Si te dan limones, haz un album visual

Lemonade. Foto: HBO.

Por: Rafa G. Escalona (Tomado de Cachivache Media)

En este imperio de la imagen que vivimos, pareciera cosa lógica el surgimiento y auge de álbumes visuales. Sin embargo, como productos son más bien escasos, y la mayoría de las veces aparecen como materiales complementarios, otra manera de atrapar audiencias.

Ese parece ser el caso de Purpose: THE MOVEMENT, de Justin Bieber, un álbum visual que aspira a enmendar su vida y a presentarlo como hombre hecho y derecho en sociedad, pero que tiene la profundidad de las piscinas de plástico que se acomodan en los patios de las casas.

¿Cómo se rescata un alma, o por lo menos cómo se le rescata de cara al público? Esa parece ser la pregunta que se hicieron en los cuarteles de Scott Samuel “Scooter” Braun el día que despertaron con la resaca, luego de la borrachera mediática que por años viviera el problemático niño.

En noviembre de 2015 el canadiense más odiado de lo que va de década salió finalmente de su ¿letargo? –realmente nunca se ha estado quieto– con el lanzamiento del álbum Purpose (2015, Def Jam Recordings). Hasta ahí todo bien, todo tranquilo; un pijo intento de pedir disculpas y buscar un espacio como estrella adulta, con un propósito tan ridículo como mesiánico, valga la redundancia: inspirar a otros chicos a hacer grandes cosas (¿grandes cosas como qué?, valdría la pena preguntarle a Bieber). Singles hiperexitosos y records de superventas aparte, Purpose no fue más que otro conjunto de ruidos lanzado a la galaxia, nada nuevo como no sean las reaccioneshistéricas de los millones de beliebers del mundo.

Reconozcámoselo, el chico quiere enmendarse. O al menos intenta hacer lo que él y sus asesores entienden por enmendarse. Tiene mucho sentido, considerando que el otrora niño fenómeno del Youtube se transformó en el adolescente más aborrecible que ha parido la tierra (solo igualado por el difunto rey Joffrey). Viene a recordarnos y a recordarse que él tiene un designio. Dicho así parece otro comercial de mierda más, y probablemente lo sea, pero en el camino consigue darle un esquinazo a toda su carrera anterior.

No hay dudas de que se trata del mejor trabajo musical del chico hasta la fecha, fruto de su intensa colaboración con grandes productores y compositores como Skrillex y Jason Boyd, pero el resultado, musicalmente hablando, no pasa de aceptable. Como apunta Brad Nelson en Pitchfork, Purpose no va tanto de un álbum como de un deliberado acto de reposicionamiento. Canciones pegajosas, buenas para el verano y baladas ñoñas para despertar, y unas letras que suenan increíbles (en el sentido de no creíbles) cuando no verdaderamente hipócritas, en la boca de Bieber.

Pero resulta que este cantante pop tenía un as guardado bajo la manga. El viernes 13 de noviembre, los miles de asistentes al show en el Staples Center de Los Angeles fueron testigos privilegiados del lanzamiento de Purpose: THE MOVEMENT.

Aunque no era exactamente un secreto (en los carteles promocionales del concierto encuentro estaba anunciado el filme), a ciencia cierta nadie sabía cuál era el contenido de la película. El día del estreno se supo que se trataba de 13 videoclips, correspondientes a cada uno de los temas del disco original, con una duración conjunta de alrededor de 40 minutos, (si les recuerda el BEYONCÉ de 2013, NO es una coincidencia). Lo sorprendente es que, contra todo pronóstico, a lo largo de los clips, Bieber, esa eterna autocelebración, ese selfie ambulante, es apenas una sombra. Y es ahí cuando la cosa comienza a ponerse interesante –para mí, la histeria de sus seguidores llegó con eso a niveles paroxísticos–.

Para volver a emerger tiene que desaparecer, tiene que demostrar que es algo más que él y su imagen. Uno de los iconos visuales de la segunda década del siglo XXI opta por revelarse en toda su ausencia. Y el efecto es notable.

