Con sentimiento Manana

festival mananaPor: Aracelys Avilés Suárez

“I didn’t receive my ticket”, dice un chico de gafas, botas y gorra verdeolivo. La muchacha detrás del buró de información responde “None did”, y le explica. El chico da las gracias, se va a una habitación y regresa con una manilla de papel rojo.

Es el primer día del evento –preparado por más de un año entre London y Santiago de Cuba– y la escena se repite cientos de veces; la mayoría de quienes compraron entradas las pagaron en internet, y solo en Santiago recibieron la manilla que les da acceso a todas las áreas y actividades, en los tres días del primer espacio de música electrónica y folclórica santiaguera que haya conocido la ciudad: el Manana Festival.

En los exteriores del teatro Heredia la gente comienza a agruparse. Trepado a una escalera, un hombre escribe la programación del día sobre una pizarra blanca de más de dos metros de altura. Dos voluntarios cubanos se quejan por lo caluroso de la chaqueta rojo vino que les obligan a usar, muchos de ellos son DJs o músicos que no clasificaron en el line-up del Festival, pero quieren estar de todas formas.

El voluntariado extranjero parece más entusiasta: “Hace tiempo quería viajar a Cuba, y esta fue la excusa perfecta. He trabajado para otros tres festivales y quiero seguir ganando experiencia en este tipo de eventos”, cuenta Sarah, brasileña, 25 años y voluntaria del Manana.

Harry y Jenner, los dos jóvenes ingleses que lideran el proyecto junto al joven rapero Alain García Artola -miembro de TNT Resistencia-, no paran de moverse de un lado al otro.

Lo que hace más de un año parecía improbable, se volvía una realidad: conectar artistas de la música electrónica no solo de Inglaterra, sino de todo el mundo, con lo más autóctono y tradicional de la música santiaguera, en un espacio público, donde la experiencia pudiera compartirse de un modo más cercano.

Ya casi oscurece. No se define muy bien el momento de inicio, pero poco a poco los pasillos del Heredia y las salas de acreditación se vuelven silenciosos, el sonido llega de lejos, a unos 200 metros desde la pista Pacho Alonso, el más amplio de los tres espacios donde se mueve el Festival.

El pedal de arranque

Harry Follett estaba interesado en recibir clases de percusión y su maestro brasileño en Inglaterra lo puso en contacto con un viejo conocido en Cuba: Alain. Cuando el inglés llegó a La Habana, Alayo, como lo llaman algunos, lo esperaba con su nombre en un cartel.

“Las clases estuvieron buenas, pero lo más importante de este viaje, fue conocer a Alain y entender que teníamos ideas similares en cuanto a la música. Muy rápido formamos una especie de sociedad y decidimos abrir un estudio de grabación en Santiago”, cuenta Harry.

Una vez tomada la decisión regresó a Inglaterra, midió sus ahorros, vendió lo que no necesitaba, dejó el trabajo por el cual ganaba –según él mismo afirma– muy buenos dividendos, y se fue a vivir a Cuba por seis meses. El estudio tardó un mes en abrirse: “La primera idea fue traer tecnología a Santiago, crear el estudio, grabar sonidos, grabar a la gente, un poco de música santiaguera, experimentar con eso y hacer un álbum que fuera como la reflexión del sonido en Santiago, pero procesado por la tecnología”, explica Harry. Un día el legendario Milián Galis llegó al estudio, y fue en medio de las experimentaciones con el toque de sus tambores que emergió la idea de unir el sonido rudo del cuero percutido a la textura metálica de un computador. Milian Galis es reconocido en Cuba no solo por la limpieza e ingenio en el toque de los tambores batá, sino por su historia vinculada a la santería, fue él quien trajo los primeros tambores de fundamento a Santiago de Cuba.

“Estábamos fascinados, y entonces nos dijimos, ¿solo vamos a hacer un álbum? ¿Eso es todo lo que vamos a hacer, un CD, decir adiós y dejar que otros promuevan esta música?”, comenta Harry, ya convencido para ese entonces de que un Festival donde ambos géneros pudieran fusionarse, era la idea más acertada.

Dedicó el resto de su estancia en Cuba a grabar ensayos o presentaciones en vivo de grupos como Obbatuké, Rumba Ashé, con una cámara de baja calidad en imagen, pero muy buena en sonido. Cumplidos los seis meses, regresó a su tierra con un nuevo proyecto bajo la manga y los bolsillos vacíos, casi literalmente.

Jenner del Vechio, amigo de Harry, había estado en Santiago por unos días. “Para mí era una broma la primera vez que hablamos del tema. Cuando volví a ver a Harry en Inglaterra y me dice que el proyecto tiene el apoyo del gobierno en Santiago y que esta idea puede desarrollarse, pues creí en eso y también dejé mi trabajo. Mi esposa me ha estado manteniendo todo este tiempo”, cuenta Jenner.

