The Rolling Stones en La Habana, a un disparo de distancia

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Por: Rafael González Escalona

Primero fueron los rumores, los desmentidos a medias, los sí pero no, las griterías en las redes sociales enfrentadas al mutismo habitual del aparato institucional cubano. Luego, como si fuera lo más normal del mundo, salió de su botella un funcionario del Instituto Cubano de la Música y dijo lo que todos sabíamos desde hacía rato pero que ellos en su esquizofrenia consideraban un secreto de Estado: que Cuba sería la parada final del Olé Tour de The Rolling Stones.

Mick Jagger, Keith Richards, Ronnie Wood y Charlie Watts aterrizaron en La Habana el 24 de marzo con el sol que a Barack Obama, el presidente del todopoderoso Estados Unidos de América, le fue negado cuatro días antes. Las cámaras captaron una cuarteta de señores que bien podrían haber bajado de alguno de los cruceros que ahora no cesan de abordar la bahía de La Habana; si hubieran llegado en el MSC Opera cargando sus camaritas, susselfie sticks, sus cremas, sus camisas hawianas, sus guías inservibles y sus dólares para la Bodeguita del Medio y los souvenirs, pocos hubieran reparado en su presencia.

Pero se han encargado de recordarnos –ahora, cuando ya no importa, cuando son una pieza digna de figurar en una sala de cualquier museo de historia natural– que son parte de la realeza del rock, que sus canciones han ayudado a moldear la forma de la música contemporánea, o lo que es lo mismo, nuestra manera de entender el mundo.

Ahí comenzó la alharaca, la repetición en modo consigna –que, si no fueran los Stones hubiera aplastado el mensaje– de que seríamos los afortunados espectadores de un concierto que no nos costaría nada y al que iríamos “con el entusiasmo y la disciplina que nos caracterizan”. Y entonces, como somos adalides de la cultura y las cifras asombrosas, comenzamos a elucubrar sobre los records de asistencia que batiríamos, y los 400 mil espectadores esperados en un inicio se convirtieron en más de un millón por obra y gracia de la matemática tropical. Y ya se sabe que cuando en la prensa cubana decimos que un millón de personas irán a un lugar, un millón de personas van a ese lugar. Aunque haya que recolectar hasta el último cederista y turista desprevenido que ande intentando comprar tabacos en los alrededores de la fábrica y al que no le importa ni el rock ni los planes quinquenales.

El día antes del concierto de The Rolling Stones, al pasar el P2 frente a la Ciudad Deportiva, un centenar de miradas se afanaron en desentrañar el significado de esas monstruosas estructuras que les daban la espalda, unas bestias nunca antes vistas en esta ciudad, traídas de todo el continente para hacer el “espectáculo más grande que se haya visto en La Habana”.

En lo personal, ni siquiera me llaman demasiado la atención los Stones. Si no fuera por un par de temas que me remontan al blues y a las canciones tradicionales inglesas, si no fuera por Keith Richards y su vida total, si no fuera por el magnetismo del joven Jagger, si no fuera por el mito truncado de Brian Jones, si no fuera por Juan Villoro, para mí los Stones no pasarían de ser una carpeta más en mi biblioteca. Hubiera preferido ser testigo del virtuosismo quedo de Jaco Pastorious, de la voz insondable de Sarah Vaughan arropada por Bebo Valdés y el Negro Vivar, preferiría incluso volver a vivir ese verano de 2010 con Residente y Visitante haciendo tambalearse los límites de la cordura de los comisarios culturales cubanos.

Pero lo pasado, pasado está, y no me queda más remedio que sumarme a la manada para poder decir “I was there in 2016 when The Rolling Stones broke the wall” (porque, no lo duden, cuando los de siempre hagan el cuento, en inglés, y digan que acá también cayeron muros, este concierto será uno de esos hallmark de los que hablaremos).

También, no puedo negarlo, me intriga un poco saber la manera en que reaccionará la ciudad al llamado de sus satánicas y avejentadas majestades. ¿Qué significa para los cubanos un concierto de The Rolling Stones? ¿Una fiesta? ¿Un motivo para reunirse a bailar en la cueva? ¿El fastidioso cierre de las calles? ¿Una torpe pero agradecible disculpa histórica con todos esos enfermitos que no supieron estar a la altura de la épica del hombre nuevo? ¿La oportunidad de asomarse a un mundo del espectáculo que no hemos tenido la oportunidad de palpar? ¿Nada? ¿Todo?