Bieber recorre tópicos como el desamor, la violencia, el legado para las generaciones futuras, la alegria cotidiana. Juega con todas las cartas que tiene a la mano para sacarse la etiqueta. Sin embargo, al final, se nota mucho el esfuerzo por no ser eso que dicen que es. Es una suerte de vuelta al ego intentando escapar de él. Tal vez no es su culpa, tal vez sea del viejo Justin Bieber y de nosotros, que no perdonamos tan fácilmente como él quisiera.

No pocas personas sugieren que el mérito de este disfrutable paquete de canciones y coreografías no es suyo, sino de sus productores asociados y de quienes manejan su carrera. Y probablemente así sea. Pero el hecho de que el chico se deje guiar, de que haga una pausa en eso de destacar a golpe de excentricidades (ejem, Kanye, ejem) creo que de por sí es algo bastante positivo.

Estamos hablando de un artista inquieto. Nos puede gustar más o menos, pero al menos tiene el mérito –él y su andamiaje– de buscar maneras de convertir sus productos en materiales publicitariamente llamativos. Lo hizo en 2013, cuando lanzó Music Mondays, un proyecto que consistía en lanzar cada lunes una canción a modo de single, materiales que luego conformarían su tercer álbum, Journals, en un –malogrado, de acuerdo– intento por experimentar con la presentación de la música en distintos formatos.

Tres años más tarde, lo vuelve a hacer. Sin previo aviso, convirtió su álbum-disculpa en una sucesión de coreografías –cortesía de su viejo compañero de ruta Parris Goebel– en las que decenas de bailarines y algunas estrellas como Big Sean, Halsey, Travis Scott, Skrillex y Diplo, pasan por tantos escenarios como la imaginación de los creadores del filme lo permiten.

“Tú me diste un propósito”, dice al final del álbum Bieber. No sabemos cuál es, pero al menos parece haber entendido que por la carretera del infierno no llegaría a ningun lado.

En el fondo, al margen de sus propósitos, el material falla porque lo intenta demasiado, una declaración demasiado elaborada en la que no se sienten las verdaderas pasiones del chico. Es como cuando te arrastraban por una oreja hasta la casa de tu peor enemigo de la infancia, y te obligaban a darle la mano y hacer las paces, y había que pedir unas disculpas falsas por haber puesto su jicotea debajo de la rueda de un auto del parqueo.


 

Mientras que a Justin Bieber, cuando le dieron limones, lo que se le ocurrió fue una inverosímil y rítmica disculpa, a Beyoncé, en cambio, le salió Lemonade (2016, Parkwood/Columbia).

Purpose: The Movement va más de estrategia de mercado y menos de arte. EnLemonade, en cambio, la cosa va precisamente sobre el filme. No es un disco acompañado de videos, es un filme acompañado de una gran banda sonora.

En lo que Bieber se la pasaba anunciando, a través de todos los medios de comunicación posibles, la evolución del material que luego sería Purpose, Beyoncé trabajó arduamente en la sombra para ensamblar un producto impresionante, lejos de cualquier foco innecesario.

Como suele suceder con Beyoncé, este álbum es consecuencia de una siempre sorprendente y aceitada maquinaria controlada hasta los más mínimos detalles y de manera obsesiva por la artista.

El camino de Lemonade comenzó en febrero, con el lanzamiento, a través de la plataforma de streaming Tidal, del single Formation y su correspondiente videoclip, y la polémica presentación del tema en el Super Bowl, con una Beyoncé aludiendo alegóricamente con su baile y vestimenta a la organización Panteras Negras. Formation fue un incendiario alegato sobre los males intactos que sufren los negros norteamericanos y que, no por famosa, Beyoncé olvida. El clip prendió a tal punto la mecha de la eterna discusión sobre el racismo que generó un impresionante y divertidísimo sketch en Saturday Night Live en el que “América” colapsaba tras la salida de Formation, al descubrir que Beyoncé, después de tantos años de engaño, es negra.

 

Esta sólida declaración de principios resultó ser apenas el prólogo. El 16 de abril, la artista anunció a través de un teaser, la salida de un programa especial llamado Lemonade, que se emitiría por HBO. Y unos días más tarde, el 23, explotó todo.