Harry pidió un crédito en el banco para subsistir y junto a Jenner dedicó todo un año a recabar fondos para el Manana. Lo primero fue Kickstarter, una especie de crowdfunding o fondo colectivo en internet, donde la gente aporta cierta cantidad de dinero y si en el tiempo establecido se alcanza una suma determinada, quienes convocaron al fondo, lo pueden utilizar, de lo contrario, todo vuelve a sus donantes.

“Es lo más difícil que he hecho en toda mi vida. Debíamos conseguir 80 mil dólares en cuatro semanas. Imagínate, levantarte cada día y tener que generar unos 3 mil dólares. Lo que hicimos básicamente fue crear asociaciones: si nos das esto te damos tal cosa. Propusimos cosas diferentes, unos pagaron por tickets, otros por camisetas, otros por nada, dieron 10 libras y buena suerte. Pero lo logramos, casi al punto de vencerse el plazo”, rememora Harry.

Para el Festival, además del dinero de los donantes de Kickstarter, Manana tuvo el apoyo de varios tipos de patrocinadores: dos que entraron esencialmente con dinero: Fania Records y Havana Club, diferentes compañías que aportaron equipamiento, y “media partners” como el sitio Resident Advisors, que aportaron publicidad gratis, entre otros servicios.

Un buen número de los grupos que estuvieron en el Festival, se conectaron con el mismo a partir de Kickstarter: “El primero en apoyarnos fue un grupo llamado Sofrito; son dos músicos que tienen también un sello discográfico. A través de ellos conocimos a otro grupo llamada No nation, especializado en crear proyectos, como un festival en Kenya que se llama The Rift Valley Festival, en el que llevan muchos años trabajando”, narra Jenner.

Harry y Jenner tienen casi la misma edad, ninguno sobrepasa los 35 años y hasta Manana su trabajo estaba vinculado esencialmente a los negocios y la publicidad en internet. La música era un pasatiempo, por el que ahora han apostado casi todos sus esfuerzos… “Cuando termine el evento tenemos que pensar en cómo capitalizar Manana”, dice Harry reflexivo.

Tomando nota…

Son apenas las 4 de la tarde del segundo día, justo la hora en que el ritmo del Festival comienza a acelerarse. Por la lluvia se suspendieron los conciertos en la Pista Pacho Alonso y se trasladaron a la sala principal del Teatro y a otro de sus salones, el Café Cantante.

En solo una hora, cinco personas han preguntado por la oficina de Lost and found y la chica del buró les señala la puerta.

Por los pasillos anda A guy called Gerald, el afamado DJ británico, pionero de la música electrónica en Inglaterra, conocido por su hit de 1988 Voodoo ray; también los integrantes de Plaid, quienes se iniciaron en este tipo de música en el 91. Century y Sold of Hex de México son de la nueva generación, como lo es el cubano DJ Jigüe o el estadounidense Nicolas Jaar.

Cada uno de ellos desfiló por los escenarios de Manana, mezclados o no con grupos de danza locales como el Ballet Folclórico de Oriente o Danza del Caribe, conjuntos de música tradicional como Diógenes y su changüí, Obbatuké, Rumba Ashé, Son del batey, y otros de tendencia más contemporánea como el grupo de reggae santiaguero Cuban Lions.

El grosor del público de Manana vino al país solo a eso, 135 libras esterlinas resultó muy caro para quienes solo estaban vacacionando en la ciudad. La mayor parte de los cubanos que participaron en el Manana, pertenecían al comité organizador, eran voluntarios o artistas. Muy pocos llegaron solo para ver, será porque el monto a pagar por tres días era muy elevado: 150 cup; o porque hubo muy poca divulgación en medios nacionales y provinciales; o porque a fin de cuentas este es un festival para extranjeros, que intenta conectar a un público internacional con la música santiaguera y no a la inversa.

Más allá de eso, Manana deja en Santiago la experiencia de una rutina de producción diferente, de organizadores que provienen de un país donde se hace un promedio de 500 festivales al año, con otra infraestructura, y en general, con una concepción distinta.

Si bien logró convocar, alrededor de 400 extranjeros del Reino Unido, Irán, México, Perú, Jamaica, Francia, India y de ciudades estadounidenses como San Francisco y New York, en una etapa del año que es considerada temporada baja para el turismo, en la práctica el evento generó pocos ingresos para instituciones estatales.

Manana donó ocho micrófonos a los estudios santiagueros de la EGREM, y un tocadiscos al Museo de la Música, capaz de convertir lo que reproduce a formato digital. El evento, además, ofreció promoción gratis, contactos, y la posibilidad de una segunda edición, en la que quizás el concepto pueda expandirse a los artistas de la comunidad de música electrónica en Santiago de Cuba, un territorio que no es virgen en estas lides, a pesar de las limitaciones técnicas.

El empaste entre dos sonoridades, de texturas y orígenes muy diferentes, puede ser el pretexto, y lo está siendo, para un intercambio mucho más amplio. El “manana” está en el aire, “bomba, sentimiento y corazón”, como dirían los rumberos, solo hay que aprehenderlo, dejar que fluya y ver a dónde nos lleva.

(Tomado de Cachivache Media)

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *