El sano oficio de quitar máscaras

Ilustración: Mayo Bous
Ilustración: Mayo Bous

Por: Darío Alejandro Alemán

Hace aproximadamente un año salió la noticia de una posible película que uniera a los dos grandes íconos de DC: Batman y Superman. Los cines de todo el mundo se prepararon para recibir más visitas de las acostumbradas mientras la Warner Bros calculaba los millones que ganaría por taquilla. La espera desveló a los fanáticos del comic hasta la noche del estreno. Sin embargo, muchos de los que llegaron expectantes salieron decepcionados.

La crítica no tuvo compasión con Batman vs Superman: Dawn of Justice. Lo que anunciaba ser una exitosa superproducción cinematográfica quedó como un muestreo más de sorprendentes efectos especiales. La propaganda previa a su estreno no cumplió lo que prometía y dejó a los espectadores sin la posibilidad de apreciar en la gran pantalla una versión decorosa de la Liga de la Justicia, o al menos una representación del combate entre estos dos héroes a la manera magistral de Frank Miller.

El resultado del filme fue una exuberante cifra de dólares por taquilla y unas dos horas y media intrascendentes. Al parecer la Marvel se mantiene por delante de la DC en la competencia con una fórmula de personajes que se debaten entre el heroísmo clásico y la comedia.

Pero la película es algo más que “patadas y piñazos”. Bajo la aparente superficialidad de la trama y las espectaculares escenas computarizadas se esconde otra historia, mucho más compleja e interesante. A veces, el verdadero vigilante no es el hombre tras la máscara, sino la ideología.

El misterio de la Trinidad

Algunas religiones más poderosas del mundo poseen como rasgo común la Trinidad. En el cristianismo está conformada por el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, así como en el hinduismo por la tríada de Shiva, Visnú y Brahma. La trinidad en la industria del comic refiere a los tres personajes que inauguraron el género de superhéroes a partir la década de 1930: Superman, Batman y Wonder Woman.

Estos héroes fueron muy oportunos en el contexto sociopolítico en el que vieron la luz. Superman, por ejemplo, nació pocos años después de terminada la Gran Crisis de 1930, cuando ya Franklin D. Roosevelt le había puesto fin con su política del New Deal. Era la época donde los Estados Unidos despuntaban como una de las más importantes potencias mundiales mientras en Europa tomaban auge los movimientos fascistas.

Los creadores del Hombre de Acero fueron dos emigrantes judíos (Jerry Siegel y Joe Shuster) de los miles que llegaban hacinados en barcos desde el otro lado del mar huyendo de la crisis, de Hitler y de Mussolini. En el imaginario de estos autores Superman era algo más que un ser con habilidades sobrehumanas y así lo captó también la sociedad estadounidense de aquellos años. El héroe representa el sueño americano, que es la esencia ideológica de esta nación. La historia de este superhéore resume las aspiraciones y esperanzas de quienes rehicieron sus vidas en Norteamérica: triunfar y ser aceptados como algo más que mano de obra barata.

Tras el éxito del kryptoniano nace Batman. El murciélago abre el espectro a ese otro arquetipo de héroe sin poderes sobrenaturales que lucha solo con el apoyo de las tecnologías. Bruce Wayne es un hombre moderno, el símbolo del norteamericano “nativo” y exitoso. A él corresponde salvar la imagen de las grandes compañías cada vez que emplea sus millones en combatir el crimen.

Superman y Batman marcaron los dos modelos de superhéroes clásicos. El Hombre de Acero representa al ser amado por todos que salva al mundo (una y otra, y otra… y otra vez) a plena luz del día. Sus villanos suelen ser conquistadores extraterrestres, por lo que los trabajos más comunes radican en salvar damiselas en peligro o evitar desastres naturales. Superman es simple y perfecto. Quizás por eso no lleve máscara.

Batman, en cambio, es la noche. Actúa en las sombras porque lucha contra el crimen, no contra alienígenas. Sus villanos son siniestros porque cargan con los demonios propios de la humanidad. El Caballero Oscuro es un hombre traumatizado e imperfecto que coquetea siempre con el paradigma del antihéroe.

A esta dupla se unió poco después Wonder Woman, una irracional y anacrónica amazona que no recuerda en nada a las mitológicas guerreras. Con ella nació un estilo de crear superhéroes basados en los mitos de culturas antiguas.

La vestimenta resalta su sensual figura a la vez que recuerda la bandera de los Estados Unidos. Pero este personaje no se resume a un injustificado chovinismo, sino a las necesidades de unos años tan convulsos como la primera mitad de la década del 40. En plena Segunda Guerra Mundial, cuando el país mandó a sus hombres a luchar en los frentes, las mujeres ocuparon un nuevo rol social: sostuvieron la economía y la guerra desde el trabajo en las industrias. Con la caída gradual de la imagen sumisa de la mujer nacía otra donde las féminas asumían papeles hasta entonces exclusivos de los hombres, y Wonder Woman se convirtió en reflejo y ejemplo de dicha transformación.