Lemonade es un álbum visual compuesto por 12 videos musicales que realizan un desgarrador y a la vez terapéutico recorrido por pasajes mentales que van desde la “Intuición” hasta la “Resurrección”, conectados por la lectura de Beyoncé de poemas de ese portento británico-somalí que es la poeta Warshan Shire.

Lemonade es también una pieza superior a la suma de sus partes. Beyoncé ha sido tan explícitamente preciosista con ese asunto que el álbum solo puede ser adquirido de manera íntegra, no es posible la compra de las canciones individualmente. Ella quiere que leas todo el libro, no un pasaje al azar. En una época de Spotify y Youtube, de procastinación y atención fragmentada, de experiencias efímeras, Beyoncé apuesta por un retorno al álbum conceptual, al diseño de un conjunto. Y nos seduce, vaya si nos seduce.

Beyoncé no es la primera persona en distribuir un álbum visual, pero tal vez Lemonade sea la propuesta artística más ambiciosa que hasta el momento ha visto la luz. A pesar de lo que podrían suponer quienes solo miran de lejos su carrera, esta maravilla no salió de la nada. Las raíces de Lemonade están en el año 2013, en el documental Beyoncé: Life Is But a Dream, un material autobiográfico que ella misma dirigiera, y que sirviera de antesala a su BEYONCÉ, un verdadero parteaguas en su carrera –y su primer álbum visual–. En BEYONCÉ pueden hallarse buena parte de las claves de lo que veríamos tres años más tarde: un disco construido a partir de videoclips, lanzado sin previo aviso, con reflexiones sobre temáticas como el feminismo, el sexo, la condición humana, el matrimonio, la maternidad.

 

Solo que en Lemonade, lleva sus propias marcas más allá de cualquier límite. Aquí no se trata de la acumulación de pequeñas historias singulares empalmadas por un editor inteligente, aquí hablamos de una unidad, un discurso indivisible que aborda las obsesiones de una mujer que aparentemente, no tiene problemas en su vida. Como acertadamente señala Jiliam Mapes desde Pitchfork, hay una profunda imbricación entre el filme y el álbum, donde todo, lo que se ve, lo que se escucha, se siente como una película.

Una lectura superficial puede dictaminar que Lemonade es sobre la (in)fidelidad, sobre el amor. Pero en la misma medida que se aguza la mirada, que vuelves sobre sus pasos (y es un material lo suficientemente hipnótico como para demandar un par de visualizaciones más) comienzas a reparar en los detalles, que estuvieron ahí desde el principio, pero que el morbo situaba en un segundo plano. Lemonade va sobre la infidelidad y el amor entre famosos, sí, pero también (sobre todo) va de la negritud, del sur norteamericano, de los roles familiares, de la incorporación de una diáspora africana cada vez más relevante en el contexto norteamericano actual, de una condición femenina que se resiste a ser encajonada dentro de los estrechos cánones del feminismo al uso.

Con el matrimonio Beyoncé/Jay-Z ha ocurrido en la última década una curiosa inversión. Hubo una época en que Jay-Z era reverenciado como un dios en el entorno del hip-hop y la industria musical, y Beyoncé era una suerte de bombón de lujo con mucha suerte, la Destiny’s Child que pescó bueno. Pero el paso del tiempo ha invertido la balanza. Año tras año, entrega tras entrega, Beyoncé se reafirma como una de las artistas más desafiantes de Estados Unidos, con unas ideas muy claras sobre qué quiere decir y cómo decirlo.

Se le han dedicado demasiados párrafos a si la línea argumental de Lemonade es autobiográfica. Infidelidades o no, la cosa no es por ahí. En The Guardian, Megan Carpentier apunta –y yo estoy con ella– que Lemonade no es necesariamente la historia de la vida de Beyoncé; y que, séalo o no, su verdadera intención es usar su música y su video para empujar a su audiencia a pensar sobre lo que muchas mujeres sienten en una situación similar, y por qué ellas deciden quedarse.