La prensa cubana -que como el resto del país, nunca ha probado en carne propia el hierro del negocio del entretenimiento- no entendía cómo era posible que el acceso al proceso de montaje se redujera a una rápida visita guiada y unas breves declaraciones del productor del concierto, que los involucrados en la producción no pudieran hablar so pena de violar un acuerdo de confidencialidad previamente firmado, que las contadas credenciales se dieran el mismo día del concierto y que les hubieran leído una cartilla que especificaba que las tomas audiovisuales solo podrían ser hechas en los dos primeros temas del concierto. Si quieren más, compren el DVD en iTunes.

Yo, que soy un paria de la prensa, que no tengo refugio ni en los medios estatales ni en los nuevos empeños privados como Oncuba y Vistar, quedé varado en una tierra de nadie que en realidad no me molesta -me lo he buscado, después de todo- pero que me puso al nivel del más sencillo de los espectadores.

Y caigo en la cuenta que debo dar otra vez las gracias. Que tengo la oportunidad de pararme en medio del caos y ver qué sale de todo esto, que no tengo que ponerme un disfraz para camuflarme y enterarme qué piensa la gente porque, je, yo soy la gente.

Yo, que llegaré a alguna hora moderadamente temprana y haré una cola que me lanzará a algún rincón de la Ciudad Deportiva.

Yo, que comprobaré de la mejor manera si efectivamente el sistema de audio que tanto han promocionado es lo efectivo que dicen que es.

Yo, que lo más cerca que estaré de los Stones es la pantalla gigante que me los mostrará en una explosión de píxeles y arrugas en alta resolución.

Yo, que no estrecharé sus manos emocionado, ni posaré para la foto que no enseñaré a mis hijos.

Yo, que no les daré las gracias por este hermoso concierto gratuito para el pueblo de Cuba.

Yo que no le haré un chiste inteligente sobre Borges a Mick ni le pediré a Keith que me pase algunas de sus buenas yerbas.

Yo, que en materia de rock la única pregunta significativa que me hago para este 2016 es si finalmente son ciertos los rumores de que Radiohead sacará un nuevo disco.

A las siete de la mañana del 25 de marzo me desperté sobresaltado. No sé si por culpa de un sueño o qué, pero en lo que me acostumbraba a la idea de estar otra vez vivo pasaron por mi cabeza en caótica procesión mi madre, Obama, mi tropa cubana en SXSW, mis ganas de orinar y tomar un café, y –solo entonces–, los Rolling Stones y su comitiva de 70 personas, que llevaban 12 horas respirando el mismo aire que los habitantes de mi ciudad. Como en Minority Report, me quedé parado en ese último pensamiento mientras abría finalmente los ojos. Me pregunto cómo será viajar así, cómo será ser un Rolling Stones y no poder dar un concierto sencillo en cualquier bar sino tener que acoplarse a una mastodóntica maquinaria que involucra cientos de personas y horas de trabajo solo para que un puñado de hombres y mujeres se encimen en un escenario durante un par de horas.

Tres horas antes del comienzo del concierto de The Rolling Stones en La Habana, miles de personas –hombres, mujeres, niños, adolescentes, discapacitados, roqueros de vieja y nueva escuela, wannabes con pulóveres repletos de lenguas que todavía repasan en sus ipods el disco de Grandes Éxitos, policías de uniforme y traje de paisano, extranjeros de nacionalidades variopintas bendiciendo su suerte de haber reservado vacaciones para el momento exacto; reparteros curiosos y aburridos, señores de la tercera edad que, a pesar de sus pintas de tristes funcionarios jubilados, juran que un tiempo pasado les macharon las cabezas por estar oyendo música ideológicamente desviada– mataban el tiempo de la mejor manera posible en el campo de la Ciudad Deportiva. A través de los altavoces se filtraba tímidamente la música, y las pantallas a cada tanto mostraban imágenes de viejos conciertos de los ingleses. Aunque la expectativa podía olerse en el ambiente, parecían un poco exageradas las previsiones de más de un millón de asistentes y el sistema de audio de 1 300 kilos de potencia. Pero con el correr de la tarde las entradas del campo siguieron recibiendo otras miles de personas en torrentes compactos y continuos. A las 8 de la noche, el sol, que había permanecido oculto todo el día, hizo una finta y se escurrió espléndido por entre las nubes, cubriendo la antesala de la noche con un manto naranja de buenos augurios.

