Las ventajas de no ser un héroe

deadpool

Por: Yudith Vargas Riverón

…a las cosas que son feas ponles un poco de amor, y verás que la tristeza va cambiando de color…

Vivimos momentos de cambios. El mundo cambia, y sus efectos se hacen sentir a nivel macrosocial. Los códigos culturales se adecúan entonces a la metamorfosis evolutiva propia de cada época, región, y circunstancia histórica. Asistimos a nuestro funeral y disfrutamos del espectáculo con la curiosidad ingenua de constatar quién nos lleva las mejores velas y flores.

Este pareciera ser un leit motiv en la versión cinematográfica de Deadpool, metraje que reconstruye una imagen distorsionada del héroe –muy de moda en los predios de la industria audiovisual actual– a la vez que reconcilia al público con un personaje medianamente popular del cómic estadounidense. Es este un intento de los realizadores por vendernos un producto necesariamente maquiavélico, porque nos gusta ser cómplices de lo que va a contracorriente, nos agrada la sodomía moral y practicamos la solidaridad con el prójimo, por muy malos que sean.

¿Es el inconfesado morbo que produce lo incorrecto, lo imposible, lo prohibido, lo retorcido, quien nos guía? Somos el resultado de una cultura popular hegemónica, donde cada vez con mayor fuerza se instituyen íconos de “lo malo” y el antivalor deviene valor absoluto.

Desde la música, el audiovisual, la literatura, hasta el videojuego, últimamente consumimos incorrecciones como ejemplos modélicos, luego reproducidos consciente o inconscientemente. Vivimos en la aldea global, hablamos el lenguaje común de las redes sociales y participamos del gran aquelarre postmoderno con sus libérrimas maneras de comportamiento e interacción.

Formamos parte de un fenómeno peculiar: no es la pérdida de valores, sino la validación de esa pérdida la que nos afecta. Pero como la doctrina filosófica china del yin yang: las fuerzas opuestas del universo deben coexistir para que perviva la armonía. La armonía implícita en el caos. Eso es Deadpool, el producto de una historia ficcional donde se perdonan al antihéroe sus desvaríos morales porque a su accionar lo conduce el más noble de los sentimientos: el amor.

Sí, “curiosamente”, Deadpool es una historia de amor. Y es ese el eje medular de la trama: el amor, el archiconocido sentimiento que provoca guerras, suicidios, y las más vergonzosas locuras. Sentimiento también redentor; tanto así, que en su nombre sale nuestro no-héroe a por venganza.

Como toda buena historia, hay venganza de por medio. La fórmula hollywoodense es efectiva: chico conoce chica, se enamoran, ocurre desgracia impredecible, aparece villano –el villano muchas veces ocasiona la desgracia–, héroe deprimido jura vengarse, tiene éxito, y final feliz mientras baja el telón y el público aplaude en lacrimógenas ovaciones.

Pero en Deadpool no hay buenos ni malos. O sí, pero “el bueno” no es un ejemplo de caballerosidad y altruismo, y los malos… bueno, los malos, malos son. Eludiendo la tradicional manera de presentar los créditos, aparecen las siguientes palabras en pantalla: 20th Century Fox presenta –en Asociación con Marvel Entertainment– un filme de mierda. Protagonizado por: El perfecto idiota, Una Chica sexy, Un villano Británico, Un amigo chistoso, Una adolescente malhumorada, Un personaje generado por computadora y Un cameo innecesario[1].

Todo ello concuerda con el espíritu irreverente del filme: un conglomerado de chistes satíricos, rupturas constantes de “la cuarta pared”, violencia y efectos especiales. Son concesiones a priori concertadas por los marionetistas de Hollywood, acciones que se calculan para provocar las reacciones adecuadas, como es sabido.

Deadpool quiere vengarse porque es feo, así de simple. A un feo nadie lo mira, ni siquiera Vanessa –su amada– podría quererlo con tamaña fealdad estética, piensa él. Ya el cáncer no lo aflige, pero su rostro no es lo que era.

Y aquí comienza otro debate: ¿hasta qué punto determina la belleza exterior nuestro éxito social y sentimental? Todo el filme deviene un viaje de búsqueda no de fuerza y espiritualidad interna, sino de reafirmación de la apariencia externa como método infalible de victoria. A estas alturas su amigo –el barman chistoso– ni siquiera le miente por compasión: sí, eres feo, y morirás solo… si pudieras.

Estos son dos conflictos constantes en la historia de la humanidad: la búsqueda de la belleza –o su mantención– como fórmula de triunfo, y la anhelada inmortalidad. Cuando no se da uno de los dos factores, ¿qué hacer? Si eres feo y eterno, serás eternamente feo, y eternamente eterno. ¿Y si eres bello y mortal? ¿¡De qué sirve la belleza cuando es finita!? Esas son preguntas para los filósofos, si quedase alguno.

Una vez más, recuerdo la canción –¿infantil?– que nos alienta: a las cosas que son feas ponles un poco de amor… Porque el amor todo lo puede, o eso dicen. Porque el amor es la fuerza descomunal que mueve voluntades y supera todos los obstáculos. Porque la belleza está en la retina de quien la contempla. Porque Deadpool es un filme disfrutable, cuestionable e imperfecto, gracias a Dios.

NOTAS:

[1] Memorable y risible: el cameo presentándose a sí mismo.

(Tomado de Cachivache Media)

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