Lemonade, y esto resulta fundamental para entender cabalmente la propuesta de Beyoncé, parte de la inquietud de un individuo, pero no es, ni en su forma ni en su contenido, resultado del genio de una persona. Lemonade es Beyoncé, pero es también Warshan Siran y su poesía delicada y sólida a la vez, como si de un puente hecho de hebras de hilo se tratara; es el nigeriano Laolu Senbanjo y sus afromísticas pinturas de inspiración yoruba; es Serena Williams y su recordatorio permanente de que las barreras, en el deporte y en todo lo demás, son imposiciones humanas; es incluso –brinquemos chovinistamente– una breve y sutil aparición de las gemelas Naomi y Lisa-Kainde Díaz Ayala, el dúo franco-cubano que ha venido a salvarnos del aburrimiento musical nacional y que ha logrado captar la atención de esta siempre inquieta artista.

En cierto momento del filme se escucha un fragmento de un discurso de Malcom X, pronunciado el 22 de mayo de 1962, en el que el activista por los derechos civiles declara “la persona menos respetada en Estados Unidos es la mujer negra. La persona menos protegida en Estados Unidos es la mujer negra. La persona más relegada en Estados Unidos es la mujer negra”. Lemonade es una reacción a esa realidad, intacta, que vive Estados Unidos. Un filme lleno de mujeres negras, hecho por mujeres negras, soñado por mujeres negras. Y es maravilloso.

Las dos grandes lecciones de Lemonade, en su superficie y en su poso, son el tremendo y necesario documento político que es, y el recordatorio de lo que un verdadero artista debe ser, un siempre atento radar capaz de absorber y asimilar todo lo valioso que tiene a su alrededor.


Con Purpose: The Movement y Lemonade, Bieber y Beyoncé se dirigen a públicos bien definidos. Justin Bieber busca epatar a su audiencia de ex preadolescentes devenidos en jóvenes en plenitud. A golpe de un puñado de disculpas y muchos colores pasteles, supermercados, invitados de lujo, coreografías hermosas, sonidos electrónicos, ritmos tropicales y ambientes cool. Beyoncé, más curtida, más artista, apuesta por algo más radical. En el apogeo de su madurez, sin nada que demostrar a estas alturas, en lugar de acomodarse en el éxito tienta a ver dónde están los límites. Como los verdaderos artistas deben hacer.

Bieber es un joven que busca retornar, volver a ganar el favor de todo el mundo. Al parecer ha aprendido la lección y entendió que no puede comportarse como un crío, porque ya no es un crío. Es un hombre, joven, pero un hombre. Y tiene que subir la apuesta si quiere seguir en el juego.

Beyoncé es una diosa del star system. Y es absolutamente consciente de ello. El peso de la expectativa sería insoportable por la mayoría. Pero ella lo logra. No tiene nada que demostrar y sin embargo se aparece en toda su majestuosidad con una película bella, audiovisual, musical y emocionalmente bella.

Una artista talentosa con males de amores, intenta llevar sus frustraciones a un disco y obtiene un 21, de Adele. Pero ella lo lleva a otro nivel, lo convierte en una extraordinaria declaración de principios, de sonidos, de sensaciones.

Mientras en el Purpose: THE MOVEMENT de Bieber se nota precisamente eso, el propósito, en Lemonade Beyoncé cuenta su historia y no se notan las costuras. Uno sencillamente acepta desde el inicio que, lógicamente, no había otra forma de contar esa historia que no fuera así.

En la propuesta de Bieber se intenta sin demasiada fortuna una coherencia semántica, pero los pasajes se suceden sueltos, sin un hilo visible o invisible que los una. Donde Bieber aprovecha para pedir una segunda oportunidad como niño mimado del espectáculo, Beyoncé se alza con un grito de guerra.

En Lemonade todo se conecta, no solo por el protagonismo de la cantante, sino por la clara sucesión que se desprende de la premisa: “les voy a contar, cómo se siente ser mujer, negra, del sur. Soy exitosa sí, y podría evadir todo esto, pero no solo no quiero, sino que estoy orgullosa de lo que soy, y vamos a hablar de ello”. Porque Lemonade puede ser o no un éxito, y pasar a la historia como uno de los grandes discos de la música pop, pero es, sobre todo, una carta de amor y política. Una descomunal y hermosa carta de amor y política.

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