que no somos ciudadanos europeos y tampoco es cosa de legitimar de ahora para enseguida y públicamente cualquier práctica sexual más allá de lo que la mayoría considera aceptable. Pero cuando el dinero, las ideas equivocadas y las posibilidades adquisitivas se involucran, el sexo y todo lo que lo rodea es secundario y hasta problemático, y los riesgos aumentan.

Sigue siendo una práctica extrema. La encuentro comparable solo con un deporte altamente riesgoso como el alpinismo, el salto base o el planeo libre, donde lo mejor que se puede hacer es estar muy seguro de que se practica porque se quiere y no por embullo o imposición, contar con equipamiento adecuado, hacerlo solo con compañeros responsables y leales que también lo hagan porque quieren, y tener un conocimiento más que académico de las leyes físicas involucradas, para no llevarse ninguna por delante.

En fin: cuando ella entró allí pensaba que el asunto iba realmente de sexo, pero era más de lo mismo, y en ese caso los tejados son un espacio mucho más atractivo, seguro, divertido y democrático para un gato del montón. De modo que dio la vuelta y se largó con viento fresco. Al volver con su manada de costumbre a la madriguera de todos los sábados alguien sugiere “¿Por qué no vamos a…?” y ella simplemente contesta que no, como están y donde están es perfecto. Sirve tragos para todo el mundo y aniquila de un golpe el swinger VIP, la infidelidad legalizada y la imprudencia colectiva, con una simple declaración: “Aquí y así nos lo pasaremos mucho mejor”.

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