Deadpool: un superhéroe posmoderno

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Ilustración: Mayo Bous/Cachivache Media

Por: Darío Alejandro Alemán

Soy un chiste, soy un recurso cómico.
Wade Winston Wilson

Por alguna razón, nos cautiva en los relatos el rompimiento de la “cuarta pared”. Salido del teatro más experimental, ha abarcado todas las plataformas narrativas contemporáneas y, por más que se use, sigue motivando al público. Por estos días, varios personajes populares, como el “presidente” Frank Underwood de la reconocida serie de televisión House of Cards, hacen uso del intercambio atrevido y personal con los espectadores. Pero quizás sea Deadpool, el extravagante personaje de la Marvel, quien haya conseguido llevar a los extremos el buen uso de dicha técnica.

Deadpool atrae por su narrativa, por sus características psicológicas, por el papel que juega dentro del enmarañado universo de la “casa de las ideas”. Desde sus inicios el camino al estrellato (al menos dentro del comic, no así en otros formatos) no tomó curvas. Actualmente ostenta el estatus de ser el personaje escogido por la Marvel como ícono en su 75 aniversario, sus comics se consideran ejemplares de culto y no hace mucho logró hacerse de su propia película, la cual batió varios records de taquilla en todo el mundo. Masacre, como le llaman en Latinoamérica, logró en poco más de 20 años convertirse en un referente dentro de la industria de las historietas.

Su primera aparición fue a inicios de la década de 1990 en The New Mutants #98. Sus creadores, Rob Liefeld y Fabian Nicieza, lo concibieron como una salida siempre a mano en caso de que los villanos del X-force comenzaran a escasear. Desde sus inicios fue planteado como un malvado segundón, un artilugio para refrescar la lectura cuando el tedio de apocalípticos mutantes e insufribles robots del futuro comenzaba a saturar las viñetas. A pesar de ello, el público no tardó en dejarse seducir por este simpático personaje vestido de látex, armado hasta los dientes y con un elevado sentido del humor.

Tras su máscara se esconde Wade Wilson, un mercenario que solo acepta matar a “quien él cree que merece morir”. El drama comienza cuando descubre que un cáncer avanzado está por terminar con su vida, por lo que se propone como voluntario a una serie de experimentos médicos basados en mutaciones. Él cáncer le es curado y en su lugar adquiere una capacidad regenerativa sobrehumana, pero debe cargar con los efectos adversos: su cuerpo está cubierto por completo de cicatrices, convirtiéndolo en un monstruo. La historia es más de lo mismo, parte de un cliché compuesto esencialmente por científicos locos, animales radioactivos y seres de otros planetas; sin embargo, no es precisamente por este tipo de falta de originalidad que peca.

Deadpool, con gran desfachatez, tomó prestado de otros dos personajes: Deathstroke y Wolverine. Al primero (que pertenece a la compañía DC) debe su manera de combatir, su oficio de mercenario y en gran medida su nombre ya que la verdadera identidad de Deathstroke es Slade Wilson. Por otra parte, en los complicados hilos del universo Marvel, el Mercenario Bocazas (otro de sus apelativos) tiene más de una coincidencia con Wolverine. Ambos tienen ciudadanía canadiense (lo cual es raro cuando casi todos los superhéroes son norteamericanos o extraterrestres), fueron parte del proyecto Weapon X (donde Wolverine obtuvo sus garras de adamantium) y de este heredó el factor regenerativo, lo que mucho más potente.

Un héroe fuera de la norma

Desde el nacimiento del subgénero de superhéroes este tipo de personajes se ha visto enmarcado en dos grandes cánones, dos inamovibles caras de una moneda acuñadas con las figuras de Superman y Batman. Por un lado está el justiciero bonachón, incorruptible, todopoderoso y reconocido por los ciudadanos como héroe; mientras que por el otro encontramos al vigilante que actúa en las sombras, poco ortodoxo y lleno de traumas y conflictos que discuten dentro de sí. Pero Deadpool, incluso en sus inicios, no encaja en ninguno de estos prototipos.

Masacre está hecho en el molde –muy en boga en la actualidad– del antihéroe. En sus primeros años de “extra”, a pesar de sus conductas ampliamente cuestionables y de pelear con los protagonistas, en las últimas páginas terminaba uniéndose a estos de manera momentánea para derrotar a un villano aún más psicópata que él. En su naturaleza está hacer cualquier cosa por dinero, aunque esporádicamente demuestra tener buenos sentimientos. Tras su atormentada personalidad busca, en el fondo, redimirse. Aun así, no duda en dar una muerte terrible a “sus enemigos” por encargo, quienes van desde supervillanos hasta dictadores de lejanas tierras árabes o latinoamericanas.

En los primeros comics el único rasgo distintivo fue el agudo sentido del humor (negro, por demás) que le impregnaba a sus comentarios. Sin embargo, el boom de su popularidad llegó cuando se introdujo el monólogo como principal recurso narrativo en sus historietas. La irreverencia y el sarcasmo superaron los diálogos para abarcar toda la narración desde la perspectiva de Deadpool. El hilo conductor de la historia pasó a ser su psiquis esquizofrénica a través del diálogo interpersonal, lo cual abrió las puertas a una trasformación mucho más radical que llegaría poco tiempo después.

El rotundo éxito de Deadpool le hizo merecedor de una publicación propia. Los historietistas de la Marvel pusieron manos a la obra y crearon una estrecha galería de personajes que le acompañaban en sus misiones de mercenario. Pero los argumentos de estas primeras historias no superaron las expectativas que se tenían para un héroe tan popular. Salvando algunas excepciones, la trama cayó inmersa en una monotonía donde Deadpool asesinaba a su objetivo y de paso salvaba el día. De tal forma, las publicaciones más decorosas pasaron a ser sus crossover, donde compartía escenas con veteranos como Spiderman o los X-Men. A pesar del hastío de estas aventuras el comic pudo sostenerse porque el atractivo no estaba en la complejidad y la riqueza del relato sino en la personalidad de este nuevo héroe.

(Tomado de Cachivache Media)

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