Cuando a las 8:40 pm, sin previo aviso, se incendiaron las pantallas y estallaron los altavoces, más de medio millón de gargantas retumbaron en la Ciudad Deportiva como nunca antes lo habían hecho en La Habana. Probablemente la mayoría de los asistentes sea indiferente a los encantos de Jagger y compañía pero nadie salió ileso del eléctrico impulso que recorrió el campo. El espectáculo de los Stones es una experiencia demasiado perfecta. Como –supongo– sea vivir una función de Cirq Du Soleil, o la aurora boreal desde un extremo del mundo; una de esas vivencias que se guardan en el rincón especial de la memoria.

La única manera de entender cabalmente un concierto de The Rolling Stones –ahora lo entiendo– es a través de un concierto de The Rolling Stones. Es estar a cientos de metros del escenario, rodeado de miles de personas, y sentir que Start Me Up suena en el tono justo en tus oídos, sin estridencias, sin ecos; el volumen suficiente para cantarla a coro con los amigos. Es que unas gigantescas pantallas se vean tan hiperrealistamente bien que casi puedes sentir cómo caen sobre ti las gotas de sudor y saliva de Mick Jagger. Es que el diseño de luces ponga en tu cara la misma expresión que tenían los parisinos a finales del siglo XIX cuando vieron un tren abalanzarse hacia ellos desde una pantalla de cinematógrafo. Es intentar descifrar sin resultado cómo es posible que cuatro ancianos y una banda de apoyo sean capaces de sostener durante dos horas un espectáculo sin más ayuda que sus canciones.

Sorprende comprobar que, sin importar el paso del tiempo, los Stones aún tienen en sus cuerpos el secreto dominio del rock. Mick Jagger sigue siendo un encantador de serpientes; su voz, sus movimientos, su proyección escénica provoca la misma fascinación que hace medio siglo. Incluso si no contara con esas dotes, sus expresiones “ sabemos que años atrás era difícil escuchar nuestra música en Cuba, pero aquí estamos tocando para ustedes en su linda tierra. Pienso que finalmente los tiempos están cambiando” o “ustedes están en talla” habrían bastado para comprar los corazones de los presentes. Si se lo pidieran, estoy seguro que podría convencernos a los once millones de cubanos de votar por Osmani García como próximo presidente de Cuba. Keith Richards, que apenas se empina desde unos riffs correctos y unos solos descafeinados, logra embaucarnos sin embargo con esa imagen de bucanero rastafari que todos querríamos de abuelo. Ronnie Wood, con su teñido pelo negro intenso que en cualquier otro setentón sería objeto de burla, se revela como el verdadero corazón de las melodías guitarreras que Richards no parece estar en condiciones de ofrecer ya. Charlie Watts, desde el centro y al fondo, los deja payasear a los tres y conquistar las almas mientras que –espalda recta, camiseta blanca, aire de lord imperturbable, mirada hacia el infinito como si estuviera repasando algún disco Charlie Parker– controla sin esfuerzo el reino Stones con los precisos compases de eminencia gris del jazz que es. El resto de la banda (Chuck Leavell, Bernard Fowler, Darryl Jones, Sasha Allen, Karl Denson, Tim Ries, Matt Clifford) redondea magníficamente el sonido, le proporciona una densidad y brillantez que parece salir de una pulida sesión de estudio y no de una agrupación en vivo.

Vivir en Cuba, que es un País de las Maravillas, te prepara para casi todo. Pero no para un concierto de los Stones. Nadie podía haber anticipado esto. Nada nos preparó para el hechizo del que fuimos víctimas. Qué dulce y qué dolorosa la certeza de estar viendo un espectáculo que nunca más verás. Qué placer el de emocionarse sin complejos, el de dejarse llevar por la marea de temas, el de perderse entre los caminos del rock. Grité con Gimme shelter, abracé con Angie, bailé mis malos pasos con Miss You y Brown Sugar, sonreí como siempre con Sympathy for the Devil, salté y fui feliz (I Can’t Get No) Satisfaction. Por dos horas fui un fanático de los Stones. Y se sintió genial.

Después del concierto, la Ciudad Deportiva tiene el aspecto desolado de los campos de batalla. Un hormigueo de personas, que recuerda un poco a las marchas que hasta hace unos años se repetían en el país por la causa de turno, se desplaza por las avenidas. El reguetón obicuo –que sale de las casas, de los autos, de los puestos de venta, de las bocinas portátiles, de las almas– nos recuerda que, aunque hermoso, el encanto ha terminado. El concierto de The Rolling Stones fue un espejismo en un desierto en el que rara vez podemos obtener lo que queremos. Pero igual lo intentamos. A ver qué sale.

(Tomado de Cachivache Media)

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