La tríada de DC fue hija de años convulsos que exigían héroes. Pero las necesidades de ahora no son las de mitad del siglo pasado. Los tiempos y el hombre cambian, y con ellos sus salvadores.

Batman vs Superman = Liberalismo vs Estado

Si prestamos atención a los créditos iniciales de la cinta podemos apreciar dos nombres claves: Christopher Nolan (productor) y Zack Snyder (director). Nolan dirigió la última trilogía del Caballero Oscuro, marcada por una intencionalidad política. Snyder es conocido por llevar un clásico de la novela gráfica como The Watchmen a la gran pantalla. La unión de estos dos cineastas solo puede augurar, para el espectador más avezado, una inteligente subtrama de corte ideológico tras las estrepitosas escenas de acción.

En el filme se desarrolla una lucha de forma paralela a la que se establece entre Batman y Superman, una pugna que data de los inicios mismos del capitalismo: el conflicto entre el pensamiento liberal y el Estado. La película nos demuestra cómo, a partir de las mismas características que hacían de Superman un ideal para los emigrantes y de Batman el millonario comprometido con su ciudad, los personajes han sido minuciosamente resemantizados.

Superman, desde el momento en que viste los colores de la bandera norteamericana, representa al Estado. Es, además, un ser todopoderoso que vino a la tierra para castigar villanos de la forma más imparcial posible. Nunca rompe las leyes y jamás se ha tomado la justicia por sus manos. Los ciudadanos -al menos en el inicio del filme- lo reconocen como su salvador, uno que no rinde cuentas a nada ni a nadie y limita su misión a proteger a su ciudad de amenazas externas. Todas estas características dejan entrever una analogía impresionante entre el personaje y la visión del Estado planteada por el liberalismo burgués.

Para Rousseau, y su versión contractualista de la historia, la humanidad decidió crear una institución a manera de ente abstracto que mediara en las relaciones sociales y le llamó Estado. A esta institución cada individuo le entregó parte de sus derechos naturales de forma que tuviese el poder suficiente para garantizar el orden. Sin embargo, el Estado debía respetar y no inmiscuirse en esos otros derechos reservados por los individuos tales como la libertad de mercado, de asociación y expresión.

La corriente liberal surgió en el siglo XVIII en respuesta al absolutismo monárquico imperante en la época. Aun así sus ideas persisten y tienen mucha fuerza en la actualidad. El mayor temor del liberalismo (y de su vertiente más contemporánea, el neoliberalismo) es que el Estado viole el contrato social y haga uso de su potestad para someter a los individuos. Ante tales miedos la misión de los liberales radica en restarle más facultades a su contrincante para otorgársela al mercado. Este conflicto político-filosófico tiene un paralelismo con la historia del filme, donde Batman (un humano dueño de una transnacional) teme que Superman se vuelva algún día contra la humanidad y la extermine haciendo uso de su infinito poder.

La cruzada emprendida contra el Hombre de Acero convierte al personaje en un rechazado en su propio país, pero llama la atención que no ocurre así en otros lugares del mundo donde el héroe pone orden. Tal es el caso del incendio en México. En el filme, el incomprendido héroe salva a una niña de las llamas, y en agradecimiento una turba de mexicanos extiende sus manos hacia él en señal de adoración, como si estuviesen delante de un Dios.

Cuando Superman “salva el día” en México cumple con su rol de representación de Estado norteamericano: muchas veces cuestionado y en constante pugilato con los “privados”, mientras en el resto del mundo es reconocido como paradigma y defensor de la democracia y los oprimidos.

Pero en este tipo de productos se impone un final feliz, tanto a la historia como al conflicto que encarna. Al final, solo la unión de estos héroes puede destruir al villano extraterrestre, es decir, a la amenaza externa. La moraleja dicta que las diferencias a lo interno deben solucionarse cuando el enemigo viene de afuera a romper el orden y la tranquilidad de la sociedad. El monstruo es derrotado, tras una intensa lucha, gracias a una de las armas de Batman en manos de Superman. Algo muy parecido ocurre con el desarrollo armamentista de los Estados Unidos, donde las armas nacen en las transnacionales para ser probadas por el ejército en su lucha contra el terrorismo.

Batman vs Superman fue un “paquete político” que le garantizó 867 millones de dólares a la Warner, más de lo necesario para costearse la versión de la Liga de la Justicia que desde ya nos prometen. Con parte del mismo reparto y los mismos hombres tras cámaras, un nuevo universo de personajes de la DC comienza a dibujarse. Queda preguntarse si las próximas cintas de la Detective Comics tendrán el mismo trasfondo ideológico que este primer round entre el Hombre de acero y el caballero oscuro de Gotham. De ser así, podría ser una buena oportunidad para ejercer el sano oficio de quitar máscaras a los superhéroes.

(Tomado de Cachivache Media)

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